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Héléna, de Jim y Lounis Chabane. Qué romántica es la adolescencia perpetua (o no).

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Si algo que une a todo aficionado a algo es la obsesión. No hablamos de la persona que de vez en cuando ve un partido de fútbol de su equipo favorito, se pone a ver una serie que le gusta o incluso se atreve a leerse un libro. Hablamos del que se sabe las fechas de los siguientes 15 partidos de su equipo, tiene un calendario con las 8270 series que está siguiendo y se come la cabeza porque la pila de libros a leer empieza a ser más alta que él mismo. El cariño a las cosas puede en un tipo determinado de personas terminar siendo obsesión. De eso sabemos muchos los pesados que compramos cómics, en los que este tipo de personalidad es más o menos común. No nos engañemos: lo de comprarse varias ediciones del mismo cómic o comprarse una colección durante años aunque sea un horror reptante (cof, Spiderman, cof) tiene que ver con esto. Mira que si este mes remontan en Spiderman. Mira que tengo que tener todos los tomitos con sus números seguidos. Ayh, ayh, que se nos va el tomo ese de edición limitada. En fin, no descubro nada: entre lo que en tiempos remotos llamamos «frikis» hay toda una tendencia a la ansiedad, al fetichismo (el olor de las páginas, aah) y a la obsesión.

Yo me alegro que, en parte, eso se haya ido. Los que ya no somos jóvenes hemos aprendido o quizás el cerebro ha envejecido sin ningún mérito por nuestra parte, pero el hecho es que con la edad las emociones no son tan intensas. Ni hay el desparrame aquel cuando las cosas salen bien ni te hundes en plan emo si algo sale mal. Las cosas te afectan, pero te estabilizas algo emocionalmente. En este fase muchos dejan de leer cómics, abandonan lo de los videojuegos poco a poco y, en general, abandonan lo del «frikismo». O lo rebajan mucho. Te haces mayor, tienes menos tiempo y te das cuenta que hay cosas más importantes que tu ocio y tu ombligo. Casi nadie quema todo, pero casi siempre hay un grado de separación de todo lo anterior. Lo que se dice madurar, vaya.

Ah, madurar. Qué bonito suena. Lo dices y parece que ya has hecho algo: «he madurado». Entra uno en ese momento de la vida en que hay que plantearse si tatuarse la cara de tu hijo en un brazo es un acto de amor precioso o un párrafo más de los papeles del juicio en el que intentarán quitarte la patria potestad. Pero antes de tener hijos, hasta el día de hoy, es necesario estar con una mujer, al menos. Y antes de los grandes debates sobre la paternidad, la madurez y demás está el eterno problema de madurez previo: las relaciones con las mujeres. De eso va el cómic del que vamos a hablar hoy, Héléna, de los muy franceses Jim (guión) y Lounis Chabane (dibujo). En España lo ha sacado hace nada la editorial ECC en un tomito autoconclusivo.

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Al principio pensé poner esta imagen y escribir: «…y este es el resumen del libro, ¡cuánta gloria!»

Para empezar, veamos qué podemos ver en la contraportada de dicho tomo de 160 páginas. Es decir, cómo se nos anuncia el cómic según lo vemos en la tienda:

Desde que estaba en el colegio, Simon ha querido en secreto a Héléna. Algunas personas son así. Aman a alguien a quien no son capaces de acercarse por pura timidez. Pasan los años. Simon ya es adulto. Héléna también. Y ahora es aún más intimidante que antes. ¿Y si…? ¿Y si Simon le ofreciera a Héléna 1.000 euros al mes a cambio de tres horas de su presencia cada jueves por la tarde? Sería solo para conocerse, nada más. Solo para conocerse mejor.

Y encima de lo anterior:

Las relaciones amorosas son complicadas. Especialmente cuando uno de los dos no quiere.

Como amante de los relatos llenos de patetismo personal (consciente o no) no pude más que hacerme con él. El inicio de la historia cumple con lo prometido: el protagonista se va a casar, es el día de su boda. Pero antes de entrar a la iglesia, ve a la mujer de la que ha estado enamorado toda su vida antes de estar con su actual novia: Héléna, una mujer rubia de pelo largo dibujada con toques que recuerdan a las mujeres de Manara (no podríamos vender mucho algo así sin una dosis de pajillerismo, la verdad). Tras hablar con ella un momento (con todo el mundo en la iglesia esperando y su futura esposa embarazada) descubre que ella ESTÁ DIVORCIADA. Lo que viene a continuación es más que previsible: entra en la iglesia, no da el «sí, quiero», se monta un lío y no hay boda. En el mundo real la mayor parte de afectados por algo así simplemente sonreirían, pasarían mucho o a lo máximo abusarían de sí mismos en honor a la muchacha objeto de obsesión. Pero entonces se nos fastidia la historia: hay que buscar la justificación a esto de otro modo. Al fin y al cabo, lo de la racionalidad, la normalidad o la madurez no es obligatorio. A veces da buenas historias, yo qué sé.

