En mayo de 2001 tenía lugar el estreno de Pearl Harbor, drama bélico y romántico que, dirigido por Michael Bay, se convirtiera en su momento en la película más cara de la historia con un elenco coral encabezado por Ben Affleck, Kate Beckinsale y Josh Hartnett. Hacemos repaso…
Bienvenidos una vez más a un nuevo retro-análisis, hoy para hablar de un filme que está en estos días cumpliendo veinticinco años de su estreno. Después del éxito arrasador de Titanic (1997), los ejecutivos de Disney estaban interesados en emular tal suceso con un filme que, al igual que la película de James Cameron, combinara reconstrucción histórica y melodrama romántico, fórmula que, al parecer, funcionaba. La idea que tenían Michael Bay y Jerry Bruckheimer calzaba a la perfección, pues consistía en rodar una historia de triángulo amoroso en el contexto del bombardeo a Pearl Harbor, próximo en ese momento a cumplir sesenta años.
Haciendo un poco de historia al respecto, el 7 de diciembre de 1941 marcó un claro punto de quiebre para el curso de la Segunda Guerra Mundial, ya que llevó a los Estados Unidos a abandonar la neutralidad tras el ataque “sorpresa” del Imperio del Japón. El tema había sido tocado tangencialmente en filmes como De Aquí a la Eternidad (1953) o La Batalla de Midway (1976), pero sin duda fue Tora! Tora! Tora! (1970) el que lo hizo de manera mucho más central, siendo para muchos la película definitiva sobre Pearl Harbor.
El guion fue encargado a Randall Wallace, responsable previamente de dos producciones de cierta base histórica, como Braveheart (1995, aquí retro-análisis) y El Hombre de la Máscara de Hierro (1999), valiéndole el primero de ambos incluso una nominación al Oscar y coincidiendo el apellido del personaje principal con el suyo.
Michael Bay, por su parte, venía para entonces de éxitos de taquilla como La Roca (1996) o Armageddon (1998), la cual sirvió como puente directo para que Ben Affleck pasara a formar parte del trío protagónico, aun cuando en algún momento se barajó (y descartó) la posibilidad de Matt Damon. Menos conocido era Josh Hartnett, aunque sí un actor juvenil en ascenso gracias a títulos como The Faculty (1998) o Las Vírgenes Suicidas (1999), quien se quedó con el papel por sobre Ashton Kutcher.
El caso de Kate Beckinsale fue el más conflictivo, por ser británica y porque era una total desconocida para Hollywood, mientras que en su país contaba ya casi ocho años de carrera cinematográfica desde su debut para Kenneth Branagh en Mucho Ruido y Pocas Nueces (1993). Bay la veía “demasiado perfecta” para el personaje que quería (quién lo diría con las actrices que a veces ha elegido), pero quedó convencido al verla actuar y, sobre todo, por lo bien que logró el acento americano, quedándose así ella con el papel para el que fueran descartadas, por ejemplo, Charlize Theron y Gwyneth Paltrow.
El rodaje fue problemático. Touchstone Pictures y Jerry Bruckheimer Films se hicieron cargo de la producción, pero hubo permanentes choques entre Disney y Bay, que debió aceptar recortes presupuestarios a los más de doscientos millones de dólares que pretendía para el filme. El costo terminó siendo de ciento cuarenta y, aun así, era hasta el momento la película más cara de la historia. De hecho, y para poder llevarla a cabo, varios involucrados aceptaron pagos aplazados (es decir, condicionados a posterior recaudación) y hasta el propio Bay debió bajar sus exigencias.
Y no se terminaba allí. Además, Disney exigía una calificación para trece años en lugar de una R, lo que se contraponía con el carácter gráfico que el director pretendía para las escenas de combate, en las cuales quería un tono más cercano a Salvar al Soldado Ryan (1998, aquí retro-análisis). Un par de veces, incluso, se retiró del rodaje con visos de abandono definitivo, pero finalmente aceptó negociar, en parte, según manifestó, porque quería que los adolescentes vieran la película a fin que pudieran tomar conciencia visual de la verdadera significación de Pearl Harbor.
Buena parte del rodaje se realizó en las propias islas Hawái, donde la historia transcurre, pero también en las playas de Rosarito, Texas, donde se simularon con maquetas las escenas navales (mismo lugar en que se había montado el hundimiento del Titanic unos años antes). En cuanto a las que transcurrían a bordo, se filmaron principalmente en el portaaviones USS Lexington y otros barcos igualmente convertidos en museos, como el USS Constellation o el USS Texas.
Y fue fundamental, desde luego, el aporte de la Marina, que impuso incluso algunas condiciones en el guion (no querían llevarse otro chasco como con Marea Roja), entre ellas la de hacer más agradable y menos rústico al mayor Doolittle, referente histórico de la guerra en el Pacífico que en la película es interpretado por Alec Baldwin. Más aún: el estreno de la película tuvo lugar justamente en la base de Pearl Harbor el 21 de mayo de 2001 y, cuatro días después, llegaba al resto de los cines de Estados Unidos.

La Historia
Comenzamos en 1923 y en los campos de Tennessee, donde dos amigos de infancia comparten sus juegos y su amor por los aviones mientras sueñan con abatir alemanes. Sus nombres son Rafe y Danny, teniendo el primero tendencia a proteger siempre al segundo, incluso de las agresiones de un violento padre que ha estado en la Gran Guerra y del cual ya nada volvemos a saber.
