A muchos sorprendió la elección de este año por parte de la Academia de Cine Español para presentarse a los Oscar 2018 en la categoría de Mejor película de habla no inglesa. La seleccionada fue una película independiente, ópera prima de su directora Carla Simón: Verano 1993. Curiosa selección teniendo en cuenta el gran momento por el que pasa nuestro cine en estos últimos años, brindando al espectador algunas de las mejores obras y poniéndose a la altura en muchos casos del cine que hasta ahora siempre había sido referencia, el norteamericano. Sin embargo, cuando uno descubre Verano 1993 no puede si no aplaudir la elección de la Academia para presentar esta película a los Oscar por parte de España. En Las cosas que nos hacen felices, vamos a intentar explicar en esta crítica de Verano 1993 porqué es la elección perfecta.
En el pasado Festival de cine europeo de Sevilla, se pudo disfrutar de Verano 1993 como una de las cintas que competían en el festival. La historia que narra Carla Simón es muy personal, ya que precisamente está basada en una vivencia propia de la directora durante su infancia; la pérdida de su madre a una temprana edad. Así, asistimos al verano que pasa la pequeña Frida (Laia Artigas) en casa de sus tíos en un pequeño pueblo del pirineo catalán. Deja Barcelona, la ciudad, la casa en la que ha vivido con su madre, para irse a la montaña a un entorno completamente nuevo y desconocido para ella, junto a una pareja que intentará ejercer de padres con la niña.
Puede parecer una historia sencilla, a priori, pero una vez va avanzando la película, se descubre una gran cantidad de matices que convierten a Verano 1993 en toda una rareza. Primero, la naturalidad de la joven actriz que interpreta el papel protagonista. Todas las reacciones de Frida son creíbles y logran conmover al espectador cuando debe, es muy fácil empatizar con la pequeña. Segundo, todo el proceso emocional que está viviendo el personaje, y que precisamente culmina con un final a la altura pero muy fiel a la película, familiar y humano. Y tercero, es una historia con la que se puede identificar cualquier persona que tenga la suficiente edad para recordar su infancia con nostalgia.
Es imposible no enamorarse de la casa y el entorno rural donde se desarrolla gran parte de la trama de Verano 1993. Podría ser cualquier pueblo donde pasar el verano, tranquilo, con los niños jugando en el río, rodeados de gallinas y ovejas, de lechugas y coles, en resumen, un entorno de sueño. Este elemento se convierte en un personaje más de la película, puesto que forma parte del cambio de vida que experimenta Frida y al que se ve obligada sin que nadie se lo pregunte o la tenga en cuenta.

Una pérdida familiar siempre es un proceso duro, y más si hablamos de una niña que no sabe cómo procesar lo que ha pasado. Todavía es más grave si se trata de la figura materna. La directora, Carla Simón, dedica de hecho la historia a su madre Neus, probablemente rememorando la traumática experiencia que supuso para ella durante la infancia. Justamente ese es el núcleo dramático de Verano 1993, cómo logra Frida entender sus emociones y aceptarlas, ya que mientras eso va sucediendo en su interior, se comporta de una manera que no se podría definir como amable.
La pareja que decide hacerse cargo -al menos temporalmente- de Frida, sufre las consecuencias de los ataques de ira de una niña que no sabe gestionar lo que está viviendo. David Verdaguer y Bruna Cusí interpretan de manera convincente a esta joven pareja, que además son padres de una encantadora niña que intenta hacerse amiga de Frida, aunque esta no esté muy por la labor. La compleja situación sirve de excusa para que durante las reuniones familiares que suceden en la película, surjan los conflictos y las clásicas discusiones basadas en reproches y asuntos no resueltos. Al final, parece que los adultos tampoco saben gestionar correctamente los conflictos emocionales que se viven a raíz de una pérdida de este nivel.

Todos los ingredientes necesarios para contar una de las historias más sencillas que España ha presentado a los Oscar en los últimos años, pero no por ello ligera. Se trata de una bomba emocional dirigida a los recuerdos de los espectadores, que sabe tocar la fibra debidamente con un tema tan personal como es la muerte de una madre. Se nota que la película está rodada con cariño y con respeto, y que existe una implicación para lograr hacer la historia lo más humana posible.
Verano 1993 es una película que a más de uno le recordará al olor al campo, al ruido de una casa en el pueblo, a los helados y la piscina en verano y a las rodillas rascadas de tanto caerse al suelo después de jugar con los amigos del pueblo. A todos esos momentos recuerda esta pequeña obra maestra, que seguramente pondrá a Carla Simón en el mapa del panorama cinéfilo patrio, y quien sabe, quizás también a nivel internacional.



