Análisis de Fargo. Temporada 4. Episodio 5

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Como cada semana, analizamos el nuevo episodio de Fargo, la serie de FX creada por Noah Hawley, que también se puede ver en España por Movistar+.

Hola, fargueros: nos encontramos aquí nuevamente para analizar el nuevo episodio de nuestra serie predilecta Fargo que, en este caso, lleva por título El Lugar en que Nació la Civilización, siendo el quinto de la cuarta temporada y a mi modesto entender, el mejor hasta aquí.

Pasemos ya mismo a analizarlo no sin antes advertirles, si aún no lo han visto, que SE VIENEN VARIOS SPOILERS DE LA TRAMA y no olviden que “los sucesos que aquí se narran son reales: ocurrieron en Kansas City, Missouri, en 1950.  Por pedido de los supervivientes, los nombres han sido cambiados; por respeto a los difuntos, el resto se cuenta tal como ocurrió”.

Puedes ver aquí nuestros análisis de episodios anteriores de Fargo.

El Modo Civilizado

Lo primero que nos muestra este episodio es que el marshall Odis ha querido tomar el toro por las astas ante la inminente guerra de bandas que se avecina aunque, más bien, quien actúa por detrás es Josto: no olvidemos que la mafia italiana de Kansas City guarda estrecha vinculación con la policía local.

Una redada en un club de jazz clandestino termina con la detención de Lemuel Cannon (¿quién más podía estar allí?) y, casi en simultáneo, la policía irrumpe también intempestivamente en las oficinas de su padre Loy, sorprendido con el maletín repleto de billetes (su dinero, en realidad) que le acaba de traer Thurman y que pasa a ser incautado.

Loy sabe cómo hundir el dedo en la llaga y, lejos de amilanarse ante Odis, le remueve recuerdos de guerra en Francia, en donde, al parecer, se desempeñó como buscador de minas y cargó con la culpa de que un superior suyo terminara volando por los aires tras pisar una que no supo encontrar. No es el único karma del pasado que tortura a Odis: charlando con Deafy en una escena posterior, sabremos también que su novia fue asesinada por estrangulamiento con una media mientras él se hallaba en el frente. Pero volviendo a las oficinas de Cannon, todos los allí presentes acaban detenidos, salvo Loy.

Mientras los afroamericanos son cargados en un vehículo policial, Josto Fadda, desde enfrente y bajo la lluvia, contempla su obra con orgullo y aprovecha para restregarle a su hermano Gaetano, allí presente, que él sí sabe cómo manejar las cosas “de modo civilizado”, es decir, sin muertes. Ese planteamiento sobre la civilización volverá a aparecer más tarde, pero no nos adelantemos. Gaetano se marcha enfurruñado y decidido a afianzar su propio liderazgo en torno a los métodos con los cuales se siente más cómodo y que no son los de su hermano.

Un Delincuente no es un Forajido

Ethelrida, en tanto, está en la víspera de festejar su cumpleaños número diecisiete, pero su cabeza no deja de dar vueltas sobre las cosas vistas en casa de su empleadora Oraetta. De hecho, está escribiendo una carta al doctor Harvard, propietario de la clínica en que la enfermera trabaja (y al cual, recordemos, Josto le tiene jurada venganza por no haber atendido a su padre).

A Thurman, por su parte y luego de haber pagado la deuda a Cannon, se lo ve feliz preparando el cumpleaños de su hija, pero su rostro se ensombrece cuando esta le pregunta para qué sirve el láudano. Una vez que le informa que es un analgésico que puede terminar en veneno si es utilizado en grandes cantidades, ella lo pone al tanto de que ha visto varios frascos en casa de Oraetta (aunque no hace referencia alguna a los recortes periodísticos ni a los souvenires de los pacientes fallecidos). Thurman le aconseja que evite en lo posible a esa mujer, de quien, además sospecha (y con razón) que envenenó aquel pastel de manzanas que terminara comiendo Swanee. Ethelrida desvía el tema hacia su tía Zelmare, preguntando si volverá en algún momento, lo cual Thurman ve difícil.

La muchacha guarda un afecto especial por su tía y no se resigna a no verla, así que acude a visitarla al Hotel New Parie, en las afueras de la ciudad. Entre sus refinados modales y el vulgar léxico de las fugitivas, la charla de tres deriva en diferenciar los conceptos de delincuente y forajido, condición, esta última, con la cual más se identifican tanto Zelmare como Swanee.

