El cómic de la semana: Eagle: la forja de un presidente, de Kaiji Kawaguchi. El Ala Oeste/Primary Colors/House of Cards del manga

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Bienvenidos un sábado más a la sección de los amantes del cómic. Bienvenidos a El cómic de la semana, y también quiero dar la bienvenida a los auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez. Otra semana más tenemos un especial de La Tapa del Obseso con el cómic de la semana y hoy toca: Eagle: la forja de un presidente, de Kaiji Kawaguchi.

Reflejar bien en una obra de ficción las entrañas de lo que es la política real en un país rico es difícil. Podríamos pensar que siempre hay intereses poderosos para evitar que un director de cine listillo ponga luz sobre la suciedad de la política, aunque no es lo normal. Sí, Chaplin tuvo problemas por rodar El Gran Dictador o el rodaje de Espartaco fue muy valiente políticamente en su época, pero hay todo un género en el cine de retratar la política con todas sus miserias. Berlanga lo hizo admirablemente en España. Varias veces. El principal problema tiene que ver con la misma ficción representando algo real o queriendo hacerlo: las películas deben ser entretenidas, deben tener un ritmo adecuado y tener una coherencia para ser un buen producto. La realidad es muchas veces tediosa, falta de ritmo, incoherente, azarosa y falta de sentido. Hacer una película con estas características suele llevar a que sea complicado distinguir si es una genialidad o una tomadura de pelo que trata de disimular la falta del talento del director para hacer algo sólido.

Con la política chocamos con otro escollo más: hablamos de gente muy poderosa. Gente que puede promover cambios que nos afectan en el día a día a todos. Como sus decisiones pueden hundir países o enriquecer lo que antes eran desiertos es muy fácil pasarse de frenada y poner sobre el papel cosas que no aguantan un repaso a la realidad. Aquí hay que hablar de dos extremos. El primero, el de la famosa serie El Ala Oeste de la Casa Blanca, en el que el presidente, muy demócrata, muy culto, muy heróico, era la idealización suprema del ser humano hasta el punto que resultaba involuntariamente cómico. Sí, los guionistas eran capaces de sorprendernos con unos diálogos maravillosos, pero la caracterización del protagonista lo hacía todo nada creíble. El segundo extremo es House of Cards. La serie seguramente aguantaba por la actuación de Spacey, pero era todo lo opuesto al Ala Oeste: el protagonista era caricaturescamente malvado, maquiavélico y hasta sádico. Era profundamente torpe manejándose políticamente: alguien que sopla de ese modo tan inocente revelaciones a una periodista novata no hubiera pasado de concejal de Alcorcón en la realidad. Ya no digamos (SPOILER DE LA SEGUNDA TEMPORADA) ser un alto cargo de una administración y decidir empujar a una periodista que es una don nadie a las vías de un tren. Yo ahí dejé de ver la serie: intenté imaginarme a Soraya Sáenz de Santamaría con una chaqueta y gafas de sol en el Metro de Sol en Madrid empujando a Nacho Escolar a la vía del tren y me partía de risa. Si algo así lo parimos en España y lo sacamos en una serie toda la red se nos llenaría de los “qué malo es el cine español que sólo hacen pelis de la Guerra Civil” (FIN DEL SPOILER).

Bueno, otro día más sin un sólo periódico criticándome. Cuánta gloria.

El cine tiene varios buenos ejemplos de contar las cosas de un modo más o menos verosímil (por poner un ejemplo, Los idus de Marzo). Sí, sé que existe “Sí, ministro“, que suele decirse que refleja más o menos bien toda la pelea de los políticos con los burócratas en una sociedad avanzada. Pero vamos al cómic. ¿Qué hay en el cómic? Hay cómics políticos, muchísimos. Muchos de denuncia, muchos de crítica social. Los que queráis. Pero pocos desde la perspectiva de cómo funciona la maquinaria política por dentro. Las tripas. Y ya en Japón no digamos: hablamos de un país muy conservador si lo miramos desde la perspectiva occidental. Como en tantas cosas, podrían ser de otro planeta perfectamente. Toda la ola feminista que ha llegado para quedarse allí no se nota o lo hace muy débilmente y ya no hablamos de debates sobre la igualdad o cosas parecidas. Recordemos que el Partido Liberal Democrático (de carácter conservador) ha gobernando prácticamente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, con algunos años aislados que no (con “ayudas” de los servicios secretos estadounidenses, sí, es cierto). Es muy posible que mucho de lo que hay de contestatario o crítico con las instituciones o con la política esté en los videojuegos (como en Persona 5, toda una crítica rotunda a la gerontocracia japonesa y el ahogamiento social de los jóvenes) o en el manga (en géneros como el josei o el seinen). O quizás esté simplemente lo político, es decir, la idea de que las cosas pueden cambiar y no tienen porqué ser así. Entre los ejemplos más conocidos en el mundo del manga está el clásico Eagle, la forja de un presidente, de Kaiji Kawaguchi. En España fue editado por Glénat en 2008 en cinco tomos de, más o menos, 400 páginas cada uno.

