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El Reino Perdido de los Piratas: la serie de Netflix ideal para fans de Black Sails

Desde hace algunos días Netflix nos ofrece El Reino Perdido de los Piratas, serie documental que recrea orígenes e historia de los principales bandidos de los mares.

Las historias de piratería son tan inoxidables como atractivas y si, como yo, han disfrutado en grande con Black Sails (una de las mejores series de los últimos tiempos) , sepan que El Reino Perdido de los Piratas es el complemento perfecto para dar marco a lo que allí vimos.

Es cierto que la serie de Starz creada por Jonathan Steinberg y Robert Levine tenía una fuerte base de ficción al estar concebida como precuela de La Isla del Tesoro, novela de Robert Louis Stevenson que constituye la historia de piratas por excelencia (al punto de haber incluso construido el estereotipo de los mismos en la cultura popular), pero también lo es que la ficción estaba inserta en un marco histórico por demás creíble. Precisamente ese marco es el que explora esta serie dirigida por Stan Griffin y Patrick Dickinson que, en formato docuserie a la usanza actual, alterna ficción con recreación entre testimonios de estudiosos especializados y relatos en off a cargo del veterano actor británico Derek Jacobi.

Básicamente, el enfoque elegido ve el origen de los piratas en la mano de obra desocupada que quedó vagando por los mares tras el final de la Guerra de Sucesión Española a principios del siglo XVIII. Muchos corsarios, en su momento pagados por la corona británica para robar y desabastecer a la flota española, se encontraron, una vez finalizada la contienda, sin trabajo ni destino a la vista.

El mar, ya para ellos escenario y elemento, pasó a ser también hogar, pues se convirtieron en descastados sin patria que siguieron abordando y saqueando navíos aun cuando la corona no solo ya no lo ordenaba sino que, además, lo desalentaba ante el peligro de un inconveniente conflicto diplomático que pudiese poner en peligro la precaria paz conseguida.

En ese contexto, los corsarios se convirtieron en piratas y crecieron las figuras de Henry Jennings (Mark Gillis), Samuel Bellamy o Black Sam (Evan Milton), Benjamin Hornigold (Sam Callis), Charles Vane (Tom Padlley), Jack Rackham (Jack Waldouck) o Edward Thatch, más conocido como Blackbeard o Barbanegra (James Oliver Wheatley), quien es presentado aquí como una especie de rockstar que alimentó y vendió su propio mito de modo rimbombante y hasta con efectos especiales, además de ser afecto a prácticas poco ortodoxas como hacerse inyectar mercurio en el miembro a los efectos de combatir la sífilis (sí, ya sé: aaaaaaaaaahhhhhhhhhh!!!!!!!).

Los piratas ya no hacían distingo a la hora de atacar buques de bandera española, francesa o incluso británica y ello, obviamente, los convirtió para la corona en forajidos a eliminar. Fue entonces cuando (algo que bien hemos visto también en Black Sails) fundaron un estado propio en Bahamas, lo cual llevó a revisar la política hacia ellos.

Tres aspectos resultan particularmente interesantes: por un lado, el hecho de que fundaran una república democrática en New Providence los terminaría convirtiendo, de algún modo, en precursores de las democracias modernas e incluso de los aún muy embrionarios Estados Unidos de América, pero claro: ¿quién reconocería a un pirata como padre?.  Es más: habría que revisar el título de la serie pues más que de un reino perdido estamos hablando de una república perdida.

Por otro lado y en parte por conveniencia estratégica, los piratas libraron su propia cruzada contra la esclavitud atacando barcos que transportaban esclavos africanos a los que liberaron y que, muchas veces, terminaron sumándose a sus tripulaciones llegando incluso a ser piratas encumbrados y respetados.  Tal, por ejemplo, el caso de Black Caesar (Miles Yekkini), que llegó a ser lugarteniente de Barbanegra.

