Crítica de Silencio, la nueva joya de Martin Scorsese

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Martin Scorsese es uno de los cineastas más relevantes de los últimos tiempos y, como tal, cada nuevo proyecto que anuncia crea inevitablemente gran expectación. Más aún cuando, después de una etapa menos personal–casi en standby– sorprendió a crítica y público con un regreso a sus rasgos más reconocibles en El lobo de Wall Street, continuación espiritual del díptico Uno de los nuestros- Casino. El anuncio de Silencio, su siguiente largometraje, hizo correr ríos de tinta sobre el estilo que abrazaría esta vez. Descartada la temática criminal, el director de Taxi Driver podía optar por la épica desatada de Gangs of New York, el dolor de Toro Salvaje o la psicosis de Shutter Island. Y cabía esperar también un regreso al estilizado simbolismo y pausada reflexión de su acercamiento al cristianismo (no en vano fue Scorsese seminarista) de La última tentación de Cristo. O quizás todo ello.

El horror, el horror

Silencio está ambientada en la segunda mitad del siglo XVII, en plena persecución de cristianos por parte de las autoridades japonesas. Arranca haciendo una declaración de intenciones muy sencilla pero muy efectiva. Pantalla en negro, sonido de la naturaleza. El sonido se convierte en ruido. De pronto, silencio. Y aparece el título en sobrio blanco sobre negro, dando comienzo a la cinta. Y lo hace con el personaje de Liam Neeson, actor que ha estado tan ocupado siendo parodia de sí mismo en cintas de acción rápida que casi se había olvidado de enseñarnos que en realidad sabe actuar, y muy bien. Es él quien guía la historia porque es la excusa argumental para que todo se ponga en marcha primero y para que no se estanque después. Guía la historia pero no porque su voz o presencia nos acompañe (apenas le vemos hasta el tramo final), sino porque su personaje, un sacerdote muy querido y reputado que ha desaparecido entre la barbarie (y del que se dice que ha apostatado), es una suerte de Coronel Kurtz de Apocalypse Now con el que se trazan paralelismos en más de una ocasión. Y, como el personaje de Brando, lleva de la mano el horror y un punto de inflexión para el protagonista como reflejo del suyo propio.

De hecho, es mucho más que eso, pero procuraré no entrar en spoilers.  Dos jesuitas, interpretados por Andrew Garfield y Adam Driver, se ofrecen voluntarios para ir en su busca. Y descubrir si lo que se dice de él, inconcebible para ellos, es cierto. Comienza así el calmado pero doloroso relato de su viaje, conociendo las penurias que viven los cristianos japoneses pero también su forma de concebir la fe. Porque Silencio se aleja del ruido de la épica para sumergirse en la pausada reflexión sobre concepciones religiosas, autoridad y sometimiento, miseria y naturaleza humana. Debilidad humana, más bien. Porque sus dos jóvenes protagonistas, rostro de la débil inocencia que plantea Scorsese, son golpeados y retorcidos hasta llevar al extremo el relato sobre la fe. Scorsese plantea en última instancia una reflexión sobre el símbolo, sobre la ruptura del fondo y la forma. Sobre consecuencias voluntarias o involuntarias y sobre la propia espiritualidad.

Martin en forma

Donde no rompe esta unión es en la construcción de la película. Scorsese encadena planos brillantemente, desde la angustia a través de los barrotes hasta la contemplación empequeñecida de sus personajes vía amplios cenitales en los que se convierten en figuras difuminadas. Y demuestra así su talento para narrar a través de las imágenes, con simbologías potentes: los planos cortos a manos para formalizar la unión sincera y compasiva, el intercambio de figuras y símbolos como método discursivo, las miradas de tristeza y desesperación, pero también de vista en algo mejor; los reflejos en el agua como expresión de la fe, de la ilusión y de los paralelismos que cierto personaje traza con la figura de Jesucristo; o la demoledora secuencia slow motion en que un personaje se derrumba (literalmente) al renunciar al último apoyo material para su fe. Y me dejo por el camino momentos líricos pero nunca alejados del mundo que Scorsese construye alrededor de los personajes. No son rupturas del discurso, son clímax emocionales coherentes en situaciones expuestas sin precipitarse. Así que, en vez de resultar empalagosas, son brillantes y se quedan grabadas. Aquí tiene mucho que ver su excepcional fotografía, que sabe ser contenida  e impactante según el momento, y una casi inexistente banda sonora (haciendo honor al título).

