Convertida en inesperado éxito internacional, Los Ancianos es una película alemana de terror survival que advierte sobre la invisibilidad y abandono en que la sociedad actual deja a su gente de edad.
¿Te acuerdas de aquel anciano en la película Solo en Casa? ¿Ese al que Kevin tenía como vecino y del que se contaban siniestras historias que terminaban siendo puro invento? Bueno, imagínate ahora que las mismas fueran ciertas y llévalo a toda la gente de edad que conozcas; o incluso a la que no: eso es Los Ancianos, película alemana de Netflix que en las últimas semanas se ha convertido en éxito inesperado a nivel mundial y diría que hasta para la propia plataforma, pues no es que le hayan dado gran difusión.
Dirigida por Andy Fetscher (desconocido, al menos fuera de Alemania), se trata de una película de terror survival que debe mucho a los filmes de zombies, pero que apunta a una fuerte crítica social que pone eje en el trato hacia la ancianidad. Philippe Ariés decía que la vejez se parece a la primera infancia porque volvemos a depender de otros, comemos papilla y no controlamos nuestras necesidades, pero se trata de una infancia absurda porque no nos lleva a nada. Y a diferencia de los extremos cuidados que habitualmente se prodigan al niño, el anciano suele morir en desatención y soledad…
Lo sé, no me lo digan: no era el mejor pensamiento para iluminarles el día ni tan siquiera para empezar a leer un artículo, pero viene a cuento de entender cuál es, por debajo de una película de horror bien gore, el enfoque central en Los Ancianos.
Sabido es que en tiempos pretéritos, los clanes brindaban lealtad reverencial a su gente mayor que, en sociedades ágrafas, hasta representaban la memoria colectiva pues, en un contexto de alta mortalidad y poca esperanza de vida, eran los que habían sobrevivido y podían aportar experiencia. Pues bien, en Los Ancianos se hace justamente referencia a una antigua leyenda según la cual caerá una maldición sobre aquellos que les maltraten y pone, por supuesto, los pelos de punta el pensar que eso podría hoy hacerse extensivo a la sociedad toda.
Ya el impactante comienzo indicativo de por dónde van los tiros: la empleada de un hogar geriátrico, a poco de llegar a cumplir su turno de trabajo, es atacada por un interno que la golpea con un tubo de oxígeno hasta deshacerle literalmente la cabeza. En esa primera escena se advierte el contraste entre la despreocupación con que ella, móvil en mano, baja de su auto, y el mundo desesperanzado, oscuro y ominoso del cual no es consciente: juventud contra ancianidad. La crudeza de la escena es claro anuncio de un filme que en ese sentido no da concesiones…

Una mujer llamada Ella (Melika Forouta) regresa de Berlín a su pueblo natal con motivo del matrimonio de su hermana. La acompañan sus dos hijos, la adolescente Laura (Bianca Nawrath) y el pequeño Noah (Otto Emil Koch), quien sufre de asma.
Ambos recriminan a su madre el haber roto la familia y añoran los días en que bailaban todos juntos su canción favorita pero además, claro, extrañan a su abuelo ya que, al marcharse Ella, no solo dejó a su ex esposo sino también a su propio padre Aike (Paul Fassnacht), al punto de ser su hermana Sanna (Maxine Kazis) quien la anoticia de que lleva un tiempo en la institución geriátrica local.

La llegada al pueblo incluye otros reencuentros, como el de Ella con su ex esposo Lukas (Stephan Luca), quien sigue viviendo allí y está en pareja con Kim (Anna Untenberger), empleada del geriátrico que es claramente celosa y posesiva. O el de Laura con su antiguo amor Alex (Louie Betton) que es quien, paseando por la playa, le muestra un antiguo tótem y la pone al tanto de la leyenda antes mencionada acerca de la maldición sobre quienes descuidan a sus familias o a sus mayores.
La cuestión es que mientras la boda se convierte en motivo de celebración, una pesadilla se apodera en la noche del hogar geriátrico cercano, en donde los ancianos están literalmente destrozando a los empleados con cualquier elemento que tengan a mano y comienzan a salir a las calles en plan zombie. Tal es la terrorífica realidad con que los asistentes a la boda se encuentran durante el regreso a sus casas, en donde, particularmente Ella y los suyos, deberán parapetarse de la terrible amenaza.
No quiero contar más para evitar spoilers, pero diré que siendo una película alemana y no americana, está narrada en el modo que a ellos tanto les gusta, con tendencia a primeros planos y poco diálogo. Ambos elementos, que pueden resultar tediosos para el público no habituado, potencian en este caso el clima opresivo de la historia que, además, como antes hemos dicho, no da concesiones: no hay vacilación a la hora de la violencia explícita (a veces difícil de soportar) ni nos deja prever quién pueda vivir y quién morir.

