En nuestra sección de retro-análisis, le sacamos hoy polvo a El Cuervo (The Raven), película de Roger Corman de 1963 que, basada muy libremente en el poema homónimo de Edgar Allan Poe, construía encima del mismo una divertida comedia de terror que reunía en un elenco de lujo a tres leyendas del género como Vincent Price, Peter Lorre y Boris Karloff, secundados por un joven Jack Nicholson.
Casi desde los orígenes el cine, la literatura ha sido un referente a la hora de buscar historias que pudiesen servir de argumento. Sabemos de infinidad de películas que se han basado en novelas u obras de teatro, ¿pero existirán muchas que lo hayan hecho en poemas? El Cuervo, de Roger Corman, debe ser uno de los poquísimos casos al basarse, aunque con bastante libertad, en el más célebre poema de Edgar Allan Poe.

Ya de por sí, la faceta de Poe como poeta no es para el público masivo tan conocida como la de cuentista y no deja de ser paradójico porque fue justamente un poema el que le dio fama internacional. Hablamos , desde luego, de El Cuervo, que no es el único salido de su pluma, ya que escribió muchos e incluso puede decirse que su escritura en prosa siempre destiló un tono poético.
Lo que sí es seguro es que ese poema se convirtió de los suyos en el más famoso gracias a su atmósfera gótica, a un misterio que no se resuelve y a una angustia casi existencialista sintetizada en una de las más famosas frases de la literatura universal.
El Poema
Publicado originalmente en 1845, El Cuervo está narrado por alguien sin nombre que pena la reciente pérdida de su amada Lenore (traducido a veces como Leonora) cuando en plena noche oye un golpeteo en la puerta y luego otro en la ventana que, al abrirla, deja que un cuervo entre volando a la habitación. Por mucho que le pregunte sobre su nombre o el motivo de su presencia y por más que le conmine a irse, el ave ya no se irá nunca y repetirá siempre una frase que es en realidad una única palabra (“nevermore”), pero que traducida al español se convierte en dos: “nunca más”…
El poema ha tenido montones de interpretaciones e incluso el propio Poe ha explicado su estructura narrativa en el ensayo Filosofía de la Composición. Si nunca lo han leído, aquí se los dejo completo en pdf, tanto en inglés como en español.
Y el nunca más se ha instalado tanto en la cultura popular que, sin ir más lejos y cuándo no, hasta fue utilizado en Los Simpson mientras Homer era atormentado por un cuervo con el rostro de Bart.
Pero, claro, la pregunta es: ¿hay algo allí como para hacer una película? ¿Hay una historia? La respuesta es claramente negativa; a lo sumo podría servir de base a un corto experimental y sin resolución, pero si algo ha demostrado Roger Corman a lo largo de su carrera, para bien o para mal, es que nada lo desalienta…
De hecho, El Cuervo no es de su parte la primera ni última adaptación que haya hecho de Poe como director, sino la quinta de ocho en solo cuatro años (!!!): es fácil entonces entender que hablar de Poe en el cine de los sesenta sea necesariamente hablar de Corman. Y de Vincent Price, claro, que, solo ausente en La Obsesión (1962), protagonizó siete de ellas.
El Terror en Broma
Pero no solo de Poe es sinónimo Corman en el cine, sino también de bajo presupuesto, ya sea como director o como productor: no en vano su libro de memorias se titula Cómo hice Cien Películas en Hollywood y nunca perdí un Centavo. El Cuervo no podía ser la excepción…
Con producción de James H. Nicholson y Samuel Z. Arkoff (dupla emblemática del cine B de la época y fundadores del sello AIP), el filme fue realizado con solo 200.000 dólares y ello hace tanto más sorprendente que haya logrado reunir un elenco de estrellas como el que tiene.
Además, y a pesar de que ya hubiera antecedentes, inclusive del propio Corman, se puede decir que la película refunda la comedia de horror de modo muy especial al echar mano de actores que, justamente, no provenían de la comedia sino del terror y eran incluso íconos del mismo.
