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Guías de supervivencia friki (II): las series de televisión

Me invitaron el viernes por la noche a una reunión en casa de un compañero de trabajo. Éramos por los menos veinte, todos pringados con carrera cobrando por debajo del salario medio según instituciones oficiales. En un momento dado, un imbécil empezó a hablar de una serie de televisión que no había llegado a España aún. Empezó a, vamos a decirlo, soltar casi de memoria frases de un conocido blog de series de televisión, poniendo caras de superioridad moral todo el rato. Luego empezó a reírse de dos o tres series que ve todo el mundo, entre ellos casi todos nosotros, hasta que dejó de hablar. Por otro lado, es un tío que no se acuesta con nadie. Lo cual subraya lo absurdo de su comportamiento.

Guías de supervivencia friki (I): Wallapop

Después de mi cuarto vaso de vino de baja calidad empecé a sentirme bastante mal y tuve que tumbarme en el sofá. Poco después, dos chicas se sentaron en el mismo sitio. Enseguida empezaron a comentar novedades del día, a saber, que la serie de televisión que ven tiene más planos del hombre sexualmente atrayente con el que fantasean cuando hacen algún patético intento de acto sexual con sus respectivas parejas estables. Siguieron ensartando tópicos durante quince minutos. Que si me ha gustao. Que si vaya zasca que le ha dao este al otro. Que si hay que verse 250 horas para poder ver que la cosa arranque. Que qué poco tiempo para todo.

Michel Houllebecq
Esto me suena muchísimo, joven.

Me dormí antes de que acabara aquel fascinante debate nunca oído, y tuve un sueño espantoso. Era parte de una serie de zombis perdidos en una isla en las que unos presos trataban de huir de unos robots que buscaban aniquilar la raza humana (no así los toros ni los gatos: los robots habían asumido las muy razonables y progresistas ideas del veganismo). Me desperté viendo cómo había vomitado en la moqueta. La reunión tocaba a su fin. Disimulé los vómitos bajo un montón de cojines y me levanté para intentar volver a casa. Entonces me di cuenta que me había olvidado de ver los 4 capítulos que tenía pendientes para hoy. También de ver si me habían pagado este mes, pero evidentemente esto era más secundario.

La dificultad es que no basta exactamente con vivir estando al día con las series. De hecho consigues (a veces por los pelos, por los mismos pelos, pero lo consigues) vivir estando al día de las series. La de ciencia-ficción. La que ves con tu pareja/amigo/mascota por hacer algo. La que te aburre como una ostra pero teóricamente es buenísima según el blog de internet aquel de diseño tan bien cuidado. La que todo el mundo dice que es un aborto y propia de gente sin estudios, que ves sin decir a nadie que la ves.  La nostálgica que recrea un tiempo que no has vivido pero que te da nostalgia, vaya usté a saber porqué. Sin embargo, estás agobiado.

En realidad odias esa serie que ves enfundado en un pijama poco favorecedor con tu pareja, arropados con una mantita. Has dejado de creerte hace mucho el 90% de los diálogos de las series e incluso tú, que tienes un cociente intelectual que pertenece al reino de los minerales graníticos, eres capaz de anticipar casi siempre qué va a pasar en la siguiente media hora. Que suele ser nada. No entiendes absolutamente nada de la serie de prestigio, esa que parece que al verla y decir que te gusta te hace pertenecer a un selecto club de gente superlista y superintelectual. Disfrutas como un osezno revolcándose por el suelo con la serie que todo el mundo dice que es mala y salchichera, por más que resulte que esté entre las más vistas.

Y, sin embargo, todavía no dejas de estar al día de las series, sacrificando cualquier otro tipo de ocio en tu escasísimo (o eso dices tú) tiempo libre.

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Apasionantes los tres capítulos de ayer

Has tenido mucho tiempo. Ha habido momentos en que tenías mucho tiempo. Bueno, ya no te acuerdas muy bien, pero hay fotos que lo atestiguan. Puede que fuera en tu adolescencia o un poco después. ¡Cuánto tiempo tenías entonces! ¡cómo veías, leías y hacías lo que te daba la gana! La vida parecía llena de posibilidades infinitas, todas ellas apetecibles, liberadoras y orgásmicas. Pero todo eso no te bastaba cuando creciste. No podías seguir en el campo de ser feliz con lo que hacías en tu tiempo de ocio, tuviste que entrar en el campo de batalla: había que molar, había que aparentar ser más listo que nadie, siempre, en todos los temas. Fue hace mucho tiempo, ¿no? Acuérdate: el agua estaba fría.

Ahora estás lejos de la orilla: ¡ah, sí, qué lejos estás de la orilla! Durante mucho tiempo has creído en la existencia de la otra orilla, tal y como creías que The Walking Dead tendría ritmo alguna vez; ya no. Sin embargo sigues nadando, sigues viendo series sacrificando horas de sueño y haciendo las cosas corriendo y mal. Con cada movimiento estás más cerca de ahogarte. Te asfixias, te arden los pulmones. El agua te parece cada vez más fría, y sobre todo cada vez más amarga. Ya no eres tan joven. Ahora vas a morir. Te has pasado la vida viendo series de televisión o películas que odiabas por aparentar ser más listo, por contentar a otros, para poder opinar de todo. Y ha dado igual: los demás se han creído, a su vez, que ellos eran los más listos y los que tenían mejor criterio. Has sufrido como un idiota en tu tiempo de ocio, que es de los pocos rincones en los que la libertad es casi absoluta. No pasa nada. Estoy ahí. Abrázame fuerte. Eso es.

Vuelve a acordarte, una vez más, de tu entrada en el campo de batalla.

 

Raúl Sánchez
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.
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