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Sombras de Mordor: estamos muy contentos, por fin regresamos a casa

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.
A mi lo de Tolkien me pilló a traspiés. Lo de El Señor de los Anillos, quiero decir. A pesar de ser de esos que leían cómics y jugaban a juegos de rol ni me había leído el libro de los libros. Antes me había tragado esos bodrios de la Dragonlance, con el pobre Tanis el semielfo disputando a Luke Skywalker el premio al protagonista menos carismático del multiverso. Entre las cosas buenas destacaría la muerte de un personaje de puro cansancio de tanto ir corriendo a todos los lados y que algo de sexo sí que hay.
Tolkien era muy puritano y esas cosas sucias eran como de orcos o gente malvada. Para Tolkien el amor era puro, bello y consistía en recitar poemas de idiomas inventados en el bosque. Muchos fans malinterpretaron estas enseñanzas como un modo de ligar más o menos eficiente, con una eficacia cercana a cero. Las cosas del rol y los cómics no funcionan en la realidad, amigos. Bueno, lo de usar la violencia si tienes impunidad sí funciona, pero de eso hablamos otro día.
Luego ya me leí lo que todo el mundo: El Señor de los Anillos, El Hobbit y empecé el Silmarillion. Me gustaron, etc, pero sin pasarse. Aunque parezca mentira, mi círculo de amigos sí eran fans de Tolkien, se sabían árboles cronológicos y todo, pero a la hora de jugar al juego de rol, cuando se hacía con dados, hojas de personaje y demás del Señor de los Anillos la cosa se volvía rara. Al llegar a un pueblo todos estaban corriendo a ver quién robaba más o quien encontraba a más mendigos dormidos para rematarlos (puntos de experiencia sin hacer casi nada). Tanta lectura de la nobleza, los discursos épicos y del Bien contra el Mal para acabar jugando al juego de rol inspirado en los libros amados en plan Ultrasur de excursión por Barcelona
A pesar de mis experiencias traumáticas con las cosas de Tolkien, no le tengo manía ni nada. He jugado a muchos juegos de rol y su influencia decisiva está ahí: bastante cosa buena nos ha dejado. Tanto éxito tuvo que gran parte del género repite sus dejes una y otra vez, de hecho, hasta haber caído en la parodia. Pero eso no es culpa suya, en todo caso es de quien abusa de ellos. Aunque si lo hacen es porque…¡la gente sigue comprando!
Yo en principio no me iba a comprar “Sombras de Mordor” para Playstation 4 (está también para la Playstation 3, para PC y para las XBOX). Al final uno lee, ve o juega a las cosas que le piden el cuerpo en ese momento. Hay momentos en que uno no está para nada y sólo pide las cosas malas que saben que son malas pero que disfruta con ellas. Son los llamados “placeres culpables”. A veces uno está más eufórico y le da por otras cosas. Cuando uno está depresivo o agobiado no tienes ganar de leer determinadas cosas y soportas o te consuelan otras. Cuando hay demasiada incertidumbre triunfa aquello que da seguridad. Puede que haya algo de eso, al fin y al cabo un videojuego de matar a millones de malosos ambientado en algo tan familiar como el universo de Tolkien debería ser una apuesta segura. Lo que, vamos a decirlo,buscamos tantos de un modo u otro:

Se trata de un retorno a esa infancia en la que el tiempo pasaba lentamente y no teníamos ninguna responsabilidad en el horizonte, un refugio definitivo para el hombre contemporáneo y que explica porqué gran parte del consumo cultural reciente está capitalizado por la nostalgia de la infancia. Aunque también se vuelve al entusiasmo por la adolescencia (…). Nada de viajar al espacio, tener un millón de dólares o ser famoso. Lo que queremos es, en todo caso, ver la tele al calorcito de la calefacción. O, en otras palabras, sofá, mantita y peli, el verdadero Triángulo de las Bermudas del treintañero.

