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Crítica de De Profesión Duro (Road House, 2024), en Prime Video: un gran Jake Gyllenhaal no logra salvar un flojo remake

El pasado jueves ha llegado a Prime Video el remake de De Profesión Duro (Road House) que, dirigido por Doug Liman (El Caso Bourne, Mr. & Mrs. Smith) y protagonizado por el siempre bueno Jake Gyllenhaal, intenta rescatar algo de la esencia del clásico de los ochenta que fuera protagonizado por Patrick Swayze. ¿Lo consigue?…

No caben dudas de que De Profesión Duro (Road House, 1989, titulada El Duro para Latinoamérica) es un clásico del cine de acción de los ochenta. Y no deja ello de llamar la atención porque aquella película dirigida por Rowdy Herrington y protagonizada por el siempre recordado Patrick Swayze (aquí retro-análisis de un servidor) era cualquier cosa menos original y sin embargo fue convertida en clásico de culto por quienes en aquellos días hicimos de su edición en VHS objeto de adoración.

El anuncio de un remake nos llenaba por igual de expectativas y temores, pues por un lado nos resultaba atrayente y hasta justo rendir pleitesía a un filme tan emblemático de una década y por otro nos hacía chirriar la posibilidad de que se perdiera esa maravillosa magia que justamente tenían los ochenta, capaz de convertir en oro la historia más simple o manida.

Largo ha sido largo el camino hasta llegar a este remake. Por el medio han habido cambios de guionistas y desfilaron nombres de directores como Rob Cohen o Nick Cassavetes para caer finalmente en Doug Liman, de cuyas credenciales para la acción nadie duda al tener en su haber títulos como El Caso Bourne (2002), Mr. & Mrs. Smith (2005) o Al Filo del Mañana (2008), aunque quizás su mejor película haya sido Swingers (1996).

La elección de Jake Gyllenhaal para el papel principal podía parecer extraña, pero estaba claro que dotes actorales no le faltaban y constituía además un gran guiño el que tuviera a su cargo un personaje antes interpretado por Patrick Swayze cuando ambos habían estado juntos en Donnie Darko (aquí retro-análisis).

Las cosas, en pocas palabras, estaban más o menos dispuestas para que todo saliera bien. Estaban…

Otro Dalton

La primera diferencia que tiene este Dalton con el anterior es que no trae detrás de sí ninguna experiencia en seguridad de bares, sino que la ha hecho como luchador de la UFC y su contratación como portero es prácticamente casual. La segunda es que Dalton es claramente su apellido, mientras que en la película original nunca sabíamos si lo era o más bien un nombre. En tercer lugar, tiene un perfil más depresivo y suicida, sin tanto discurso filosófico, aunque sí gusta de la lectura y repite la famosa frase “en una pelea, nadie gana”. Por último, pierde el control con facilidad e incluso los límites, pudiendo transformarse en una máquina de repartir golpes y hasta matar…

En efecto, en esta nueva versión, Dalton tiene una reputación ganada sobre el ring, que es buena y mala a la vez, ya que termina venciendo en los combates por deserción de rivales que no quieren luchar al reconocerle y ello enfurece a los apostadores: hay en él una carga del pasado sobre la cual los flashbacks, en forma de sueños, nos irán ilustrando con el correr de la película.

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Frankie (Jessica Williams) va precisamente a Las Vegas en busca de uno de sus contrincantes, pero acaba contratándolo a él al ver el temor y respeto que genera en otros, así como comprobar con propios ojos su destreza al defenderse de un ataque callejero con cuchillo. El empleo que le ofrece consiste en hacerse cargo de la seguridad de un bar del cual es propietaria en Glass Key, cerca de Los Cayos, Florida, lugar que, según parece, tiene turbia reputación por el comportamiento de sus clientes.

Para ser honesto, juro haber estado en lugares infinitamente peores que el bar de Frankie que, una vez que le conocemos y según se ve, dista bastante de la jungla de descontrol que era el Double Deuce. Tampoco se entiende por qué se llama Road House, pues no está sobre ningún camino o carretera sino junto al mar, lo que encaja mejor con la Florida pero pésimo con el nombre del local y el título de la película. Pero bien: la cuestión es que él acepta el empleo…

Como hemos dicho, aquí sabemos que Dalton es en realidad su apellido, en tanto que su nombre es Elwood. ¿Es acaso un homenaje a los Blues Brothers? Digamos que no es un nombre de los más frecuentes y precisamente así se llamaba el personaje interpretado por Dan Ayrkoyd en la recordada película de John Landis de 1980, en tanto que su hermano, encarnado por John Belushi, se llamaba Jake, al igual que Gyllenhaal: ¿casualidad?…

El problema se genera cuando Dalton aporrea a una banda de moteros a los cuales, en una de las escenas más divertidas, termina él mismo llevando al hospital, excusa argumental para que se encuentre con la doctora que allí se desempeña y que no se llama en este caso Elizabeth sino Ellie (Daniela Melchior).

hold me like a grudge — Daniela Melchior as Ellie Road House (2024) dir....

