Crítica de Deber cumplido. Mambrú se fue a la guerra y no quiso volver

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Deber cumplido, la primera película de Jason Hall, guionista de El francotirador, nos deja claro que su terreno es el género bélico. Pero es un tipo de cine bélico en concreto; hablamos del que desmitifica el conflicto como algo heroico o épico.

Y precisamente ésta es la idea alrededor de la cual gira la trama, punto central de la película, y lo único de lo que verdaderamente hablar. En ella no encontraremos ametralladoras o peleas de cuerpo a cuerpo, no, encontraremos a unos seres traumatizados llenos de culpabilidad, de miedo, de estrés: los veteranos de guerra. Y cómo van a ser de otra forma tras el horror que tuvieron que vivir, muchas veces empujados no por su deseo, sino por sentido del deber. Lo que no sabemos es que muchas veces la guerra deshumaniza tanto y en un sentido tan señalado que el campo de batalla se convierte en el único espacio en el que pueden vivir, puede que sea por la culpa que sienten de ser aquellos que sobrevivieron, por haber luchado para defenderse, o quizá porque es la única forma que tienen de sentirse vivos, como si de una droga de la que te haces dependiente se tratase.

El largometraje habla de ésto, y el mensaje que da es potente y realista, como no podía ser de otra forma teniendo en cuenta que la historia está basada en hechos reales, y que la película, a su vez, está extraída de una novela que ha tenido tiempo de asentar una buena forma de contar su historia. A este buen resultado final -que aunque bueno no deja de ser algo que hemos visto en bastantes ocasiones, como puede ser Banderas de nuestros padres, Corazones de acero o la misma El francotirador– contribuyen las muy conseguidas actuaciones de Miles Teller y Beulah Koale, en las que podemos apreciar con total claridad la descomposición psicológica debido al estrés postraumático de la guerra. Sin embargo, y pese al intento de destacar los papeles femeninos de la película en publicidad, estos cuentan con demasiado poco metraje como para ser verdaderamente algo destacable.

A todo este sentimiento de realismo creo que ayuda que la película se desarrolle en Estados Unidos, lejos de los fogonazos de los tanques o de cualquier arma de fuego que se te ocurra. Estos soldados están en casa e intentan retomar-o reconstruir- su vida. Buscan trabajo, comen en cafeterías y van a ver una película al cine, y aun viviendo una vida normal algunos de ellos son incapaces de avanzar, mientras que otros agradecen estar vivos sólo por vivir esos momentos. El mostrar la rutina y la vida de civil de los personajes ayuda a humanizarlos de forma que como espectador te sientas más cerca de los mismos y empatizas más con ellos.

Es curioso de ver, tal y como muestra la película con un buen desarrollo de personajes, todos ellos siguiendo su propio ritmo y llegando a dar distintas respuestas al horror sufrido, cómo cada persona reacciona de un modo tan absolutamente distinto a esta clase de estímulos. Parece que hay gente diseñada para poder resistir las condiciones de un conflicto, y que no quiere salir de él, y sin embargo hay gente que querría ser así pero que simplemente, y por mucho que se hagan o acostumbren a la guerra, no pueden hacerlo, como es el caso del personaje de Solo. En ese sentido, repito, creo que se pueden apreciar muchas formas de reaccionar a esta clase de situaciones traumáticas desde planos completamente realistas, lo que no deja de ser algo interesante que nos permite darnos cuenta de lo terrible que puede llegar a ser un conflicto bélico, al que tendemos a reaccionar de manera exaltada y remarcando “los valores por los que luchamos”.

¿Realmente merece la pena todo esto?

Ésta pregunta es realmente la estaca que se te clava en el corazón durante la película. Ya no es solo el desmitificar la guerra, sino dar un paso más allá. Y aunque sé que éste es un tema tratado en muchas otras películas del género, siempre es una pregunta necesaria en los momentos que vivimos, en los que además parecemos creer que la libertad y los derechos de los que gozamos son gratis. Hay un precio, y vaya si hay un precio. La película te habla de ese precio, y tú escoges, viendo lo que cuesta, una respuesta.

 



el autor

Mi nombre es Carmen, pero me llaman Kitayu. En los fríos inviernos me muevo sedienta de tinta y ocio. Bueno, a quién vamos a engañar, en verano también.

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