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De cómo “Superman: Identidad Secreta” y Kurt Busiek nos salvaron a todos

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

A veces las cosas salen bien. A veces no. No sabemos cómo podrían haber sido las cosas si hubieras dicho “no” a ese sitio en el que luego trabajaste tantos años. Tampoco puedes saber qué hubiera pasado de haber cogido el turno de tarde en la facultad: a saber si hubieras conocido a tus amigos o a tu mujer o a ese al que tenías tanta manía. A saber. Nuestra tendencia natural, y las más adaptativa, es tender a creer que lo que nos ha pasado es lo mejor o lo menos malo que nos podía pasar. Primero nos pasan las cosas, luego intentamos explicárnoslas, darles sentido y verlas con un matiz positivo que, en un inicio, no tienen.

Hasta las cosas más bobas no están del todo claras. ¿Por qué leer cómics de superhéroes con 35 años? Está claro que todo empezó cuando una tía tuya le dió por regalarte dos cómics de Superman (eran de la etapa de Byrne), sin haber dicho tú que te gustaban. Pero cómo empiezan cosas es algo y cómo se mantienen en el tiempo otra.

Todo tiene sus épocas. Los años 90 fueron otra historia para los superhéroes. Por causas que nos llevaría mucho explicar, buena parte de la industria consideró que todo eso del Bien contra el Mal estaba anticuado, que eso de no matar les hacía parecer débiles, que había que meter insultos, vísceras y gente con frases lapidarias. En resumen, demasiada gente se quedó con la parte de Miller o de Moore más superficial e ignoraron el fondo de lo que contaban en sus cómics. O quizás no daba para plantearse el transfondo del género y era muy rentable repetir las formas, especialmente de Miller. A todos los efectos dió igual: tuvimos cómics hiperviolentos en los que el superhéroe era casi indistinguible del supervillano, muchos de los superhéroes eran reemplazados por versiones más violentas y amorales que los clásicos, todo se llenó de guionistas obsesionados con mostrar más sangre y armas más grandes.

De los pocos que entendió que había pasado, qué habían querido contar Alan Moore o Frank Miller fue Kurt Busiek.

Busiek fue contracorriente. No podía repetir la ingenuidad de los años 60, no tenía sentido, pero tampoco reproduciría lo peor de los psicóticos años 90. Reivindió la figura del superhéroe clásico, de la admiración de la persona de la calle normal y corriente por los supertipos, de la clara separación entre el Bien y el Mal sin caer planteamientos infantiles. Busiek decía que los superhéroes seguían valiendo como metáforas de otras cosas, que estaban muy vivos. Su Marvels (1994) es una demostración de clasicismo bien entendido, construyendo los mitos superheróicos allá donde los malos imitadores de Miller o Claremont los habían demolido. Una bellísima historia de la visión de la gente normal que vive en un mundo con dioses del trueno, monstruos naranjas con corazón noble o con bodas de superseres. Un canto a los comics clásicos, una patada al cinismo y al nihilismo de los cómics de la década. Sólo por eso deberíamos todos querer para siempre a Kurt Busiek. Si yo continué leyendo cómics de superhéroes fue, entre otros, por gente como él.

No sabemos cómo sería el mundo en que Busiek hubiera sido la referencia del nuevo siglo, pero eso no pasó en nuestro mundo. Busiek terminó haciendo la última etapa clásica de Los Vengadores, con altibajos, con sus momentos malos y sus momentos buenos (la última gran saga de Ultrón o de Kang son suyas aún hoy). Donde Busiek ha sido, es y será el que nos salvó a todos es en su especialidad: recordarnos, con sus propias armas, que el nihilismo, el cinismo por sistema, la molonidad o el cortoplacismo agotan cualquier producción cultural. Que reivindicar inteligentemente, sin soltar cosas a lo Paulo Coelho (cof, cof), lo positivo de la vida o la fragilidad preciosa de la normalidad no es infantil. Al contrario, es lo que terminas haciendo cuando maduras.

