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Análisis de Crystal Lake. Temporada 1. Los Orígenes de Jason Voorhees y, muy especialmente, de su madre

A través de HBO Max para España y de Universal + para América Latina, se halla ya disponible con sus ocho capítulos la primera temporada de Crystal Lake, la serie que, creada por Brad Caleb Kane, echa una mirada sobre el pasado de Jason Voorhees, el mítico asesino slasher de las películas de Viernes 13. Inevitablemente, la misma es también y sobre todo la historia de Pamela Voorhees, lo cual es lógico.

Está claro que las precuelas están tan de moda como la tendencia a sobreexplotar títulos clásicos ligados al terror. Ocurrió el año pasado con It: Bienvenidos a Derry o Alien: Planeta Tierra y este mismo mes, aunque no sea precuela, con Carrie (pueden pinchar los links para leer los respectivos análisis de quien suscribe). Es ahora el turno de Crystal Lake, serie precuela de la saga de películas Viernes 13 (Martes 13 para algunos países) que tuviera como principal protagonista a uno de los más icónicos asesinos del cine slasher: Jason Voorhees.

Pero Crystal Lake no es tanto su historia como la de su madre Pamela Voorhees (Linda Cardellini) y tiene sentido que así sea porque, siendo una precuela, los hechos que narra deberían supuestamente conducir a la película de 1980 en que no solo acababa ella siendo la pieza clave, sino que Jason ni siquiera aparecía, salvo como parte de una pesadilla en la cual emergía del lago ya sobre el final.

Para reubicarnos en contexto, aquel filme se iniciaba en los años cincuenta con el doble asesinato de una pareja de coordinadores del campamento de vacaciones Crystal Lake. Después nos enterábamos que ello ocurría justo un año después de que en el lago cercano muriera ahogado el niño Jason Voorhees, al cual la mencionada pareja no cuidó en aquel momento por estar muy entretenida: demasiado…

Un salto temporal nos llevaba luego a finales de los setenta, con el campamento funcionando nuevamente tras haber sido cerrado y una serie de misteriosas y horrendas muertes en la zona que llevaban a pensar en Jason, de quien nunca se había hallado el cuerpo.

La Historia

La serie que nos ocupa introduce un cambio temporal, pues el episodio en que se ahoga el joven Jason (Callum Vinson) no ocurre aquí en 1957 sino en 1971. El motivo de tal decisión, explicó el showrunner Brad Caleb Kane (también involucrado en It: Bienvenidos a Derry) fue hacer más reciente al dolor de Pamela a fines de darle mayor dramatismo y también sentido.

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Es por ello que en los primeros capítulos nos movemos a caballo de dos líneas temporales separadas por nueve meses: la primera nos muestra a Jason todavía viviendo con su madre y afectado por hidrocefalia, haciendo su aspecto físico que los demás lo ridiculicen y vean como a un monstruo.

La segunda línea temporal transcurre con el niño ya supuesta y largamente ahogado. Pero su madre, al no haber sido nunca encontrado el cuerpo, se niega a aceptarlo y lo pasa mirando el lago a la espera de que en algún momento regrese. Para colmo de males, John Christy (Brian J. Carter), propietario de Crystal Lake, está en plan de reabrir el campamento y no puede sino poner ello todavía peor a Pamela al ver la despreocupada felicidad que al respecto todos exhiben.

Cuerpos horriblemente mutilados y destrozados comienzan a aparecer por los bosques y los lugareños les echan la culpa a los osos. Pamela sabe que no es así y también Levon Brooks,(William Catlett), el jefe de policía local que es el clásico oficial honesto de pueblo chico, aunque tiene un pasado no tan limpio que luego iremos conociendo. Es de los pocos que sienten empatía por ella y hasta parece haber atracción mutua, lo que no le impide a él permitirse dudar del origen de Jason e incluso de si Pamela le está realmente contando toda la historia.

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A fines de investigar, pues, Levon recurre a su hermana Briana (Devin Kessler), que es periodista, y el pasado de madre e hijo se va revelando cada vez más escabroso en la medida en que presenta vínculos con cierto proyecto científico llamado Argonaut (clara referencia a Jason, líder de los argonautas en la mitología griega), a cargo el mismo de una empresa corporativa de la cual tanto Pamela como el niño viven ahora a escondidas.

