Crítica de Mentiras Peligrosas (Dangerous lies), en Netflix

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En estos días ha llegado a Netflix Mentiras Peligrosas, thriller dirigido por Michael Scott y protagonizado por Camila Mendes que entretiene pero se olvida muy pronto.

Lo primero que impacta es el título, no por original, sino todo lo contrario. Me costó tanto creer que no hubiera sido utilizado antes, que rastreé por todos lados e increíblemente no encontré otra película que se haya llamado así; pero tiene que haberla, pues suena a uno de esos comodines reciclables pero siempre efectivos del tipo Sospecha Mortal, Obsesión Fatal o algo por el estilo. Es más: me dio por pensar que podía ser solo un insulso título en español pero no, la traducción es literal: Dangerous Lies en inglés original.

Mentiras Peligrosas es un thriller que, dirigido por Michael Scott (pobre tipo: hasta el nombre es poco original), Netflix nos trae de su cosecha reciente y que, hasta donde sé, en pocos días se ha convertido para la plataforma en un éxito a lo ancho del mundo. La razón fundamental para ello debe ser que el papel protagónico recaiga en Camila Mendes (Veronica en Riverdale), inmejorable imán para captar público juvenil o adolescente.

Katie Franklin es una joven que trabaja como camarera en un restaurante hasta que se produce un asalto con asesinato del propietario incluido; su pareja Adam (Jessie T. Usher), quien se halla allí por casualidad, logra reducir al delincuente pero la cosa termina con el lugar cerrado o, lo que es lo mismo, con Katie sin trabajo.

Cuatro meses después, vemos que la pareja está en serios problemas económicos: ella trabaja en una agencia de asistentes a domicilio para gente de edad avanzada y le han asignado un adinerado anciano de nombre Leonard, interpretado sorpresivamente (para mí) por el veterano Elliott Gould, vieja gloria que alguna vez fuera actor fetiche en las películas de Robert Altman y, hasta incluso, nominado al Oscar.

El hombre carece de familia o allegados a la vista, razón por la cual encuentra en ella una compañía ideal y se genera una buena relación , pero dejen ya esos mórbidos pensamientos: no hay nada sexual de por medio, la cosa no va por ese lado. Leonard es de lo más empático y se preocupa por Katie como si fuera una hija, más aún al saber de su afligente situación. Primero le da un empleo como jardinero de media jornada a Adam, el esposo de Katie; después, aun cuando ella no quiere aceptarlo, le entrega un cheque por siete mil dólares que, contrariamente, su esposo recibe de buen grado y la convence de ir a cobrarlo al banco.

Tras este suceso, Katie va a casa de Leonard para cumplir con su jornada laboral y se encuentra con la triste realidad de que el anciano ha fallecido: no se aprecian signos de violencia (tampoco va por ese lado), sino que todo parece indicar causas naturales.

A partir de aquí, la trama transita por caminos muy extraños. Ya para empezar, no se entiende por qué, en lugar de pedir una ambulancia o llamar a la policía, Katie llama a su esposo y no solo ambos se quedan debatiendo y lamentándose largo rato junto al difunto sino que, además, Adam toca absolutamente todo sin cuidado alguno y hasta encuentra un arcón (no muy escondido, a decir verdad) con casi cien mil dólares en su interior. Katie, asombrada, quiere dejar ese dinero donde está, pero él, en cambio, argumenta que, dado el cariño que sentía por ella, Leonard se lo hubiera querido dar de todas formas, mientras que, en cambio, si decidieran entregarlo, ese dinero será con toda seguridad requisado por el gobierno. Ella, fiel a sus principios, no se convence e insiste con dejarlo allí; no se entiende por qué siendo tan correcta, no llamó a la policía de entrada, cosa que ahora sí hace.
Pero siguen pasando cosas extrañas: la agencia para la que Katie trabaja no puede asignarle un nuevo puesto hasta tener un dictamen judicial definitivo sobre la muerte del cliente que ella tenía a su cuidado. Y uno se pregunta: si se supone que hay un expediente al respecto, ¿por qué la casa no está rodeada con bandas de prevención? O peor aún: ¿por qué ella sigue viviendo allí moviéndose libremente por la casa al igual que su esposo? Y, ya que estamos, podemos seguir: ¿por qué el arcón sigue allí con todo el dinero en su interior y no se hizo allanamiento del lugar? Con todas estas preguntas flotando en la nebulosa, de aquí en más ya cualquier cosa es posible.

A todo esto, están recibiendo visitas seguidas de un odioso agente inmobiliario que, desde que Leonard vivía, está queriendo comprar la casa e insiste en ello, aparentemente sin saber que el anciano ha muerto. Pero lo que viene a alterar todo es la aparición de una abogada y un testamento en el cual resulta que Leonard ha dejado consignada a Katie como única heredera de todos sus bienes.

La noticia, por supuesto, no puede menos que generar alegría en la pareja y ya no quiero contar más: solo decirles que las cosas se van a ir complicando y que en ello mucho tendrá mucho que ver aquel episodio inicial del bar que parecía estar desconectado de la trama, así como las continuas visitas del cargoso agente inmobiliario.

Balance Final

A ver: la película es entretenida, pero no mucho más. Camila Mendes está bien en Riverdale, pero no se lleva bien con lo dramático. El resto del elenco aporta apenas corrección y solo se destaca Elliott Gould, al cual, de todas formas, vemos poco en pantalla. La fotografía es prolija, estando a cargo de Ronald P. Richard, quien ha trabajado en Flash y también, una vez más, en Riverdale. Los diálogos son bastante anodinos y la trama incurre en clichés y supuestas sorpresas que, al ser previsibles en algunos casos, terminan por no ser tales. A ello se suman las incongruencias ya mencionadas más alguna otra de la que no quise hablar para no entrar en la parte gruesa de la historia, pero que, de tan burda, acredita una postdata spoiler al final.

Si me preguntan si se puede ver, les diré que, salvo lo expresamente prohibido por ley, en esta vida se puede casi todo, pero tengan en cuenta que es una película llena de puntos débiles con la cual, en definitiva, se podrá pasar un momento entretenido pero solo si uno no está en plan de exigir demasiado o bien es un poco ingenuo… o ambas cosas.

Es como esas comidas que se digieren fácil pero que no llenan. O como beber un vaso de agua, pero menos esencial.

Un saludo y hasta cualquier momento…

¡ATENCIÓN! POSTDATA SPOILER:

¿Alguien puede creer que un muerto vaya a permanecer descomponiéndose durante un par de años dentro de una casa habitada sin que nadie lo haya visto ni tan siquiera percibido malos olores, presencia de insectos, ratas, etc.? Gracias: imaginaba la respuesta…

 



el autor

Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

2 comentarios

    • Rodolfo Del Bene el

      Hola, Lali:
      Gracias por leer y por comentar. Veo que estamos de acuerdo: realmente no hay nada que la haga distinta o perdurable.
      Que estés bien! Un saludo

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