Crítica de Sin rodeos: la tristeza de que la gente no te pille el chiste

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Hablar de Santiago Segura te lleva a empezar a ver morros alzándose con gesto de superioridad. Es el creador de Torrente, la serie de películas más taquilleras del cine español. Sólo por tener tanto éxito hay una parte de población que querrá sentirse más inteligente (sin serlo) rechazándolo sin más. Otros han hablado siempre de lo poco sutil que es, de que no es precisamente un portento de la técnica y de que es demasiado efectista (es decir, que tira mucho de aparición de famosos ajenos al cine para ir sumando minutos o tapar carencias), lo cual vamos a decir que es cierto. Otros le han achacado siempre el hacer un humor zafio, grosero, machista, sexista, nazi y demás. Y por último tenemos al grupo más numeroso: el de gente que paga por ir a ver películas de Torrente. Y entre estos dos últimos grupos está uno de los principales problemas de las representaciones artísticas.

Santiago Segura con Torrente tenía una intención clara: reírse del facha prototípicamente español. Un ex-policía gordo, sucio, ignorante, machista, racista, franquista, miserable con su propia familia, cobarde hasta decir basta, abusón siempre que puede y sabelotodo a más no poder. Un personaje patético en su día a día, en sus motivaciones y sus acciones. Las escenas humorísticas de Torrente son, claro, siempre exageraciones de lo que es el personaje, cosas muy brutas que suelen tirar del contraste entre la grandeza que se da el personaje y lo profundamente patético que es en todo. Como decimos, Santiago Segura no es sutil ni lo es su humor, lo que ves es lo que hay. Pero a pesar de las mil entrevistas y declaraciones del director, siempre dejando claro que es una parodia, que él no es facha ni del atleti, ha dado igual: la inmensa mayoría de fans de sus películas eran hombres. No sólo hombres: en muchas ocasiones Santiago Segura ha dicho que era gente que se identificaba con Torrente, no en plan irónico, sino como alguien admirable. Se le tomaban en serio. Se reían con él, no de él.

Es un problema clásico del cine. Podríamos citar muchos ejemplos, como el de Scarface de Brian de Palma o La Chaqueta Metálica de Kubrick. Los guionistas o directores tienen un plan sobre qué quieren contar o transmitir, ponen de protagonista o personaje importante a alguien que es un ejemplo de lo malo que quieren contar, hacen un trabajo que se ve recompensado en taquilla o en premios y…una parte importante del público no sólo no ha entendido que el protagonista es el Malo o representa valores criticables, sino que lo identifica como un héroe, como alguien admirable, como alguien a imitar. Se venden muchísimas camisetas con frases del hiperviril, machito cutre y detestable Tony Montana. La gente en internet se pone el avatar del inhumano sargento de infantería Hartman de La Chaqueta Metálica, sin caer que es una parodia de la deshumanización que pasaban los reclutas antes de ir a la Guerra de Vietnam. Se suben vídeos del personaje de Jordan Belfort interpretado por DiCaprio en El Lobo de Wall Street como ejemplo de negociador exitoso, como ejemplo de macho alfa que se tira a la que quiere y hace lo que quiere aunque siembre el mundo con el dolor de los pringados que siguen las normas.

Santiago Bergantinhos habló mucho mejor de lo que yo puedo hacerlo en este post en el que hablaba de El Lobo de Wall Street (sí, es un post largo, pero es fantástico: leedle, en serio).

El simple hecho de que la forma narrativa predominante de nuestro tiempo, la audiovisual, considere de un modo u otro, positivo o negativo, que sus vidas son ejemplares, y que las convierta en iconos modernos del cine con películas cuidadas y de alto presupuesto, supone una validación de los personajes a nivel social. Sí, te han pillado, pero coño, ¡han hecho de ti una película! ¡Te interpreta un actor famoso! De hecho, a partir de ahí tú mismo pasas a ser famoso, lo que no deja de ser una categoría superior a la de criminal en tanto que eres famoso por ser criminal y eso ya te justifica, y puedes aprovechar esa popularidad y gestionarla mejor o peor según tus capacidades, y retomar tu propia leyenda. Imaginaos que además de haberle hecho una canción Sabina, al Dioni le hubiese hecho una magnífica película Berlanga. Pues algo así. En cierto modo, y eso se ve en la trayectoria de los mafiosos clásicos y en el libro de la mafia italiana de Saviano, el mundo de la farándula siempre ha interesado a los mafiosos de todo pelaje, que querían gozar de la amistad de los famosos a la vez que promocionaban carreras de algunos artistas o gustaban de ser asociados a ellas, y en general llegaban a comportarse en algunos aspectos como verdaderas estrellas endiosadas, hasta que se daban la gran torta y nadie se acordaba de que los habían conocido.

