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Crítica de Barreda (2026), el escalofriante y real caso del odontólogo que asesinó a su familia

Está disponible en Prime Video la película argentina Barreda (2026) que, dirigida por Daniela Goggi, se basa en un caso real que en su momento conmocionó a la opinión pública de su país de origen cuando un “respetable” odontólogo de la ciudad de La Plata asesinó a sangre fría a su esposa, suegra e hijas.

La sociedad argentina se vio sacudida allá por los primeros noventa con el cuádruple crimen que tuvo como protagonista al odontólogo Ricardo Barreda y como víctimas a su esposa, suegra y dos hijas. El caso fue en su momento uno de los más mediáticos y ocupó por meses los grandes titulares, al igual que el juicio posterior que condenó al asesino a reclusión perpetua. Con dirección de Daniela Goggi (Abzurdah, El Hilo Rojo, El Rapto), es una película que, más que la reconstrucción puntillosa de los hechos, busca dar voz a quienes ya no la tienen. La cuestión, claro, es si lo consigue.

Para ubicar en contexto, el hecho tuvo lugar en una residencia familiar de la ciudad de La Plata que el domingo 15 de noviembre de 1992 se convirtió en escenario de horror cuando un odontólogo reconocido y vecino aparentemente incuestionable asesinó a tiros con escopeta a su esposa Gladys (57), su suegra Elena (86) y sus dos hijas Cecilia (26) y Adriana (24), respectivamente odontóloga y abogada.

El problema para llevar a la pantalla una historia como esta, claro, es que el autor de los hechos termina por ser único testigo. “Si todos fueron asesinados – se lee al inicio del filme- , ¿quién cuenta la historia? El asesino?”. Esa es precisamente la consigna y la historia conlleva, por ende, una lógica parte de ficción, especialmente a la hora de recrear la dinámica familiar. Lo que se cuenta, en definitiva, es lo que podría haber ocurrido en contraposición con lo que el propio implicado contó.

Es que, durante el juicio que se llevó a cabo, la defensa insistió no solo en la inimputabilidad del acusado aduciendo desequilibrio mental, sino también en las agresiones verbales de las que supuestamente era objeto por parte de su familia, incluyendo epítetos que ponían en duda su masculinidad. Algo de lo cual, por supuesto, es imposible que exista evidencia.

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Y la particular psicología de Barreda le convirtió por aquellos días, de modo llamativo, en una figura casi pintoresca para los medios y la opinión pública, generando gracia en algunos (de haber existido los memes hubiera sido sin duda objeto de unos cuantos) o hasta simpatía en otros, aunque no recuerdo que de una manera tan exacerbada como la película da a entender.

No me parece, por ejemplo, que haya llegado en aquel momento al punto de ser visto como ídolo popular o algo por el estilo, aunque sí es cierto que se le rodeó de una aureola mítica y hasta se le dedicaron canciones (si no lo creen, pinchar aquí y, por favor, leer los comentarios). Y lo peor es que no sorprende cuando hemos visto gente, incluso artistas, lucir en sus casacas el rostro de Charles Manson.

A pesar de que las escenas del juicio y, especialmente, las declaraciones vertidas durante el mismo estén reproducidas de manera prácticamente textual (al menos, según recuerdo), el filme evita deliberadamente caer en el tono documental e incluso en la cronología lineal. La historia, por el contrario, elige el camino de la deconstrucción y, como tal, va y vuelve permanentemente de tal modo que el cuádruple asesinato, desgarrador por cierto, ocurre casi sobre el final.

La película incurre en algunos lugares comunes, como el del psicópata melómano que escucha música clásica a volumen atronador, y se busca destacar el componente sádico del personaje (ya en la escena inicial le vemos disfrutar de matar una rata), o bien el autoritario, lo que se aprecia en la insistencia en mostrar su Ford Falcon de color verde, semejante a los que usaba la dictadura argentina para los operativos de secuestro y desaparición de personas.

