Una semana más, una semana menos. Mientras disfrutáis de las vacaciones yo he hecho el esfuerzo supremo de sentarme en mi sofá a ver Predicador para traeros hoy el análisis del octavo capítulo de esta serie. Y no es la primera vez que realizo esta hercúlea hazaña, si queréis ver las anteriores, este es el lugar. Vamos allá.

Tras un flashback en el que vemos a toda su familia morir en un teleférico vestidos de forma ridícula, observamos el declive de Odin, que ha abierto a su hija en canal y a una vaca, con sus propias manos, solo para descubrir que por dentro de ambas solo hay carne. El padre John Custer no es de mucha ayuda, y suponemos que de ahí el rencor que siente Odin por Jesse.
En el presente, Odín y su séquito están asediando la iglesia del Predicador, pero todo lo que reciben de este es una brutal paliza tras otra. Jesse está triste y deprimido por el tema de Eugene, por todo aquello de haberlo enviado al infierno y tal. Al final, desesperado y borracho, le pide a Dios que se lo devuelva a cambio de no volver a usar el don. Y, como por arte de magia, allí está Eugene, que nos explica que el infierno no queda tan lejos, ni está tan vacio como imaginamos.

A las afueras de la iglesia, Odin trata de convence a los suyos de que no tendrán una nueva zona de restauración mientras no derriben la iglesia. Y dentro de esta, tras una intensa conversación sobre las consecuencias de sus actos, y sobre por qué los ángeles no permiten a Jesse quedarse con Génesis, el Predicador se da cuenta de la amarga verdad. Se da cuenta de que en realidad Eugene no ha vuelto del infierno, y solo está en su cabeza. Lo cual es una putada por que ha llamado al Sheriff para decirle que su hijo está bien.
Mientras, vemos a Tulip comprando un perro. La siguiente escena no es tan rara: solo es el alcalde siendo mangoneado por la camarera sosaina, que no hace mas que gritarle y mirarle como si fuera un acosador mientras el le hace las tareas del hogar y se ocupa de sus hijos. Pues sí, mientras la camarera sosa se va a ver que pasa en la iglesia, el acalde del pueblo hace de taxi para sus hijos.

Y mientras, en la iglesia, la batalla campal entre Odín y el predicador se recrudece. Tenemos cócteles molotov, apisonadoras que explotan, cuchillos que vuelan y hombres a los que les arrancan el pene de un disparo. Lo que yo llamo un lunes cualquiera. En mitad de esto, llega el Sheriff. Odin le hace creer que ha perdido la chaveta (y puede que no vaya muy desencaminado) y el Sheriff le pregunta que que quiere. Y se lo traen. Se los traen, por qué Jesse Custer quiere a los ángeles.
A las afueras de la iglesia el Sheriff y Odin hablan sobre «el suelo sagrado» mientras la gente se reúne y algunos hasta montan un pícnic. Dentro, los ángeles informan a Jesse de que hay una manera de que Eugene vuelva del infierno, pero no se lo dirán hasta que no les devuelva a Génesis. Otra vez fuera, el alcalde intenta la forma rastrera de ligar: convence a la camarera de que él es el mejor de dos malos.

De nuevo fuera, Odín habla a sus hombres (con muy poco tacto, como es costumbre en él), mientras su mano derecha se retira tranquilamente y se suicida en el maletero de su coche. Mientras, a Jesse le hacen el exorcismo mas cutre de la historia. Tan cutre es, que después de salir, Génesis rompe su acogedora lata de café y vuelve a entrar en Jesse. A todo esto, los ángeles se piran sin decirle al Predicador como sacar a Eugene del infierno.
¡Otro que vuelve del infierno! Así es, el ayudante de Odín, que acaba de suicidarse, vuelve a por Jesse. Y resulta que no se ha suicidado, solo se ha volado los oídos. Y cuando parece que todo va mal, el Predicador comprende que salió mal con Odín, y trata de cambiar el juego a su favor. Y mientras Tulip sigue jugando con su nuevo perro. ¿Queréis saber por qué? Para que esté tranquilo cuando Cassidy se alimente de él. Por que aúnque no parezca en este capítulo (grave error), Cassidy sigue con vida.

El capítulo acaba con un tranquilo Jesse Custer en el coche del Sheriff. A lo cual solo me queda preguntar ¿Que narices pasa?



