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Crítica de Código 8 (Parte 2) (2024): digna secuela en Netflix

A casi cuatro años de su primera parte y tras un proyecto de spin-off en formato serie finalmente no concretado en formato, Código 8 (Parte 2) está desde hace algunos días en Netflix, teniendo una vez más a Jeff Chan en la dirección y a los primos Robbie y Stephen Amell interpretando a la dupla central. Perdiendo algunas fortalezas de su antecesora, pero ganando otras, acaba por ser una interesante secuela que recurre a la distopía para alertar sobre los peligros de la vigilancia policial en el contexto de un estado militarizado.

Allá por abril de 2020, en plena pandemia, la película Código 8 (también llamada según los países Code 8 o Code 8: Renegados) llegaba a Netflix tras haber sido estrenada en diciembre del año anterior en Canadá y sorprendía gratamente con una distopía urbana que le daba una vuelta de tuerca menos optimista a los filmes de superhéroes tan en boga por aquellos días (aquí la crítica de un servidor). La misma, recordemos, se inspiraba en un corto de 2016 también dirigido por Jeff Chan, quien está igualmente a cargo de Código 8 (Parte 2), secuela que hoy nos ocupa.

A diferencia de la película anterior, que estaba solo escrita por Chris Pare, en este caso participan también del guion Sherren Lee, Jesse LaVercombe y el propio Jeff Chan. Por lo demás, vuelve a tener como protagonistas a Robbie y Stephen Amell, así como a ubicarse en un futuro distópico no demasiado lejano en el que un cuatro por ciento de la población posee poderes especiales, pero en lugar de convertirles ello en privilegiados, les obliga a vivir prácticamente en la marginalidad al ser objeto del rechazo social.

La Historia

La película comienza cinco años después de los sucesos que dieran final a la anterior y vemos a Connor (Robbie Amell) salir de la cárcel tras purgar condena por haber asumido en su totalidad la responsabilidad de aquel atraco al que se sumara para ayudar a su madre enferma y que terminara con policías muertos.

Aquella operación, recordemos, fue liderada por Garrett (Stephen Amell) que, sintiendo culpa y diciendo deberle una, va a buscar a Connor a la salida del penal para ofrecerle su asistencia, pero solo consigue que le mande de paseo. Por cierto, ha ascendido bastante en el mundo de la delincuencia desde aquellos días y ahora controla el narcotráfico de Lincoln City, ciudad ficticia en que, una vez más, nos ubicamos. La droga en cuestión es la famosa Psyke, de la cual ya tuviéramos noticias en el filme anterior y que se extrae de la médula espinal de los individuos con superpoderes.

En cuanto a la policía, el sargento Kingston (Alex Mallari Jr.), a quien conociéramos ya en la primera película, también ha ascendido y se ha convertido en una figura pública de renombre al asumir como causa propia la seguridad de la ciudad y retirar de circulación a los cuestionados Guardianes, policías-robot que habían originado más de un desmadre. En su lugar, presenta en sociedad a la división K-9 de perros-robot que, según los promociona, no matan e incluso cesan de asediar al delincuente cuando este levanta sus manos.

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Connor, mientras tanto, quiere alejarse por completo del mundo del delito y por tal razón se dedica a impulsar un centro comunitario en el que colabora codo a codo con su directora Mina (Jean Yoon). La institución se dedica fundamentalmente a asistir a niños y adolescentes marginales, lo cual incluye desde ya a aquellos que poseen habilidades especiales.

Pero el pasado parece perseguirle adonde vaya y cuando una niña llamada Pavani (Sirena Gulamgaus) pide asilo tras ser testigo de la muerte de su hermano por uno de los K-9 (los que supuestamente no matan), Connor asume su protección y termina haciendo lo que no quería: volver a pedir ayuda a Garrett.

El poder especial de Pavani, por cierto, consiste en interactuar con la tecnología como si fuera parte de ella, al punto de ser capaz solo con su mente de sacar información de una unidad de memoria o dejar inactivos los circuitos de un sistema. Ello le puede servir para llegar al K-9 que mató a su hermano y extraer la información que pondría en evidencia la mentira de Kingston, quien, obviamente, está dedicado a darle caza para evitar que ello ocurra.

