De cómo salvé el mundo en los años ochenta desde un pueblo de Ávila

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La tapa del obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Me alegra mucho que quieras ser feliz, querido lector. Es por eso que estás leyendo este blog, en el que lo mismo aprendes de anime, que de videojuegos que de qué es el multiverso. Quieres ser feliz, y eso es bueno. Pero debes saber algo: no podrías buscar tanta felicidad como la que damos en esta página (y eso que aún no tenemos sección erótico-festiva) sin que yo hubiera salvado el mundo en los años 80. No hace falta mandéis ropa interior ni bombones a casa, lo hice desinteresadamente. Si insistís, mandad calzoncillos sin costuras tamaño supergordo. Sin usar, a ser posible.

No os culpo: yo también lo había olvidado. El paso de los años, el día a día, todo el tiempo mental que invertimos en planificar el día siguiente o si la basura lleva mucho en el cubo: es fácil olvidarse de los méritos de uno. El otro día por casualidad me encontré con un libro que llevaba años sin ver. Era uno de Spiderman. Un libro ochentero. En los ochenta no teníamos Telltale Games para hacer videojuegos en los que escoges entre dos o más opciones para que la trama avance: teníamos algo llamado librojuegos. Era un libro, pero al final de la página o de un párrafo te daban varias opciones. La historia o el final cambiaban en función de lo que decidías. Podían acabar bien o mal, había muchos finales. Este libro de Spiderman era uno de esos. Uno de los primeros que me leí. Lo publicaba Forum y el que lo escribía era un tal Peter David. Sí, ESE Peter David.

Abrí el libro y lo olí. El olor del ácido en las páginas (y a saber a qué más cosas olía) me devolvió al momento. Entonces lo recordé. Recordé lo que el paso de los años, las rutinas del día a día, las peleas con correos y con las citas del médico habían intentado hacer borrar de mi mente. Yo había salvado el mundo. En los años ochenta. Y desde un pueblo de Ávila.

La forja

Desde que nací me pasaba allí tres meses en verano. Era un pueblo llamado Arenas de San Pedro, que estaba en Ávila, en plena montaña. Los días eran tan calurosos como en Madrid, pero las noches eran fresquitas gracias a tanto monte, tanto arbol y tanto río. Los veranos eran todo río, saltar por piedras, jugar en el bosque tirándonos piedras, tirar piedras a los sapos para que explotaran, tirar piedras a ventanas a ver qué pasaba y, en general, hacer todo el mal posible, que de eso va la infancia y la adolescencia. De no saber que hay más cosas además de tu ombligo.

A pesar de todo lo divertido que era ser un pequeño psicópata en potencia allí faltaba algo. Yo leía muchísimo. Mi abuela tenía miedo. Creía que de tanto leer cómics o libros me iba a volver loco. Llegó a esconderme una caja de cartón donde yo escondí a su vez mis cosas de leer. Y mi abuela vió que en el baño yo me ponía a leer las etiquetas de los champús. Me dió por imposible, aunque a mis primos les molestaba, por razones desconocidas, que yo leyera (“¿Qué pasa, eres maricón o qué?“). Lo hacía a escondidas cuando no había adultos presentes. Pero aparte de la caja de libros y cómics allí no había mucho más. Un kiosco que no traía gran cosa y una librería. El verano cuando no fuéramos al río o no estuviésemos tirando piedras a cosas iba a ser largo.

Hice una excursión a la librería. Había muchos crucigramas, muchas novelas romanticonas, incluso muchas del oeste. También, claro, muchísimas revistas de los temas estrella de los años 80: las artes marciales y los ovnis. Entre aquel montón de cosas desordenadas, entre los libros de colorear para niños, estaba aquello. El libro del que hablamos. Valía un testículo y parte del otro. Entendedme, que yo tendría 9 o 10 años. Me daban mis padres algo de paga los domingos, pero echando cálculos tendría que estar mes y medio-dos meses de verano gastando exactamente la mitad de lo que me daban. Y ahorrando la otra mitad. Las chuches, el cine: todo la mitad de las veces, la mitad de la cantidad. Dos meses.

La ruta

Iba a ser duro. Cada semana iba de excursión a la librería, quemándome vivo por las calles y las cuestas. Esquivando a otras pandillas de chicos, que tenían aficiones parecidas a las de mi barrio respecto a tirar piedras a cosas/seres vivos. Llegaba a la librería, ojeaba algo el libro. Intentaba quedarme con algún dibujo, con algún párrafo, para devolverlo a su sitio e irme. Entre excursión y excursión a la librería fantaseaba con las cosas que habría en el libro. Con qué monstruos se pelearía Spiderman, si podría lanzar muchas veces las telarañas. Pensaba qué tipo de cosas elegiría más (¡esquivar! ¡esquivar antes de atacar!).

