Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.
“El crimen del siglo” es un documental de dos episodios de la plataforma HBO. Es obra de Alex Gibney, que ha hecho ya no sabemos cuántos documentales pisando todo charco de mierda posible: desde el fraude de Lance Armstrong o Putin, pasando por el pufo casi olvidado de Enron, hasta llegar a este, el documental de la gran y famosa crisis de una droga llamada fentanilo en Estados Unidos. Una crisis que, otra vez, no llegó del cielo como la lluvia ni fue ninguna mano invisible la que movió nada. Eran manos humanas las que iniciaron todo ese bello espectáculo de más de medio millón de personas palmando por opioides en este siglo en Estados Unidos.
Eran manos de gente que trabajaba en la industria farmacéutica. Manos de reguladores comprados. De médicos a sueldo. De comerciales forrándose. De señores que dan charlas subiendo a púlpitos de moralidad y bondad que, bueno, también se forraron. El documental inicia la historia de manera muy acelerada, resumiendo rápido la historia de los opiáceos para pasar luego a los orígenes de la empresa de la que apareció el fármaco.

Se detiene a analizar el porqué en términos económicos: un fármaco como el OxyContin para aliviar el dolor de pacientes terminales tiene poco recorrido. Claro. No son tantísimos en cantidad y resulta que los pacientes terminales resulta se mueren relativamente pronto. De ahí la genialidad: vamos a vendérselos a todo el mundo, hasta a los nenes a los que les duela la rodilla.
A través de entrevistas, documentos y transcripciones no hay ninguna duda: quienes decidieron empezar a vender un fármaco muchísimo más potente que la heroína sabían perfectamente que causaría adicción. Desde el principio les llegaron los casos de adictos, que resolvieron de manera espectacular: diciendo que eran adictos de mentira, “pseudoadictos”. Y que la solución era enchufarles aún más pastillas del fármaco.
El resultado terminó ocasionando una epidemia de adictos a opioides muy por encima de la disponibilidad de la producción mundial de opio… y la aparición del terrorífico fentanilo. Desde hace una década palma más gente por opioides que por las famosas muertes por armas en Estados Unidos.
El documental rodea esto de los antecedentes de los propietarios de la empresa en cuestión, Purdue Pharma, con historias del abuelo fundador, que se inventaba directamente nombres de médicos que recomendaban sus medicamentos. No solo se ponen nombres y apellidos a quienes tomaron las decisiones que llevan a vender una superheroína a gente normal que no lo necesitaba: se nos da un contexto.
Es decir, que toda esta forma de funcionar mentalmente ni era nueva ni era rara. Sobornos a médicos, mentiras sobre los prospectos, sobornos a legisladores… el director hace un trabajo espectacular remarcando una y otra vez que no hubo nada de excepción, ni de chapuza ni de casualidad. Era la normalidad en funcionamiento. Y lo era por la enorme cantidad de gente de muchos ámbitos que colaboró para que esto se vendiera en masa. Era parte integral del sistema. Hasta el punto de que la empresa llegó a tener a sueldo a un alcalde de Nueva York, el mismísimo Rudolph Giuliani.
El documental se esfuerza en dejar espacio a todo el mundo para que expliquen con calma sus puntos de vista. Es espectacular el desarrollo de la lógica de los vendedores del producto, del comercial del medicamento que se da cuenta de que la gente lo está usando no precisamente para el dolor sino para colocarse, o cómo un muy inteligente (y vendido) conferenciante promotor del mismo en congresos defiende lo que hizo en su momento.

El director tiene en todos sus documentales la misma línea argumental: los que han provocado adicciones en este caso, bancarrotas de gente normal en otros y demás, no son idiotas, no son ignorantes; no es que no sepan lo que sucede o puede suceder. Es, simplemente que lo que pase o pueda suceder no es prioritario. Es simplemente que un comercial de un pueblecito vendiendo OxyContin podía, a finales de los años 90 del pasado siglo, embolsarse 300 000 dólares. Insistimos: un comercial de un pueblecito. Para hacernos una idea de la cantidad de dinero que estaba moviéndose.
Es particularmente reveladora la pelea de un médico de pueblo contra el fármaco. Cómo reunió a la gente en el pabellón del instituto al estilo Los Simpson. Y cómo fue incluso a hablar con políticos sobre el abuso y el horror que estaba viendo en su día a día. Se chocó con otro político a sueldo de los que hacían el medicamento, el cual, por supuesto, recibió su recompensa por entorpecer cualquier iniciativa en contra de su difusión.
Si Alex Gibney ha tenido tantísimo éxito de crítica y público al hacer estos documentales —que contrastan con los auténticos excrementos que se hacen en España sobre nuestro pasado reciente— es por el esfuerzo de abarcar todo el contexto posible de lo que habla. No se deja nada. Deja explayarse incluso a los que claramente están del lado de los que ocultan, mienten y perjudican a todos los demás. No tiene problemas, no hay trampas al respecto. Y como hay honestidad visual y narrativa, al final su tesis termina siendo potente.

En este caso, la tesis es que la terrorífica crisis del fentanilo tiene nombres y apellidos: Purdue Pharma. Que usaron todo tipo de tretas intelectuales, desde decir que había “pseudoadicciones” al recurso habitual de todos los vendedores de veneno conscientes de lo que iba a suceder: la llamada “responsabilidad individual”. Que lo sabían perfectamente. No había suficientes desconocidos sufriendo y palmando que pudieran tapar cómo se estaban forrando. Como no podía ser de otra forma, la empresa está ahogada en demandas, problemas económicos enormes, despidos y finalmente la desaparición de la misma. Nadie llora por ellos, no.
Y, en este punto, volvemos al tema del que hemos hablado alguna vez: las películas o cómics que se dan por “malinterpretados” o los villanos que resultan admirados por la gente por “no haberlos entendido”, no han sido en realidad malinterpretados y los villanos entendidos perfectamente.
Hay un grupo de personas, no precisamente mayoritarias socialmente pero tampoco irrelevantes en cantidad, que tienen sueños oscuros, sanguinolentos, espantosos. En la mayor parte de las casos todo eso queda en nada porque son “pringados”, hormigas como la mayoría de nosotros que no tienen poder para llevar a cabo barbaridades sin nombre.
Y, algunas veces, esas salvajadas que implican siempre triturar personas suceden porque alguno de estos llega a posiciones de poder. Porque a esta gente —llamémosles psicópatas, llamémosles malos, llamémosles satanistas, lo que cada uno guste— solo deja de hacer cosas porque sabe que tendrá consecuencias negativas en sus vidas, no porque crean que son malas. Y cuando ascienden en la pirámide del dinero, del poder o de la política, los límites son cada vez menos y la gente dispuesta a mentir por ti y cubrirte las mierdas es cada vez más.
Esta gente solo puede ser derrotada por otra gente que se organiza, que hace frente común, que no se rinde y que es consciente de lo importante de los límites para todos. Los límites no solo existen: deben existir para todo el mundo, seas quien seas, hagas lo que hagas y te llegue el CI adonde te llegue. Es la base de todo sitio donde valga la pena vivir. Y si sigue valiendo la pena es por haber aún suficiente gente que cree que los límites son para todos.
Sed felices.



