Devilman the First, de Gō Nagai. La depresión y el pesimismo japonés

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a la Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Tras ver el análisis del anime en Netflix de Devilman que hizo estupendamente nuestro compañero Máximo en este sacrosanto blog (aquí) me di cuenta que también habló del manga aquí. Decía Máximo que el manga era poco conocido en España y que ojalá alguna editorial se animara a publicarlo por aquí. Bueno, pues al final sucedió y Panini nos ha traído la colección entera en tres tomos de más trescientas páginas cada uno. Tras leermelos y reposarlos puedo decir que quienes hablaban de clásico del manga y de un final sorprendente no exageraban.

Al fin y al cabo, la mayor parte de clásicos japoneses están tardando literalmente décadas en llegar a España o directamente ni llegan. Algo tan influyente y con tanta fuerza memética como Jojo´s Bizzarre Adventure nos llegó prácticamente ayer, por poner un ejemplo sangrante de tantos. Gō Nagai está en España unido a su creación más famosa, Mazinguer Z. Hasta donde he llegado yo no es que el autor reniegue de haber creado al robot gigante que todos conocemos, pero sí parece que le duele que otras obras suyas no hayan llegado a ese nivel de popularidad. Por ejemplo de la que hablamos, Devilman, que hizo a principios de los años 70, en paralelo a Mazinguer Z.

Estamos ante un manga de principios de los 70, es decir, que estamos ante algo hecho hace casi 50 años en la otra parte del planeta. Hay que empezar por ahí para entender la enorme distancia cultural, sociológica y artistíca que nos separa a los europeos o americanos del siglo XXI de algo así. Pocas cosas hay más complicadas que hacerse una idea de cómo era el mundo y el arte sin internet, sin la revolución sexual de finales de los 60 o del cambio del siglo en términos audiovisuales. Más aún sin haberlo vivido. En ese sentido empezar a leerse el manga se hace profundamente extraño. El dibujo parece muy simple, cercano a Osamu Tezuka estéticamente, así como la trama: un chico de instituto de buen corazón que es reclutado por un amigo para combatir a criaturas que dominaban el mundo antes que los humanos. Para ello tendrá que dejarse poseer por una de esas criaturas, de esos demonios, para poseer su fuerza y poder así combatirlas, manteniendo su pureza de corazón y su humanidad. Es una premisa más o menos sencilla y sin más historia, que se desarrolla al principio con diálogos simples y sin ningún alarde narrativo.

La historia tiene la estructura ya comentada muchas veces de aparición de un enemigo y enfrentamiento con él entremezclado con la vida del día a día del protagonista y los personajes secundarios, pasando por nuevos descubrimientos de la condición del personaje así como de la evolución psicológica de éste. Algo muy clásico, vaya. Incluso los recursos visuales del autor tampoco son precisamente despampanantes en un inicio…pero entonces, conforme avanza la trama, la cosa no va a menos como tantas veces en tantas series o comics. Aquí, a total contracorriente de tantas cosas actuales, va a más. La trama realmente está pensada con un inicio y un fin, desde el momento inicial, y todas las piezas encajan al acabar la lectura de los tres tomos de Panini. Es una sensación extrañísima encontrarse con algo así alguna vez. Lo sobrenatural cada vez toma mayor forma, el autor se desata en trazos escasos y secos pero espeluznantes. Las bestias demoníacas, las caras de furia del protagonista, las propias peleas transmiten crudeza, horror básico, de ese que algo hace click en el cerebro de manera primaria. Lo hace, insisto, con realmente muy poco detallismo y con un minimalismo exquisito dibujando. Es algo complicadísimo de hacer, que está por ver que pudiera hacerse con un dibujo más detallado o mejor técnica gráfica.

Pero si el cómic es fascinante no es solo por pasar de un inicio muy sencillo y casi infantil a una madurez y salvajismo que podríamos identificar como más propio de adolescentes (¿quién sino reclama eternamente más sangre, más palabrotas y más sexo explícito en pantalla?). Lo es por introducir a mediados de la obra y hasta el final toda una reflexión a través de la trama sobre la naturaleza del ser humano. El autor no reserva nada ni pone medias tintas: el ser humano es terrorífico, no hay nada peor que podamos imaginar, no hay límite a las cosas terribles que podemos llegar a hacer. Hay que entender el pesimismo del autor como algo personal, pero quizás también por no tener tan lejísimos temporalmente los desastres de Hiroshima y Nagasaki (el autor nació en 1945, de hecho). Aquí tocaría hablar de cómo tantos mangas y comics de los setenta y ochenta tenían el miedo nuclear, el fin del mundo, los apocalipsis zombis como temas recurrentes, influídos por el clima político a nivel mundial de enfrentamiento entre los Estados Unidos y la URSS. En Japón quizás puedan rastrearse más relatos profundamente pesimistas sobre el futuro del ser humano en demasiados mangas, creo yo: el Estados Unidos el mercado más mayoritario ha podido ser crítico pero era mucho más optimista. Para encontrar tonos similares aunque no tan crudos había que irse ya al comic underground o británico.

La parte final es una agonía para el protagonista, que ha luchado toda la historia por controlar al demonio que le posee, que ha luchado por conservar su corazón humano a pesar de la ira que le invade cada vez que tiene que transformarse en demonio. Una en la que el autor no escatima en apuntar claramente al odio hacia el diferente como la espoleta de lo peor del ser humano: el pánico moral, la deshumanización del otro, los linchamientos, el racismo institucionalizado y la violencia hacia lo que no se entiende. Todo englobado bajo la excusa de la seguridad de los nuestros, de los buenos, de los moralmente mejores. Lo denuncia gráficamente de modos espeluznantes, de nuevo recurriendo visualmente a lo mínimo y partiendo de dibujos que antes nos parecían infantiles. Ese contraste es aterrador, e insistimos, apela a cosas y temores primarios universales. Usa los demonios como metáfora de lo que cree que ha sido el ser humano desde siempre. Tiene especial mérito hacer un manga tan explícitamente violento, salvaje, brutal y además meterse en el fango de denunciar violencia animada institucionalmente en el Japón de 1970. Es prácticamente heróico, sería polémico hoy en país europeo del siglo XXI, no digamos ya en una sociedad abrumadoramente más conservadora y nacionalista como aquella. La escena anterior y posterior a la viñeta que está justo debajo de este párrafo son de las más desoladoras que yo he podido leer en un manga o cómic. Tristísima, depresiva a más no poder.

Por acabar, el final es inolvidable. Lees muchos libros, mangas o comics y quizás te acuerdas de pocos finales o muy por encima. Este no. Este es de los pocos que yo no me esperaba ni me podía creer. Y lo mejor es que, viendolo desde el principio, es lo más lógico que se podía hacer. El autor no ha querido proteger al lector de finales facilones o cómodos. Ha querido ser consecuente con el mensaje que quería transmitir hasta el final, por desagradable que fuera para todos y por muchas barbaridades que tuviera que cometer por la recta final de la historia, alguna realmente escabrosa y prácticamente seguro irrepetible incluso a día de hoy. Es un manga que te deja de verdad hecho polvo, asustado y maravillado a la vez. Es complicadísimo encontrarse con algo así hoy, repito. Que no sería haber publicado algo así en los años 70. Decir valiente es poco.

Sed felices.



el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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