Esto nos lleva al tema de la moralización del arte. Si es cierto que las películas protagonizadas por gente que intentamos poner como malos ejemplos consiguen el efecto contrario (su endiosamiento) entonces deberíamos hacer cine moral…es decir, uno en el que el protagonista sea sin ninguna duda el bueno y sus contrarios los malos. Ahí corremos el peligro de convertirnos en curas, de dar misa, de terminar espantando al público al intentar darle una lección como si fueran niños que no saben que es lo malo. Pero claro, poner de protagonista a un indeseable tiene efectos perniciosos en el público, ya que muchos adoraran a alguien más que criticable…y en parte todo este problema le ha pasado a Santiago Segura, harto de tener a tantos fans de Torrente que, de hecho, son en esencia simpatizantes de algunas o casi todas las cosas del personaje que era una parodia.

En ese punto aparece su última película, “Sin rodeos”, con Maribel Verdú de protagonista. Esta vez es una mujer. Y esta vez Santiago Segura ha dicho que se ha dado cuenta de lo necesario que es un buen ejemplo como protagonista. Un ejemplo que critica cosas que él también ha hecho mal en el pasado. Leyendo sus declaraciones previas a la película da toda la sensación de querer pedir casi perdón por lo que ha implicado el éxito arrollador de Torrente, que no ha sido precisamente más crítica a lo más casposo del país. También de querer hacer una película que está en el espíritu de los tiempos, que incluye de manera inevitable al feminismo, tema absolutamente principal en cualquier debate público.

La película es una comedia, centrada en el personaje de Maribel Verdú. La protagonista encarna a la mujer prototípica de cierta edad y clase social: una mujer con estudios, bien colocada económicamente, disciplinada, educada en un país rico e igualitario y que piensa en los demás sistemáticamente. Tanto piensa y actúa para el bien de los demás que se olvida de ella misma, de ella como individuo, como persona. Su trabajo es infravalorado por un jefe gañán, su amiga le larga rollos de desequilibrada mientras pasa de escuchar sus problemas (bastante más importantes), su hermana es una loca de los gatos que también ignora totalmente a la protagonista y su pareja es un vago patológico que no trae dinero a casa y se cree un artista. Todos le piden cosas, le demandan cosas, le piden ayuda, le piden cuidados y tiempo, le piden atención…pero ninguno de ellos la escucha, la ayuda, quiere sacrificarse por ella. Todos menos su ex, a punto de casarse con una pija obsesiva. Al final tiene una crisis de ansiedad, y la simple visita al psiquiatra sólo le ofrece tomar más drogas. Sólo el propio Santiago Segura, que hace de curandero, le da una medicina que hace que se libere…hasta el punto que ella ya no reprimirá ninguna de las cosas que siempre piensa, que siempre se calla, que siempre se guarda porque siempre siempre siempre está pensando en los demás y nunca en sí misma.

¿Es una película sobre el empoderamiento de la mujer? Hay quien ha visto una reivindicación feminista, y, claro, de eso va. Pero sólo en parte. Hay partes de la vida de la protagonista que tienen que ver con el machismo (su jefe, su empresa, su pareja) y otras que tienen que ver con un tipo de persona acostumbrada a pensar siempre en los demás antes que en ellas mismas (su relación con su amiga, con su hermana). Al final, la protagonista se libera precisamente cuando empieza a pensar y actuar como si ella fuera un individuo que también tiene necesidades, no sólo subordinadas a otros hombres o mujeres, sino propias. Es decir, la película pone como heroína a una mujer resignada a ceder siempre su tiempo, energías y dinero a los demás por sistema, pero también a los hombres que tienen ese mismo síndrome (que aunque haya menos en proporción existen, como el ex-novio de la protagonista). Una liberación que será poner un espejo a todos los egoístas, desconsiderados con el resto de las personas por deporte, a los individualistas patológicos que creen que las demás personas son atrezo, ponerles delante de los ojos sus delirios patéticos de grandeza y cómo los sostienen en los hombros de gente que se desloma con toda su buena intención. Es un alegato contra todo ese maravilloso tipo de persona para la cual los demás tienen que hacerles todo mientras ellos viven en mundos irreales sin sufrir el duro día a día de pegarse con compañías de teléfono o convencer a clientes para sacar adelante proyectos en la empresa.