Como nos dice la portada, es la historia de un candidatos asiático-americano a la Casa Blanca. En el momento en que nos llegó a España (2008) se habló de lo “profético” del manga: era el año anterior a que Obama fuera candidato a ser presidente de los Estados Unidos. Aunque el manga empezó en 1997 para acabar en el año 2001. En plena era de Bill Clinton. Es divertido cómo la historia profetiza, es verdad, cosas que pasarían muchos años después: un candidato no anglosajón, la identificación de Al Gore (en el manga “Al Noah”) como un tipo listo pero tirando a sin alma, la sombra de una inquietante Hillary Clinton (en el manga “Ellery Clayton”), las maniobras de Bill Clinton (en el manga es “Bill Clayton”)  o incluso cómo el candidato del partido republicano en el manga es sospechosamente parecido al que en la realidad competiría con Obama por la presidencia del país: John McCain. Este último incluso físicamente. No vamos a ponernos místicos ni hablar de poderes mentales ni nada así, pero no deja de ser divertido como el autor acertó en algunas de las cosas. Parece que el propio autor del manga hizo un viaje por Estados Unidos durante las campañas electorales previas a las elecciones presidenciales del año 2000. En el fondo el manga trata un poco de eso.

A la izquierda, John McCain en la realidad. A la derecha, su versión anticipada en el manga.

Como suele pasar en casi todo relato de las intrigas políticas de Estados Unidos, el protagonista pertenece al Partido Demócrata. Es un asiático-americano tirando a gigante (en este manga el tamaño físico de la gente da pistas de otras cosas) que se ha propuesto ser presidente de los Estados Unidos. Algo que suena, como ocurrió con Obama años después, como algo poco más o menos que imposible: algunos de sus rasgos son lo de una minoría, no tiene el apoyo de casi nadie en el partido, su equipo inicial es minúsculo. La historia comienza con un periodista japonés de un periódico de Tokio que recibe la solicitud de un candidato a la presidencia de los Estados Unidos para que se una como periodista oficial de su campaña. Efectivamente, ese candidato es nuestro protagonista, Kenneth Yamaoka. Como hemos dicho, vemos mucho de la historia a través de los ojos de este joven periodista, que sospecha de las intenciones del candidato, se pregunta cual es su auténtica relación con él y que nos acompaña prácticamente desde cero en el conocimiento de cómo funcionan las elecciones en los Estados Unidos.

Es decir, el periodista va explicando desde la nada cómo funciona todo el gran circo de la política: qué son los “caucus”, cómo funcionan las nominaciones, qué cosas son normales en las campañas, los grandes rasgos de los dos partidos, etcétera. En ese sentido informativo el manga es estupendo y fiel a la realidad. Muy didáctico, vaya. La historia es, como era de esperar, la historia del candidato asiático-americano por ser candidato del partido demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, con una última parte que no revelaremos a quien no se la haya leído pero que incluye las elecciones a presidente entre los dos candidatos que resultan elegidos al final. Estamos casi siempre en el pellejo del joven periodista que va descubriendo poco a poco todas las tretas, artimañas, engaños, juego sucio y sobornos que van de la mano del proceso. En ese sentido la historia del manga sí es más creíble que las series de televisión que hemos criticado antes: los personajes de la historia suelen tener unos ideales comprensibles y muchas veces unas debilidades o flaquezas también muy comprensibles. No hay exageración idealizada o demonizante, por lo general. Las tretas, engaños, puñaladas traperas y jugadas geniales son, vamos a decirlo, algo exageradas respecto a lo que nos llega al común de los ciudadanos, pero me temo que es un problema de cualquier ficción sobre el tema (quitando “Sí, ministro”). Es decir, hay demasiadas “jugadas geniales” a lo Death Note y en general poco espacio a algo común en política: el azar, la potra, la casualidad o las mil millones de cosas que, de verdad, no es capaz de controlar nadie.