A pesar de que no guarda un gran parecido físico con Barreda, es magnífica la interpretación de Luis Machín, un inmenso actor que merecía de una vez por todas un papel protagónico y que es además un gran especialista en encarnar a personajes detestables o desequilibrados, haciendo su estilo acordar mucho al de esa otra gran gloria del cine y teatro argentinos que fue Ulises Dumont.

Carla Peterson está correcta en el papel de Gladys y Mercedes Morán en el de Elena, como también Maite Lanata y Margarita Páez (hija del músico Fito Páez) en los de las hijas aunque, a decir verdad, el guion no da a ninguna de las cuatro el tiempo en pantalla ni el desarrollo suficiente para explorar y conocer a fondo sus personajes, residiendo quizás allí la principal contradicción de la película.

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Es cierto que se sabe poco sobre los personajes femeninos de la historia y el propio filme, casi como pidiendo disculpas, se encarga de aclararlo al final. Pero también lo es que el mismo se centra de manera tan marcada en la figura de Barreda que no permite desarrollar a fondo la implícita consigna inicial de dar voz a quienes no la tuvieron en relación con tan terrible y luctuoso suceso. Y no deja de ser una paradoja considerando que persigue, justamente, una perspectiva de género.

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Se me ocurre que quizás tanto la directora como los cinco guionistas (entre los cuales está ella misma) hayan sentido temor de que profundizar al respecto pudiese ser confundido con dar algo de razón a los argumentos en aquel momento esgrimidos por la defensa del asesino, pero creo que es un error.

Se hace difícil, desde ya, conseguir un equilibrio entre los hechos objetivos, lo que Barreda percibió o recordó de los mismos y lo que su defensa exageró o directamente inventó para utilizarlo como estrategia. Cuánto fue cierto de lo que se dijo nunca lo sabremos, pero la pregunta es si aun en el supuesto caso de que lo fuese, justifica ello un acto tan frío, cobarde y desalmado. La cuestión no es si le creemos o no a Barreda, sino si queda redimido en caso de que la historia que contó sea cierta. Y si pensamos que sí, estamos en un problema…

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Es un planteo incómodo, desde ya, porque se suele incurrir en la equivocación de que el solo preguntárselo es entrar en la apología, pero plantea una reflexión bastante más interesante al hacernos remover y repensar nuestros propios valores.  No importa si el asesino estaba loco o si realmente lo agredían de manera verbal; lo que hizo no merece perdón ni lástima sino la condena, ya sea jurídica o social.

Si por miedo a justificarlo, dejamos fuera de ecuación cualquier supuesta agresión en su contra de la que no hay prueba alguna, corremos precisamente el riesgo de justificar de manera tácita el próximo caso parecido en el cual sí la haya. Y ninguna palabra dicha, por fuerte que sea y real o no, avala un asesinato y menos aun cuatro…

Por cierto, Barreda fue condenado en 1995 a reclusión perpetua e increíblemente formó después pareja con una mujer a la que conoció por carta (aunque no tan increíble si volvemos a pensar en Manson, con quien ocurrió algo semejante). En 2008 consiguió el beneficio de la prisión domiciliaria y en 2011 la libertad condicional por un tecnicismo que no viene al caso, pero que está relacionado con la particular forma de contar los años durante los cuales estuvo recluido. Falleció en un hogar geriátrico en 2020 y a su entierro no asistió absolutamente nadie.

En conclusión, Barreda no es para nada una mala película. Sin alcanzar el nivel de Abzurdah (2015), de la misma directora, está no obstante bien narrada, tiene un interesante manejo del tiempo y, sobre todo, una enorme actuación de su protagonista principal. Podría haber sido mucho más de haberse atrevido a una mayor osadía en el planteo y desarrollado más a sus personajes femeninos, en definitiva las víctimas que no tuvieron voz.  Y que siguen sin tenerla…

Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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