Iniciosci-fiLa tapa del obsesoEl caso Alcàsser (Netflix). O los problemas de Netflix con la realidad.

El caso Alcàsser (Netflix). O los problemas de Netflix con la realidad.

Lo que viene a continuación es un análisis sobre el documental en cinco partes que Netflix ha hecho del caso Alcàsser. El documental trata de cómo a principios de los años 90 tres chicas adolescentes valencianas fueron secuestradas, torturadas, violadas y asesinadas. Nos habla del tratamiento de los medios de comunicación, de los actos de los padres de las víctimas, de algunos comportamientos de la gente respecto a ese caso y del juicio. Todo ello y muchas cosas más pasaron en el mundo real. Pero el simple relato de las cosas que pasan sólo lleva a amargarnos, alegrarnos o enfadarnos. El sensacionalismo es exactamente eso: contarnos historias que apelan a nuestros sentimientos sin casi explicarnos las razones de lo que está pasando.

Por poner el clásico ejemplo que puso en su día el ya fallecido Javier Ortiz:

“El verdadero problema no es que existiera un ugandés llamado Idi Amin Dada, capaz de matar a medio millón de personas y de comerse a un buen puñado de ellas. Lo que merece estudio es el entramado de intereses internos e internacionales que se reunieron para conducir a esa mala bestia hasta la Presidencia de su país y para mantenerlo en ella desde 1971 hasta 1979. Lo primero es anecdótico: hay gente para todo. Lo segundo, en cambio, es clave.”

Es decir, aquí vamos a hablar de la realidad y de las razones de que pasen o dejen de pasar cosas en la realidad. Y el documental podemos decir que empieza en el mismo sentido. Quiere contarnos los hechos reconstruídos de los últimos momentos de las tres adolescentes. Tira de archivos audovisuales de la época: imágenes de telediarios, de programas, ligeramente la música y muy rápido imágenes de Felipe González, Barcelona 92 o la Expo de Sevilla. Se nos cuenta, vamos a decirlo, los crímenes en una especie de burbuja histórica y de contexto, como si la posterior repercusión popular saliera de la nada. Las cosas van pasando una detrás de otra, sin ningún intento de explicación en uno de esos momentos que marcó a toda una generación de personas en España. ¿Por qué ese asesinato? ¿por qué en ese momento? ¿es casualidad que sea justo en la frontera entre los 80 y los 90? Evidentemente no: muchas cosas pasaron histórica, política y sociológicamente en ese cambio de década. Habría mucho que contar sobre el progresivo aumento del empleo femenino, del fin del Muro de Berlín, el enfrentamiento entre mentalidades sobre todo rurales que aún eran partidarias de tomarse la justicia por su mano pasando de toda institución oficial y una progresiva pacificación de las costumbres junto a una caída de la delincuencia en todo Occidente, el conflicto sordo entre Barcelona-Madrid como faros de la modernidad y muchas zonas deprimidas en el resto del país, etc. Pero apenas sale unos segundos imágenes rápidamente. Es decir, que empieza el documental con el mismo espíritu que un telediario de Antena 3: contarnos que Idi Amin se comía a la gente del país que gobernaba. Para simplemente horrorizarnos y captar nuestra atención sin más esfuerzo que tirar de archivos y entrevistar a gente.

