El juicio de los 7 de Chicago: justicia dependiente

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A Aaron Sorkin, creador de El ala oeste de la Casa Blanca entre otras obras, no le tiembla el pulso a la hora de hablar de política. En El juicio de los 7 de Chicago, película de Netflix recién estrenada, el cineasta adapta el proceso contra los 7 de Chicago, una serie de manifestantes juzgados por haber provocado disturbios de forma organizada en la Convención Demócrata de 1968, a pesar de no haberse conocido antes entre sí y de que las protestas no contaban con tal capacidad de organización.

Con un reparto de lujo y una surrealista historia real sirviendo como molde, esta reflexión sobre la injusticia y las protestas se postula como una de las cintas favoritas para unos premios Oscar que apenas cuentan con candidatas potentes por culpa de las recientes circunstancias. ¿Amerita toda la expectación que ha levantado? Comprobémoslo.

Los 7 de Chicago… ¿o los 8?

La película comienza con una rápida concatenación de planos que nos muestra a los protagonistas, interrumpiendo sus frases para dar comienzo a las palabras del otro. En sus preparativos para acudir a la Convención Demócrata en protesta contra la guerra de Vietnam, se nos presentan las personalidades opuestas y hasta antagónicas de los detenidos por los célebres disturbios, desde los progresistas más pragmáticos y pacíficos a los revolucionarios más radicales. Justo después, asistimos a las intrigas políticas de la Administración Nixon que suscitaron este juicio a pesar de que los indicios contra los acusados eran escasos o inexistentes.

Durante el resto del largometraje, seguimos los esfuerzos de los 7 de Chicago por defenderse de las absurdas acusaciones que se les lanzan desde el estrado de un juez claramente predispuesto a condenarlos y desde la posición de un fiscal que está pagando un favor político. Entre las escenas más vergonzosas, vemos cómo a un octavo acusado que ni siquiera se encontraba en esas protestas se le niega la asistencia de un letrado y debe defenderse a sí mismo.

The whole world is watching

Dejando a un lado la historia real que inspira este filme, parece beber de uno de los clásicos judiciales por excelencia: Doce hombres sin piedad, en el que un jurado debate sobre la inocencia de un joven. Ambas películas coinciden al mostrar una confrontación entre personalidades muy distintas, aunque aquí se da este choque entre los acusados y la defensa, a los que acompañamos no solo frente al juez sino planeando estrategias para enfrentarse a la opinión pública. Después de todo, el país entero los contemplaba.

Con las diferencias entre los variopintos manifestantes acentuadas para adaptar el caso al lenguaje cinematográfico, las conversaciones entre personajes tan aparentemente incompatibles nos hacen reflexionar sobre el modo en que un ciudadano puede cambiar un sistema político o social. ¿Hay que ser moderado, hay que presentarse bien peinado a un juicio y atacar al sistema desde dentro? ¿O quizás hay que escandalizar a la población para hacerla pensar? Si este juicio nos parece aún hoy tan llamativo, es porque los asistentes recurrieron a la segunda estrategia a través de constantes provocaciones que la película se queda corta a la hora de retratar, pero este debate sigue siendo pertinente en la actualidad.

los 7 de chicago

La obra acierta también al mostrar las distintas estratagemas y giros judiciales sin hacerlos tediosos, y no como elemento secundario sino como el núcleo de la trama: el hábil Sorkin no se regodea en la violencia policial o en las humillaciones más cruentas hacia los acusados, sino que prefiere centrarse en el enfoque constructivo e idealista que le ha caracterizado hasta el momento. El cineasta consigue que nos preocupemos por estos personajes pero, sobre todo, que reflexionemos sobre aquellos elementos que pueden y no deberían influir sobre un juicio, sin tener nada que ver con las acusaciones. En este caso, la resolución fue moderadamente positiva, pero hay muchos otros manifestantes alrededor del globo que no pueden decir lo mismo.

Conclusión

A través de sus inteligentes diálogos y de su magnífico elenco de actores, Sorkin construye una trama muy sólida basada en hechos reales, lo que suele despertar el interés de la Academia de Hollywood. ¿Nos encontramos ante la primera ganadora del Oscar patrocinada por Netflix? Sinceramente, no importa: lo que debería importarnos es el concepto de juicio político que algunos personajes rechazan pero todos acaban aceptando con resignación. La injerencia de la política en una institución que debería ser neutral no es monopolio de Estados Unidos en los sesenta. Busquen, por ejemplo, cómo se nombra en España al Fiscal General del Estado, y pregúntense si importa o no que a una cinta tan relevante como esta le vayan a otorgar un premio cada vez más devaluado.

el autor

Periodista recién graduado. Redactor en esta página y en el portal digital madridesnoticia. Creador de contenido para redes sociales.

2 comentarios

  1. La vi solo por su reparto, sin saber nada de la trama ni haber leído críticas. Me encantó. Y, tiene actores negros, lo cual le va a ayudar en su carrera en los Oscars 😛

    • Comentaba lo de los premios precisamente porque es el tipo de historia que suele gustar. Solo hay que ver los ganadores de los últimos años: Green Book, Argo, Doce años de esclavitud, Spotlight… salvo gratas excepciones como Parásitos, películas basadas en hechos reales y con un mensaje social prácticamente transversal que no ofende a casi nadie.
      Lo que sí le da puntos es la pandemia, que ha reducido los estrenos. No creo que los académicos le den el premio, por ejemplo, a la película de Sonic.

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