No se busca asimismo dar demasiadas explicaciones: no llegamos a saber, por ejemplo, hasta qué punto los ancianos son conscientes de lo que hacen o simplemente se comportan guiados por la maldición. O si la misma potencia el dolor y frustración ante el abandono convirtiéndolos en rabia y odio. Y al igual que ocurría con las aves en Los Pájaros, de Alfred Hitchcock, tampoco se sabe por qué hay alguna excepción al mal que aqueja a todos (podemos suponerlo, pero repito que no quiero hacer spoiler).
El verdadero alcance del apocalipsis geronte es otro gran misterio. Alguna información aislada sobre el final parecería indicar que se está ante una especie de pesadilla global, pero entonces no se entiende bien a cuento de qué viene el tótem local con la maldición.
En donde más éxito tiene la cinta es en generar nerviosismo y, volviendo a comparar con Hitchcock, así como aquella película nos hacía temer al pajarillo más inofensivo, aquí logra que termines teniendo miedo a tu propio abuelo, lo cual no sé si es positivo o negativo al momento de persuadirte de que le trates mejor. Y si te toca trabajar en un geriátrico y dormir allí, en fin… directamente no te recomiendo verla.
Las escenas de tensión están muy bien logradas y hay un par de personajes que ponen los pelos de punta, entre ellos el que opera como una especie de líder de la horda de ancianos (Gerhard Böss), que es, con diferencia, el más cruel y sanguinario; o la “tierna viejecita” (Eveline Hall) que se pasea por allí con el vestido de novia de Sanna como si reclamara su propio derecho a participar de la fiesta: otro tipo de fiesta, claro.
Las buenas actuaciones ayudan. Magníficos, en general, los ancianos involucrados y destacándose entre el resto muy especialmente Melika Forouta, quien viene de otro suceso de Netflix como la miniserie de época La Emperatriz, en donde va vida a Sofía de Austria. También Anna Untenberger, soberbia en su rol de novia despechada por la llegada de la ex e hijos de su pareja, al punto de convertirle sus celos extremos en un terror equiparable al de los ancianos y quizás peor.
Balance Final
Los Ancianos es una película de horror survival que te mantendrá prendido, sobre todo desde su segunda mitad, aunque en el completo le sobran unos quince o veinte minutos. Dejará conformes a quienes gusten especialmente del terror sin concesiones, aunque el estilo narrativo alemán podrá quizás ahuyentar a algunos.

A la vez, viene a advertir sobre un problema que atañe a la sociedad de nuestros tiempos cualquiera sea el país en que vivas. De hecho, hay alguna referencia esporádica (a través de noticias) al envejecimiento general de la población que hace que cada vez haya más ancianos y corran peligro de colapso los sistemas asistenciales de todo el mundo. Llevado, desde luego, al campo del horror y tal como está planteado en el filme, hela la sangre pensar que la población anciana terminará superando en número al resto.
Por momentos ese planteo asume en la película un estilo demasiado discursivo que puede irritar un poco: “Cuando me ves, ¿ves un ser humano o un animal?”, pregunta por ejemplo, en un momento, el líder de los ancianos. Y en algún punto puede decirse que es una película conservadora y moralista (soy de los que sostienen que, a la larga y contrariamente a las apariencias, la mayoría del género de terror lo es): no solo les va mal a quienes abandonan a sus abuelos sino también a quienes deshacen sus familias, divorciándose por ejemplo…
Y no es la primera vez que la guerra entre grupos etáneos se roza con el terror. De algún modo, pero con roles invertidos, la premisa ya está presente en Diario de la Guerra del Cerdo (1969), novela de Adolfo Bioy Casares escrita durante una época de intensa efervescencia juvenil y en la que se presenta a los jóvenes persiguiendo y matando ancianos de manera masiva. Y si queremos venir más cerca, está presente de manera similar en la película española Viejos, de reciente estreno y dirigida por Raúl Cerezo, la cual tiene que ver con ancianos de una comunidad que comienzan a comportarse extrañamente.
Y la idea de que hay un mundo invisible a nuestros ojos que permanece por debajo de la aparente calma y que puede ser horroroso remite mucho a David Lynch aun cuando se elija un camino más de género y menos surrealista. Y no hay pinceladas de humor negro ni de ningún otro color: esto es Alemania y nadie ríe…
No es, en definitiva, una obra maestra del terror, pero sí una película bastante traumática e impactante que alerta sobre una realidad social y que quizás haga que de aquí en más mires de otra forma a tus abuelitos: lo que no sé es si te mudarás con ellos o lejos de ellos…
Hasta pronto y sean felices (y cuiden a sus abuelos)…