Por eso precisamente me duele que Scorsese rompa a veces el tempo que con tanto cuidado construye. Y lo hace con conversaciones a menudo sobreexplicativas (¿manos de la productora?) que pretenden sintetizar aquello que hemos visto en imágenes a través de diálogos apresurados resueltos en plano-contraplano y a menudo excesivamente rápidos. Parece que, viviendo en la dictadura del multicámara frenético, Scorsese no pudiera tomarse la licencia de resolver las conversaciones con la agilidad que muestra en el resto de la cinta. Ojo, hay diálogos brillantes: no estoy hablando más que de una parte mínima de la cinta. Pero ciertos pensamientos en voz alta del personaje de Garfield o conversaciones sobre las tablas que mantiene con otros que le rodean no hacen más que acrecentar la sensación de que temen que algún espectador se pierda en el relato. Hablaré de potenciales espectadores en el último apartado.

Hombres solitarios

Los personajes de Silencio son solitarios por sus circunstancias. La mayor parte de ellos están rotos por dentro y por fuera. Y los dos jóvenes protagonistas, especialmente el de Garfield, experimentan una evolución muy cuidada en la que vemos ese proceso de derrumbe. El dolor, la violencia en todas sus formas y la redención son tres temas clave en la filmografía de Scorsese; cuesta encontrarse con una de sus obras (¿La invención de Hugo quizás?) donde al menos dos de ellos no sean clave para el relato. No es esta una excepción. Adam Driver interpreta a un personaje con un buen desarrollo que con mucho menos tiempo en pantalla cumple su cometido, siendo de hecho una contraposición a lo que se nos plantea en el protagonista: el uno fuerte por dentro y dudoso por fuera, el otro lleno de dudas y aparentemente confiado. Se complementan a la perfección entre sí y con personajes como El Inquisidor, figura de la autoridad japonesa y conexión explícita con la visión naturalista y vinculada al símbolo de la cultura nipona; también con individuos como Ichizo que son la viva imagen de la incorregible debilidad humana con la que Scorsese estructura gran parte de la narración.

Son personajes muy espirituales (cada uno a su manera, alejados de una visión uniforme de la religión) frente a lo puramente material de los protagonistas de anteriores películas de su director. Y bajo esta óptica, rechazando la grandilocuencia y el paisajismo gratuito, los actores tienen espacio para desarrollar a seres humanos con claroscuros y dudas, cercanos y sinceros.

Tempo, temas y conclusión

No os voy a engañar: Silencio no es un carrusel de frenética emoción. Es una película calmada, reflexiva, de pausadas meditaciones y elegantes formas. Si aceptas eso disfrutarás de la película. No es algo malo que sea así cuando la película está bien construida, como es el caso, pero siempre conviene avisar antes de crear falsas expectativas. Como las que posiblemente llevaba el amable espectador en una butaca próxima a la mía, quien me amenizó la proyección con ronquidos bastante ruidosos.

Silencio es una película religiosa, y creo que esto era bastante obvio. No es necesario ser creyente para disfrutarla; como toda buena película, no hace falta concordar con su mensaje para ver en ella talento o incluso un mensaje interesante. Ha sido mi caso, y he salido del cine con la sensación de haber visto un excelente arranque para el cine de este 2017 que acaba de empezar.

el autor

Escribo sobre cine y todo lo que se cuente en imágenes. Tengo Twitter y no soy adicto; puedes comprobarlo en @pga_cine. Respondo MDs.

6 comentarios

  1. Excepcional, sin palabras, de genio.
    Ya está siendo maltratada por la patulea anti-fe que no son capaces, ni ahora ni nunca, de separar, política y cine.
    Saludos, siempre.