Porque el relato de lo que les pasó a las adolescentes en el mundo real va unido desde el principio a una cobardísima crítica a algunos periodistas de la época y a su tratamiento del caso. De nuevo, es un problema del mundo real. En el documental vemos, como no, a los tres grandes malvados del tratamiento informativo de la época según todos los tópicos: Paco Lobatón, Nieves Herrero y Pepe Navarro. Pero el documental, y aquí la realidad muestra su patita, nos muestra a Manuel Campo Vidal haciendo una pregunta terroríficamente asquerosa en televisión, diciendo que es su “obligación” como periodista. Y no fue la única cosa pregunta o tratamiento espantoso y “digno” de los malvados oficiales que tuvieron los demás que no son los tres malvados oficiales. Nieves Herrero está acabada profesionalmente, Pepe Navarro es un apestado, pero Manuel Campo Vidal fue presidente la de la Academia de las ciencias y las artes de televisión de España, además de ser el mismísimo presentador histórico de los debates entre candidatos a presidente del gobierno en España. Y no fue el único recompensado a pesar de contribuir con su granito al terror informativo al que sometió el periodismo de este país a los ciudadanos de entonces: Matías Prats es el heraldo de los telediarios funcionando vendiendo carnaza. Viendo el documental da la sensación que solo existió el inenarrable programa especial televisivo de Nieves Herrero, que fue la cumbre de todo lo que puede ser repugnante en tratamiento de algo real por parte de un periodista, las cosas más suaves de Paco Lobatón y las estupefacientes y amarillistas chorradas del programa de Pepe Navarro. Pero esta forma de presentar las cosas no es la realidad: es ficción.

Los medios y los periodistas mayoritariamente se volcaron en el caso peleando por ver quien daba más carnaza. Algo sale de nuevo en el documental, cuando se reconoce que esta forma de hablar de los asesinatos o las violaciones era nueva en los medios. Nadie sabía que había más allá, pero el lodazal fue generalizado. De ningún modo el fenómeno y el impacto en la población podría haber sido el que fue sin haber sido este tipo de tratamiento informativo amarillista el mayoritario. Pero el relato de Netflix es muy conveniente: el documental tiene sus cabezas de turco muy definidas y las muestra con saña, especialmente a las dos que no colaboran con el documental. Así salvamos la honra de la profesión periodística de la época, mostrándonos además a dos valientes periodistas valencianas como si fueran las nobles luchadoras que redimen a toda su profesión. Y ellas dos fueron la excepción. De haber sido la norma todas las manifestaciones y hechos que pasaron en la realidad no hubiesen sucedido.

Se eliminaron los elementos más cruentos (como las grabaciones de los familiares abrazándose llorando al enterarse o la grabación del velatorio) pero en lo esencial todo el tratamiento informativo de este caso fue la escuela de todo lo que seguimos viendo desde entonces hasta hoy cada vez que hay un secuestro, una violación o un niño caído al pozo con atención masiva de los medios de comunicación. Esa es, de nuevo, la realidad. Como lo es que muchos compartieron el espíritu amarillista y sensacionalista han prosperado económica y mediáticamente, como Matías Prats, presentador ya histórico de Antena 3 y uno de los herederos de esa manera de presentar cualquier asesinato o violación. Todo ello desde el reconocimiento masivo del gran público, que lo tiene por un meme muy gracioso por sus chistes malos. En la realidad esa forma de presentar las cosas venció, es el sistema, aceptado y aplaudido mayoritariamente, contra el que prácticamente ningún periodista de renombre se pelea en público. Como mucho se habla de esas prácticas en abstracto o nos metemos con alguien evidentemente estrafalario y absurdo como Eduardo Inda. A las audiencias, cargos, intocabilidad social y sueldos de los Campos Vidal, Matías Prats, Ana Rosa o Susanna Griso me remito.