Resumiendo mucho, es un Assassins Creed con el sistema de combate de los juegos de Batman junto a un sistema general de hacer las cosas de un GTA. Eso con orcos. Cientos de orcos. Miles de orcos. Millones de orcos. Y en Mordor, con Sauron, elfos, enanos, uruk, orcos, caragors y orcos. No sé si he dicho que hay orcos. Los hay. Lo juro. De verdad.
Todo empieza con el protagonista, el montaraz Talion, siendo asesinado de modo ritual junto a su hijo y su mujer a manos de un esbirro de Sauron. El alma del protagonista se une a la del mismísimo Celebrimbor, dándole poderes especiales (en esencia, disparar flechas mientras el tiempo se detiene y poderes mentales variados). La cosa es buscar cómo vengarnos, teniendo en cuenta que el asesino está en lo más alto del ejército de Sauron y que hasta que no lo hagamos no podemos salir de Mordor ni morir en paz. No hay mucho más, la verdad, y da un poco igual. Es vergonzosamente sencillo aprender a jugar e intuitivo a más no poder. Y comodísimo. Demasiado.
Esa comodidad, ese calor de establo, inunda todo el juego. Desde las habituales lucecitas a lo GTA para decirte donde están las misiones en el mapa hasta la visión especial para ver donde están los orcos y los capitanes enemigos, pasando por los avisos con tiempo de que te van a dar un golpe para que des al botón de contraataque o el indicador que te dice de donde vienen los flechazos que te están cayendo encima. También los indicadores de qué misiones hacen avanzar la trama y cuales no. Todo está pensando para no agobiar, para que no te pongas nervioso y te sientas la cosa más poderosa parida en un entorno que ya tienes más que masticado, sea por aquello de leerte los libros de Tolkien con sus ochocientas mil páginas de descripciones de paisajes o por haberte papeado las películas. Hay más de las películas que de los libros, como era de esperar. Hay puntos de experiencia, habilidades a comprar, etc. Lo habitual para estos pastos, vaya.
El juego sería un mata-mata tontorrón si no fuera por el llamado sistema Némesis. Hay que escalar entre la jerarquía de los ejércitos de Sauron, y para ello tenemos que enfrentarnos a sus diferentes mandos. Esto es muy original y diferente, lo mejor del juego con diferencia. Cada uno de los capitanes del ejército de Sauron tiene unas debilidades (debilidad al arco, a los ataques de bestias, etc) y unas fortalezas (inmune a ataques sigilosos, armas envenenadas, etc) que debemos descubrir: o nos lo cuentan esclavos, o interrogamos a esbirros o nos colamos en sus sitios y leemos informes del ejército. Si lo hacemos tendremos ventaja al enfrentarnos a ellos y obtendremos mucha más recompensa. Además, los orcos interactúan entre sí, enfrentándose para subir en el escalafón, para aumentar su poder (y nivel) o morir. El protagonista tiene mucho que decir en eso: podemos matar a alguno muy poderoso y tener enormes recompensas o favorecer a uno para que ataque a otro al que tengamos manía. Si alguno nos mata subirá de nivel y ya os digo que no queréis que uno suba demasiado. Además de ser cada vez más difíciles de derrotar empezarán a chotearse de nosotros o directamente despreciándonos, pasando de matarnos si ya nos ha humillado lo suficiente. Todos se acordarán de qué hemos hecho la última vez que nos enfrentamos, y nos harán comentarios al vernos. Las peleas con los capitanes son lo mejor del juego, con momentos en los que se juntan varios y se pegan entre sí o que se unen para matarnos, con dios sabe cuantos orcos en pantalla lanzándonos de todo, gruñendo e intentando matarnos para poder ascender. Ese caos cambiante de la sociedad orca en función de lo que hagamos o dejemos de hacer es estupendo. El final del juego es tirando a estafa, pero la mayoría a esas alturas ya hemos llegado ahí por agotamiento y casi que nos da igual. Pero es malísimo. Mucho.
Si uno ha tenido alguna etapa de apreciar cosas de Tolkien es inevitable disfrutar un buen rato del juego. Aunque, sí, en esencia estaremos todo el rato haciendo lo mismo. Con sigilo, a machetazo limpio a lo Conan, subidos en bichos feísimos o tirando flechas a cámara superlenta, pero lo mismo. Genocidio orco y uruk en toda regla. Con cámaras lentas cuando matamos a uno de estos esbirros de modo especialmente salvaje, para recrearnos en lo inmensamente malotes que somos. Mis colegas de rol adolescente seguro que si lo juegan rememoran sus psicopáticas sesiones de rol con dados y hojas de personaje. Espero que lo hagan, allá donde estén. Después de todo, como sabiamente decía el título de la canción famosa de Eduard Jil, uno se pone contento cuando por fin regresa a casa. Para qué aspirar a más, la verdad, si todo se detuvo cuando uno mismo alcanzó la adolescencia.
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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