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A mi me sigue importando

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

La verdad es que es un no saber qué hacer. Ya sabes de lo que te hablo. Es esa conversación que has tenido mil veces. Con tu hermana. Con el del trabajo. Con el peluquero. Madre mía, Capitán Haddock, que solo es miércoles. No te lo vas a creer pero David te recuerda que es viernes otra vez. Los lunes también te odian a ti. Memes en los estados de WhatsApp y respuesta automática “de lunes” cuando te preguntan qué tal estás un, cuidado, lunes. Y por supuesto el reverso tenebroso (jajaja) de todo este espectacular show: cuando todo el supuesto horror acaba en algún momento del viernes por la tarde resulta que, ayh amigo, no son pocos lo que, en realidad, tampoco saben muy bien qué hacer. Y nadie sabe quién tiene la culpa de la lluvia.

Que al final la tristeza de los triángulos isósceles la remediamos con fútbol, Netflix, dándole al frasco e intentando el acto sexual de follar. Hay mucha gente que viaja, que sube cerros y monta mucho en bici. Mandamos memes de risa. Incluso se escucha música o se juega a videojuegos. Hay círculos oscuros en los que sigue leyendo libros o incluso cómics. No deja de llover, y la policía sigue ignorando el suicidio de los triángulos isósceles.

En toda esta triste hora a mi sí me sigue importando. Pero desde el lunes, ojo, desde el mismísimo primer frente del campo de batalla ampliado. A mi me importa y el torrente que ya ha formado la lluvia no se me lleva. Sé lo que va a pasar. El domingo estarán allí. Las dos. En casa de mis suegros. Tienen como diez años, una puede que tenga alguno más y puede que otra tenga alguno menos. Mi hija y su prima. Inmensamente más listas que yo a su edad. O puede que sin el “que a su edad“. Pero van a estar allí.

Y el que estén ya podría ser más o menos importante, podría despistarnos de nuestra titánica y necesaria tarea de dar scroll pabajo en nuestra red social favorita o en la de enfadarnos con desconocidos por cosas que, amigo, tampoco conocemos en el fondo tantísimo y con las que nos enfadamos de manera loquísima y absurda. Pero, a mi, Catilina sí me ha agotado la paciencia, y si me preocupa que ellas estén allí.

Y a mi sí me importa porque alguien tiene que hacerlo. Los adultos de por allí ya no quieren ni les importa. Desde aquí no podemos culparles. Los adultos están o estamos para otras cosas. Somos los límites y el control. Somos el tope de realidad y la estabilidad emocional (más o menos). Los niños no pueden limitarse, ni muchas veces controlarse ni la mayoría de veces ser estables emocionalmente. Cada uno tiene su papel, yo no envidio el suyo y ellos desde luego no envidian el mío. Pero esos papeles deben existir.

Y como deben existir alguien debe hacerlo. Alguien debe volver a las mazmorras, alguien debe elegir entre el bárbaro, el enano, el elfo (o el troll) y el mago. Alguien debe descubrir esa puerta secreta y alguien debe decirle a su prima que para escapar de la gárgola y sus mil bichos que las persiguen deben ir por la izquierda, lanzar un hechizo y lanzar los dados. Alguien debe descubrir los tesoros y lanzar los dados de uno en uno para ver si de esa manera los golpes de los orcos hacen menos daño. Esos alguien son ellas. Y yo, el adulto, soy el alguien de los límites, las reglas del juego, los monstruos que acechan en las esquinas o las terribles trampas que les quitan su vida poco a poco. Todo esto lo hacemos jugando al juego de mesa Hero Quest en su versión de 2022.

Ellas juegan conmigo, un señor de más de 40 años, al Hero Quest de 2022. La escena es terrorífica, tengo fotos, lo juro. Un señor gordísimo, con poco pelo y con apariencia de tener una ética espantosa en todos los aspectos de la vida jugando con miniaturas de monstruos, de bárbaros, con dados y puertas, con dos niñas de apenas una década de edad delante. La pequeña disfruta matando monstruos cuerpo a cuerpo, la mayor prefiere lanzar hechizos, robar lo que pueda y salir huyendo. El patético gordo supuestamente adulto cuando ven que están achuchadas pone menos monstruos y menos trampas de las que tocarían, pero aún y con todas algún personaje se les muere a las nenas. Quicir, que se saldrán con la suya, pero jugar mal tiene consecuencias. Es posible que lo sepan perfectamente. Y que no las importe.

