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Retro-Análisis: Vivir (1952). Kurosawa nos regala su carpe diem particular

Kurosawa nos regala su carpe diem particular a través de Vivir (Ikiru en su título original) la historia de Kanji Watanabe (Takashi Shimura) un funcionario con más de 30 años de experiencia al cual un movimiento del destino le hará plantearse su vida en conjunto.

De qué trata Vivir

Al comienzo de la película Watanabe se nos presenta como un hombre atrapado por la rutina. Lleva muchos años trabajando en una oficina municipal y pasando documentos entre departamentos sin abordar realmente los problemas de sus conciudadanos. Es un simple resorte de un sistema lleno de burocracia e ineficaz como pocos.

Todo su mundo se tambalea cuando en una visita al médico descubre que está enfermo y le quedan pocos meses de vida. A partir de ese momento, Watanabe debe decidir si seguir palideciendo hasta que su destino lo alcance o cambiar su vida de forma radical.

Los temas que trata Vivir y los aspectos que la hacen tan especial

El primer tema que asoma tan pronto comienza la película es el de la burocracia administrativa.  Una que va sumiendo a los ciudadanos en un laberinto de departamentos a los que presentar nuestras quejas, nuestros requerimientos, pero a la vez la forma más simple de conseguir que realmente nada ocurra. Esa es la función que tiene Watanabe y los demás compañeros de trabajo. Encauzar a la plebe hacia los lugares en los que sus plegarias quedan desesperadamente ahogadas en un mar de excusas.

La crítica social (habitual en la filmografía de Kurosawa) es el tema principal que nos presenta Vivir. También el cambio personal y el dilema moral que se nos presenta cuando algo que no esperamos golpea nuestra existencia. Una enfermedad, y aparte terminal…

Qué hacer con el tiempo que queda, pensar en vivir la vida de manera distinta a la que hemos elegido, buscar dejar a los familiares nuestro esfuerzo en forma de ahorros o tal vez pensar en aprovechar hasta el último instante que nos queda tratando de ser felices.

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Ese cambio no llega inmediatamente. Akira Kurosawa nos muestra primero la transformación de Watanabe viendo cómo trata de escapar a su sufrida realidad por medio de distracciones y de vivir la noche hasta las últimas consecuencias.  Una experiencia que le permite conocer un tipo de vida desconocida para él, pero no una solución para su problema.

Posteriormente, conoce a Toyo (Miki Odagiri), una joven empleada de su oficina que le contagia energía, alegría de vivir y que contrasta mucho con la vida que él lleva. Gracias a su interacción con ella, Watanabe comprende que aún puede hacer algo importante con lo que le queda por delante.

Mejorar la vida de los demás. Esa es la conclusión a la que llega Watanabe y que Kurosawa plasma en la película a través del proyecto del parque infantil de un vecindario que lleva reclamando mejoras desde hace tiempo. De hecho, al principio de la película vemos a un grupo de mujeres que presentan a las autoridades sus quejas sobre la salubridad del barrio.

La estructura narrativa es sumamente destacable. Sabemos que Watanabe tiene sus días contados y, para sorpresa del espectador, Kurosawa nos muestra su entierro a mitad de metraje. Lejos de ser algo parecido a un coitus interruptus, desde el momento en que vemos a los diferentes personajes pasar por el sepelio de nuestro protagonista serán ellos quienes nos cuenten la historia del tiempo no visto en pantalla (un subtítulo en pantalla reza que pasarpn cinco meses) y qué pasó al final del periodo de cambio de Watanabe.

Desde compañeros de trabajo a responsables políticos de cada departamento, todos nos dan pedazos de las memorias que tuvieron con Kanji. En lugar de optar por una perspectiva donde el propio protagonista nos narre qué piensa sobre su vida, es a través de los compañeros que tuvo a su lado que su figura acaba siendo reconocida como merece. Sus colegas influenciados por sus logros prometen cambiar sus métodos de trabajo pero, como veremos cerca del final, el aparato burocrático sigue su curso sin inmutarse en demasía.

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En el aspecto visual, Kurowawa utiliza recursos efectivos para trasmitirnos el estado emocional de Watanabe. Al principio predominan los espacios cerrados, oficinas y ambientes grises que nos ayudan a entender la realidad en la que vive el Kanji, pero cuando acaba descubriendo cuál es su propósito, la película adquiere una mayor sensación de movimiento y vitalidad.

En medio de este estilo visual que nos enseña cómo cambia el personaje, destacan escenas como la de Watanabe columpiándose bajo la nieve mientras canta una canción en el parque que ha conseguido construir con su esfuerzo, . Es de una emotividad palpable y nos muestra que finalmente ha conseguido la felicidad que buscaba.

En Resumen

Estamos ante una de las mejores películas del genial director japonés, que combina crítica social, drama y reflexión filosófica. Kurosawa consigue que una historia que trata de un simple funcionario acabe siendo una reflexión universal sobre el paso del tiempo y la búsqueda de un propósito. Aunque a alguien con ojos actuales le pueda parecer en algunos momentos una película lenta, debemos entender que justamente esa lentitud es la forma de transmitir la monotonía de la vida de nuestro protagonista.

El mensaje final que nos deja es que no basta con estar vivos, sino que debemos encontrar una razón para sentir que realmente estamos viviendo. Un carpe diem en toda regla pasado por el filtro siempre interesante del maestro Akira Kurosawa.

Os dejamos otro artículo que analiza otra de las grandes obras de Akira Kurosawa, El infierno del odio.

 

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