Busiek hizo una pequeña gran maravilla resumiendo todo de lo que estamos hablando. Es “Superman: identidad secreta“. ECC Ediciones lo publicó en España hace poco en un tomo de 20 euros. No necesitáis leer nada antes de ese cómic y no necesitáis leer nada después: es una historia cerrada. No necesitáis haber leído nada de Superman nunca. Sólo necesitáis leerlo.

Es una historia sencilla: en un mundo sin superseres unos granjeros de Kansas cuyo apellido es Kent llaman a su hijo Clark. En ese mundo también hay películas de Superman y cómics, y todos en su entorno se ríen de él, incluso su familia hace coñas con su nombre y apellidos. Sólo quiere tener una vida normal, crecer, trabajar…y se encuentra un día con que sí. Que tiene los poderes de Superman. Diréis en este punto: y qué. Pues que Busiek no se pone a contar batallitas superhéroicas: es el único superser. Busiek usa esto, una identidad secreta de la que todo el mundo se cachondea en público, para contarnos otras cosas. Nos habla de las inseguridades de la adolescencia, de la crisis de identidad que tenemos, del proceso de separación emocional con nuestros padres. Después, del inevitable aterrizaje en el mundo laboral, con sus amargos sinsabores, de las dudas al abrirse hacia a los demás, de la inacabable lucha entre lo correcto y lo conveniente.

Pero, sobre todo, del amor. Busiek hace algo bellísimo, usando el pretexto de Superman para detallarnos la angustia de crecer, de madurar, de los tremendos dilemas que se plantean entre los ideales que se tienen de joven y las realidades que se encuentra uno de adulto…y que, por poderoso que uno sea, tienen que resolverse negociando, pactando, cediendo. Todos somos vulnerables, no es una cuestión de poder. La manera de aguantar esta vulnerabilidad que implica vivir en sociedad y el querer un mundo mejor es el amor. Amor que significa, como bien aparece en el cómic, no tanto novedades sin fin, viajes constantes y reinvenciones. Implica confiar en las personas amadas, por mucho miedo que tengamos a abrirnos o a ser sobreprotectores o a hacerlo mal. Todos tenemos fallos, todos desconocemos demasiado, todos intentamos dar sentido a lo que hacemos, pero hay que confiar, hay que amar, hay que arriesgarse. Hay que dejar el ego atrás, tragarse el orgullo y poner por delante cosas mucho más importantes. Implica, de nuevo, más allá de nuestro poder, renunciar a cosas. El cómic muestra a las claras que, al final, madurar bien es renunciar a algunas cosas con elegancia o sin mucho trámite.

Todo lo bueno que os diga de “Superman: identidad secreta” será poco. No he insistido mucho en el dibujo de Immonen, que está simplemente fantástico, dibujando algunos de los planos de vuelo más bellos, nostálgicos y abrumadores que he visto en un cómic. Como todo en la obra, la contención y la sintesis es perfecta, huyendo de la tristemente de moda “narrativa descomprimida”. Hasta en la narración gráfica es un cómic clásico, que no antiguo ni viejo. Es sencillamente estupendo como encaja a la perfección lo realista y lo maravilloso.

Es, por si no había quedado claro, uno de los mejores cómics que yo he podido leer. Y el único cuyo final me ha hecho llorar.  No fue una llorera por acabar en dramón o en escenas icónicas-épicas-lapidarias. Fue por la bellísima conclusión del personaje después de toda una vida intentando hacer del mundo un sitio mejor. Sin traumas infantiles. Sin convertirse en una criatura de la noche ni “ser el mejor en lo que hace“. Sin frases ingeniosísimas ni de malote. El heroísmo desde la madurez mental, heroísmo de la época anterior al postmodernismo. Un relato magnífico de Busiek que nos habla a través del primero de los superhéroes en un cómic que es de superhéroes por el nombre pero que trata de ser mucho más. Y lo consigue. Es el relato de la madurez vital de alguien que ha intentado todo lo posible para hacer de su parcela del mundo un sitio mejor, sin dejarse amargar por toparse con que la suya no era la única voluntad del mundo. Se me ocurren pocas intenciones con buena ejecución que merezcan más aplausos.

Gracias, Kurt Busiek. Gracias por haberlo hecho. Gracias por salvarnos de los 90.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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