A los noventa y un años de edad nos dejó Brigitte Bardot, la rubia que enamoró a todo el mundo y que, icono de la belleza y el desenfado, dejó la actuación para dedicar su vida a defender los derechos de los animales. Musa del director Roger Vadim y de otros grandes cineastas, desarrolló también carreras como modelo, cantante y escritora.
Había nacido un 28 de septiembre de 1934 en París. A diferencia de otras divas de su tiempo como Marilyn Monroe o Sophia Loren, sus orígenes no fueron humildes sino burgueses al ser hija de un poderoso industrial. Ello, sin embargo, no le implicó crecer sin problemas pues la joven Brigitte Bardot destacó desde pronto no solo por su belleza sino también por su carácter independiente y conducta irreverente que le llevaron ya a los siete años a estudiar danzas enfrentándose a los deseos de su padre, que no quería para ella un destino ligado al arte.
Sus primeras clases de ballet gozaron no obstante de los auspicios de su madre y las tuvo a las órdenes del coreógrafo ruso Boris Knyazev. Nunca más literal la expresión ya que este era conocido por la férrea disciplina que impartía a sus estudiantes, al punto de castigarles con un látigo si se comportaban de modo negligente o hacían las cosas mal. Allí le tocó ser compañera de estudios de Leslie Caron, quien saltaría a la fama años más tarde junto a Gene Kelly en el filme musical Un Americano en París (1951).
Un hecho fortuito disparó a los trece años su carrera en el modelaje, al tocarle reemplazar a último momento a una chica que no pudo participar en una sesión de fotos para una revista. Y de allí el gran salto al cine, debutando en 1952 en la comedia francesa Locos de Amor, dirigida por Jean Boyer.
En los siguientes cuatro años le llovieron los papeles, siempre menores, pero que fueron haciendo su rostro conocido para productores y directores, al punto de tener incluso los primeros para realizaciones americanas, como Acto de Amor (Anatole Litvak, 1953), en la cual compartía cartel con Kirk Douglas, o Helena de Troya (1956), en donde, a las órdenes del prestigioso Robert Wise, interpretaba a Andraste, la doncella de Helena.

Pero fue sin duda el director Roger Vadim quien la lanzó a la fama con Y Dios creó a la Mujer (1956), que la convirtió no solo en icono de belleza y sensualidad, sino también de desenfado y liberación. Lo paradójico era que el propio Vadim, para ese entonces su esposo, la había rechazado en otro casting algunos años antes.

En esa película, además, compartió cartel con Jean Louis-Trintignant (aquí nuestro artículo sobre su trayectoria con motivo de su fallecimiento en 2022), cuya carrera también cobraría impulso de allí en más y, años después, se convertiría en el tercero en discordia que provocaría el divorcio entre Brigitte y Roger.
El papel de Juliette al que ella daba vida en esa película venía a romper con la forma en que habitualmente se mostraba a las mujeres en cine. No porque renunciara a la femineidad que, por el contrario, destilaba a mares, sino porque lo hacía de un modo casi despreocupado en el que se fusionaban ingenuidad y sensualidad sin límites ni encorsetamientos. La escena en que baila descalza sobre la mesa es al día de hoy recordada como una de las más eróticas en la historia del séptimo arte.
Tanto ella como el filme ayudaron además a disparar la fama de Saint-Tropez, balneario de la Costa Azul en el cual el mismo fue rodado y que se convertiría en destino turístico obligado de allí en más. Y la película significó para Brigitte el éxito masivo y su elevación a carácter de diva, eclipsando su presencia en los festivales de la época a las de Sophia Loren o Gina Lollobrigida, que eran quienes habitualmente robaban los flashes de las cámaras en la mayoría de los eventos.

En los años que siguieron no paró de filmar, siendo convocada por prestigiosos realizadores franceses en títulos como La Verdad (Henri-Georges Clouzot, 1960), El Desprecio (Jean-Luc Goddard, 1963) o Viva María! (Louis Malle, 1965). Incluso se interpretó a sí misma en el filme americano Querida Brigitte (Henry Koster, 1965), en el que James Stewart daba vida a un profesor de matemática cuyo hijo estaba obsesionado con ella.
Su último papel relevante antes de retirarse por decisión propia de la actuación lo tuvo en Las Petroleras (Christian-Jaque, 1971), spaghetti western que la tenía como estrella principal junto a Claudia Cardinale, la otra gran diva a la que hemos tenido que despedir este año. Y no olvidemos por supuesto su carrera como cantante con cinco álbumes y múltiples singles lanzados entre 1963 y 1970, ni como escritora, con cinco títulos publicados entre 1978 y 2006, incluyendo su autobiografía.
A partir de 1974, y en coincidencia con sus cuarenta años, se retiró de la actuación para dedicarse a otra de las grandes pasiones de su vida: la defensa de los derechos de los animales, que se inició con sus campañas contra el consumo de pieles de foca (dando incluso lugar a prohibir la importación en varios países, entre ellos Francia) y que dio lugar, a partir de 1986, a su propia fundación.

Desde los noventa, y tras su casamiento con su cuarto esposo, el político Bernard d’ Ormale, sus opiniones mostraron un fuerte acercamiento a la derecha francesa y sus declaraciones acerca de la inmigración o el Islam la convirtieron en blanco de organizaciones progresistas o de izquierda e incluso objeto de multas.
En los últimos años había tenido ciertos problemas de salud, sometiéndose a un par de internaciones y una cirugía, difundiéndose en algunos medios y redes sociales el rumor de su fallecimiento, finalmente dado por falso. Esta vez no es rumor: a los noventa y un años y en la propia Saint-Tropez que ella misma ayudó a impulsar, Brigitte nos dejó hace algunas horas.
“La Fundación Brigitte Bardot anuncia con inmensa tristeza el fallecimiento de su fundadora y presidenta, la señora Brigitte Bardot, actriz y cantante mundialmente reconocida, que decidió abandonar su prestigiosa carrera para dedicar su vida y su energía a la defensa de los animales y a su Fundación”, expresa el comunicado que acaba de dar a conocer la organización que ella fundó.
Y, más allá de las controversias que puedan haber suscitado sus opiniones en las últimas décadas, nos queda el recuerdo imborrable de alguien que revolucionó la pantalla y sacudió la cultura de su época con una sensualidad salvaje e independiente, amén de muy femenina. Hasta siempre Brigitte, te vamos a extrañar…




