Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.
En esta santísima y serenísima casa somos de reír, casi más que de llorar. Nos gusta la comedia, nos gusta el cine de acción de los 90 donde las cosas explotan porque sí y nos gusta mirar el techo tumbados en el suelo con la boca abierta. Más o menos como casi todo el mundo sano mentalmente, vamos a añadir.
Y sí, tenemos algunas cosas dentro de nuestra cabecita que quizás son menos habituales de lo normal. Es decir, aquello de hacer caso a las voces que aseguraban que dentro del cráneo del resto de personas hay Kinders Sorpresa y que pueden obtenerse gratuitamente si vamos abriendo cabezas con un martillo quizás es menos frecuente de lo que creíamos hace años, pero en general podemos decir, sin duda, que pasamos por gente normal. Incluso que lo somos.
Por ejemplo, en lo de ir por las mañanas al sitio aquel. De verdad que nos despertamos pronto, como tanta gente, para coger el autobús, como tanta gente. Todo el mundo con caritas. Es como si madrugar no fuera algo del gusto del Pueblo…¡pero aún así allí están! Ojalá alguna vez alguien haga algún estudio de las consecuencias de madrugar toda la vida. La cosa es que la gente mira el móvil, la tablet y lo que sea con tal de no pasar cinco minutos a solas con tus pensamientos. Es perfectamente entendible: nosotros salimos escarmentados cuando creíamos a las voces con lo de los huevos Kinder Sorpresa.
Por lo que sea llegamos a un edificio. A veces es un sitio con varios edificios, depende de los meses o años. En ningún caso hay cero edificios, así que parece que si hay al menos un edificio todo va como debe. Entramos allí y de verdad que deben pasar cosas fascinantes dentro, pero a las horas estamos fuera y es como si nuestro cerebro prohibiera el acceso a todo lo que pasó allí. Que nadie tema: nos acordamos vagamente. Nos sabemos la contraseña del ordenador, dónde está el lavabo, dónde guardan bolsas de basura los de la limpieza y dónde guardan los cádaveres los de Recursos Humanos. Hay caras que nos quieren sonar, de verdad. Pero prometo que es salir de aquel o aquellos edificios y ya es como si no existieran.
Todo es belleza y gloria. La gente a la vuelta tiene otra cara, claramente pensando en lo maravilloso que está por venir, por más que a veces sea mirar las hazañas extraordinarias de un lamemocos pelirrojo saltarín en la tele. Las terrazas de los bares se llenan, los servidores de videojuegos online están hasta arriba, hay un atasco fenomenal para entrar a los centros comerciales y todas las páginas web de reservas de hoteles, spas y prostitutos de lujo tienen las líneas sobrecargadas. Hay que gastar lo que hemos generado en aquellas horas que hacemos por olvidar, que es la segunda pata del sistema que nos hemos dado.
En nuestra cabecita las voces ya no mandan, pero hay algo flotando, como rebotando en el cráneo. Tienes como que hacer algo. Es mañana por la mañana, debes madrugar de nuevo e ir al edificio, en el que debes interactuar con toda esa gente en esas cosas que en esos momentos no son más que cosas pegándose y rebotando en una nube en tu cabeza. Hay días que la nube es muy negra, grande y pesada y casi no te deja pensar en más cosas. Otros días es muy pequeñita y casi ni te acuerdas, solo está ahí para que vayas al edificio mañana, o el lunes cuando es viernes por la tarde. Sabemos que es algo más o menos normal, muchísima gente manifiesta estos mismos síntomas. Eso es porque, recordemos, amigo lector, somos normales. Normales. Como vosotros. Abrazadnos, no tengáis miedo. Eso es.
Aquí la cosa es que en toda esta bella dinámica de ir, venir y tener cosas o no en la cabeza no falta quien ve lo de ir a los edificios como una obligación y no un placer. Tiene su lógica: si fuera un placer, desde luego que harían por recordar más. Es más o menos sabido que la gente que realmente habla mucho de lo que hace o deja de hacer en el o los edificios, la verdad es que muy cuerda o relajada no tiende a estar. En definitiva, hay consenso en que lo que pasa allí está bien que quede allí.
Es por eso que es bastante raro ver una serie de televisión como “Separación” o “Severance“. Desde la propia introducción hablándonos de la separación radical entre una parte de la vida y otra quizás algo debería bajar o subir en el cerebro. Algo debería chasquear, algo debería conmutarse. Aunque fuera algo del estilo “jajaja, esto es igual que lo mío, oiga”. Pero no, no lo hace. Lo ves interesado, curioso por las vidas y dinámicas de esos personajes obsesionados con una religión empresarial, ignorantes de los objetivos últimos de la organización, enfrascados en pequeñeces que no parecen tener un sentido.
Y, bueno, esperemos que esta serie no tenga el síndrome de “Lost” y no acabemos con mucha gente por los foros y redes diciendo “lo importante eran los amigos que hemos hecho por el camino”. Es decir, que esperemos que esa organización que se deja esas barbaridades de buenos dineros en montar tremendo quilombo de la serie tengan un objetivo en mente.
Al final, por mucho interés que uno tenga o lo original que le pueda parecer lo que está viendo, lo que uno siente es todo lo contrario a extrañeza o maravilla. Siente que más que la serie sea una fiel descripción de tu día a día realmente hay una exageración vía ciencia-ficción de algo que es básico y está normalizado en no sabemos cuántos millones de oficinistas del primer mundo. Lo expresaba a la perfección un jefe que tuve que decía que él descansaba en casa del trabajo y en el trabajo descansaba de casa. La gente que ha hecho la serie ha sacado jugo de algo bastante habitual, lo ha metido en la centrifugadora de la ciencia-ficción, lo ha retorcido y algo se estarán llevando. Casi siempre es así: la diferencia entre tu masturbación y el 90% de canciones de la música pop del siglo XX es que tu masturbación no era productiva, lo de los cantantes de música sí.
Al final, como tantas cosas, es una cuestión de generar dinero, de gastarlo o de no hacer nada. Los de Apple lo generan. Tú lo gastas. A veces tú no haces nada. Eso es todo.
Sed felices.