El delincuente, en palabras de ambas, se ubica fuera del sistema pero solo temporalmente, ya que busca siempre la forma de entrar en él y, llegado el caso, adoptará la legalidad y normalidad que la sociedad impone y a las cuales no cuestiona. Por el contrario, el forajido es movido por su libertad y, como tal, su objetivo de vida no es ingresar en el sistema sino burlarlo y permanecer fuera del mismo.

Nieve, Café y Disparos

Josto se afirma como líder de los italianos en Kansas City mientras Gaetano solo mastica rabia. Confía en que este regresará a su país, pero en su entorno hay menos optimismo: la devastada Italia de posguerra no es escenario seductor para él.

Josto visita a los afroamericanos en su celda y expone ante ellos su propia verdad: “¿saben por qué a los americanos les gustan tanto las historias de gangsters? Porque América es una historia de gangsters”. Su presencia allí no parece tener más objetivo que demostrarles que tiene a la policía en un puño: de algún modo, los está instando a la paz.

Gaetano, junto a Calamita (para esta altura su socio y brazo derecho), concurre a un bar de la ciudad pero, al cruzar la calle y mientras ensaya una improbable coreografía sobre Puccini, resbala en la nieve y se propina un golpe festejado por el camarero desde la puerta del local.

Tal afrenta, desde ya, no es ignorada por Gaetano, pero de momento, solo entra y pide café. Cuando se lo traen y lo prueba, automáticamente lo escupe (es conocido el rechazo general de los italianos por el café que sirven los estadounidenses, para ellos prácticamente agua sucia).

Haciendo gala de su histrionismo y dejando claro que no olvidó el incidente de la puerta ni la risa del camarero, pronuncia un discurso exaltando la sociedad itálica por sobre la americana, a la que ve decadente, con un Jesús que es prácticamente una dama y en donde todos quieren ser presidentes. Aun cuando precario, el suyo es un alegato en favor de la sociedad orgánica de corte fascista en donde cada uno cumple su labor y no busca salirse de ella (no olvidemos que se jacta de haber servido como asesino a las órdenes de Mussolini): según dice, si en Italia te pagan por barrer el piso, barres el piso y si te pagan por servir un café, sirves un café; dicho ello, dispara sin piedad ultimando tanto al muchacho como al dueño del bar en una reacción que, incluso, deja sorprendido a Calamita.

La Guerra en Casa

Satchel, hijo menor de Cannon, permanece con los Fadda desde aquel intercambio para mantener la paz entre bandas. Rabbi, el hombre de la triple herencia cultural (irlandés, judío, italiano), ha desarrollado un vínculo estrecho con él, seguramente por identificación. Como tal, se compromete a mantenerlo a salvo mientras pronostica con pesimismo que “todos terminarán muriendo”.

En casa de los Cannon, la relación entre Loy y su esposa Buel se torna cada vez más difícil. Ahora ella no solo le recrimina, como lo hiciera desde el primer día, el haber entregado a Satchel, sino que también lo increpa por la detención de su hijo mayor Lemuel, culpando a sus actividades delictivas. En vehemente autojustificación, él replica que gracias a tales actividades la familia vive y se sostiene.

Es muy interesante la escena, no solo por lo intenso del duelo actoral entre Chris Rock y Nicole Brooks sino porque el discurso de Loy es del todo creíble, pues hasta el peor delincuente suele autoconvencerse de que, en realidad, está haciendo un bien: algo mucho más verosímil que el villano que, riendo, celebra hacer el mal. En la óptica de Loy, y muy posiblemente en la de cualquier mafioso, lo que hace no tiene nada de malo. Punto para el guion.

Soldados Invisibles

Más allá de cualquier problema doméstico, Loy tiene pendiente visitar a Thurman, a quien acusa de haberle robado su dinero. Así lo hace en compañía de Zero, el hermano menor de Josto Fadda que permanece junto a ellos desde aquel intercambio. En un hogar que se prepara para festejar el cumpleaños de Ethelrida y mientras el niño da cuenta de una porción de pastel y se considera aludido cada vez que se menciona el número cero (“zero”, en inglés), anoticia al matrimonio Smutny de que el dinero era suyo y que se quedará con la funeraria como compensación. Dibrell, esposa de Thurman, rompe en llanto, pero Loy, sin inmutarse, ve en su angustia la oportunidad de sonsacarles información sobre el paradero de las ladronas a cambio de la seguridad de la familia. Llena de culpas por estar involucrada su hermana Zelmare, Dibrell termina por proporcionársela y Loy parte hacia el hotel.

