Jennifer Gobierno de Max Barry: la distopía del capitalismo sin estado

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Hoy volvemos a hablar de un libro. Comento esto lo primero para que los miedosos u ocupados puedan pasar a leer otra cosa. Como hemos comentado muchas veces por aquí: leer es malo, ¡malo! Y peligroso. A veces uno se mete en un libro al leerlo y no vuelve a salir nunca. Esa gente nunca vuelve a necesitar otro libro ni oir más palabras: esa gente suele ser muy chunga. Es por eso que, lejos de recomendar leer más, desde aquí llamamos a leer menos. Menos y mejor. Hay muchas cosas que es mejor no saber, como nos advirtió hasta la náusea Lovecraft. Si vamos a leer mierdas la verdad es que es mejor no leer nada y dedicarnos a cosas más edificantes como mirar el techo, tratar de alcanzar la punta de la nariz con la lengua (en principio cada uno con la suya: nada que cosas gores) o torturarnos a nosotros mismos con todo lo que hemos hecho mal en la vida, como si fuéramos unos aficionados al fútbol argentinos, el loco de Houellebecq o unos BoJack de la vida.

Un caballo con depresiones de caballo: cuánta gloria

Puestos a hablar de depresiones deberíamos hablar de la realidad. Dicen que la realidad deprime, no sé. En este sacrosanto blog todos somos muy felices (algunos sospechamos que es por los bebedizos rarísimos que trae Mario cuando viene del Five Guy´s de Callao), pero recurrimos al tópico para no dejar de molar. Estamos en contra del capitalismo, aunque no hacemos más que promocionar todos sus productos culturales como si no hubiera mañana. Podríamos ponernos punkis de verdad: decir que viva el capitalismo y que a quién no le guste que se vaya a duchar a Best Korea. Al final somos gente que quiere vivir bien y que las cosas mejoren sin que haya muchas explosiones, como la abrumadora mayoría de la gente. Todos queremos que las cosas cambien según nuestro criterio, pero en los países ricos muy pocos se tirarían al monte con una escopeta para tal fin. Y casi mejor que es así: tengo la sensación que una guerra o revolución de verdad no es lo que salía en la película de V de Vendetta o no mola tanto como jugando a un Farcry. Llamadme cobarde, pero yo qué sé, me gusta vivir sin que me quemen cosas.

Aunque molar mola. Dentro de las formas de molar (instrumento utilísimo para parecer más listo y acceder a mayor variedad, e incluso algo, de compañeros sexuales) están las que piden romper el sistema. Pero ojo, en plan “idlo rompiendo, yo os voy contando, que estoy mientras viendo el último episodio de Juego de Tronos“: el objetivo no es rompernos la crisma ni arruinarnos apoyando causas justas ni dedicar mucho tiempo a cambiar el mundo.

Entre estas modalidades hay muchas. Las más clásicas son las marxistas y anarquistas, más efectivas cuanto más jóvenes seamos. Pero hay otras más minoritarias que, según en qué escalón social nos encontremos, pueden darnos más réditos. Por ejemplo, el anarcocapitalismo. “Raúl, te estás inventando las cosas, eres un brasas, habla del libro ya“, estarás pensando. Pero no, estimado lector. El anarcocapitalismo existe. Son dos y el del tambor, pero existe. Resumiendo, es la idea de que todo esto de la seguridad social, los impuestos, incluso la policía son actos de un totalitarismo insoportable. El sistema ideal es capitalista, pero sin estado. Nada de coacción estatal. Si dos personas deciden que se venden como esclavos nadie tiene que impedírselo. No hay límites a lo que se puede firmar. No hay policía, pero sí compañías de protección que cada uno paga por su cuenta (y que le protegen sólo a él). Nada de impuestos ni de normativas estatales. Hubo gente que defendía estas cosas hace más de diez años en España que han encontrado trabajos fantásticos, incluso asociados a lo público, a lo estatal. Qué bello es comer de vez en cuando.

El libro del que hablamos, Jennifer Gobierno de Max Barry, trata de un mundo como el que estamos contando. Aunque lo plantea como una distopía. No hay impuestos. Los empleados toman los apellidos de las empresas para las que trabajan (imagínate llamarte “Luis Telefónica” o “Nieves Vodafone”). La policía es realmente una agencia privada a la que tienes que pagar de tu bolsillo si quieres que investiguen algo (y si te matan un hijo y no tienes dinero no investigan: haber tenido dinero). Hay colegios, pero patrocinados por McDonald´s y Pepsi, con los niños vestidos con uniformes de los arcos dorados de la famosa hamburguesería, en los que se enseña a, por supuesto, que es una tontería que los que ganan más tengan que dar algo a quien tiene menos. No hay límite a las condiciones laborales que puedes aceptar en un contrato: ningún estado puede interponerse entre el contrato entre dos partes. En todo ese enternecedor show de capitalismo sin estado, Jennifer es un agente del gobierno que representa uno de los últimos diques de contención entre el todopoderoso mundo empresarial y la gente de a pie.

Todo comienza con un pringado estándar, como la mayoría de nosotros, que firma un contrato sin mirar en su empresa, Nike. Los ejecutivos de Nike han llegado a la conclusión de que si alguien matara a gente que compra su último modelo de zapatillas eso incrementaría las ventas muchísimo. Y en ese contrato el pobre pringado acaba de firmar que él tiene que matar a 10 personas que tengan esas zapatillas. También le comentan que ya han calculado cuanto tendrían que pagar en términos de abogados y multas, y que estiman que sumando y restando ganan de sobra y compensa. El pringado estándar va a la policía y se lo cuenta todo. La policía, que es una empresa más, entiende que el pringado quiere subcontratar la tarea, es decir, que va allí para pagarles para que maten a 10 personas. Es más, la policía le dice que compare sus precios con otras empresas de seguridad como la Asociación Nacional del Rifle.