Es fundamentalmente allí donde el filme marca un quiebre y lo puedo decir por experiencia propia, ya que corta edad tenía cuando lo vi por primera vez en televisión y estaba habituado a que los rostros de Vincent Price o Peter Lorre fueran para mí la personificación del miedo y ni qué decir el de Boris Karloff. Esa plana mayor del cine de terror especialmente reunida solo podía hacerme temblar al leer los créditos pero, por otra parte, me llamaba la atención que la película fuera emitida en horario de siesta cuando era regla que las de terror iban a la noche y bien tarde.
No es que no hubiera antes comedias de terror. El inigualable Bob Hope había protagonizado en 1940 El Castillo Maldito y, de igual modo, el dúo cómico de Bud Abbott y Lou Costello había incursionado en 1946 con una divertida historia de fantasmas llamada Ni Vivos ni Muertos (dejo link en inglés porque en todas las webs en español está pésimamente explicado el argumento por gente que no la vio).
El propio Corman, como fue dicho, transitó el subgénero con Un Cubo de Sangre (1959) y La Pequeña Tienda de los Horrores (1960). Y algunos filmes de terror clásicos tenían toques de comedia, como La Novia de Frankenstein (1935), aunque no eran entonces vistos de ese modo ni definían el tono general de las historias que contaban.
Pero una cosa es ver a actores de comedia haciendo terror (en cuyo caso, uno presupone que va a reírse porque la cosa no pinta en serio) y otra es que haya leyendas del terror haciendo humor, como es este el caso. Ese, creo yo, es un camino que se abre con El Cuervo…

Todo un Seleccionado del Género
Para crear una historia en donde casi no la había, se recurrió a Richard Matheson, gran especialista en literatura de ciencia ficción y terror que nunca esquivó el cine o la televisión: su novela Soy Leyenda fue, de hecho, adaptada tres veces a la pantalla grande y él ya había además trabajado con Corman en El Gato Negro, adaptación del célebre relato de Poe que constituía uno de los segmentos del filme Historias de Terror (1962), antecedente directo de El Cuervo al reunir por primera vez a Price y Lorre.
También tenían experiencia junto a Corman la actriz británica Hazel Court, que había estado en la antes mencionada La Obsesión y… un tal Jack Nicholson que, por cierto muy joven, había ya sido estrella principal de La Pequeña Tienda de los Horrores.
Boris Karloff, en cambio, era primerizo junto al director y aunque no estaba ya en sus mejores días, constituía todo un ícono del terror al haber dado vida al monstruo de Frankenstein en cuatro películas entre 1931 y 1944, así como a La Momia en 1932. Su elección era un guiño, pues había protagonizado en 1935 una primera adaptación de El Cuervo que, dirigida por Lew Landers, conservaba del poema solo el título y no exagero.
La Historia
En la trama de Matheson y a diferencia de lo que ocurre en el poema, el personaje y narrador principal tiene nombre y es el hechicero Erasmus Craven (Vincent Price), en juego fonético con “raven” (cuervo). La película comienza con el recitado textual del poema mientras, en su castillo, él juega a dibujar en el aire la efigie de un cuervo que, instantes después, se hace realidad entrando por la ventana.
Todo parece indicar hasta allí que la cosa lleva camino de Poe y estamos por ver una película de terror gótico convencional pero, en giro tan drástico y sorprendente como divertido, entendemos abruptamente que el asunto va en solfa cuando, al preguntar Erasmus al cuervo si volverá a ver a su Lenore, en lugar del famoso “nunca más” el ave responde “¿Cómo diablos voy a saberlo? ¿Acaso soy adivino?”…
El cuervo, cuya voz es inconfundiblemente la de Peter Lorre, es en realidad un viejo colega suyo llamado Adolphus Bedlo, a quien el pérfido hechicero Scarabus (Boris Karloff) ha convertido en tal como resultado de un duelo en que, según dice, hizo trampa. Ha venido a verle porque para recuperar la forma humana necesita de sus servicios y de los ingredientes de su laboratorio, los cuales incluyen cabello de muerto que, no encontrándolo luego en cantidad suficiente, deberán bajar a buscar a la cripta en que se halla el padre de Erasmus y cortarlo de su cadáver. Una gloria la escena…
Pero hay también una noticia para Craven que es a la vez buena y mala: su Lenore no está muerta; está de parranda y es casi literal porque se ha convertido en la amante del tal Scarabus, quien se ha apropiado de su alma. Ello, unido al deseo de venganza de Bedlo, devendrá en que ambos realicen un viaje al castillo del hechicero, en el que se les sumarán Estelle (hija de Erasmus) y Rexford (hijo de Adolphus), respectivamente interpretados por Olive Sturgess y Jack Nicholson. No quiero contar más: solo que la historia conduce a un muy divertido duelo de hechicería entre Craven y Scarabus.

