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Análisis de La Historia de Lisey. Miniserie. Episodio 5

Nuevo episodio de La Historia de Lisey, la miniserie que, basada en una novela de Stephen King y guionada por él mismo, dirige Pablo Larraín y emite Apple TV.

Bienvenidos una vez más a nuestro encuentro semanal con La Historia de Lisey, en este caso para analizar el quinto episodio, cuyo título es El Buen Hermano y que, hasta aquí, ha sido claramente el más terrorífico al revelarnos el pasado de los hermanos Landon como una escalofriante pesadilla. Sin más tramite, pasamos a analizarlo recordándoles que pueden leer aquí nuestros análisis anteriores y advirtiéndoles, desde ya, que SE VIENEN SPOILERS DE LA TRAMA.

La Historia de Paul

El subtítulo no es irónico: contrariamente al título de la serie, este episodio, en forma de gran flashback, está en sus tres cuartas partes dedicado a contarnos la historia de los hermanos Landon más que la de Lisey, poniendo especial énfasis en los hechos que llevaron a la muerte de Paul.

Sin embargo, debo decir que aún me queda la duda acerca de si lo que vimos es lo que realmente ocurrió o, más bien, lo que Scott recuerda. Lo que en otra serie podría ser defecto, aquí es mérito: la capacidad de confundirnos al mezclar recuerdos, realidad e ilusión, al punto de hacer difícil establecer líneas divisorias.

Un breve y rápido recorrido inicial nos muestra a Lisey, golpeada y cortajeada, junto a la piscina, así como al oficial Dan que ha vuelto a la custodia de la casa sin idea alguna de lo ocurrido en su ausencia; también vemos a Darla durmiendo con un arma junto a la almohada y, por último, a Jim Dooley leyendo en la cama y llamando por teléfono al editor Dashmiel para ponerle al tanto de que tiene material importante.

Se refiere, claro, a los manuscritos que, tan violentamente, ha sustraído a Lisey y que, según dice, cuentan la historia de un padre y sus dos hijos: una vez más, ficción y realidad se conjugan en un gigantesco loop.  Y si los textos, realmente, aluden a un recuerdo para Scott tan traumático, podemos empezar a entender la negativa de Lisey a darlos a conocer.

Lejos de mostrarse entusiasmado, preocupa a Dashmiel el modo en que Dooley pueda haberlos conseguido y no da impresión de creerle cuando se jacta de su capacidad de persuasión y dice no haberle puesto “un dedo encima” a Lisey. La renuente actitud del editor pone nervioso a Dooley, aún convencido de que la publicación de los manuscritos podría significar la reivindicación definitiva de Landon como escritor. ¿Será Dashmiel su próxima víctima? Cualquier cosa puede esperarse de alguien que besa las hojas y ni siquiera se descalza para subirse a la cama de tan absorto que está en la lectura.

Rápidamente volvemos a Lisey, a quien el recuerdo lleva a aquella noche en que su fallecido esposo le contara sobre su hermano y de allí vamos al flashback dentro del flashback, ya sello característico de la serie a la hora de contarnos sobre un cada vez más escalofriante pasado de Scott…

Paul es otra persona tras haber sido arañado o o mordido por la criatura: es más, ni siquiera puede decirse que sea una persona sino una criatura bestial que profiere horribles chillidos y persigue por las escaleras a su hermano Scott mordiéndole en una pierna.

Atraído por los desesperados gritos de auxilio de su hijo menor, Andrew Landon entra en la casa y deja a Paul inconsciente de un golpe al tiempo que ve con preocupación la herida de Scott pues, según dice, ya el mal ha ingresado en él. Me llama la atención que no se vuelva luego sobre ese punto especial, aunque podríamos inferir que en esa herida esté el origen de las visiones de pesadilla que sufre Scott adulto.

