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Un repaso a la filmografía de Paul Thomas Anderson

Paul Thomas Anderson es uno de esos directores que tiene mucha fama y respeto entre los cinéfilos criados y formados a finales de los 90 y principios de los 2000, pero a diferencia de otros directores de su generación (Nolan, Arronofky, Fincher, Amenábar), no tiene ninguna película conocida por el gran público.

Es posible que ahora leas esto lleno de rabia, querido lector, y pienses “¿¡y que pasa con peliculones como Boogie Nights, Magnolia o Pozos de ambición!? ¡¿Es que acaso nadie conoce esas películas imprescindibles?!”. Pues claro que son conocidas, pero entre los cinéfilos. Pregúntale a tu madre, a tu amigo el del fútbol o a tus compañeros de trabajo por esas películas. Como mucho, se acordará “de esa en la que Tom Cruise no paraba de gritar la palabra polla”.

Por ello me sorprende tanto que sea un director con el que trabajan los mejores actores del mundo y le den un presupuesto absurdamente grande para el tipo de cine que hace. Y por ello mismo, es interesante hacer un repaso a su carrera.

Antes de empezar, quiero aclarar que no he visto todavía El hilo invisible, su última película (como suele pasar, este tipo de películas no se exhiben en ciudades pequeñas como la mía), pero por suerte, mi compañero PGA si la ha visto y le ha dedicado una crítica.

Sidney (1996)

A diferencia de otros directores de su época, las cuales ya llamaron la atención con sus primeros trabajos (Tarantino, Kevin Smith, Darren Arronofky), Paul Thomas Anderson tuvo un inicio tímido, pues no debutó precisamente con una gran película, aunque ello no quita que sea interesante verla, pues deja ver sus inquietudes y particularidades desde el inicio.

El principal problema que se le puede achacar a Sidney es que es un film lento en el que prácticamente no pasa, y lo que pasa, pasa muy lentamente. Estaba claro que Paul Thomas Anderson todavía tenía que aprender a manejar los tempos. Pero a su misma vez, dejaba bien claras sus virtudes: lograba crear escenas con una tensión inigualable.

No puedo evitar ver a Sidney como una película normalita que le sirvió más como aprendizaje que como una verdadera buena película, así que solo se la recomendaría a quien haya visto el resto de su filmografía y quiera ver los inicios de Paul Thomas Anderson.

Boogie Nights (1997)

Tras un debut con una película de bajo presupuesto y que apenas tuvo recorrido, Paul Thomas Anderson dio un paso de gigante: una cinta sobre el controvertido mundo del porno, lleno de planos secuencia larguísimos, escenas explícitas de sexo, moralidad casi inexistente y por si fuera poco, de casi 2 horas y media de duración.

Vista ahora mismo es una rara avis en su filmografía, pues tiene un ritmo endiabladamente frenético, hay momentos realmente divertidos (humor negro, eso si) y hasta puedes llegar a encariñarte con sus personajes. Dicho de otra forma, es una película que a el público general le puede gustar, pues casi carece de todo el componente poético y alegórico del resto de su obra.

¿Es por ello peor película? Ni de lejos, pero no deja de ser curioso que el su película más famosa (para el público general, repito) beba tanto de directores de la escuela de Scorsese o Brian De Palma.

Magnolia (1999)

“Somos sentimientos, y tenemos seres humanos”. Es una frase del, siendo benevolente, personaje cómico Mariano Rajoy. Dejando de lado las implicaciones políticas y lo cómico de sus continuos traspiés lingüísticos, hay que reconocer que la susodicha frase resume a la perfección Magnolia, la película más elogiada y querida de Paul Thomas Anderson.

Su escena inicial es todo un ejemplo de crear una secuencia llena de acción, diálogo, montaje frenético, subtextos y presentar multitud de personajes. Si tuviera que elegir una sola escena en la carrera de este director, sin ningún tipo de duda, elegiría esta. Pero (me escondo de los francotiradores), el resto de la película me parece fallida.

Vemos un montón de personajes interpretados por actores realmente buenos (entre otros, Tom Cruise, John C. Reilly, William H. Macy, Julianne Moore o Philip Seymour Hoffman), con sus miserias, ya sean interiores o exteriores, y vemos como se enfrentan a ellas. La idea es buena, los planos elegidos son buenos, las actuaciones son buenas. Pero falla en algo de base: al final no nos cuenta nada. Nos cuenta lo justo de los personajes como para que podamos entender que estén tan tristes, pero diablos, cualquiera estaría triste si le pasase lo mismo que a sus protagonistas.

Además, seamos sinceros. Por mucho que el discurso filosófico sea interesante, los traumas del niño o del personaje de William H. Macy son como poco, poca cosa, sobre todo si lo muestras en pantalla. Paul Thomas Anderson se esfuerza tanto en demostrar que la sociedad es estúpida, que algunos de sus personajes son directamente estúpidos.

Lo sé, esta película le gusta a mucha gente. De hecho, soy consciente de que Magnolia es la principal razón por la que Paul Thomas Anderson tiene el culto que tiene ahora. Pero a mi no me gusta. Me alegro por la gente que si la sepa disfrutar, pero no comparto su entusiasmo.