La Mano de Corman
La película fue en su momento un éxito de taquilla, pero maltratada por la crítica que, como suele ocurrir, la acabaría reivindicando con el tiempo y hasta elevando a clásico de culto. La principal queja era que se apartaba demasiado del poema de Poe. ¿Qué esperaban?
Lo que hace el guion de Matheson es justamente tomar como base al mismo para construir una historia y lo cierto es que funciona, aunque tal vez no lo hubiera hecho con otro elenco. Se nota que los tres actores principales se divierten: Lorre, como era habitual en él, improvisa la mayoría de sus líneas y por momentos se advierte a Price tentado de reírse. En cuanto a Karloff, consigue eficaz e hilarantemente poner en ridículo la propia imagen siniestra que él mismo cultivara a lo largo de su carrera.
Hazel Court compone a una villana estupenda y Jack Nicholson no es aún el actor que será, pero ya muestra condiciones y, al ver la película hoy, es imposible no pensar en Jack Torrance al verle enloquecer y actuar como poseído mientras, desde el pescante del carruaje, azuza alocadamente a los caballos. Olive Sturgess, en tanto, no pasa de lo ornamental y es la clásica damisela en apuros a la cual, fetichista como era Corman, no deja pasar la oportunidad de colocar en un cepo de tortura.

El paso del tiempo puede hacer que algunos gags no tengan la misma gracia, pero la película sigue siendo hoy divertida y sabe muy bien jugar con el humor de reducir al absurdo lo siniestro. Así, al revisar Erasmus las cajas del laboratorio de su padre a la búsqueda de ingredientes tales como sangre de murciélago u ojo de comadreja, cierra con prisa una que acaba de abrir y al ser consultado por Bedlo sobre su contenido, simplemente responde: “preferiría no decirlo”…
Por supuesto que la producción rezuma cine B por todos lados o no sería Corman y los efectos visuales se ven cutres inclusive para la época. Así y todo, está muy lograda la escena inicial en que Erasmus dibuja el cuervo en el aire y el duelo de magia del final es pura diversión y encanto más allá de lo rudimentario.
La banda sonora de Les Baxter dista de ser memorable, pero cumple su función, sonando ominosa y espectral en algunos momentos, o divertida y casi circense en otros. De ser hecha la película hoy, probablemente se hubiera jugado más a provocar risa con las contradicciones (algo así como usar música muy melosa en las escenas más escabrosas), pero hay que ubicarse en contexto de época y entender que lo que hoy logra hacer reír no lo hubiera logrado en ese momento. Y viceversa…
Valoración Final
Aun con sus falencias, El Cuervo es una película muy divertida que, en una apuesta osada y riesgosa para la primera mitad de los sesenta (otro cantar sería la segunda mitad), se atreve a poner en clave de comedia a los popes del horror de la época. Más aún: redobla su valor el ser la penúltima película de Lorre antes de su lamentable muerte por accidente cerebrovascular al año siguiente.
Es posible que, como ocurriera al momento de su estreno, los puristas de Poe vean en el filme un sacrilegio a su obra y, ojo, quizás lo sea, pero si algo sabía hacer Corman era transformar los defectos en virtudes y la falta de respeto en arte: no solo desacralizaba a Poe al ponerlo en clave humorística sino también a todo el elenco y siendo él un realizador de tanta producción de terror durante los cincuenta y sesenta, habrá que concluir que El Cuervo es una película en la cual el horror se ríe de sí mismo. Y saberse reír de uno mismo es siempre una virtud…
De hecho, no hay mejor humorada que presentar un cuervo verborrágico y molesto que habla hasta por los codos (o lo que sea que tenga) en lugar del que, lacónico y sentencioso, solo dice “nunca más”. A propósito y casi lo olvidaba: en la película esa frase no aparece sino hasta el final y… no es dicha por el cuervo.
Hasta la próxima y sean felices…



