Desde hace algunas semanas está disponible en Netflix la película argentina Parque Lezama (2026) que, bajo la dirección del oscarizado José Luis Campanella y con dos grandes de la actuación como Luis Brandoni y Eduardo Blanco, adapta la obra de teatro homónima y echa una mirada sobre la ancianidad y la invisibilidad social.
“Esta historia podría ocurrir en 2030 o en 1984, en el 506 y en el 2000 también, quizás hace diez días, hace diez años o bien podría estar ocurriendo ahora”. Con esa consigna de atemporalidad y un guiño a la letra del tango Cambalache se inicia Parque Lezama, película escrita y dirigida por José Luis Campanella que adapta la obra homónima de teatro que él mismo dirigiera y que consiguiera mantenerse en cartel por más de once años con unas mil trescientas representaciones.
La misma, a su vez, se basaba en I´m not Rappaport, obra del estadounidense Herb Gardner que allá por mediados de los ochenta se alzara con el Premio Tony, máxima distinción teatral, y que tuviera en 1996 una adaptación cinematográfica con dirección del propio Gardner y protagonizada por Walter Matthau y Ossie Davis. Campanella dice haber quedado impresionado al verla por primera vez hace más de cuatro décadas al punto de haberle influido de allí en más en su modo de contar historias.
Aquella transcurría en el Central Park de New York y tenía en su centro a dos ancianos, uno judío y otro afroamericano, mientras que la versión argentina desplaza la historia al Parque Lezama, tradicional espacio público del sur de la ciudad de Buenos Aires. Y no hay ningún afro, no porque se busque “blanquear” la historia (difícil pensarlo de alguien como Campanella) o porque no los haya en Argentina (los hay), sino con que es muy difícil encontrarlos octogenarios (la historia de la raza negra en el país está plagada de idas y venidas que harían largo este artículo).
Juan José Campanella, recordemos, es un reconocido y laureado director que ha conseguido nominar que dos de sus realizaciones para el Oscar a mejor película extranjera, alzándose incluso con el mismo por El Secreto de sus Ojos (2009).
En cuanto a los actores que interpretan los papeles principales, tanto Luis Brandoni como Eduardo Blanco gozan en su país de reputación por sus importantes trayectorias en cine y en teatro. Tristemente, el primero de ambos nos ha dejado hace poco (aquí nuestro artículo al respecto), lo cual convierte a esta en su última película, aunque tendremos aún oportunidad de verle en la ya rodada segunda temporada de la serie Nada, que coprotagoniza nada menos que junto a Robert De Niro (aquí el análisis de un servidor).
Lamentablemente, Parque Lezama tuvo en cines un estreno muy limitado debido a los ya consabidos conflictos de las cadenas de salas con Netflix por el poco tiempo en cartel otorgado de forma previa a la llegada al streaming. Eso sí, una vez ocurrida la misma, el estreno ha sido mundial (para el medio angloparlante como Strangers in the Park, lo cual parece un cruce entre Alfred Hitchcock y Sidney Pollack).
Al igual que la obra original que le sirve de base, la historia sigue a dos ancianos que se encuentran habitualmente pero de manera casual en el parque que da nombre a la película y, siendo sus personalidades enteramente diferentes, sus encuentros suelen acabar en roces, sobre todo por lo invasivo que es uno de ambos aun en sus buenas intenciones.

