Crítica de Musa (2017): inspiración ¿divina?

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Jaume Balagueró ha tenido tantos aciertos como tropiezos en su trayectoria profesional como director. Sin embargo, la balanza es positiva y además ha dirigido éxitos como REC, una de las pocas películas españolas convertidas en franquicia, por lo que una de sus cintas siempre resulta un acontecimiento cuanto menos curioso para los aficionados al terror español que, desde el retiro de Narciso Ibáñez Serrador, están algo huérfanos. En esta ocasión, el director nos trae una historia de horror con algunos desaciertos pero que cuenta con un sólido reparto y con ideas y reflexiones interesantes que trascienden el género del terror… pero no demasiado. ¿Suple esto todos sus fallos? Bueno, vamos a comprobarlo.

La película, basada en La dama número 13 de José Carlos Somoza nos cuenta la historia de un profesor universitario y escritor divorciado por una aventura que se descubrió tras el suicidio de su amante, por lo que ahora vive solo, atormentado y fuera de la universidad. Desde hace tiempo lleva sufriendo unas pesadillas terribles en las que una mujer es asesinada en una lujosa habitación. Su exmujer, consciente de este problema, le recomienda que busque ayuda, y le advertirá cuando un asesinato sospechosamente similar suceda en la vida real. Asustado, el profesor acudirá a la escena del crimen, donde se encontrará con una prostituta que ha tenido los mismos sueños, y que se lleva un objeto oculto en la casa. Cuando unas peligrosas mujeres que afirman ser las musas le persigan buscando ese objeto, tendrá que encontrarlo a cualquier precio para salvar su vida… aunque ni se imagina cuáles pueden ser las consecuencias de esta búsqueda.

Resulta difícil hablar del filme sin desvelar demasiado, ya que es de esas películas en las que los personajes principales se pasan el rato buscando pistas y la trama avanza con rapidez, en ocasiones, demasiada, lo que resta impacto a algunas escenas que solo sirven para dar paso a la siguiente. De hecho, en ocasiones, el terror pasa a segundo plano a favor de algunos elementos del thriller. Esto no es necesariamente malo, pero hay veces en las que se pasa tan rápido de una pista a otra que se pierde algo de realismo en las reacciones de unos personajes que no empiezan a dudar y a acobardarse hasta el final del segundo acto. También es una cinta con muchos giros, cada uno más desquiciado que el anterior, y eso hace todavía más complicado relatar el argumento si no se quiere reventar las sorpresas al espectador.

Baste con decir que detrás de la película hay una idea bastante original que, salvo excepciones, solo se explota dentro de los parámetros del misterio y el terror, sin ahondar más en el efecto que estas musas tienen sobre el mundo. Tampoco es absolutamente necesario: al fin y al cabo, nadie querría que Pesadilla en Elm Street fuera una clase de psicoanálisis sobre el significado de los sueños. Sin embargo, esto llega a lastrar la trama, que presenta un mundo con mucho potencial pero que se queda en la superficie a la hora de desarrollarlo. En este sentido, muchos personajes aparecen bastante desdibujados, sobre todo los antagonistas, bastante planos y poco aterradores. Volviendo al ejemplo anterior, de aquí no va a salir ningún Freddy Krueger español, y la atmósfera de terror no está lo suficientemente lograda para suplir esta carencia: hasta las escenas más viscerales de esta película se quedan a medio gas, sin explotar las posibilidades de unos efectos que no están nada mal.

A pesar de todos estos fallos, la cinta cuenta con algunas virtudes entre las que destacan sus más que correctas actuaciones, desde un veterano Christopher Lloyd que es apuesta segura cuando se le da un buen guión hasta los más desconocidos Elliot Cowan y Ana Ularu que encarnan al dúo protagonista. Si bien el resto del reparto está algo desaprovechado, no se puede decir que haya ninguna mala interpretación por sí misma, ya que todos cumplen el papel que les ha sido asignado con mayor o menor éxito. Además, a pesar de que por momentos parece que hemos visto esta película mil veces, las referencias literarias y los giros, aunque algunos resulten algo predecibles, contribuyen a crear un producto mínimamente diferenciado que se puede disfrutar sin complejos.

Se trata de una película entretenida con algunas virtudes que, por un margen aceptable, sobrepasan a sus defectos, pero que no está a la altura de obras más populares de su director y que, desde luego, no será especialmente recordada dentro de veinte, de diez o incluso de cinco años. A no ser que engendre secuelas de calidad descendiente, como amenaza con su último plano…

el autor

Estudiante de Periodismo. Escritor y redactor aficionado. Con fobia a los verbos.

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