El segundo aspecto en que se centra el documental, casi al que se dedica más tiempo, es a la pelea de uno de los padres de una de las adolescentes violadas, torturadas y asesinadas. Podemos decir que es casi el tema principal de las cinco horas de documental y él quien ejerce de protagonista. El padre de Miriam. El que es la cara visible de “los padres” de las tres asesinadas. El que encabeza las manifestaciones. El que llama a las televisiones. El que se mueve por tierra, mar y aire para que la noticia no deje de serlo. El que, asesorado por varios personajes que se le van pegando, es consciente que los medios necesitan audiencia y que él necesita estar en el centro del espectáculo. Padre que movilizará a todo el país para pedir justicia, luego se enfrentará a la justicia proclamando que la investigación se estaba haciendo mal, pasará a aparecer en la televisión construyendo relatos conspiranoicos en los que acusará a cargos políticos de estar detrás de la tortura y violación de su hija y terminaremos viendo cómo se aprovechará de todo el dinero que la gente de buena fe donó para que él siguiera investigando por su cuenta. El padre está fantásticamente bien retratado, y no es más que el primero de varios sujetos que hemos visto luego varias veces como con Juan José Cortés muchos años después. Es decir: un hombre (casi nunca es mujer) que apela a su inmenso y terrible dolor, a la tremenda injusticia que ha sufrido a manos de un monstruo no ya para pedir que se le ayude sino para cambiar las leyes del país. Leyes que no solo le afectarán a él o a los asesinos de su familiar asesinado, sino a todos. Y si las leyes nos afectan a todos entonces absolutamente todos debemos poder opinar al mismo nivel. La trampa desde el padre de Miriam sigue siendo la misma: alguien por sufrir una injusticia enorme no se convierte en precisamente lúcido o experto en cómo resolver esa injusticia. Que te mate un grupo terrorista a un padre no te convierte en experto en lucha antiterrorista. Que te violen a una hija no te hace experto en violadores. Tener familiares que fueron torturados por el fascismo no te convierte en experto en derrocar dictaduras fascistas. La trampa de que el que sufre tiene razón en las cosas que hay que cambiar legalmente por el hecho de haberlas sufrido. Aquí reconozcamos que Netflix sí da espacio a conocer todas las teorías conspiranoicas y a demoler el castillo de naipes poco a poco.

https://www.youtube.com/watch?v=Wm0OsLpZ7-o

Al final un par de cámaras ocultas abren en carnes el auténtico horror: tanto el padre de Miriam como algunos ayudantes suyos sabían perfectamente que vivían del asunto, que se inventaban las cosas, que usaban la carnaza necesaria por repugnante que fuera para vivir bien. Toda su lucha contra el sistema, contra la conspiración absurda tenía aplausos. Aplausos generalizados, muchos de gente que no podían aceptar algo tan real como triste: hay monstruos entre nosotros. Y esos monstruos no son nada especial: gilipollas, gente limitada, gente fea, gente desdentada, yo qué sé. Algo tan emotivo, tan aterrador para el país tenía que ser mucho más que sólo eso. La realidad tenía que ser algo más. Y la televisión y demasiada gente estaba dispuesta a creer que había algo más que un paleto psicopático violador de mierda. Le quieren callar, para callarme tendrán que matarme: etcétera. Es la viva imagen de la virilidad de antes de lo posmoderno, ese padre dispuesto a robar documentos, entrar en chalets ajenos y, en general, a saltarse la ley, reírse de ella o situarse por encima de ella porque los jueces, la policía o los analistas forenses no saben de todo como él, hombre. Él con sus amigos raritos se hacen expertos en absolutamente todo. Es el famoso “cuñao” que tanto conocemos por las redes sociales. Es, ni más ni menos, que la rabia del hombre que se cree el centro del universo, lo ignora todo y quiere vivir su vida dando patadas a lo que sea necesario para seguir siendo el rey. No es extraño que intentara entrar ilegalmente y a la fuerza en chalets ajenos o que alguno de sus alumnos posteriores tengan historiales de estar envueltos en actos violentos.  Es el perfil de hombre que le asquea la modernidad, la civilización o los “listos” que han estudiao y no han hecho un trabajo manual en su vida. Es la presentabilidad con un trasfondo profundamente violento: que nadie olvide que se llegó a dar una paliza a un hombre que una multitud identificó como uno de los asesinos, dejándole medio muerto…y evidentemente no era el asesino en busca y captura. A esos extremos de apelar a lo más instintivo de nosotros se llegó. Con el padre y su enfrentamiento en el juicio Netflix sí nos habla de la realidad. Porque, como dice uno de los muchos que quieren vivir del morbo mediático del caso, una cosa es lo que se dice en el juicio y otra en la televisión.