Deafy, a todo esto, también persigue la misma información pero, en lugar de buscar a los esposos Mutney, opta por ir al colegio de Ethelrida y pedir hablar con ella. Arenga a la muchacha acerca de la importancia de comportarse civilizadamente, pero ella lo descoloca replicando que la civilización nació en África, lo cual entra en conflicto no solo con la ferviente religiosidad de Deafy sino también con su profundo racismo.

El detective rompe de plano con toda estrategia y, directamente, exige la información bajo amenaza de hacerla expulsar del colegio: nada peor para Ethelrida. Desafortunadamente para él, sin embargo, es Loy quien llega primero al hotel y, al encontrarse con las fugadas, en jugada inesperada y necesidad de nuevos aliados, les ofrece trabajar para él como “soldados invisibles”. Al llegar Deafy, encuentra la habitación vacía y la ventana abierta de par en par.

Bebé en una Caja

Doctor Senator asiste, como siempre, al clásico encuentro con Violante, lo cual nos hace relamernos ante otro posible diálogo de antología.  Pero a quien encuentra sentado a la mesa es a Calamita y, algo más atrás, disfrutando de un helado, a Gaetano Fadda, que no emite palabra.  Es Calamita quien ahora tiene el turno de narrar su historia, pero el hecho de haber llegado a América como “un bebé en una caja”, luego de que  su madre adolescente muriera en alta mar, no conmueve a Senator, quien solo percibe perorata de autojustificación y les replica que apenas son niños haciendo travesuras, tras lo cual da media vuelta y se marcha.

En su gesto resignado, sin embargo, vemos que sabe cómo terminará la escena: una vez fuera y mientras camina hacia el auto, Calamita le dispara desde atrás y lo remata al girarse, al igual que al chofer.

Cuando Loy, puesto al tanto, asiste al lugar con los suyos y se encuentra con los cuerpos sobre la nieve, su rostro denota enormes esfuerzos por no quebrarse y su dolor es aun mayor al tener que huir por la llegada de la policía, dejando a su amigo tendido allí.

Balance del Episodio

Madre mía, qué gran episodio… La trama se apoyó decididamente sobre el fuerte de Fargo: sus excelentes diálogos. No tuvimos la impagable charla entre Senator y Violante y, de hecho (qué pena) ya no volveremos a tenerla, pero tuvimos montones de encuentros brillantes que sirvieron para que los personajes expusieran sus propias y particulares filosofías de vida, lo cual ha sido el eje del episodio.

Si Chris Rock venía sorprendiéndonos a quienes lo relacionábamos prejuiciosamente con la comedia, aquí sacó patente de grande en un par de escenas que lo exigieron al momento de reflejar sus conflictos y tormentas internas bajo la apariencia de una impostada seguridad. Y Nicole Brooks, hasta el momento algo relegada en la historia, no le ha ido en zaga en ese memorable duelo doméstico.

Deafy ha mostrado algún punto débil al quedar descolocado por una adolescente ante la cual no quiso entrar en debate al responderle esta con evidencia histórica y antropológica: su habitual verborragia de predicador fundamentalista se hizo a un lado y dio paso a un estilo más directo.

Por otra parte,  conocer el pasado de Odis nos permitió sentir empatía por él. No existe hasta aquí el policía loser, pero honesto, que caracterizaba a las temporadas anteriores: de ambas cosas, Odis solo es la primera y, sin embargo, no podemos odiarlo. Y no sé ustedes, pero en lo personal, voy a extrañar muchísimo a Doctor Senator: un gran personaje que dijo adiós. Ojalá al menos le reconozcan la invención de la tarjeta de crédito.

Estuvieron ausentes las pantallas divididas, pero entró a jugar otro elemento característico de Fargo: la nieve, por momentos con un lugar esencial.

En fin, insisto: enorme episodio que, a la luz del sorpresivo giro de Loy con respecto a las dos fugadas, abre algunas intrigantes incógnitas de frente a los próximos. Y, como ya sabemos, Fargo siempre nos tiene reservado algo que no sospechamos…

Será hasta la semana que viene, fargueros. Gracias por estar y sean felices…

el autor

Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

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