Como es habitual con Santiago Segura, no hay sutilidad ninguna, todo es bruto, directo, grueso, sin ningún tipo de disimulo. En este caso la protagonista es la buena, la heroína de verdad que termina venciendo, como era de esperar, a todo el ejército de malvados y malvadas que se cruza. Los personajes tienen sus momentos de gracia por lo grotesco y exagerado de los mismos, y haciendo reír con las ocurrencias es cierto que la película tiene problemas con los actores. David Bueno, que hace de jefe de Maribel Verdú, interpreta horriblemente mal su papel de jefe baboso e inútil. Florentino Fernandez no es creíble. El Gran Wyoming hace de psiquiatra y sale poco tiempo, pero no está claro que actúe. El ex-novio de la protagonista es Diego Martín, conocido de series como Aquí no hay quien viva, y aunque hace un papel aceptable no deja de ser en el fondo porque ha hecho de cosas muy parecidas en series durante años. Hay demasiadas interpretaciones mediocres de las que se salva una sensacional Candela Peña, que da hasta miedo de lo realista que es la interpretación de mujer chunga, malhablada y violenta. Las apariciones especiales habituales de Segura actúan, otra vez, de modo efectista para tapar carencias, como partes de la trama que no son creíbles por la lógica de la película (esos coches quemados sin consecuencias de ningún tipo) o una cierta incapacidad para ir más allá de lo evidente conforme avanza la película. Es decir, llegado a cierto punto lo que va a ir pasando es previsible. No deja de haber momentos graciosos, pero sabemos poco más o menos lo que va a pasar, y no siempre la intención claramente moralizante casa bien con hacer humor grueso.

Está claro que a través del humor pueden lanzarse mensajes ideológicos, yo estoy a favor totalmente. Pero no sé si los momentos en que la protagonista da discursos emponderantes en la segunda mitad de la película casan bien con los chistes y con cómo son (con chistes de mamadas incluidos). Es un problema cuando, vaya, hemos pasado a querer hacer claramente explícito qué estamos criticando porque si no creemos que la gente no va a pillar el chiste. Yo entiendo perfectamente a Santiago Segura y no puedo simpatizar más con lo que ha tratado de hacer y transmitir. Pero también creo que, a pesar de ser una película necesaria y actuar como desahogo en varias partes de la película (especialmente cuando la protagonista trata con el técnico de internet) nos ha faltado habilidad y trazo más fino para haber sido más efectivo y hacer una película mejor. La taquilla ha estado de su lado porque no es un horror cinematográfico, pero está más que claro que tampoco es un peliculón y está por ver que sea una buena película. Porque, por desgracia, el buen mensaje o las buenas intenciones no tienen absolutamente nada que ver con las cosas bien o mal hechas.

Sed felices.

el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

3 comentarios

  1. Pedro Perez S. el

    Raúl, no descargues a Santiago Segura de la inmensa culpa que tuvo el éxito de Torrente. Sí, es una parodia. Si, es deleznable. Juro que solo he visto la primera y me reí solo una vez y me da vergüenza decir en que momento de la película. Sí, por desgracia la mayor parte de España encuentra a Torrente admirable. Todo eso es así. Pero en cada película que estrenaba, Segura se paseaba por todos los platós de televisión anunciando a Torrente a bombo y platillo, camiseta va, camiseta viene, haciéndose el gracioso y tratando al público de amiguete, en una campaña de marketing que ya quisieran los de Disney, que a su lado son simples aficionados en esto de vender la moto. Y nunca, jamás, Segura se molestó en decir “amiguetes, esto es una parodia”, si no más bien al contrario.
    Vamos, que el publico es como es y a él ya le iba bien para exprimir el limón hasta en 5 entregas. Que ahora venga con que se equivocó es un ejercicio de cinismo digno del que tiene un Máster que no se ha ganado y le da la culpa a otros.

    • La mayoría de españoles no solo no encuentran al personaje Torrente admirable, sino que no han visto ninguna de las películas en que aparece. De los que lo han hecho, los más -como tú y como yo- reconocen la parodia. La prueba está en que el mayor número de espectadores en salas de cine lo logró la segunda película de la pentalogía en 2001, con 5.321.969 espectadores según la página oficial de ministerio de cultura, haciendo cifras bastante por debajo las demás (1.811.276 la última). Incluso si sumáramos sus espectadores usuarios de televisión, DVD y descargas de Internet que no han ido al cine el total quedaría muy por debajo de la población total española de las últimas dos décadas, de unos cuarenta y siete millones de personas.

      • Pedro Perez S. el

        ¡Evidentemente que queda muy por debajo de los 47 millones de españoles! En España, a ver cine español, van dos y el del tambor y no lo digo yo sino el Ministerio de Incultura: en lo que llevamos de 2018, a ver películas españolas han ido 5.089.327 personas. Y no quiere decir que sean personas diferentes, que la mayoría habrán repetido. Y mucha, mucha gente, no ha visto ni una película de Torrente en su vida pero su penetración en la sociedad española es innegable. Casi todo el mundo lo conoce. Es raro que alguien no sepa quién es Torrente o Santiago Segura, que cuando promocionaba Torrente salía hasta en la sopa. Lo grave es que cuando lo ven, es lo que dice Raúl, que no se ríen de él sino con él. Con Torrente se hacen multitud de chistes y memes y no es precisamente para criticarlo. Segura tiene el honor de tener 3 o 4 películas de la saga entre las 10 – 20 películas más taquilleras de la historia del cine español y eso no lo consiguió porque la gente quisiera ver una crítica del personaje sino porque se partían la caja con él.
        Por otro lado, sus películas son malas, malas, malas. Que hayan tenido el éxito que tuvieron es para temblar.

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