Bill Clinton, con Al Gore y Hillary Clinton en sus versiones del manga

Al fin y al cabo, hay algo de shonen en la historia. Es decir, de Bola de Dragón, de El Puño de la Estrella del Norte, de Naruto.  Cada parte de la historia tiene un “enemigo” al que el protagonista debe derrotar políticamente o sumar a su campaña o eliminar de la escena pública. Nos anuncian quien es el adversario: un sindicalista, otro candidato a presidir el partido demócrata, una mujer con alguien ha tenido un escándalo sexual, un alcalde muy influyente, un militar prestigioso que pasa de la política o a veces unas elecciones primarias. Nos cuentan un poco su historia, avanzamos algo las conversaciones del candidato con el periodista, conocemos algo nuevo del sistema o de la sociedad de los Estados Unidos, hay una primera confrontación, hay un período de replantear las cosas y luego una confrontación final del candidato con el problema, el nuevo miembro de la campaña o el adversario a derrotar políticamente. En cada fase el “enemigo” será distinto, pero habrá en general una casi ausencia de los anteriores enemigos o elementos de anteriores fases en las siguientes. Puede entenderse como una crítica, pero la cantidad enorme de páginas del manga hubiera sido una auténtica locura de haber sido más estrictamente realista, con gente que no desaparece de la escena por haber sido derrotada por jugadas geniales: precisamente en política es donde se puede morir varias veces. Quiero decir, que aunque reste algo de complejidad el relato gana en agilidad. De hecho, para ser un manga de política es vergonzosamente fácil y cómodo de leer, precisamente por la estructura que estamos contando. Quizás no refleja a la perfección como funciona en la realidad el asunto, pero no hay errores groseros por exageraciones en la psicología de los personajes, que es realmente el fuerte de la historia.

La historia no se reserva nada en cuanto a dureza. Hay sobornos puros y duros, chantajes, uso de líos sexuales contra adversarios, promesas rotas para trepar, uso de frases del otro de manera demagógica para hacerle quedar mal, uso de dinero para contratar matones para provecho político y muchísimo juego sucio por tierra, mar y aire. Como dice el encantador, maquiavélico, mourinhista y partidario del juego sucio asesor del protagonista (basado en el mítico y muy real Dick Tuck) ganar en política no va de la verdad, va del relato, de la historia. Aunque, insistimos, todas las tretas no se hacen desde la amoralidad y el nihilismo de un Frank Underwoord: aquí casi todos tienen altos ideales que, entienden, sólo pueden alcanzarse en el mundo real bajando al barro y luchando a cara de perro.

George Tuck (la versión del manga de Dick Tuck) abroncando a todo el equipo de campaña del protagonista

Por finalizar, es de las pocas aproximaciones a la política estadounidense exitosas en el manga. Llega a ser exitosa por el equilibrio ya mencionado entre ideales y pragmatismo, que hace a los personajes políticos creíbles en sus motivaciones. La estructura de la historia, que va por fases con “enemigos finales” en cada una, aleja la historia de la complejidad real de la política pero hace que absolutamente nadie se pierda en el relato y éste sea divertido sacrificando casi lo justo sin sacarnos de la historia, haciendo que sigamos creyéndonosla. Es cierto que hay unas cuantas cosas que, sabiendo mínimamente como funciona Estados Unidos, son políticamente increíbles (como la escena del protagonista yendo a un bar de Texas él solito para hablar contra la libertad de armas, lo que en condiciones normales para un asiático significaría que menos que una paliza o algunas de las propuestas del protagonista que hundirían a cualquier demócrata en las encuestas con sólo insinuarlas, como su política de defensa casi al final de la historia). Es esto último el mayor punto flaco de la historia: en ese punto el autor ha ido mucho más allá de lo que es creíble sociológicamente, incluso a día de hoy. Es normal: no se puede profetizar todo, nadie tiene poderes mágicos. Aún así es perdonable por los buenos momentos que da una lectura amena, que enseña cosas reales, que llegó a anticiparse a cosas del futuro y que hace más creíbles psicológicamente a los personajes que en muchas series de televisión de renombre.

Yo os diría que no vayáis solos a un bar de Texas a decir que se flipan con lo de las armas.

¡Sed felices!

el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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