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¿Por qué nos gustan las historias crepusculares?

El gran éxito de taquilla que ha supuesto Logan, acompañada de las críticas favorables de medio mundo, va a abrir un camino en el cine de superhéroes que pocos imaginan donde puede terminar, teniendo en cuenta que se estrenan una media de cinco superproducciones del género al año. Me refiere al subgénero crepuscular, ese que tanto se relaciona con el western. Y es que, si bien Deadpool fue la película que abrió la senda al estreno de superproducciones comiqueras para mayores de 18 años, Logan ha discurrido por un enfoque bien distinto. Donde el otro se cachondeaba de los tópicos que hemos visto hasta ahora en las producciones de Warner-DC y Marvel, el otro era una película crepuscular en toda regla, con los héroes con los que muchos hemos crecido en horas bajas.

Es digno de estudio como nos atraen los personajes cuyos mejores tiempos han quedado atrás. Tal vez entendemos mejor a un viejo cansado de una larga vida como asesino que a un joven vaquero que mata con una sonrisa. Quizás la épica de quien realiza un acto formidable pese a que ya no se encuentra en sus mejores facultades es mayor que el de que puede hacer cualquier cosa sin pestañear.

Charles Chaplin, Charlot, en Candilejas.

El interés del cine por los personajes crepusculares comenzó, más o menos, allá por los años 50. Al fin y al cabo, una película crepuscular suele reflexionar sobre todo un género, y para ello se necesitan años de recorrido. Así, en la obra maestra El crepúsculo de los dioses, el director Billy Wilder pone como protagonista a una antigua actriz de éxito que es incapaz de asumir que sus mejores días han pasado. Por primera vez en la historia del cine, una película hollywoodiense retrata con dureza los estragos que el éxito del cine mudo provocó en sus estrellas, incapaces de volver a una vida normal cuando su fama se desvanecía con la llegada del sonoro por su falta de voz. Por otra parte, el gran Charles Chaplin se despedía de América con Candilejas, una comedia dramática en la que su protagonista era un reflejo de Charlot, su personaje más conocido, con unos cuantos años encima y luchando desesperadamente por conseguir el favor del público. Un bello homenaje a un personaje inolvidable.

Sin embargo, como hemos dicho antes, si hay un género asociado a los personajes crepusculares es el western, uno de los géneros más antiguos del cine (no en vano, la primera película del oeste data de 1903).

El viejo oeste, representado por Liberty Valance y su sombrero negro. El nuevo Oeste, reflejado en James Stewart, su delantal y su diplomacia. Entre ambos, qué mejor puente que John Wayne.

John Ford, el máximo exponente del western clásico, ya comenzó a dar pistas de lo que iba a ocurrir con el género cinematográfico por antonomasia con Centauros del desierto. En esta maravilla, John Wayne, el vaquero por excelencia, no era un héroe al uso. Ni siquiera un antihéroe. Era un pistolero que se dejaba llevar por su racismo e intolerancia. Aún así, la única película de Ford que puede catalogarse como crepuscular sería El hombre que mató a Liberty Valance.

Como decía Ortega y Gasset, Yo soy yo y mis circunstancias. Y es que el género crepuscular puede afectar únicamente a los personajes, al mundo que les rodea o a ambos. En el caso de El hombre que mató a Liberty Valance, los personajes son los mismos que caracterizaban al western clásico, pero no el mundo que les rodeaba: un Oeste a punto de ser admitido en la civilización con la llegada del ferrocarril. Un Oeste que no tenía cabida para los vaqueros que habían protagonizado tantas aventuras. Realmente, El hombre que mató a Liberty Valance no es una película crepuscular, sino nostálgica. La obra maestra de un director que ya lo había dicho todo sobre el género que más amaba.

Sin embargo, el hombre que comenzó a definir con claridad el western crepuscular fue Sam Peckinpah, director cuyo tratamiento de la violencia ha influido en todo el cine de acción moderno. Ya en Duelo en la alta sierra (1962), Peckinpah pone como protagonistas a Joel Mcrea y Randolph Scott, dos estrellas del western en sus ocasos. Pero es en Grupo Salvaje (1969), su película más mítica, donde se ve más claramente ese tono crepuscular, con unos ladrones que se resisten a dejar atrás una época que ha pasado a mejor gloria. La lucha desesperada del hombre contra el cambio y contra su propio deterioro físico.

En el abecedario de Grupo salvaje no encontraréis la palabra resignación.

En los años 70, con la nueva corriente del cine en todo su auge y el sistema de estudios de capa caída, aparecen nuevas formas de cine crepuscular. Quizás el paso más gigante en este aspecto lo dio la película de aventuras Robin y Marian, protagonizada por Sean Connery y Audrey Hepburn. Como muchos habréis supuesto, es una adaptación más de Robin Hood, pero esta se caracteriza por el tono profundamente melancólico y crepuscular. Robin ya es un hombre de mediana edad desilusionado tras años de combates y Marian se ha metido a monja, cansada de esperar a que su amado vuelva de guerrear. Hasta los combates de esta maravillosa película se muestran enlentecidos. Las espadas pesan conforme los años pasan, las heridas duelen más. Aquí no hay una lucha contra el cambio, si no la tristeza por haber desperdiciado muchos años en esa lucha.