Lo que no…

Me fastidia de un tiempo a esta parte la tendencia de las precuelas a sobreexplicar lo que no es necesario. Hay franquicias que, por sus mismas características, lo permiten mejor que otras, tales los casos, por ejemplo, de Star Trek, Star Wars o las de superhéroes, de las cuales es incluso propiedad casi intrínseca la existencia de baches que pueden y llaman a ser rellenados con mejor o peor suerte.

Distinto es el caso de las que se basan en clásicos títulos del cine de terror o ciencia ficción que no lo ameritaban tanto. Así, por ejemplo, me hace chirriar terriblemente que el gobierno estadounidense supiera de la criatura de It desde tiempo atrás y quisiera utilizarla para la guerra fría. O que el xenomorfo de Alien hubiera llegado a la Tierra antes de los sucesos de la Nostromo por todos conocidos y en medio de una guerra de las corporaciones por apropiarse del mismo.

Algo semejante me pasa con la premisa de esta serie: lo que daba terrorífico encanto a Jason era su carácter misterioso y no me termina de caer bien que, para darle un origen y justificar una historia, haya que relacionarlo con radiación, guerra fría o intereses empresariales, para esta altura lugares comunes harto repetidos…

Jason Voorhees funcionaba como una figura asociada a un lugar concreto y a una serie de muertes. Una precuela puede, desde ya, enriquecer ese universo sin necesidad de convertirlo en parte de una maquinaria explicativa más amplia de la que necesita. Hacer lo contrario lleva en cambio a la extraña paradoja de que cuanto más importante sea el monstruo como parte de un entramado conspirativo, menos importante se vuelve como figura de terror en sí misma, pues ya no nos inquieta por lo que es, sino por la función que cumple. Explicar el origen, pues, no lo hace más interesante.

Dejando entonces en claro que la premisa de Crystal Lake no me encanta, cabe luego la pregunta de si, a pesar de la misma y aun en caso de aceptarla, la serie logra de todas formas funcionar como historia sólida y coherente. Y allí sí: al menos en su primera temporada, Crystal Lake deja un sabor de boca bastante mejor que las series de It, Alien o Carrie. Veamos pues qué es lo que sí funciona…

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Lo que sí…

Lo primero que impacta positivamente de la serie es la continuidad de localizaciones pues, al igual que la película original, ha sido rodada mayormente en Blairstown, New Jersey, e incluso en los mismos lugares específicos, pudiendo reconocerse calles, locales y edificios que lucen como entonces o bien se los acondicionó para que así sea.

La ambientación de los setenta es formidable, ya sea en autos, peinados o vestuarios y muy acertadas las referencias cinéfilas a figuras de la pantalla que tenían renombre en la época como los casos de Paul Newman, Elliott Gould o Julie Newmar.

También se destaca la banda sonora que, además del aditamento especial de estar compuesta por Harry Manfredini, mismo autor que en las películas de la franquicia, recala especialmente en artistas setenteros que a veces no son necesariamente de los más obvios, pero que sí sonaban mucho a principios de la década como Blue Öyster Cult, The Osmonds, Funkadelic, Neil Diamond o James Gang.

La parte visual está muy bien lograda y la fotografía se luce espectacularmente en el séptimo episodio, en rigor un extenso flashback ambientado en los cincuenta (por el nacimiento de Jason, que la serie ubica en 1959) con una magnífica paleta de colores primarios que remite mucho a la estética pin-up de aquellos años y que está perfectamente complementada desde lo sonoro por la música de Manfredini, la cual se adapta a la ocasión con un delicioso toque cincuentero.

Los efectos se pueden ver algo gamberros, pero ojo que es parte de la intención, pues se nota que la idea es que los ataques o las propias muertes slasher respondan a las mismas características que tenían en las películas: si te dan un golpe en la cara, por lo tanto, directamente te la deshacen o te dejan colgando la mandíbula, cuando no un ojo al estilo Glenn Rhee. Un toque de humor negro que debe ser entendido como tal…

Para los nostálgicos de la franquicia, hay desde ya momentos y escenas que remiten de manera inequívoca a los filmes. Así, por ejemplo, y si bien Jason no usó hasta la tercera película el machete que sería luego inseparable del personaje, aquí le vemos exultante de niño sostener por primera vez uno (¿no es tierno?). Y su madre, de todas formas, echa mano de esa herramienta como arma en un par de oportunidades confirmando el “de tal palo, tal astilla”.