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Distopía y Crítica

Si comparamos con la primera película, lo primero para decir es que la historia se desarrollaba en aquella con más solidez y lo hacía ya desde los primeros minutos, mientras que aquí le cuesta tomar ritmo. No obstante, ello se compensa con una mayor profundidad en los temas tratados, siendo particularmente más clara la crítica a los estados militarizados y la vigilancia policial.

Hay, desde luego, mucho que remite a las películas de la franquicia Robocop, haciendo acordar bastante el clima opresivo de Lincoln City, con una fotografía en que predominan grises y tonos pastel, a la Detroit de aquellos filmes. Una atmósfera cyberpunk impregna el conjunto y la historia tiene algunos puntos de contacto con la interesante serie brasileña Omnisciente (aquí análisis de un servidor) que, con una única temporada, pasara injustamente por Netflix sin pena ni gloria (ni tampoco promoción). Y no faltan toques neo-noir que evocan a Michael Mann.

La crítica política es más fuerte que en la primera película y también más evidente: los K-9 no son ningún invento de la ficción y se parecen bastante a los perros-robot que, desde el año pasado, ha incorporado el departamento de policía de New York para patrullar las calles y prevenir el delito. Y la corrupción policial vinculada al narcotráfico es también un tema de candente actualidad…

Siempre voy a insistir en que Robbie y Stephen Amell son actores con sus limitaciones, pero que saben escoger los papeles justos para que ello no se note y hay que decir que en esta secuela están incluso mejor que en la primera película, a lo cual ayuda la química que tienen entre sí aun cuando interpreten a personajes antagónicos…

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Garrett está lleno de grises y no se hace planteos éticos a la hora de buscar beneficio, pero a su vez es capaz de sentir que tiene una deuda ética con Connor o experimentar algún grado de empatía por una niña perseguida por el mismo sistema policial con que él mantiene turbia asociación. Connor, en tanto, es leal a sus principios y quiere hacer de la honradez un estilo de vida, pero la realidad le obliga una y otra vez a relacionarse con el delito que busca abandonar y particularmente con Garrett. En definitiva, forman una dupla antagónica, poderosa e interesante que puede todavía dar mucho más en próximas películas o, por qué no, en alguna serie derivada.

Siguiendo con la actuaciones, hay que destacar también el trabajo de Sirena Gulamgaus en dar vida a esa adolescente que, por más poderes que tenga, se ve frágil y vulnerable. Y en el tipo de vínculo que establece con Connor se pueden reconocer reminiscencias de El Profesional (León), aquel filme de Luc Besson en el cual una pequeña y acechada Natalie Portman recurría a la protección de Jean Reno.

En la parte más estrictamente técnica, tenemos una de cal y una de arena: los diseños, como los de los Guardianes (que no están tan dados de baja como Kingston dice) o los perros-robot, son superiores a los de la película anterior, pero en los efectos visuales se advierte, por el contrario, una involución, particularmente en el choque eléctrico (habilidad especial de Connor) o en el duelo que, cuchillo suspendido entre ambos, sostienen Garrett y Kingston, quien también tiene superpoderes pero lo oculta.

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Balance Final

Código 8 (Parte 2) mejora a su antecesora en algunos ítems y la empeora en otros, por lo que en la suma del debe y el haber termina cumpliendo y siendo una digna secuela. Y en estos días en que el cine de superhéroes atraviesa una crisis por la abundancia de oferta (sobre todo de parte de Marvel y Disney), se las apaña para no parecer más de lo mismo y presentar las habilidades especiales como una carga más que como una ventaja.

De hecho, esta es una película a la que se hace difícil encasillar en el género superheroico, sino que es más bien una distopía que, mezclando el neo-noir con el cyberpunk, está cargada de crítica política y también social, ya que mueve a la reflexión acerca del destino de aquellos a quienes el sistema, al dejar de lado, empuja a la marginalidad o la delincuencia.

No diré nada sobre el final, pero al igual que en la película anterior, cuadra con esos mismos grises que caracterizan a los personajes, la ambientación o la fotografía: no todo va a terminar bien, pero tampoco tan mal. Y a pesar del clima sofocantemente pesimista que en general caracteriza al filme, el final deja una pequeña rendija al optimismo y la esperanza

Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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