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Como si fuera una novela de Lovecraft, al protagonista le llueve el dinero de su padre, que se ha muerto. Y luego empieza la locura. Se compra una señora casa y no sabe qué hacer con tanto dinero (es en este punto en el que suponemos que no le gustan los cómics ni vive en España. Señores/as de la editoriales: saquen sus drogas más espaciadas, que no nos da el presupuesto). Hace junto a su amigo algo tan maduro como irse de putas tras haber dejado a su novia embarazada en el mismo altar y justo después de haberse muerto su padre. Como, en definitiva, el espectáculo hace casi imposible empatizar algo con el personaje principal el autor sale al rescate de su historia y alude a la parte esencial de nosotros: la introversión, la timidez, la técnica de «miro y espero» como la más frecuente para relacionarte con las mujeres que te gustan. Vemos escenas que muchos hemos vivido: lo de ver a la chica amada bailando con otros, liándose con otros, escenas de «miro y espero«, arrebatos de valentía consistentes en meter notas amorosas en su mochila, etc. En fin, todo el pack de friki clásico pre-internet. Al final el protagonista sigue siendo un niñato inmaduro emocionalmente, pero oye que en el pasado fue uno de nosotros. Ojito, que ése podrías ser tú.

Bueno, no seguiremos desvelando el argumento (en realidad sólo hemos contado el principio, que nadie tema). Decir sólo que la famosa oferta será, tras enfados, aceptada y se verán tres horas de cada jueves. Las cosas son difíciles pagando por hablar, pero usando el viejo truco de usar perros y mascotas nuestro protagonista consigue que ella abra un poco su corazón. ¿Es exagerado? Todo el tema del amor por los animales hace mucho que se fue de madre, hasta el punto de ser un tema que puede descalificar a alguien como posible pareja para muchas mujeres en función de lo que se opine: no he observado el mismo fenómeno en los hombres. Hay aquí un punto sucio pero agudo del guionista, no sé si consciente o no. A pesar de esto, los dos se irán conociendo, más o menos, con un peso cada vez menor de la introversión de nuestro protagonista, que se siente cada vez más suelto, más hablador y más seguro de sí mismo. Al final, amigos introvertidos, tímidos, antisociales y frikis, nuestro problema no era habernos costado hablar con las mujeres que nos gustaban en algún momento de nuestras vidas. Nuestro problema era ser pobres y no poder pagar a nuestro objeto de obsesión (insistimos: OBJETO) por aguantarnos dar la chapa. Por oírnos a nosotros mismos en compañía de alguien. Claro que es caro: como que solemos ser un cognazo con nuestras obsesiones cuando nos soltamos («¿en serio no sabes lo que es Jojo´s Bizarre Adventure, cariño?»). A lo peor había algo de eso en nuestro poco éxito: nos costaba hablar y cuando nos soltábamos era como para huir.

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De nuevo, y no sabemos cómo, el cómic nos da alguna esperanza. Como siempre pasa, la chica que teníamos en mente como un ángel perfecto no es tanto. Al bajar a la Tierra, se hace mortal. A veces incluso cae más abajo y…oye, que incluso puede que sea todo lo contrario a buena. ¡Incluso puede que lo reconozca! Es el eterno problema, que aquí aparece muy bien reflejado, de nunca poner nuestras ideas en práctica. En la cabeza todo funciona bien, fluído, perfecto, tal y como pensamos. Pero en la realidad hay leyes físicas, sociológicas, biológicas e incluso hay decisiones de la gente. Vaya, que lo controlamos pasa a ser casi insignificante. Y los resultados cambian algo. Es el gran problema de no hablar con quien queremos hablar o no hacer lo que queremos hacer nunca, a ver si se nos fastidia. Madurar es, en parte, darte cuenta de que las cosas en la cabeza puestas en práctica tienen consecuencias, malas, buenas, neutrales y desconocidas. Estar en la adolescencia es lo opuesto: creer que sólo importa tu ombligo y que la película de tu cabeza es la realidad. Y que como no salga como en tu cabeza vas a dejar de respirar hasta que se cumpla. El protagonista irá aprendiendo esto en su relación (por decir algo) con Héléna, a las malas, por supuesto. No detallaremos el cómo para no estropear sorpresas a nadie. Pero incluye terceras y cuartas personas. Que nadie se asuste, que la historia está contada de un modo vergonzosamente sencillo y cualquiera puede seguirla sin dar marcha atrás a páginas para ver quién era quién. Le podemos criticar otras cosas, pero el guionista no narra mal.