Esa cosa ya no es tu hermano” le brama Andrew antes de atar a Paul con una cadena a la rueda de un tractor. Razón no le falta y cuando Scott recuerda el hecho, no le ve como un asesino sino como alguien que les dio tanto amor que tuvo que matar a Paul en un acto de misericordia. Volvemos a preguntarnos si no se tratará de una coraza creada por el propio Scott para dar explicación a la violencia de que les hiciera objeto su padre: una especie de escudo anti-estímulo, en términos freudianos.

Lo cierto (o lo que parece serlo) es que Paul adquiere con los días un carácter cada vez más salvaje: ha estado tres semanas encadenado en ese granero con su padre solo pensando en matarle.

Prácticamente no emite palabra sino gruñidos y solo habla cuando intenta engatusar a Scott para que lo libere. Su grado de bestialidad lo hace, incluso, capaz de jalar el tractor con la cadena que tiene al cuello.

La solución, según Andrew, es administrarle anestesia para caballos a base de ketamina con el objeto de dormirlo y después matarlo con una jeringa. Una vez más, me ofrece dudas el recuerdo de Scott, pues la ketamina es una sustancia muchas veces consumida en asociación con drogas como el éxtasis, la marihuana o la cocaína. ¿No estará entonces Scott disfrazando algún recuerdo relacionado con adicciones de su padre?

La Historia de Scott

Es Scott quien tiene la tarea de inyectar a Paul una vez inconsciente, pero la cosa se complica porque comienza a llover y el agua, ya lo sabemos, funciona aquí como misterioso nexo entre mundos.

Vuelto en sí y cada vez más irreconocible en sus rasgos, Paul se arroja sobre su hermano cual animal demente, no teniendo su padre más remedio que dispararle a la cabeza, precisamente lo que Scott le había pedido que no hiciese.

De ser hallado el cuerpo, ambos saben que Andrew será procesado por asesinato sin posibilidad de explicar la situación a juez alguno. Por ello, termina pidiendo ayuda a Scott para llevar el cadáver y enterrarlo, obviamente, en Boo’ya Moon.

Es, justamente, en la Colina del Amor donde Lisey, en una de sus visiones, encuentra la tumba marcada por una cruz.

Al recordar el hecho, Scott afirma que no fue fácil llevarlo y que la tierra estaba blanda, todo lo cual, una vez más, se me antoja como posible recuerdo infantil transfigurado.

Se me ocurre que todo puede ser una gran metáfora y que Andrew, por alguna razón, mató a su hijo mayor e hizo a Scott cómplice del encubrimiento. La culpa del niño, entonces, puede haberlo llevado a construir un recuerdo en el cual ni él ni su padre tengan responsabilidad en algo que era, entonces, inevitable. Suponiendo, por lo tanto, que Boo’ya Moon no sea real, la pregunta es dónde estará enterrado el cuerpo.

El Faro y la Pala

En una de sus visiones, Lisey se ve transportada al anfiteatro del lago que ya tan seguido venimos viendo. Una de las novedades es la presencia del faro iluminando la bahía con su luz giratoria, lo cual sigue reforzando su fuerza de ícono en la serie, quizás como metáfora de la guía que Lisey espera recibir de su fallecido esposo, por cierto, sentado allí con la colcha afgana sobre sus hombros a modo de chal.

Ella quiere convencerle de volver a casa pero, tal como ocurriera antes con su hermana Amanda, el resto le conminan a callarse argumentando que él podría venir, en obvia alusión al “niño alto”.

Lejos de hacer silencio, Lisey eleva la voz aún más y, no obteniendo reacción de Scott, se marcha con la colcha afgana. El sonido del temible monstruo suena en el aire y Scott sale tras su esposa, al igual que un sujeto que, instantes antes, acusara a Lisey de no pertenecer al lugar.

Scott alcanza a Lisey con el niño alto yéndoles a la saga mientras el tercer sujeto le increpa por ser culpa suya y creerse famoso, justo antes de que lo atrape una enorme garra surgida de la floresta.  Scott pide a Lisey que los saque de allí, no sin antes echar a un lado la colcha afgana que, según él, es lo que la ancla a Boo’ya Moon.