Embriagado de amor (2002)

La película más desconocida de Paul Thomas Anderson (después, claro está, de Sidney), muy posiblemente por estar protagonizada por Adam Sandler. Sorprende mucho que escogiera a este actor, pues ya en aquellos años estaba empezando a forjar su imagen de actor malo que protagoniza películas más malas todavía, pero sea como sea, hay que admitir que la elección fue muy acertada, pues Adam Sandler lo borda. Una gran demostración de que independientemente del talento que tenga un intérprete, lo importante es que esté bien dirigido.

Que no te confunda el nombre de la película, puesto que para nada es un romance empalagoso, aunque algo de eso hay. Lo que nos retrata la película, más que un enamoramiento profundo y verdadero, es como alguien puede llegar a tener un estado emocional donde necesite amor y afecto pleno. A todo aquel que tacha al cine de Paul Thomas Anderson como frío y poco sentimental, le recomiendo muy encarecidamente que vea esta película, que además, tiene algunas de las mejores secuencias de tensión que he visto en mucho tiempo.

Pozos de ambición (2007)

El cine de mediados de los 2000 estuvo lleno de dramones largos y con poco diálogo muy fríos y deprimentes, hasta el punto de que esta película casi gana el Oscar a mejor película y a mejor director. Al final la ganadora fue No es país para viejos, otra que no es que sea precisamente la alegría de la huerta. Ganase premios finalmente o no, lo que está claro es que Pozos de ambición fue la consolidación de Paul Thomas Anderson, donde dejó bien claro que era un director que siempre había estado ahí y que era capaz de hacer cualquier cosa, como en este caso, el retrato de un hombre oscuro y ambicioso, en este caso interpretado por un Daniel Day-Lewis magnífico.

Aunque incluso desde su primera película ya tenía algún que otro toque autoral y lento, aquí abrazó por completo la narración que muchos llaman “ver crecer la hierba”, o dicho de otro modo, larguísimas secuencias donde se busca la complicidad del espectador para recalcar elementos como la superfialidad, el amor paternal o la ambición, todo ello en la misma escena, en la cual no hay diálogos.

En algún que otro momento se pasa de lento, por lo que recomiendo ver esta película habiendo dormido bien y con algo de cafeína en la sangre, pues vale completamente la pena el esfuerzo, es con toda posibilidad la mejor película de Paul Thomas Anderson, o por lo menos, la mejor dirigida.

The Master (2012)

Aunque ahora mismo cueste creerlo, The Master fue todo un puñetazo en el estómago hacia la industria de Hollywood, pues su retrato de la cienciología era descarnado, brutal y explícito, toda una muestra de como alguien con labia puede aprovecharse de alguien emocionalmente desperado para coger todo lo bueno que tiene y apropiarselo para siempre. Dicho así parece un peliculón, ¿verdad? Pues lo es, pero con matices.

Para empezar, puede que alguno que se sorprenda cuando digo que trata sobre la cienciología, pues es perfectamente posible ver la película sin saber que trata sobre ello. Paul Thomas Anderson hace uso de una narración tan ambigua, lenta y sensorial que en más de un momento cuesta saber que diablos es lo que cuenta. Pero a su misma vez, ese tipo de narración nos regala unas escenas realmente magníficas, la mayoría de ellas protagonizadas por un Joaquin Phoenix haciendo el que es posiblemente su mejor trabajo.

The Master se queda como una película muy difícil de calificar, y a su misma vez, muy difícil de recomendar. Pero a su misma vez, fascinante, pues este tipo de cine es (desgraciadamente) muy escaso, mucho más con grandes estrellas y un presupuesto alto.

Puro vicio (2014)

Son palabras mayores, puesto que no considero que casi ninguna de sus obras tenga tanta calidad como para recibir semejante apelativo, pero ahí va: Paul Thomas Anderson es algo así como el Kubrick moderno, pues con Puro Vicio demuestra que puede hacer todo tipo de cine, hacerlo bien y por si fuera poco, darle su toque personal.

En esta ocasión, bebe del cine negro, pero le añade el interesante elemento de los hippies de los años 60-70, dándole al relato una agradecida capa de psicodelia en este tipo de historias, tan propensas a argumentos enrevesados y complicados de seguir. Se podría decir que en una sola película Paul Thomas Anderson se ha burlado de un género entero, ya que en más de un momento parece gritarnos a la cara “no te rayes tio”.

¿En qué se traduce a nivel cinematográfico? A una propuesta extremadamente complicada de seguir para el espectador medio, pero altamente gratificante para el espectador con un bagaje. Si hay algo que tiene todo el cine de Paul Thomas Anderson es que es difícil analizar sus películas, y mucho más recomendarlas, pero tiene un “algo” inclasificable que lo hace muy atractivo para los cinéfilos. Incluso cuando hablo de Puro vicio, una película de la que me cuesta destacar algo más además de su guión y la actuación de Joaquin Phoenix.

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