La banda a la cual Dalton repartió ostias es en realidad un grupo de matones al servicio de Ben Brandt (Billy Magnussen), mafioso local que, al estilo Corrupción en Miami, vive prácticamente a bordo de un yate y, tras haber salido hace poco de prisión, está intentando ocupar en ausencia el lugar de liderazgo que antes ostentara su también mafioso padre, quien permanece entre rejas.

Entre los planes de Brandt, justamente, está quedarse con el Road House, por lo que la aparición de Dalton es un palo en la rueda. Para sacárselo de encima, contrata entonces a otro luchador: prácticamente una bestia humana que responde al nombre Knox (Conor McGregor) y que se expresa mayormente con gruñidos y sonidos guturales.

Y así como en la película original la cosa se complicaba porque la doctora Elizabeth era la ex del mafioso local, en este caso Ellie, interés sentimental de Dalton, es hija del corrupto alguacil del lugar (Joaquim de Almeida), quien se hace llamar “Big Dick” (poco sutil el apodo) y al cual el tal Brandt tiene prácticamente en el bolsillo.

Otros Tiempos

Era de esperar que hubiera cambios con respecto a la película original: ya no estamos en los ochenta y lo que en aquel tiempo funcionaba puede no hacerlo ahora. Hay, de hecho, un intento por construir un Dalton más humano y atormentado por su pasado, personaje que le cae como anillo al dedo a un estupendo Jake Gyllenhaal, cuya transformación fisica para interpretar al personaje es sorprendente.

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La película, por cierto, funciona bien durante la primera media hora, en que parece rescatar y adaptar a tiempos modernos el clima de nocturnidad que impregnaba la original, junto con toques de humor que ayudan a darle un tono de parodia.

Lamentablemente, después va perdiendo todo eso. Cuando empieza a parecer que la cosa va en serio es cuando deja de funcionar. Y si bien es cierto que el filme debe ser evaluado de manera autónoma, algunas comparaciones con el de los ochenta se hacen inevitables y allí es donde sale perdiendo por motivos que paso a enumerar…

Siete Razones

En primer lugar, no tenemos un villano como Ben Gazzara. El tal Brandt no pasa de ser un niño caprichoso y algo sobreactuado. El sheriff corrupto aparece muy poco y su peso en la trama es mínimo (muy desperdiciado Joaquim de Almeida), además de mero detalle anecdótico el que sea padre de Ellie. Y en cuanto a Conor McGregor (prestigioso luchador de UFC), hace un trabajo bastante digno para ser su debut, pero lamentablemente su personaje está tan caricaturizado que acaba pareciéndose al Pete de las historias de Mickey Mouse o al Bluto (o Brutus) de las de Popeye.

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Otra cosa que quita encanto es la exageración del CGI en las peleas: definitivamente son malos tiempos para los Van Damme, los Norris o los Seagal, porque pareciera instalada la idea de que se puede reproducir absolutamente cualquier escena de lucha por medios digitales. Y es que se puede, pero pierde mucho realismo y a veces, como en este caso, se notan demasiado las costuras. El CGI debería ser definitivamente reservado para combates en películas de superhéroes, pero aquí está claramente fuera de lugar y desluce…

Tercer punto: la química de pareja. La relación entre Patrick Swayze y Kelly Lynch era uno de los puntos altos en la película de los ochenta, pero aquí no hay casi nada entre Gyllenhaal y Melchior, al punto que ni siquiera se entiende para qué se metió esa historia en la trama cuando no termina ni acercándose a romance…

Ya sé que no se puede hoy esperar el toque erótico de aquellos años y estamos en tiempos en que mostrar el trasero de una mujer es tabú, pero el de un hombre puede ser mostrado a rabiar y tenemos, de hecho, unos cuantos planos del de McGregor. Pero vamos: los tórtolos, que ni siquiera llegan a serlo, no pasan de beso fugaz a orillas del mar entre un sujeto que, atormentado por su pasado, no quiere comprometerse con una relación y una joven que se queda lejos de la sensualidad de Lynch, lo cual no sería problema si al menos se diera a su personaje más relevancia.

