Dos años después de su titubeante final, volvemos a Poniente y al universo ideado por la mente maestra de George R. R. Martin. En un mundo dominado por Netflix, el fenómeno televisivo (junto a Perdidos) del siglo XXI fue la fantasía épica con dejes de telenovela familiar Juego de Tronos. Ahora es el turno de La Casa del Dragón, precuela centrada en los Targaryen.
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Llegamos a mitad de temporada de La casa del dragón con un convencional cuarto episodio, que recuerda a la tónica habitual de lo que supuso la fallida segunda temporada de la serie. En una trama en la que es tan importante que se sucedan los acontecimientos (todo lo contrario de las mejores temporadas de Juego de Tronos, cocidas a fuego lento), el cuarto episodio redunda en leitmotivs del capítulo previo, profundiza en una subtrama irritante y nos permite conocer al personaje estrella de lo que va de temporada.
Cuando digo que Ladera (así se titula el episodio) repite motivos ya vistos me centro en Rhaenyra, que sigue siendo protagonista absoluta de lo que va de temporada y se sigue equivocando como mandataria. Poco a poco va montando su consejo privado. La discusión con Corlys Velaryon, su Mano del rey, termina con la marcha de este a luchar contra lo que queda de la Triarquía, dejando a su bastardo Alyn como su sustituto.
También nombra a Torrhen Manderly como Consejero de la Moneda y continúa escuchando tanto a Lady Mysaria, algo que no le gusta nada a Daemon, como a Alicent Hightower, a la que acude a visitar de vez en cuando.
Al final se decide por asediar Ladera, ocupada por Ormund Hightower, con infantería para sacar a cada soldado de las casas ocupadas del puerto que ha sido fiel a Rhaenyra pese a situarse cerca de Desembarco del rey.

Por otro lado, Daemon miente a Rhaenyra tras su visita al Valle, donde ha negociado con Jeyne Arryn (uno de los mejores personajes de La casa del dragón). Tras salir con un montón de oro, Caraxes le lleva hasta su hija Rhaena y Robaovejas. Daemon, incapaz de entregarla, miente a Rhaenyra ante la sospecha de Mysaria. Recordemos, rival política del marido de la reina.
Mientras tanto, los Verdes están peor de lo que aparentan. No hay rastro de Aemond, lo que rompe los planes que tenían Gwayne Hightower, en Harrenhal con Criston Cole, y las tropas en Ladera. Alyn Ríos afirma que se ha marchado hacia Desembarco del rey y no parece estar en el castillo. ¿Acaso la bruja le ha retenido en busca de un beneficio propio? Difícil lo tiene tratándose alguien tan impredecible como Aemond.
Por otro lado, tenemos Aegon y Larys llegando a Refugio del Grajo y siendo tratados como mendigos a la espera a poder coger un barco hacia las Ciudades Libres. Mira que es una de las subtramas deudoras de Juego de Tronos, el de juntar a dos personajes y hacerlos crecer en sus diferencias, pero me irritan tanto uno como otro.
Y, finalmente, vamos a lo interesante. Ladera. O, lo que es o mismo, Ormund Hightower. El primo de Alicent parece haber gobernado Antigua con mano de hierro. No olvidemos que esa ciudad es el origen de la civilización de Poniente antes de la llegada de los Targaryen. Los Hightower, de escasa importancia en Juego de Tronos, desprecian a los Targaryen por haber invadido su tierra.
Ormund aspira a coronar a Daeron, el único hijo de Alicent y Viserys criado en Antigua. El muchacho cuenta con un dragón pequeño, pero Ormund no parece dispuesto a querer usarlo. Lo desprecia. Pero sí que tiene un plan aunque ya no pueda contar con la seguridad del apoyo de Aemond Targaryen.

Sigo pensando que ese plan pasará por la corrupción de los jinetes de dragón bastardos de Rhaenyra, pero a ver en qué queda.
Tras dos capítulos trepidantes e impropios del inicio de una temporada, La casa del dragón parece haber echado el freno e incurrir en los mismos defectos que en su segunda temporada. Esperemos que la cosa mejore en el próximo capítulo.
¡Un saludo y sed felices!
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