    • Muy de acuerdo. Por desgracia es ya habitual el vapuleo crítico de películas con ciertos mensajes independientemente de su calidad. Sigue habiendo muchos espectadores que confunden lo que cuenta la película con la visión del director, o la habilidad del mismo con su sesgo ideológico. Una pena. Por suerte, Silencio está a la altura de su director, y a mí con eso me basta. Un saludo.

  2. Mi opinión es sobre la peli y no sobre la crítica de PGA, que respeto pero no comparto.

    Tan sólo soy un cinéfilo empedernido y no un crítico profesional. Mi criterio está unicamente informado por mi afición a todo tipo de cine.

    Acudí al cine por tres razones: el director, el tema y Liam Neeson.

    La peli me resultó realmente larga, repetitiva y carente de interés. Excepto el “inquisidor japones” y su ayudante, el resto de actores me parecieron planos, poco creíbles y sin aristas, incluido Liam Neeson, que aparece claramente infrautilizado en el metraje (su personaje e historia queda manifiestamente inexplorada….¿utilizado unicamente como reclamo publicitario?). La trama es a veces tediosa, y reiterativa en cuanto a argumento y diálogos (con algunos dilemas morales de manual de catecismo presentados con un pretencioso tinte de análisis filosófico)

    En definitiva, que “me la trae al pairo” si queréis ir a verla o no, pero yo no se la voy a recomendar a ninguna persona a la que aprecie. Hay mucho mejor material para visionar estos días.

    Salud

    • Lamento que te haya decepcionado la película. En cuanto a los actores, coincido con lo del inquisidor pero a mí también me gustaron mucho las interpretaciones del resto del reparto. El tema de Neeson es bastante parecido, como comento en la crítica, al de Apocalypse Now (salvando las enormes diferencias interpretativas con el gran Brando), porque no es que se olviden del personaje sino que es el motivo que mueve a los demás a hacer cambios en su situación. Y, una vez se produce el encuentro, no le desechan porque ya ha terminado su función sino que amplían esta misma, actuando su personaje como punto de inflexión del protagonista. No sólo comparte con él su experiencia y la desesperanza que le llevó a apostatar: también presenta un dilema consigo mismo en el tramo final de la película, actúa como guía cuyas actitudes y tristezas replicará el personaje de Garfield y, como este último, morirá incapaz de despreciar ese silencio de la fe en el que, en el fondo, quiere seguir. Hay una escena tan emotiva como sincera, por sencilla, en que el personaje de Neeson afirma con rotundidad que es feliz en su situación y con la mirada nos desvela que está lejos de convencerse a sí mismo de que esto es así. Para mí, son esos pequeños detalles los que hacen grande una actuación.

      En cuanto a los dilemas morales: entiendo que aquí la complejidad/familiaridad con los mismos es opinable y depende de las experiencias vitales de cada uno. Personalmente, y desde la perspectiva del no creyente (la cual, imagino, sería un handicap para conectar), me ha resultado una película emocional y con planteamientos interesantes. Unas película para llevarse a casa al acabar la proyección.

      En todo caso, gracias por pasarte a dejar tu opinión. Siempre es bueno tener todos los puntos de vista, y se agradece el respeto y la argumentación. ¡Un saludo!

    • Hola, Antonio. El comentario que adjuntas es interesante y está indudablemente bien expuesto. Es una perspectiva que entiendo aunque no comparta el fondo. Hay tan sólo algún punto en el que creo que hay errores de interpretación de la película. En primer lugar, no dice que “cristianismo y budismo sean lo mismo”, sino más bien algo cercano a lo contrario, dada la imposibilidad de asentar el pensamiento cristiano en Japón que varios personajes defienden precisamente por tener concepciones distintas sobre deidades y la propia vida. En segundo lugar, que el momento en que Dios habla al personaje está claramente orientado de forma que sea él mismo quien inventa su voz, siendo esto cerrar el círculo del silencio de la Fe que él quiere romper para justificarse. Al margen de todo esto, la película gira más en torno a la reflexión sobre símbolos y formalismos que sobre la justificación de la apostatía. Gracias por comentar y un saludo.

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