Pasaron dos o tres semanas. Tras varios ratos de leerme el libro vi que la cosa iba de, cuidado, SALVAR EL MUNDO. ¡En el libro Spiderman salvaba el mundo…o moría en el intento! Que yo había visto alguna elección que te llevaba a morir, ojo. Había demasiado en juego. La cosa ya no tenía marcha atrás. Así que había que tomar medidas extremas: en la siguiente excursión escondí el librojuego de Spiderman entre las revistas del corazón y cotilleos. Ni muy al principio ni al final. Ningún niño flipao iba a quitármelo.

Pero no sé cuando se me ocurrió. ¿Y si alguna señora compraba una revista de cotilleos, veía la portada de Spiderman y pensaba “anda, se lo compro a mi hijo/sobrino/nieto“? Se me ocurrió a dos días de la siguiente excursión a la librería. No podía ir antes. Lo pasé fatal. Si se lo llevaban…¿qué haría yo? ¿y si a ese niño no le gustaba y no se lo leía? ¿quién salvaría al mundo? Me costaba dormir y todo. Con paliza de ir al río y todo, que se dice pronto. Pensaba incluso en hacerme uno yo con un cuaderno, en aprender a dibujar, yo qué sé.

Al llegar a la librería ese día me quedaba como una semana de ahorros o quizás dos. Y no estaba. Por ningún lado.

Nada.

La llama

No estaba en el nuevo escondite, entre cuadernos de deberes de verano (yo creía que era el escondite definitivo). Todo había acabado. Otro estaría leyéndolo. Otro intentaría llevar a Spiderman a salvar el mundo y quizás no lo conseguiría. Me iba a ir, hecho polvo como nunca, cuando vi que lo estaba leyendo el librero. Diréis, “hombre, haberle dicho que te lo guardara“, pero de los mismos nervios me fui corriendo a las cinco de la tarde de finales de agosto con un sol que hacía derretir la vida. Pedí que me dieran la paga YA, y ese fin de semana no saldría o no gastaría nada. Daba igual, todo estaba sobre el alambre. Esa misma tarde huí de nuevo corriendo, ahora a la librería.

Y lo compré. Y lo metí en una bolsa, para que nadie me viera.

Entré corriendo en el dormitorio, encerrándome. Vi la ficha de personaje, saqué hoja y lápiz, cogí el dado. Así hasta la hora de cenar. Y al día siguiente igual. Me lo llevé al río. Ese día no me bañé. Me jugué todo, llegué a todos los finales posibles. En unos Spiderman salvaba el mundo. En otros moría a manos de supervillanos. En otros se perdía en un desierto helado y en otros era transformado en cosas, con clara intención humorística. Incluso en uno se volvía malvado y acababa con el mundo. Cuando llegué a ese solté un “haaaaaala” enorme.

El autor tenía sentido del humor y Spiderman hacía muchos chistes horribles que irritaban a sus enemigos. En el librojuego visitabamos varias ciudades, nos peleábamos con Hulk, con el Duende Verde, nos enfrentábamos a un desafío que ponía en peligro todo, aparecía Mary Jane…y estaba bastante bien ilustrado. Ponían unas imágenes de Peter Parker exageradamente sexys, la verdad: en la vida uno pensaría que había sido un friki perseguido. El librojuego era muy divertido, era todo lo que había imaginado. Pero eso no era lo más importante.

Lo importante es que lo había conseguido. Había llevado a Spiderman a salvar el mundo. Ese libro había tenido toda la atención y cariño que merecía. No había sido un montón de páginas encuadernadas más en la casa de un niño. Yo lo había leído una y otra vez. Había muerto, había salvado el mundo, me había perdido en el desierto helado. Una y otra vez. Todo el esfuerzo, sufrimiento, capacidad para esperar habían sido recompensadas. Desde la total ignorancia de lo que me encontraría, apenas aclarada en las breves excursiones semanales a la librería. Todo ese misterio sobre algo deseado es ahora, creo, imposible. Y yo, en alguna ocasión leyendo el libro, había salvado al mundo. Como Spiderman. Lanzando redes. Esquivando tortas. Riéndome en la cara de los malos. Lo había hecho. Varias veces.

Se me había olvidado durante años. Yo, como otros tantos, lo había hecho. Creo que ya no se me olvidará nunca. El recuerdo de lo que hice estará ya conmigo…siempre.

Sed felices.

P.D.: El libro está descatalogadísimo, por supuesto. Pero hay muchos sitios donde uno se lo puede descargar en PDF. En éste enlace de La Fortaleza de Manpang está la colección completa: le dais a la portada del libro que queráis, os lleva a una página de 4shared, damos al botón “descargar” y luego en “descargar gratis”.

el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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