Lisey ha regresado a la casa mientras se siguen cruzando visiones y recuerdos, retumbando en su cabeza algo dicho por Scott: que cuando quiera ir, puede hacerlo por medio del agua. Juntando varios enseres y, por supuesto, la pala plateada, Lisey se dirige a la piscina y se sumerge en ella, no sin antes enviar un mensaje a su hermana Darla diciéndole que sabe cómo salvar a Amanda.

Balance del Episodio

Sin duda estamos ante una gran entrega, muy intensa y sobrecogedora. Quienes reclamaban algún sesgo más terrorífico por tratarse de una historia de King pueden, tal vez, sentirse compensados con este episodio.

El hecho de que se haya centrado, tan especialmente, en la infancia de los hermanos Landon, ha dado especial protagonismo a Michael Pitt (Dawson´s Creek, Boardwalk Empire), quien, alejadísimo de los personajes aniñados y carilindos que le conocemos, se luce, casi irreconocible, encarnando a un padre violento y psicótico que, sin embargo, puede confundirnos y generarnos empatía.

Su paranoia le lleva a hablar de conspiraciones de todo tipo: fascistas, comunistas, judías. Y Scott, incluso de adulto, las repite como ciertas, al punto de afirmar que los médicos mismos forman parte de ellas y que esa fue la razón por la cual no llamaron a ninguno para atender a Paul en aquellos días.

Por otra parte, comprendemos a Andrew en la necesidad de matar a Paul, aunque nos asalten dudas acerca de si esa empatía que sentimos no es, en definitiva, la de Scott, ya que es a partir de su recuerdo personal que vamos deconstruyendo una historia en la que no sabemos cuánto hay de real y cuánto de inventado por su inconsciente.

En ese sentido, es para destacar también el trabajo de los dos actores infantiles, tanto de Clark Furlong en el papel de ese Paul reducido a bestia como, muy especialmente, de  Sebastian Eugene Hansen que, con muy corta edad, retrata de manera formidable los conflictos que le carcomen por dentro cuando, en ese espantoso engendro, él sigue viendo a su hermano. 

En realidad, todo el arco de la granja está muy bien contado nos mantiene en permanente tensión y nos hace erizar la piel, siendo imposible desligar el final y enterramiento de Paul de tantas muertes infantiles que hemos visto en otras historias de King.

También hay quienes encuentran en la criatura que en español conocemos como “niño alto” o “larguirucho” un homenaje de King a su colega Clive Barker (alguna vez promocionado como su competencia), ya que remite bastante a Popolac, monstruo que aparece en su relato In the Hills, in the Cities.  Nada puedo decir por no haberlo leído, pero la verdad es que la imagen nos lo recuerda.

Pero más allá de qué sea real en todo esto y qué no, de lo que sí estoy seguro es de que Dooley lo es: aterradoramente real, agregaría. Y lo paradójico del asunto es que su cabeza, justamente, está muy lejos de este mundo. Todo parece indicar que ahora iría tras Dashmiel si es que este se sigue negando a la publicación de los manuscritos.

La fotografía nos ha vuelto a entregar un par de momentos memorables, tanto en la recreación de Boo’ya Moon como en la granja, cuyo aspecto de abandono nos llena de inquietud y angustia: uno de esos lugares en los que nunca pueden pasar cosas buenas.  Algunos planos subjetivos en los ojos de Scott o bien bajos, casi al ras del suelo, nos contagian, inevitablemente, una fuerte sensación de indefensión.

Y mientras tanto, nos preguntamos de qué modo logrará Lisey sacar a Amanda de Boo’ya Moon y traerla de nuevo a la realidad.

Por lo pronto, el agua, el faro y la pala siguen ganando lugar en una historia que es una mezcla de géneros en la cual conviven drama, surrealismo, fantasía y horror.

Veremos qué nos sigue develando la próxima entrega. Será hasta entonces y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

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