Eso nos lleva al cuarto punto: los personajes secundarios. Perdón, corrijo: ¿qué personajes secundarios? No esperen aquí un Sam Elliott. De los villanos y de Ellie ya hemos hablado. Solo tenemos como interesante a Charlie (Hannah Lanier), la muchacha que tiene con su padre una tienda de libros de la cual Dalton acaba siendo asiduo cliente, pero lamentablemente se esfuma de la trama y, aunque bien actuada, termina aportando poco. Frankie, la dueña del bar (¿por qué las mujeres aquí tienen nombres masculinos?), tampoco suma demasiado…

Y allí caemos justamente al quinto punto: el bar. Como he expresado en el retro-análisis de la película de los ochenta, me gusta cuando los realizadores saben retratar los bares como mundos propios: Rodriguez y Tarantino lo hicieron a la perfección en Abierto hasta el Amanecer, del mismo modo que Walter Hill en Cruce de Caminos o Álex de la Iglesia en El Bar. Pero esa sensación de microcosmos está aquí ausente por completo desde el momento en que el lugar es semiabierto y tampoco termina de parecer un universo con reglas propias. Más aún: lo decisivo de la trama no se cocina allí dentro…

Y con ello caemos en el sexto punto: la poca nocturnidad. Una de las cosas que hacía destacarse a la película original era que no solo el bar, sino la noche misma era un mundo. En este remake ello solo se percibe durante la primera media hora para luego girar a una trama donde lo más importante ocurre durante el día. Supongo que debe tener que ver con justificar que estás en Florida (aunque tengo entendido que se filmó mayormente en República Dominicana) y ello implica sol y mar, pero la resolución termina pareciendo un episodio de Corrupción en Miami mezclado con James Bond.

Séptimo punto: la banda sonora. En la película de los ochenta la música estaba tan metida en la historia que acababa siendo parte de la misma y lo teníamos nada menos que a Jeff Healey como músico estable del Double Deuce. Aquí, si bien volvemos a tener el tejido que separa al escenario de los clientes, vemos desfilar a varias bandas de rhythm & blues o de soul que, sin faltar el respeto y pidiendo disculpas por mi ignorancia, no tengo la menor idea de quiénes son ni me generan demasiado. Quizás lo único interesante podría ser la novedad del conflicto entre blancos y negros por defender cada uno a sus bandas, pero ese también es un detalle que se esfuma con rapidez…

Balance Final

El director Doug Liman ha manifestado su disgusto al enterarse que la película iría directo al streaming en lugar de pasar por las salas cinematográficas. Amén de que no está bien no cumplir con lo que se haya acordado previamente, una cosa es cierta: la de Amazon ha sido la mejor decisión. Este remake no es el tipo de película que soporte la pantalla grande y menos aún con una exagerada exhibición de CGI que se haría allí todavía más notoria.

Jake Gyllenhaal hace un gran trabajo y ello no es novedad. Pero el resto de los personajes están desaprovechados o poco desarrollados, por lo que él tiene que sostener casi en soledad una historia que adolece de los cuantiosos problemas antes mencionados.

Este redactor cerraba el retro-análisis de la película original con la esperanza de que el remake rescatara al menos algo de la magia de aquella, pero no es así. A riesgo de ser reiterativo, la película carece de buenos villanos, de microcosmos, de pareja con química, de banda sonora memorable, de peleas creíbles, de clima nocturno y de una fotografía que realce justamente el mismo (la que tiene cumple, pero es estándar).

Y si bien Gyllenhaal logra que no extrañe a Swayze (no porque lo imite al suplantarlo, sino porque sabe justamente construir un personaje diferente y propio), la realidad es que extraño todo eso que mencioné antes, lo que hace que en el balance final este remake, por lo menos a mi modesto juicio, no termine aprobando.

Me gustaría de todos modos conocer otras opiniones, tanto de quienes vieron la película de los ochenta como de quienes entraron a esta sin información previa, lo cual siempre puede implicar una perspectiva y una valoración distintas. En mi opinión, la original De Profesión Duro era una película que, con sus lugares comunes y poca originalidad, funcionaba. Esta es una que, con sus lugares comunes y poca originalidad, no funciona. Y el intento por construir algo diferente (como los toques de ironía de la primera media hora), acaba ahogándose en el mar cuando la película pretende asumir un tono serio…

Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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