El dibujo nos muestra una Francia luminosa, unos colores cálidos, unas habitaciones enormes con unos colores que dan ganas de meterse en las viñetas a retozar como un osezno. Héléna, la deseada, está dibujada, como hemos dicho antes, muy manariana. Aunque no tan sensual como aquellas, tiene un punto sórdido mayor. También como personaje es menos encantador que las creaciones de Manara: la conducta de Héléna es mucho más comprensible que la del protagonista. De mundanos que son sus pensamientos es hasta decepcionante. Pero hay que apoyar al guionista en este punto: realmente los amores platónicos son así. Se tienen por gente muy normalita a la que subimos a un pedestal. Gente vergonzosamente común con defectos (a veces conocidos perfectamente) muy comunes. Por mucho que sean mujeres u hombres atractivos sexualmente. Quizás es de lo mejor del cómic: qué cosas va haciendo y pensando ella, que con todo el habitual jaleo y confusión que pueda tener ella en la cabeza (¿y quién no?) no escapa nunca de cosas más o menos esperables. Hace más humillante ese haber subido a los cielos a alguien que es, como persona, muy mundano y nada excepcional.

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Como pasa con todo introvertido, tímido y demás, la falta de costumbre a la hora de socializar pasa factura. Aquí el cómic refleja a la perfección una gran verdad: acostumbrado a no hablar mucho o nada, el introvertido o tímido puede llegar a un estado de borrachera psicológica cuando habla mucho con alguien o descubre que, vaya, es capaz de hablar con alguien mucho tiempo sin tener miedo. Se lanza, habla más de la cuenta, se porta de manera torpe, puede terminar pareciendo gilipollas: no está acostumbrado a manejarse emocionalmente con todo lo que pasa cuando hablas con alguien que te gusta o cuando eres protagonista. Y metes la pata, porque no estás acostumbrado y te sales de la carretera. El protagonista hará todo esto, tal cual, respetando los orígenes del principio, en los que un tímido radiactivo le mordió en la mano, pasando a tener los poderes proporcionales de un tímido (sí, esto último es falso, pero hubiera sido divertido).

Tal y como hizo nuestro adorado y también muy francés Michel Houellebecq en su libro «Plataforma», los autores intentan salvarnos de un final gris y muy corrientito con un impacto salvaje y casi aleatorio al final de la historia. Si bien en «Plataforma» el hecho que sucede casi al final tiene sentido en uno de los mensajes que trata de hacer llegar al lector desde el inicio, en el cómic queda un poco más como un «vamos acabando, que ya cansa«. Este tipo de cosas que van de hacernos ver que el mundo es caos y locura en esta sacrosanta casa nos encantan (somos fans de Lovecraft y Zack Snyder: uno lo hacía voluntariamente, el otro involuntariamente). Pero las cosas deben hacerse bien. Siempre. Allí donde en «Plataforma» el protagonista no hacía más que dar gracias a «la suerte» que había tenido al encontrar a su pareja tenía sentido que el azar (vamos a llamarlo así) fuera decisivo después. Es decir, se va preparando el terreno y el tema antes. Aquí suena a absurdez para poder terminar con un final que es complicado saber si es romántico, triste, patético o todo a la vez.

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¡Sí, una parte es el clásico «hay que parar esa boda»! Aunque hay que reconocer que el final de esa parte no es típico ni tópico.

Por acabar, el cómic empieza con una escena totalmente tramposa, como puede verse al avanzar la historia, y continúa con las trampas hasta el mismo final. Hay momentos brillantes y poco expuestos en la literatura o el cómic sobre la forma de madurar (o no) de los que venimos de una adolescencia de introvertidos, tímidos o raritos que hablan poco, en suma. También muchos momentos de vergüenza ajena, glorificación de la adolescencia emocional en la edad adulta y poca justificación de más de una acción. Es cierto, lo de la racionalidad no siempre es la norma, ni en los adultos. Pero la suma de tanta conducta irreflexiva parece más un canto a la inmadurez en la edad adulta disfrazado de romanticismo. Hay gente que es así, vaya, tampoco vamos a pedir costumbrismo por todos los lados, pero el sentido artístico final de tanto bandazo se me escapa muchísimo. Es una pena por el muy cálido y relajante dibujo y  color. También por las muy agudas pildoritas de palos a los que hemos sido (y puede que sigamos siéndolo) introvertidos o tímidos.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.
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