Iniciosci-fiLa tapa del obsesoQuerer ser Sheldon Cooper pero ser Alan Harper

Querer ser Sheldon Cooper pero ser Alan Harper

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.
Norman Spinrad pisaba un auténtico campo de minas. Se atrevió a ver los lugares comunes de la ciencia-ficción y concluyó que gran parte del género no era más que una fantasía de poder. El género como un instrumento para satisfacer los deseos de poder de los que leen, de los que sueñan con la ciencia-ficción.

Lo que lleva implícito en la crítica es que esa necesidad de sentir o imaginar el poder absoluto, la conquista de la chica, la aprobación universal, la total diferenciación de la masa, la predestinación del protagonista y todo lo que sigue, son componentes de la misma fantasía de control sobre los demás. También del voluntarismo más extremo: aquella cosa de pensar que lo único que te separa de tu meta es tu voluntad, sin contar con las causas materiales, económicas, políticas o legales que puedan dificultar o impedir alcanzarla. Todas estas son características clásicas del pensamiento de los adolescentes, razón por la cual el género ha sido clásicamente encasillado en lectores o seguidores de esta edad.

De la superación de este etiqueta se han encargado muy pocos. Aquí ya hablamos de uno de los pocos que lo intentó, Alfred Bester con su “Las estrellas, mi destino”, como bien aparece en el ensayo de Norman Spinrad. Alfred Bester consiguió en su libro poner a un lado al noble predestinado a salvar al universo para lograr a la chica y ofrecernos a un resentido con una nave espacial que busca venganza. Alguien cuya motivación es el odio. Y alguien que no logrará los aplausos de la masas o la chica o la derrota del malo en épica y repetitiva pelea vista mil veces, sino que se redimirá a través de la confianza en toda la raza humana. Pero, por desgracia, son las menos las veces que vemos cosas así. Esto no quiere decir que por adolescente que sean en el fondo todas las motivaciones y lógica de los libros de Dune o El Señor de los Anillos, uno no pueda disfrutar de ellos o no le gusten, simplemente quiere decir que los límites autoimpuestos al género están ahí y son difícilmente negables.

 

Y es que en los libros, películas o videojuegos al final las cosas terminan siendo lo que la gente compra más. Si el autodenominado “friki” medio es lo que es, no se debe a conjuras de una sociedad viejuna que no entiende los poderes de Thor o huye de la magia de gente disfrazada de Darth Vader por el Retiro. Se debe en gran parte a lo que los llamados “frikis” demandan, a lo que los autodenominados “frikis” muestran con orgullo a diario como prototipos de lo que admiran. Los límites de los que hablamos se deben a que compramos cómics que no salen nunca de esquemas adolescentes, vamos a películas que reivindican la adolescencia sistemáticamente y demás.
Un ejemplo claro es Sheldon Cooper. Como todos sabemos a estas alturas, es un personaje de The Big Bang Theory, un físico antisocial inteligentísimo que es de los nuestros. Es un “friki”. Colecciona cómics, juega a videojuegos como Halo, juega a juegos de mesa y adora Star Trek. Serie de humor en principio minoritaria por su temática (un grupo de frikis muy listos pero inútiles con las chicas, con coñas sobre cómics o videojuegos), empieza a ser un sorprendente pelotazo y llega al gran público. Hasta el punto que llegan los premios televisivos, los protagonistas cobran más que nadie en la televisión de los Estados Unidos y etc.

Una parte importante del éxito tiene que ver con Sheldon, el cual asciende a los altares del santoral “friki”. Empiezan a circular las camisetas con sus frases, los llaveros, las firmas en foros de Internet con su cara, gifs suyos, las centenares de veces que oímos lo de “yo soy un poco como Sheldon” con orgullo. Sheldon es en la serie, en definitiva, lo que los “frikis” sueñan con ser: inteligentísimos, con gustos clásicamente frikis, despectivos o desagradables con todo el resto del mundo, absurdamente elitistas, orgullosamente antisociales, con relaciones de pseudo-esclavitud con sus amigos a los que soñaría humillar constantemente, cansinos hasta para las cosas más triviales, cerrados e inmovilistas ante cualquier mínimo cambio en las series o videojuegos que dicen amar.

