Hasta el último hombre, los principios de la no violencia en la brutalidad de la guerra

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Mel Gibson ha vuelto a Hollywood con una impresionante superproducción bélica. El director ha levantado muchas expectativas ya que, por motivos antisemitas que todos sabemos, necesitaba redimirse y presentar un producto notable. Lo ha logrado. Hasta el último hombre emociona por su trama, por la férrea convicción de un joven que no quiere matar, pero es posiblemente la película más salvaje y gore que se ha presentado para el gran público en mucho tiempo.

Un hombre que odia las armas

Hasta el último hombre narra los hechos acontecidos durante la batalla del Acantilado de Maeda en Japón, durante la Segunda Guerra Mundial. Ahí perecieron varias compañías del Ejército de los EEUU y ahí es donde el soldado Desmond T. Doss, objetor de conciencia, decide seguir asumiendo el mandamiento “no matarás” como inquebrantable. Así es: un soldado, voluntario, decidió que no quería arrebatar vidas sino salvarlas. Y es para justificar esta decisión que tenemos un primer tercio de la película conociendo al protagonista, que es interpretado por Andrew Garfield, más conocido como Spiderman (o el “amazing spiderman”).

El actor cumple y nos convence de sus motivaciones, y logra que sus seres queridos le apoyen en esta extraña decisión de ir al frente sin armas. Como toma esa decisión por estar convencido de unos preceptos religiosos tenemos que asumir que hay un trasfondo de fe, que es lo que mueve al protagonista. Y, lógicamente, lo que hace que el resto de soldados y oficiales alucinen. Pero entonces va a la guerra y se  pone a salvar a decenas de heridos. Et voilà: tenemos un héroe. Pero el camino hasta ser reconocido como tal está lleno de sangre, vísceras y muertos por doquier.

Andrew Garfield, salvando gente en una charcutería japonesa

Una carnicería brutal

Para demostrarnos que las convicciones son muy difíciles de mantener cuando estamos en situaciones extremas, acabamos asistiendo al frente de batalla más brutal de la Segunda Guerra Mundial. Y con ello al largometraje más bestia que ha presentado Hollywood en muchos años. Es cine bélico sí, y sabemos a lo que vamos, pero es que parece que hay una competición por ver quién recrea mejor el infierno de la guerra desde que Salvar al Soldado Ryan subió el listón de golpe en el 98. Años más tarde, Fury volvió a apostar por lo bestia en el 2014 con Brad Pitt a bordo de un tanque. Ahora, Hasta el último hombre no duda en mostrar constantes mutilaciones y barbaridades para convencernos de lo complicado de mantener la decisión de no matar. Un contraste que funciona pero que no es apto para sensibles. Rara vez, en los biopics de pacifistas convencidos, se ha visto tanta sangre. Quizás la última vez fue con la Pasión de Cristo, también de Mel Gibson.

Los demás involucrados en esta película también elevan el nivel: Teresa Palmer en el papel de enfermera enamorada, Hugo Weaving como padre alcohólico y torturado por el pasado, y un sorprendente Vince Vaughn en el papel de sargento duro pero como nos tiene acostumbrados a comedias y chorradas resulta más gracioso que otra cosa. Parece que desde que participó en la segunda temporada de True Detective nos quiere enseñar un lado más serio, pero es que ni en una peli con tantas carnicerías lo logra.

Vince Vaughn resulta gracioso incluso pegando tiros

Lo malo es que el arranque es lento, incluso con cosas innecesarias. Hasta que llegamos al punto crucial de la película pasa demasiado tiempo. Y luego el final es muy abrupto. Pero, finalmente, el resumen de su hazaña es frenético y brutal. Los amantes del cine bélico disfrutarán (o sufrirán, dado su realismo).  Ahora los interesados en los largometrajes de la Segunda Guerra Mundial tendrá que esperar a Dunkerke, de Christopher Nolan, que también promete.



el autor

Periodista, con lo bueno y con lo malo. Amante de la historia, la actualidad, la tecnología, los videojuegos, los viajes y la música.

2 comentarios

  1. Fernando Vílchez el

    Personalmente, la mejor de todas las películas que he visto en 2016. Sí, la primera parte es típica y tópica, pero Mel Gibson la eleva por encima de la media. Sin embargo, como bien dices, es en el frente donde la película pasa de buena a extraordinaria. Parece fácil, pero recrear el caos y la confusión de la guerra y que, a la vez, los espectadores no se pierdan en la batalla es muy complicado. Pero Mel lo consigue. Bravo.

    • Muy de acuerdo, tanto contigo como con Miguel. Mérito doble para una película que además llega cuando parece que todo ha sido inventado ya en el género. Saludos.

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