Y llegamos  a Sin perdón. El paradigma del cine crepuscular. Clint Eastwood ya llevaba muchos años en esto del cine, y algunos miopes todavía no veían al genio que tenían delante y que había dirigido obras como El jinete pálido, El aventurero de medianoche, Escalofrío en la noche, El fuera de la ley o Bird. Fue en 1992 cuando Eastwood accedió a dirigir un guión que llevaba veinte años sobre su mesa. Lógico. Necesitaba la perspectiva del tiempo, de una vida, para dirigir una de las grandes obras maestras de la historia del cine.

William Munny y Red, dos viejos vaqueros en Sin Perdón.

Sin perdón no retrata a unos vaqueros fuera de lugar. Porque Eastwood y Morgan Freeman siguen siendo vaqueros en una época en la que el Oeste todavía no estaba del todo civilizado. Son ellos mismos los que han cambiado al abandonar años atrás una vida repleta de alcohol, prostitutas y asesinatos. De una simpleza devastadora, la trama conduce a estos hombres a una misión en la que, supuestamente, esperamos ver a los vaqueros que eran antaño. Han perdido habilidades: les cuesta montar a caballo, su visión está cansada e, incluso, uno es incapaz de matar a un hombre. Al final, cuando uno de ellos se reencuentra con su pasado, no es lo que esperamos. No nos satisface. EL último western de Clint Eastwood sintetiza toda la corriente crepuscular del cine del oeste. Tal vez por eso ningún otro western posterior ha conseguido alcanzarle. O, simplemente, se trata de una obra maestra incontestable.

Lo cierto es que toda la fascinación por los personajes crepusculares del siglo XXI viene determinada por esta película. Sin ir más lejos, El viejo Logan de Millar está claramente influido por la película de Eastwood, que volvería a dar clases de dirección crepuscular en la magistral Gran Torino, en la que el cineasta echa un vistazo atrás a su inolvidable carrera.

En el cine reciente podemos encontrar muchos ejemplos de cine crepuscular, pero en este artículo solo voy a hacer referencia a dos, por ser pioneros en sus géneros.

Su mirada, en el fondo, es la nuestra al recordar como nos despedíamos de nuestra infancia.

Pixar llevaba años alucinándonos con sus películas de animación quenoparecíandeanimacióndelobuenoqueraelguión. Pero nadie esperaba, tras la huella que nos dejo Up, que el estudio se superara con la tercera entrega de su saga más querida. Toy Story tenía como protagonistas a los juguetes, pero estos se veían abandonados por unos chicos que ya no eran niños y todavía no sabían cómo ser hombres. Un bofetón de realidad para los personajes y para nosotros mismos, que veíamos las vicisitudes de los protagonistas al tiempo que rememorábamos como habíamos dejado atrás nuestra infancia y esos amigos inanimados con los que cultivábamos nuestra imaginación. Pese a su maravilloso final, Toy Story 3 es una película crepuscular en toda regla.

La mirada de Stewart o cómo reflejar toda una vida de recuerdos imborrables en sólo un segundo.

Por último, el tan de moda cine de superhéroes necesitaba su representación crepuscular. Tras el exitazo de Deadpool y la apertura de las adaptaciones comiqueras para mayores de 18 años, Hugh Jackman tardó poco en dar el sí quiero a una adaptación libre de El viejo Logan. El resultado es una película que no se parece a nada de lo que hemos visto en el género superheroico. Es más bien una road movie, un western incluso, con personajes en franca decadencia. Lo mejor de la película, por encima de la violencia casi gore (que, por cierto, no tiene mucha justificación), son los caracteres de Lobezno y, sobre todo, de Xavier. Mutantes a los que el paso del tiempo les ha quitado gran parte de su fuerza como el viento se lleva las hojas del otoño. Héroes resignados a los que todavía les queda un pequeño resquicio por el que luchar.

Y eso, a nosotros, nos encanta.

Un saludo y sed felices!

Fernando Vílchez
Médico residente. Intento aprender como si viviera para siempre. Intento vivir como si hoy fuera mi último día...con las cosas que me hacen feliz.

2 COMENTARIOS

  1. Me ha encantado el artículo. El western ha dejado como bien dices grandes ejemplos de lo crepuscular. Yo hubiese citado la más emblemática, Solo ante el Peligro. Un Gary Cooper que rodó estando muy enfermo, e interpretando a un sheriff mayor, cansado, pero que quiere cumplir con su deber hasta sus últimas consecuencias. Por lo demás insisto, muy buen artículo.

  2. Gracias por tu comentario, Carlos. Lo cierto es que tienes razón. Solo ante el peligro fue uno de los primeros ejemplos del héroe crepuscular. Es más, toda esta tendencia apareció cuando todas las estrellas del Hollywood de los estudios de los años 30 habían envejecido o bien sufrían los estragos de los excesos de juventud.

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