Pero claro, tras horas de documental y ya acabando no se explican demasiadas cosas. Cómo una desaparición de unas adolescentes provoca tal reacción mediática por primera vez. Porqué en ese momento y no otro. Cual era el número de desaparecidas y cómo estaba evolucionando en esos años, tanto en España como en otros países. Qué consecuencias legales y qué efectos venimos viviendo desde entonces (nota: fue el inicio de una escalada de endurecimiento de penas que tenemos hasta hoy, sin ningún incremento en la criminalidad que parezca justificarlo). En vez de dedicar al menos un capítulo a explicar la aparición y significación del caso o directamente no incluir nada y dar el documental por cerrado con la simple exposición de hechos sin explicar Netflix ha hecho lo peor posible. Se dedica la última parte del último capítulo a realizar la mayor chapuza que se puede hacer. A toda prisa, corriendo, nos pone imágenes fragmentadas de casos distintos de asesinatos, violaciones, casos mediáticos similares. Sin explicaciones, solo muestra las imágenes y audios de las noticias de los espantosos hechos. Pone subtítulos en los que se nos da a entender, de manera atropellada, que hay una continuidad entre todos los casos, junto a la explicación de una señora en tiempo record de la significación de las cuatro horas y pico anteriores. Es un espectáculo manipulador, un batiburrillo de cosas que tienen que ver con otras que no, un intento amarillista de, como mencionamos al principio del artículo, apelar a lo emocional del que está viendo el documental sin explicar ni siquiera la conexión que trata de establecer entre todo el aluvión con el que se nos bombardea al final.

Y aquí no se trata de ponernos a la contra de una parte de esa explicación, que por supuesto debería incluirse en un caso como este entre otras muchas, ya que un fenómeno así no debería quedarse en una sola cuestión: cinco horas deberían dar para muchísimo. Se trata de que Netflix somete al que ha visto cuatro horas y media de documental a apenas unos minutos de bombardeo apresurado de fotos y casos morbosos para apelar a lo más visceral de nosotros, queriendo hacer pasar un eslogan de champú por la explicación de las muchas cosas que sucedieron, que forzosamente debería incluir varias variables. Exactamente el horror por el que Nieves Herrero nos quedó claro por el documental que era un demonio. Exactamente el horror que hace que el padre de Miriam sea un aprovechado caradura. Exactamente lo que Netflix ha tratado de criticar y de prevenirnos las cuatro horas y media anteriores.

Y esa es la realidad, la sucia realidad patente tras acabar de ver los cinco episodios del documental de Netflix. Es imposible criticar el fondo de lo que hizo el periodismo en Alcàsser porque ese modelo de hacer las cosas sigue a día de hoy, tras un proceso de dulcificación, siendo el triunfante, el exitoso, con sus principales estrellas mediáticas liderándolo. Es el modelo que incluso los teóricos críticos dentro de su gremio usan para teóricamente criticarles.  El periodismo de este país respecto al tratamiento de los asesinatos o casos truculentos mediáticos está muerto y los muertos solo se levantan en series de televisión, en películas o videojuegos. No en la realidad.

Y seguimos todavía viviendo en la realidad. A pesar de Netflix. Y menos mal.

Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

1 COMENTARIO

  1. hace un año que sigo este caso por interés en temas académicos y porque me causó mucha impresión, no tengo hijos, pero cualquiera que hoy tiene la edad que estas pobres niñas tendrían, no puede evitar encontrarlas en sus hermanas, en sus primas, vecinas o compañeras del colegio. Muy acertada la crítica sobre la pormenorizada revisión que hizo esa empresa de entretenimiento llamada netflix (creo que el periodismo es en gran parte también, una industria del entretenimiento -¡lamento que ese saco le quepa!), pero tratar de cuñao al padre de una de ellas me parece un beneficio que lo puede tener alguien que no perdió un hijo o hija en un hecho semejante y así es como esta cosa que es gratuita, en la opinión pública vá colocando a la víctima o a sus deudos a la altura de los victimarios, así finalmente, todos contentos con un sólo relato, el más cómo para nuestras vidas preocupadas por otros asuntos, por más que ese relato hegemónico tenga un montón de hilachas y costuras hechas a último momento durante el juicio.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ÚLTIMOS ARTÍCULOS

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.
Privacidad