León Schwartz (Luis Brandoni), es un exmilitante comunista judío y polaco. Se lo pasa fabulando y cambiando de personalidad todo el tiempo, al punto que ni siquiera terminamos por estar seguros de que ese sea su verdero nombre. Puede identificarse como Mobutu, Rifkin, Abel, Rocatagliatta o el “ronco” Donato, y lo mismo ser abogado, psiquiatra o comisario de policía. Dice tener una identidad secreta y haber estado muerto durante seis minutos pero, más allá de sus historias, siempre está dispuesto a ayudar y reivindica los ideales de lucha social de otros tiempos, por los que dice que vale la pena seguir luchando.
Antonio Cardozo (Eduardo Blanco) es más conformista o quizá resignado y está perdiendo la visión: dice ver sombras azules, pero soñar en colores. Vive en un sótano (toda una alegoría) y, a diferencia de León, sigue trabajando, en su caso en la vieja caldera de un edificio que, sin embargo, está a punto de ser removida y junto con ella su trabajo.
Gonzalo Menéndez Roberts (Agustín Aristarán), representa justamente al consorcio del edificio, que le ofrece dos meses de indemnización para salir de en medio y, no sin incomodidad ni culpas, intenta convencer a Antonio de aceptar la propuesta contra la resistencia de León que, acorde a su estilo, intercede en la conversación a favor de la parte más débil.
Laura (Manuela Menéndez) es una muchacha que retoza plácidamente en el parque mientras lee o dibuja y de quien sabremos luego que es además una exadicta que quiere dejar ese mundo atrás, pero lamentablemente no le es fácil por la molesta presencia de un dealer del pasado (Matías Alarcón), que anda tras ella por una antigua deuda y la maltrata y amenaza cada vez que la encuentra. Y si seguimos con personajes que se cruzan en la historia de los dos ancianos, por allí anda también Rodrigo (Alan Fernández), un peligroso ladronzuelo juvenil de armas blancas llevar.
Y también tenemos a Clarita (Veronica Palaccini), que es la hija de León y que cada tanto anda buscándolo por el parque. No logra conectar con su padre y quiere convencerlo de dejar el barrio e irse a vivir a algún lugar donde esté más controlado, incluyendo la posibilidad de un asilo.

Producida por 100Bares (la productora de Campanella), la película es tierna a la vez que desgarradora y crepuscular, muy emocional pero con toques de comedia e incluso de humor negro. Puede sacarnos una sonrisa a la vez que calarnos bien hondo y viene a llamar la atención sobre la vejez y el tiempo como villano (referido incluso de ese modo en el propio guion), pero muy especialmente sobre el carácter de inutilidad que la sociedad suele conferir a aquellos que transitan ya los atardeceres de la vida. El sótano en que vive Antonio es la mejor metáfora de ello y la caldera en que trabaja tan desechable como él.
El problema de que adolece Parque Lezama es que casi no hay transcripción en el paso del teatro a la pantalla. La película se ve muy teatral y ello se hace evidente tanto en los diálogos (que en cine bien podrían ser menos para dejar más lugar a que las imágenes hablen por sí solas) como en las sobreactuaciones, especialmente de algunos personajes secundarios que parecen estar actuando para alguien que necesita ver desde la última butaca. Y, viniendo de alguien como Campanella, es llamativo que no se haya dado a la adaptación un más marcado carácter cinematográfico.

Aun así, se deja ver y aunque la duración de casi dos horas sea quizás algo extendida para llevar una historia de este tipo a la pantalla grande, tampoco se puede decir que aburra en algún momento. A ello hay que agregar las enormes actuaciones de Brandoni y Blanco con el nada desdeñable agregado emocional de saber que estamos despidiendo al primero, cuyo personaje, para mayor aprensión, sufre en un momento de la historia una caída y un golpe en la cabeza que lo deja inconsciente, prácticamente un trágico anuncio de lo que terminó ocurriendo con el actor antes de ser hospitalizado y acabar falleciendo.
Y si bien Brandoni ya era octogenario al momento de actuar el filme, no es el caso de Blanco, que aún no llega a setenta y, sin embargo, se ve totalmente creíble en sus gestos y en sus temblores casi naturales. Su voz, eso sí, se oye un poco rara, algo ronca y por momentos hasta pareciera duplicada, un efecto que seguramente le han incorporado a los fines de envejecerla, pero que no termina de funcionar.
El Parque Lezama, muy querido y reconocible para los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, está por otra parte bellamente fotografiado en sus senderos, glorietas, bancos de estilo art nouveau y la famosa e icónica calesita (lo que en España se suele llamar tiovivo y en otras latitudes carrusel). Y creo que podría habérselo aprovechado aún más de habérsele conferido al filme ese tono más cinematográfico al que antes hiciera alusión.

En definitiva, Parque Lezama es una adaptación que peca de demasiado teatral y podría haber sido superior si Campanella se hubiera despegado un poco más de la obra a la que justamente adapta, pero no deja de ser una película digna de ser vista y seguramente tocará de cerca a más de uno al reconocer situaciones parecidas, quizás en nuestras propias familias. Y, sobre todo, reivindica la necesidad de luchar aun cuando no lleve al éxito y la idea de que, en ciertos contextos, vivir una ficción (como hace León) puede ser preferible a vivir una realidad poco promisoria…
“Prefiero una gran mentira antes que una pequeña verdad” decía una antigua canción de la banda española Los Limones, una frase que siempre me gustó. Quizás por allí vaya la cosa. Hasta la próxima y sean felices…