Por último, llama la atención el uso del terror psicológico como estrategia al punto de, por ejemplo, realizar abordajes estando completamente desnudos para dar imagen de horda de salvajes dementes.

Aparece también Anne Bonny (Mia Tomlinson), otra conocida nuestra de Black Sails y, hasta donde se sabe, una de las dos mujeres piratas de las que se tiene registro (la otra fue Mary Read). Hay que decir, eso sí, que la versión que de ella aquí se presenta (además de sobreactuada) dista bastante de los testimonios: demasiado bonita y muy femenina cuando todo parece indicar que era mujer de aspecto y modales rústicos. La versión que mostraba Black Sails, interpretada por Clara Paget era, probablemente, algo más creíble.

En cambio, ocurre lo contrario con Charles Vane, a quien allí veíamos como bandido de firmes códigos y hasta devenido en mártir, mientras que aquí es un sádico bestial y sanguinario de muy pocos escrúpulos.

La serie es interesante y atrapa sin que, en ningún momento, los testimonios lleguen a aburrir sino que, por el contrario, están bien dosificados y contribuyen a mantener el interés.  Las actuaciones son, en general, dignas, al igual que la producción y factura visual, aunque no hubiera venido mal algo más de presupuesto, sobre todo a la vista de escenas nocturnas en las que los mares se ven excesivamente digitales. Otro punto flojo es que el episodio final (son seis) parece algo apresurado al momento de cerrar algunas historias individuales: una pena porque allí entra, por ejemplo, la relación entre Anne Bonny y Jack Rackham, que hubiera merecido por lo menos un episodio aparte.

En cualquier caso y como dijera Joan Manuel Serrat, “no hay historia de piratas que tenga un final feliz”, por lo que la serie, acorde a su carácter documental, toma distancia de la visión más romántica del cine y la literatura: no esperen, por lo tanto y para ninguno de los protagonistas un final tan afortunado como el de Long John Silver.

El resultado final es más que aceptable y, como dije, ayuda a entender mejor lo que vimos en Black Sails; de hecho, si no han visto esta última, recomiendo ahora invertir el orden y y ver esta serie primero. No sabemos si habrá segunda temporada pero no da la impresión, sobre todo considerando ese modo acelerado en que han cerrado la historia.

En fin, quien guste de las historias de piratería no debería dejar pasar la oportunidad ya que son pocas las propuestas hoy disponibles dentro de la temática. Por cierto, les dejo algunas sugerencias como la ya mencionada Black Sails, de la cual pueden leer en esta web los análisis episódicos realizados por mi compañero Miguel, así como también echar ojo a un excelente vídeo acerca de los personajes de la serie que realmente existieron y los que no.

Otra a la cual pueden dar alguna chance es Crossbones, serie de NBC basada en la novela de Colin Woodard La República de los Piratas: sigue más específicamente a Barbanegra y si bien el personaje, interpretado por John Malkovich, ha recibido críticas por su estilo demasiado señorial y distinguido, ofrece una visión distinta al presentarlo en la clandestinidad luego de ser dado supuestamente por muerto y sin siquiera tener ya la barba negra, je… Una lástima que haya durado una sola temporada pues, aun con sus fallas, venía de menor a mayor.

Yendo más a ficción pura y simple, no podemos dejar de mencionar la saga de los Piratas del Caribe, de la cual aquí les dejo un artículo de mi compañero Mario ordenándolas de peor a mejor.

Y por último, sería una falta de respeto hablar de historias de piratería sin recordar que el manga más vendido de todos los tiempos también lo es. Nos referimos, claro, a One Piece, escrito por Eichioro Oda, del cual pueden encontrar en esta web gran cantidad de artículos relacionados, tanto con el manga como con su correspondiente adaptación al anime.

Quizás, entre tanto título, estén pensando lo mismo que yo: que nos merecemos un buen top de películas o series sobre piratería.  Queda agendado.  Mientras tanto, a disfrutar con El Reino Perdido de los Piratas…

Será hasta pronto y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

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