Hay una masacre de gente que lleva esas zapatillas, aparece Jennifer Gobierno para intervenir, no está claro si es que la policía a su vez ha subcontratado el encargo, hay gente agonizando que muere al no saber decir su número de cliente a su aseguradora médica, gente que tiene que empeñarse viva para que Jennifer tenga fondos para investigar asesinatos y demás. Podríamos seguir un largo rato, pero creo que la idea está más o menos clara: el libro es una parodia cruel de un mundo en el que el estado, lo común, no existe y sólo queda un “sálvese quien pueda”.

Como es evidente, es una distopía en la que estaremos del lado de Jennifer Gobierno, que es de las pocas luces del libro. Veremos el mundo a través de los ojos de otros de los personajes, que van de lo tímido y abrumado ante el terrorífico mundo que se nos pinta a lo directamente psicopático, como es el archienemigo de la protagonista, el ejecutivo de Nike llamado John Nike. Para hacernos una idea del personaje, aquí tenemos un discurso del mismo:

No habrá ningún boicot por parte de los consumidores. La gente de repente no va a empezar a comprar Whoppers en vez de Big Macs o Apple en vez de IBM. Fiaros de lo que yo os digo; yo soy de Nike. Nadie cambia de marca porque se ha enterado de que la empresa ha hecho algo malo. Siguen comprando su producto favorito a su precio favorito. Sí, habrá una reacción violenta por parte de los medios. Pero no la va a haber por parte de los consumidores (…). Sí, de acuerdo, murieron algunas personas, pero no vamos a fingir que hay una empresa en la sala que no haya puesto el beneficio por encima de la vida humana en un momento dado. Hacemos coches que sabemos que matarán a personas. Hacemos medicinas que llevan un riesgo de efectos secundarios con un desenlace fatal. Fabricamos armas. Quiero decir, que si queréis echar a alguien de aquí por asesinato, empecemos por el enlace de Philip Morris. En algún momento, todos hemos puesto precio a la vida humana y hemos decidido que nos lo podíamos permitir (…). Estoy quitando del medio al Gobierno, el obstáculo más grande de la historia para los negocios. Esto tiene su lado negativo. Sí, mueren algunas personas. Pero fijaos en las ventajas. Haced un análisis coste-beneficio. A lo mejor algunos de vosotros habéis olvidado lo que en realidad hacen las empresas. Os lo voy a recordar: ganan todo el dinero que pueden. Si no lo hacen, los inversores se van a otro lado. Es así de simple. Todos somos piezas en el engranaje de unas máquinas generadoras de riquezas. Nada más.

El autor, claro, usa a John Nike y al mundo que ha creado para disparar contra lo que cree excesos del sistema, identificándolos con el afán empresarial de ganar lo que es inhumanamente posible. ¿Es el mundo soñado por los anarcocapitalistas? Ellos dírían que no, que al fin y al cabo hay un gobierno (aunque en el libro no terminan de estar bien trazados sus límites: ¿a qué se dedican de verdad? A veces parece que a nada y a veces que tienen poder…), alzarían un libro de su profeta, Murray Rothbard y darían un discurso en el que su mundo estaría lleno  de unicornios. Da igual, es gente irrelevante. La crítica del autor es divertida contra, vamos a decirlo, lo que Gustavo Bueno llamó “individualismo psiquiátrico”: 

Pues yo también soy socialista, ¿por qué secuestran el término? Se opone al individualismo feroz. Al yo y su propiedad. El individualismo extremo es autismo. No tiene interés. Es una cuestión psiquiátrica. El socialismo no se opone al capitalismo sino, en tal caso, al individualismo psiquiátrico.

El libro, claro, incluye intrigas, Jennifer Gobierno sumergida en mil líos para poder meter entre rejas a los que se aprovechan en un mundo en el que la legalidad se ejecuta sólo para quien se lo paga y varios giros de argumento. Nadie debería esperarse una prosa maravillosa o unos recursos literarios a lo Umberto Eco: Max Barry es limitado, cumplidor y punto. El libro tiene interés por el mundo desquiciado de individualismo psiquiátrico que presenta, con sus dejes originales a veces, por más que las ganas de meter el dedo en el ojo al sistema le puedan más de una vez. Quiero decir, le sale muy bien el psicópata John Nike, pero los personajes más aplastados por el sistema dejan que desear por momentos: ningún sistema educativo ni político puede cambiar impulsos altruistas que se dan, como los egoístas, en el ser humano. Conseguir eliminar alguno de ellos debería tener alguna explicación más si queremos hacer política ficción, no sólo “es así y punto”. Que se puede tomar como punto de partida para contar la historia sin más, por supuesto, pero la sensación de extrañeza que provocan tantas acciones y diálogos no ayuda a meter más el dedo en el ojo que quiere el autor. También en la parte final de la historia da la sensación que no sabía muy bien como acabar…es decir, sí, podía querer llegar allí, pero la manera de conectar el final con la idea del principio da la sensación que no la tuvo tan pensada.

En fin, algo bueno sacaréis si le echáis un vistazo. No es ningún clásico del género, ni siquiera un buen libro, pero tiene sus momentos que hace que valga la pena leérselo. No es poco.

Sed felices.

el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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