Crítica de Ad Astra: La noche oscura del alma de Brad Pitt

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En una futura época de grandes esperanzas y conflictos, la raza humana por fin ha decidido dirigir su mirada hacia las estrellas en busca de vida inteligente. Tras un cataclísmico accidente global producido por una ola de energía dirigida a la tierra, el astronauta Roy McBride (Brad Pitt) tendrá que recorrer el sistema solar en busca de su heroico y desaparecido padre (Tommy Lee Jones) que podría tener la clave de la salvación o destrucción de nuestro planeta. Esta es la premisa de la nueva película del director James Gray (El sueño de Ellis, Z, la ciudad perdida) que nos presenta una propuesta que, si bien en principio parece derivada de la nueva ola de ciencia-ficción ‘dura’ cinematográfica que dio arranque con Gravity y continuó con filmes como Interestellar o El Marciano, pronto se revela como una de-construcción del género y sus elementos tópicos, sumergiéndonos en un oscuro viaje literal y figurativo en los zapatos de un hombre incapaz de dejar ir el recuerdo de su padre. 

Nuestro protagonista, Roy, un Brad Pitt en estado de gracia que lleva de manera hercúlea el peso de esta película a sus espaldas, es el ejemplo perfecto del cowboy espacial, ese astronauta estadounidense que a todos nos viene a la mente cuando rememoramos el alunizaje y las misiones Apolo, una figura apuesta de mandíbula cuadrada con nervios de acero y capaz de resolver cualquier problema que se le ponga por delante. Sin embargo, Ad Astra nos mete directamente dentro de la psique de su protagonista y propone un giro: ¿y si todas esas cualidades que admiramos no son tan beneficiosas como creemos, sino que radican en el trauma de una persona dañada y apartada de la humanidad? Aunque los altos mandos militares de SpaceCom –la agencia espacial gubernamental de este futuro alternativo- se enorgullezcan de que el pulso de McBride nunca suba de las 80 pulsaciones hasta en las situaciones más extremas, el tormentoso dialogo interior del protagonista que podemos oír a intervalos durante la totalidad del metraje, nos indica que la procesión va por dentro. 

Y es que a pesar de poder parecer estar hecha a partir de retales de diferentes películas de ciencia ficción que reconocemos, por aquí un poco de 2001, otro poco de Gravity y una pizca de Interstellar (el magnífico director de fotografía de aquella cinta de Nolan, Hoyte Van Hoytema, repite aquí con estupendo resultado) Ad Astra no se preocupa de explicarnos cómo funcionan los agujeros de gusano, las órbitas celestes o la supervivencia en el vacío cósmico. Siempre se ha comentado que la ciencia ficción es impopular entre los actores y directores de alto standing porque se preocupa más de ideas y conceptos, mientras que los profesionales del cine y las audiencias suelen buscar la emoción, siendo un caso ilustrativo Matthew McConaughey que se subía a Interstellar únicamente al saber que interpretaría un papel dramático y familiar. Pues bien, Ad Astra es un caso paradigmático de esto mismo, una película en la que la ciencia ficción no es más que un decorado preciosista en el que se desarrolla una emocional historia de amor paterno-filial en la que lo más científico que escucharemos serán términos lanzados al aire como ‘antimateria’, ‘heliosfera’ o ‘ecuación de Drake’. No es un filme inclinado a satisfacer a aquellos interesados en las vicisitudes del viaje espacial. 

Dicho esto, nos encontramos ante una película con muchas virtudes entre ellas un reparto estelar, nunca mejor dicho, con actores del calibre de Donald Sutherland o Tommy Lee Jones acompañando a Pitt, así como un par de pequeños y sinceramente ingratos papeles para la buenas de Ruth Negga y Liv Tyler que cuentan con un tiempo en pantalla francamente ridículo. A nivel técnico estamos ante una película notable en todos los sentidos, con una estética espacial que a ratos nos recuerda a Alien o 2001 pero que también cuenta con deliciosos escenarios retro-futuristas de lo más barroco como los que podemos ver en la base marciana, donde la arquitectura tipo Art Deco se une a hipnóticas proyecciones en las paredes que generan una sensación casi surrealista. 

Estas representaciones visuales no son ni mucho menos baladíes ya que acompañan perfectamente al trayecto interno de McBribe, un oscuro y solitario viaje a través del vació espacial que a ratos nos puede recordar al corazón de las tinieblas de Joseph Campbell, o a su adaptación en cine: la Apocalypse Now de Coppola, con unos Willard y Kurtz reformulados en el protagonista y su padre, ambos embarcados en sendos viajes personales a través de un oscuro río plagado de estrellas, hacia las fronteras de la civilización. Y es que ese elemento de frontera y nuevo mundo están presentes en el universo de la película, con unas planicies lunares que se nos presentan como campos de batalla atacados por bandidos en busca de los ricos recursos del satélite, o habitantes de marte que nunca han tenido el placer de visitar la tierra, conceptos interesantes que tristemente se tocan únicamente de forma superflua. Sin embargo, el elemento más valiente del que trata la trama es el de la vida inteligente, o la posible ausencia de esta. Como decía Carl Sagan, tanto encontrar a nuestros hermanos estelares como averiguar que no existen sería igualmente aterrador, pero en la segunda instancia entender que únicamente nos tenemos los unos a los otros debería resultar transformador, algo en lo que Ad Astra hace hincapié. 

En conclusión, estamos ante un filme de calidad impecable hecho por y para Brad Pitt en el que el actor brilla con luz propia. Se ha comentado que los verdaderos protagonistas no son los paisajes espaciales, sino sus ojos, y no puedo más que estar de acuerdo. Un viaje personal hacia el fondo del alma humana que cuestiona nuestro lugar en el universo y examina lo que realmente da sentido a nuestras vidas. No estamos ante una película que satisfaga los antojos de los fans de la ciencia-ficción más trascendental y rigurosa, pero si una que hará las delicias de aquellos que busquen una historia introspectiva y psicológica, lenta en ocasiones, que cuenta con una magnifica banda sonora a cargo del genial Max Richter y unos toques de thriller que consiguen que no se haga aburrida en ningún momento.  



el autor

Graduado en Estudios Ingleses por la Universidad Autónoma de Madrid. Aficionado a la literatura, el arte, el cine y el mundo de los videojuegos, con una especial predilección por el género de ciencia ficción en todos los medios.

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