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Hay también una escena con una joven senderista de aire independiente y despreocupado que llega al bar preguntando a los lugareños por Crystal Lake a fines de encontrarse allí con el resto de sus amigos. Imposible no sentirse transportado a aquella otra que, en circunstancias similares, se convertía en la primera víctima del filme de 1980. Y hay asimismo alguien (no diré quién) que, en su desesperada carrera, mete el pie en una trampa para osos y queda a merced de su perseguidor, lo cual remite a la película de 2009.

No faltan, por supuesto, los personajes que se repiten, pues los instructores que descuidan a Jason son, como en la película original, Claudette y Barry, aquí interpretados por Danielle Kotch y Phoenix Parnevik. La escena en que mueren (no es spoiler al ser uno de los momentos claves de la franquicia) está replicada tal cual, pero con un poco más de información al espectador debido al cambio de perspectiva: no se trata de un giro, sino de algo que supuestamente no habíamos visto.

Y también, como no podía ser de otra forma, anda por allí Ralph (Nick Cordileone), aquel desequilibrado mental al que seguramente recordamos en las dos primeras películas andando en bicicleta y advirtiendo permanentemente que “todos morirán”. Aquí nos anoticiamos de que buena parte de su locura tiene que ver, según se nos dice, con el haber estado en dos guerras: tal como lo entiendo, Corea y Vietnam.

Pero lo bueno es que todas esas referencias no están puestas de modo que la nostalgia devore a la trama, sino que más bien le dé marco. Y los guiños no se agotan únicamente en los títulos de la franquicia, sino que se extienden al género del terror como si todo fuera un mismo universo.

Hay así momentos gore que hacen acordar a Hostel (2005), como también un guiño muy sutil a Festín de Sangre (1963), considerada por muchos como la película que inició ese subgénero.  Y no es dato al azar que la única niña que se acerca a Jason y quiere ser su amiga se llame Grace Snell, un apellido que no puede menos que remitirnos a Sue Snell, quien fuera precisamente en la historia de Carrie la única en mostrar arrepentimiento después de la humillación a que sometían a esta en las duchas del colegio.

La trama, por otra parte, está en todo momento bien llevada y, aunque la metahistoria agregada pueda hacer chirriar como a mí me ocurre, lo bueno es que no termina de subsumir todo el microuniverso de Crystal Lake, sino que el mismo sigue teniendo personalidad propia. El ahogamiento de Jason, por ejemplo, no tiene que ver con ninguna empresa ni organización secreta sino con la falta de atención de sus cuidadores, como debe ser…

Las actuaciones son igualmente sólidas y, al ser prácticamente el centro de la historia, se destaca muy especialmente Linda Cardellini en el papel de Pamela Voorhees. Pero también merece mención William Catlett como ese policía que nos cae simpático aunque su pasado nos genere dudas y que es incluso capaz de guardar en el refrigador de su casa restos humanos descompuestos que ha encontrado en los bosques y que esperan por el forense. La niña Gwendolyn Sundstrom también se luce en el papel de Grace.

Balance de Temporada

A pesar de todos mis prejuicios y de lo que ya aclaré que no me gusta, Crystal Lake me deja, al menos en su primera temporada, una buena sensación. Termina por ser un thriller bien contado y salpicado (literalmente) con elementos de cine B: mucha sangre a chorros, de esa que sale disparada como con manguera a presión.

No es que no tenga lugares comunes (en el fondo es slasher, a no olvidarlo) ni que por momentos no se parezca a cosas que ya hemos visto (el asalto a la comisaría del octavo episodio es muy parecido al que no hace tanto nos mostraran en El Instituto, serie de la cual pueden leer aquí los análisis de un servidor), pero se deja ver, entretiene y, cuando apela a la nostalgia, no lo hace para convertirla en trama sino para encauzarla.

De momento aprueba pero, claro, habrá que ver si en una eventual segunda temporada la propuesta logra mantener el equilibrio que en esta primera ha sabido Kane imprimir a la serie. Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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