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En todo ese percal cómo no pensar que otros adultos vean aquel show y piensen que vaya aburrimiento, que madre mía abuelo dedícate a adelgazar y en vez de tanta figurita de monstruo céntrate en sustuir los filetes por algo de ensalada. Hazte otro ciclo de grado superior, que el que has hecho no te ha cundido, por favor. Como en todo, quien tenga esos pensamientos o los verbalice seguro que tiene razón, ante la tristeza del patético gordo. Pero al final no pasa nada. La realidad es la que es, la diga Agamenón o su porquero.

Y es verdad que puede que haya muchos más juegos mejores para su edad, más bonitos, más actuales, con mecánicas mejores, más sexys y todo lo que queráis. Que también es verdad: desde aquí rechazamos el enfrentamiento de egos y el dolor gratuitamente infligido (como hemos podido ver en el primer párrafo). Tenéis razón. Y yo no. Pero a mi me sigue importando que el imaginario e inexistente Sir Ragnar esté el pobre capturado por orcos y goblins en una celda. Y que a nadie parezca importarle que se pudra allí, y creo que alguien debe bajar a la mazmorra, matar a montones de monstruos que son malos porque sí y rescatar a aquel pobre hombre. Por mucho que no exista. Y qué queréis que os diga, que aquí el que más y el que menos ha creído y discutido amargamente sobre cosas inexistentes como los Reyes Magos, la auténticidad del rocanroul, Dios, la meritocracia, la igualdad ante la ley o la limpieza en el mundo del fútbol. Pues eso, hombre, que no te importe llorar. Tienes mi gordo y cómodo hombro. Estoy blandito, ven que te abrace, que hoy me he duchado.

Pero, como decíamos, a mi me sigue importando. Por eso no se me aparece como un reloj el Capitán Haddock los miércoles para recordarme que la semana se hace larga, a mi los lunes ya casi no me odian y no necesito tanto que venga David Lynch a recordarme que,  increiblemente, es viernes otra vez. Ni siquiera necesito que Alicia me siga por el aire en bicicleta. Porque de vez en cuando pienso en la siguiente misión a la que irán las dos, cada una con dos miniaturas, con sus dados azules y rojos. Que a lo mejor es muy difícil, que no, que en la última arrasaron y si palma un personaje de los cuatro mejor, así se lo piensan. Que a lo mejor nos saltamos esta aventura y les ponemos otra que les gustará más, que aquello de la última aventura está claro que les gustó y les hizo gritar cuando lo superaron. Que insisten en que si ganan a los monstruos y ganan misiones que les tengo que dar dinero de verdad (y me pongo a recordar la cantidad de cosas menos importantes en las que he tirado tantas veces el dinero). Que a lo mejor llevo muritos de piedra a escala para hacer de muros de las habitaciones, los que compré hace mil años dios sabe el porqué.

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A mi me sigue importando que las dos rescaten a Sir Ragnar y que le den una paliza al malo maloso del Rey Brujo, hechicero malvado final del juego base de Hero Quest. Por él la pequeña ha preguntado alguna vez y la mayor le desprecia, sacándome las dos sin querer una sonrisa. Me importa porque a nadie más de por allí le importa, además de a mí y de a ellas. No queda tanto para que solo me importe a mi, no nos engañemos. La entropía y el paso del tiempo siempre vencen. Y, cuando eso pase, yo sí recordaré cuando durante un tiempo a mi sobrina, a mi hija y a mi nos importó jugar juntos. Así hasta el día en el que dentro de muchos años quizás a ellas les vuelva a importar todo aquello, y me vuelvan a sacar una sonrisa sin querer al recordármelo.

O quizás no, yo qué sé, igual no pasa. Pero, ¿sabéis que os digo?. Que a mi, hasta que gane la entropía, me sigue importando.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.
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