Mis guerras perdidas, de Ennis y Parlov. El descenso al Horror de Nick Furia.

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Garth Ennis nos ha dado muchos buenos momentos. Guionista de cómics visceral, el bueno de Ennis siempre ha tendido a las macarradas, los chistes con casquería y las ganas de escandalizar a la gente, como si fuera un niño que acaba de descubrir que ir con el pito fuera provoca grititos en las amigas de su abuela. Pero, y esto es es lo fascinante, hay otro Ennis. No sabemos cómo, pero el provocador y macarra es capaz a veces de contenerse y hacer guiones de cómic espectacularmente maduros, certeros y desapasionados. Es decir, exactamente lo contrario de lo que suele hacer. Desde esta página hemos escrito ya sobre sus comics y sus volantazos (aquí y aquí).

También desde este blog Fernando está reseñando su segunda etapa de El Castigador (1, 2, 3). Este etapa, ya del siglo XXI, es seguramente un clásico moderno del cómic anglosajón. No del género de superhéroes, que ni aparecen en la historia, no: del cómic anglosajón. Ennis convierte a El Castigador, a Frank Castle, en algo más que un matón de traficantes de drogas y mafiosos. Es un personaje de Eastwood, un tipo que habla poco y no hace nunca alardes. Alguien dedicado a una sola misión, que es más una fuerza de la naturaleza que una persona. Alguien aterrador por lo sobrio que es en su forma de actuar y hablar. Alguien que se enfrenta a un mundo dolorosamente realista, dolorosamente gris y dolorosamente creíble. Al final, representa las ganas de purificar al mundo de todo lo terrible que existe, esa parte de nosotros que no quiere contemplaciones. Esa parte oscura que nos hace desear barbaridades contra la gente que es bárbara. Ennis la saca, la pule, la hace sobria y le quita alardes. Y la deja correr con todas las consecuencias. Hacer eso sin caer en la exageración o la farsa (cosa que ha hecho él mil veces) es un milagro, algo meritorio a más no poder. Es por eso que esta etapa es un clásico moderno, como hemos dicho. En los enlaces puede uno ver que comparo esta etapa con el Daredevil de Miller, y lo sigo defendiendo. Es algo de ese nivel. Y, quizás, más constante y sin altibajos. Más solida.

Cuando acabe la publicación que hay en curso en España de esta etapa creo que sería buena idea publicar otra vez “Furia: mis guerras perdidas”, guionizado por el mismo equipo: Ennis al guión y Parlov en el dibujo. Miniserie que hicieron cuatro años después de acabar El Castigador, de apenas 13 números y que Panini publicó en dos tomos (1 y 2). En resumen, Ennis y Parlov emplean la misma narrativa y el mismo tono de su celebrada etapa en El Castigador para contar, de boca de un anciano Nick Furia, la historia de algunas de las guerras y conflictos de Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Con Nick Furia de protagonista y con, claro, viejos conocidos de su paso por El Castigador como invitados.

Nick Furia puede parecer el Clint Eastwood de El Sargento de Hierro al abrir el cómic y en algunos momentos, pero la cosa va más allá. Viejo y cansado, queriendo guardar sus memorias, Furia hace todo un triste recorrido por su vida en las operaciones secretas de Estados Unidos en el siglo XX. Es probable que sepamos muy poco sobre esas cosas en el mundo real, casi siempre tras la desclasificación de documentos cuando las cosas han pasado hace muchísimo tiempo. Como suele pasar con el cine y la literatura, la realidad siempre es menos romántica, con más chapuzas y más intereses cruzados. El cómic apunta a esta misma línea, cosa poco habitual. Intereses bastardos económicos, planificaciones horribles que llevan a la tragedia, las operaciones especiales usadas no tanto para magistrales golpes de efecto sino como un cubo para achicar algo de agua y unos pocos idealistas rodeados de cínicos y yonquis de la guerra.

Es cómic incómodo, triste, descorazonador y de caída a la realidad. A pesar del paso de las guerras y conflictos por la historia, lo relevante es la relación entre el cínico Furia, su idealista ayudante Hatherly, la mujer fatal llamada Shirley y el congresista-hombre de negocios Pug. De la Indochina francesa a la guerra de Vietnam pasando por un intento de asesinar a Fidel Castro o las contras de Nicaragua. Todos esos escenarios hacen avanzar la relación de Furia con ellos, entre ellos y contra ellos. Garth Ennis nos habla de la dura lucha del idealismo contra el cinismo, de la defensa de los ideales contra todo el conjunto de fuerzas que quieren sacar algo para su provecho, las que ignoran que pasa a pie de calle y a las que, en el fondo, miran para otro lado mientras nada importante explote. Habla de las luchas llenas de soflamas de juventud dándose de bruces contra la realidad, sucia, fea, gris, decepcionante.

El idealismo está en todas las trincheras, y Ennis se pone de parte de todos. Admira al vietnamita que está dispuesto a cualquier maldad y horror para salvar a su país, admira al terco Furia en su lucha por pelear otro día más. Dota de una dignidad magnífica al soldado de a pie francés, cosa rara en los cómics anglosajones (la escena bélica mejor de la serie es la de un contraataque de la Legión francesa). Todo el que sueña y pelea en el barro tiene su momento de reconocimiento, a pesar de que esté dramáticamente equivocado o tenga pasados terribles. Pero no hay piedad para los planificadores, los intrigadores, los que deciden que una base militar debe estar en un sitio mierdoso que otros deben defender y que no van a pisar ellos, con los traficantes de la guerra, los que usan todo el idealismo de los demás para perpetuar guerras con el único objetivo de hacerse ricos. En definitiva, los que deciden desde un despacho que otros van a sangrar y morir, y que lo van a hacer por puro beneficio personal.

A pesar del protagonismo de Furia, alguien que oscila en esta lucha entre el cinismo y el idealismo, el que marca el cómic no es su interés romántico, Shirley, sino su compañero Hatherly. Un joven idealista que cree en el sueño americano, el más grande que ha tenido ningún ser humano. Alguien que parece secundario o que está de fondo por momentos, pero que es la clave del significado de todo lo que Garth Ennis nos está contando. Él es el idealista, el muchacho joven que todos hemos sido. Él es el primero que no entiende cómo los países democráticos reclutan científicos o soldados con pasado nazi tras la Segunda Guerra Mundial, cómo soldados con el uniforme de Estados Unidos pueden corromper el sueño por el vil metal. Tiene flaquezas, duda de sí mismo y llega a querer rendirse con tal de salvar a todos en algún momento. Son unas emocionantes palabras suyas las que cierran la historia, unas que nos habían robado desde casi el inicio del cómic. Unas que te dejan pensativo, recordando lo que tú has defendido y peleado, viendo donde estás ahora. Es un cómic de madurez. No de incitación a la depresión y la pasividad, sí de reconocimiento de las propias cicatrices.

Por finalizar, el cómic es duro por lo que cuenta y por lo que quiere hacernos llegar. En ningún momento pierde la tensión, en ningún momento se meten cosas innecesarias. Es un cómic que con todo lo terrible que cuenta es sorprendentemente sobrio. No hay ninguna idealización de absolutamente nada, muestra una realidad cruda sin sitio donde esconderse para nadie. Es una maravilla que, me temo, se entiende mejor con determinada edad. Ojalá publiquen los dos tomos con los 13 números otra vez.

Sed felices.

el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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