 

Todo esa adoración real hacia Sheldon es una caída a la adolescencia, a la irresponsabilidad, al poder insultar a todos a la cara por la idea de ser mejor genéticamente que ellos, a no tener que atenerse a las reglas del resto, al orgullo de sentirse incomprendido. Forma parte de una visión de las cosas según la cual lo antisocial “mola” y uno se siente por encima de la “masa gris” que conforma la sociedad, no quedando al final, curiosamente, casi nadie que conforme dicha odiada masa opresora y mayoritaria. Lo opuesto exactamente a “Las estrellas, mi destino”, novela en la cual la sociedad, con todos sus sucios y egoístas individuos, era con la que el rencoroso protagonista se reconciliaba.
Sheldon es un personaje de ficción del que uno se puede reír, pero su alzamiento como modelo o como algo a admirar (imaginadle como compañero de trabajo o de piso) revela, otra vez, que los límites de madurez de “lo friki” nos los ponemos nosotros y que la etiqueta o fama de “cosas para niños” o “para adolescentes” la ganamos a pulso. Hay otro personaje que, sin tener camisetas, ni tazas de café, ni muñequitos, sí refleja bien lo que es el “friki” medio que sueña con ser Sheldon Cooper. Se llama Alan Harper, y es el hermano de Charlie Harper en la serie Dos Hombres y Medio.

Charlie Sheen hace de Charlie Harper, un playboy rico y alcohólico (es decir, no sabemos si actúa) que acoge con mucho asco a su hermano Alan, un tipo con problemas de autoestima, pobretón y recién divorciado. La vida sexual desmadrada de Charlie, las frustraciones de Alan, la relación de asco mutuo que tienen, el odio-pavor que tienen hacia su madre, el hijo de Alan como una carga nada entrañable y pesadísima: toda la serie es una sistemática burla al esquema familiar idealizado y cursi de la televisión estadounidense. La serie siempre es tratada como algo menor por los críticos, como una de chistes malos con muchas chicas en ropa interior para lucimiento de Charlie Sheen, pero dentro de que sí lo es también es muchísimo más.

 

Charlie, a pesar de todo su éxito sexual y económico no parece ni mucho menos feliz y no es más maduro que su hermano. La madre, exitosa en casi todo, es un ser ruín, miserable e insatisfecho. La ex-esposa de Alan es una histérica estricta y amargada. Charlie incluso tiene una acosadora, Rose, capaz de cualquier barbarie para conquistar a Charlie. No hay manera de sentirse realizado ni ser buena persona por la ruindad de todos y cada uno: es mentira que el éxito económico te haga mejor persona, es mentira que tener líos de una noche con gente superficial te complete (aunque satisfaga y divierta), es mentira que te lo garantice la moralidad forzada (Alan). Es imposible salvarse del patetismo porque el patetismo y la ruindad es la esencia de la sociedad que han formado todos los personajes de la serie. Y pocas veces el patetismo, la frustración sexual y vital han sido más cruelmente graciosos que con Alan Harper. La escena en la que hace un trío con su novia y otro hombre, Walden, interpretado por Ashton Kutcher, lo resume todo.
El patetismo de soñar con ser un macho alfa como su hermano, encubierto en buenas maneras y supuesta moralidad. Una moralina a todo trapo que esconde la propia impotencia de hacer algo diferente a su hermano. El deseo de mandar a todos muy lejos mientras se triunfa, sueño imposible que apenas es un sitio donde descansar de tanta frustración sexual, económica y vital. Por todo esto y mucho más Alan Harper es el “friki” real que dice adorar a Sheldon Cooper, el auténtico representante medio de un grupo de gente hostil a los cambios, que sueña con humillar a todos por su supuesta ignorancia, que se cree mejor por tener aficiones poco comunes, que reclama obras de ficción que sistemáticamente son ensoñaciones de poder sobre el resto del mundo pero que se siente oprimido y frustrado por una realidad cotidiana que le supera. Habituado al mundo mental, donde es amo absoluto, le aterra el mundo exterior del que apenas tiene control.
Es hora de madurar, es hora de buscar otras cosas, en otros lados y reclamar que las cosas sean, también en el ocio mal llamado “friki”, diferentes a lo que ya hemos visto tanto tiempo. Otros cómics están ahí, otras películas deben ser reivindicadas, otros videojuegos merecen más atención de la que le damos.
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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