Ya de adultos e interpretados respectivamente por Ben Affleck y Josh Hartnett, estamos en 1941 y ambos forman parte de la fuerza aérea estadounidense. Por iniciativa de Rafe, acaban como pilotos voluntarios en Inglaterra, pues al parecer los ingleses no pueden solos contra los alemanes y necesitan a los americanos, todo ello mientras en las altas esferas se discute si Estados Unidos debería seguir neutral o sumarse de una vez por todas a la guerra que se está librando en Europa.
Deben pasar el examen de admisión y a Rafe se le complica por la vista, pero la enfermera Evelyn (Kate Beckinsale), después de pincharle el trasero, accede a hacerlo pasar y él está tan agradecido que termina habiendo romance. Pero pronto se ofrece para una misión en la Francia ocupada mientras Danny es enviado al Pacífico, más específicamente a Pearl Harbor y, por alguna razón, también Evelyn.
La cuestión es que Rafe es dado por muerto en acción, noticia que devasta tanto a su amigo como a su novia, cuya tristeza compartida hace que acaben juntos pero, como no podía ser de otra manera, Rafe no ha fallecido y a la larga se aparece por la base para encontrarse con la decepcionante noticia de que son pareja.
A partir de allí, la historia girará en torno al triángulo amoroso y se alternará con el juego político de la diplomacia y, por supuesto, con la guerra, pues no hay que olvidar que esta es una película que se llama Pearl Harbor y el ataque japonés tardará pero llegará, y cuando lo haga se convertirá en punto de quiebre…
Patriotismo y Clichés
Si algo define la carrera de Michael Bay, especialmente en los noventa y dos mil, es la dualidad entre éxito arrasador en taquilla y maltrato de la crítica. Convengamos que, como realizador, siempre le gustó apostar por lo obvio y es difícil que ello pueda caer bien a quienes busquen en el cine experiencias artísticas más elevadas. Abusa de los sentimentalismos, de los lugares comunes, de la propaganda patriótica (o, peor aun, patriotera) y… por supuesto, de las explosiones. Pero no se le puede negar que lo hace con habilidad.
Es entendible que una película como Pearl Harbor cayera mal no solo a los críticos, sino también a buscadores de rigor histórico o incluso a los veteranos de guerra con los que el filme, paradójicamente, busca congraciarse, pero que lo acusan de subsumir el horror de la contienda bélica en una banal historia de amor telenovelesca teñida a su vez de glamorosa nostalgia por los cuarenta.
Todo eso es válido, desde ya, y la película está por cierto repleta de imprecisiones históricas, como que Rafe caiga al mar en batalla aérea sobre el Canal de la Mancha cuando ya no se libraba allí ninguna para 1941 o que los pilotos japoneses luzcan bandanas con el sol naciente, modalidad adoptada algo más tarde. Ni qué decir del golpe de efecto barato de Roosevelt poniéndose en pie muy alegóricamente cuando la realidad es que para ese entonces, por mucha fuerza de voluntad que tuviese, ya no podía hacerlo.
La diatriba patriótica es permanente y puede llegar a ser irritante para quien no haya nacido bajo la bandera de barras y estrellas que ondea de manera insistente y en cámara lenta mientras ocupa la mayor parte posible del cuadro. Y, desde luego, no hay autocrítica alguna, ni tan siquiera intención de ayudar a entender las acciones del enemigo (lo cual tampoco significaría justificarlas)…
Los americanos son tan nobles que hasta llegan a lo ingenuo porque confían en los japoneses que, por el contrario, son desleales y traicioneros sin que se sepa por qué bombardean Pearl Harbor, salvo una fugaz y perdida referencia al embargo petrolero. Y cuando el bombardeo tiene lugar, se insiste de manera especial en los civiles como víctimas, a quienes no vemos, en cambio, durante el ataque americano contra Tokio (en el que se calcula que murieron unos cincuenta más cientos de heridos) ya que la cámara vuela tan alto como los aviones.
Ojo: no hay que olvidar que Pearl Harbor es de todos modos una película muy correcta, así que tampoco todos los japoneses son malos. Un piloto hace seña desde el aire a los civiles estadounidenses de que se echen al suelo y por allí anda también Yamamoto lamentando haber “despertado a un gigante dormido”, frase de la cual, aun cuando refleje en parte su pensamiento, no hay registro de que haya dicho, sino que fue puesta en boca del célebre almirante japonés por el filme ¡Tora! ¡Tora! ¡Tora! y replicada aquí como si tuviera rigor histórico. Por cierto, Pearl Harbor fue estrenada con cambios de guion para Japón; eso se llama marketing…
La escena de la batalla, con sus casi cuarenta y cinco minutos, es sin duda lo mejor de la película. La combinación de efectos digitales (obra de Industrial Light & Magic, de George Lucas) con otros más artesanales, como el uso de maquetas, funciona a la perfección y Michael Bay está en su salsa al entregar un increíble y vertiginoso espectáculo visual entre explosiones que aquí no necesita justificar (y que ayudan a que no se vean con precisión los detalles sangrientos no queridos por Disney) e impactantes tomas subjetivas montadas sobre bombas o torpedos, como también cámaras en mano que, con su movimiento frenético, aumentan las sensaciones de urgencia, angustia y nerviosismo.

Y como seguramente no era bueno hacer una película épica sobre una derrota, se muestran de manera tan estratégica como clichera algunas “pequeñas victorias”, como Rafe y Danny pilotando intrépidamente a lo Top Gun entre nubes de aviones japoneses y aprovechándose de la estupidez de sus enemigos para hacer que choquen entre sí engañándolos con acrobacias.
El peor y más insufrible lugar común, con todo, es el del cocinero afroamericano (Cuba Gooding Jr.) que, devenido por fuerza de las circunstancias en artillero, derriba una aeronave enemiga y lo festeja como si fuera un doble o un strike. La idea, claro, es que el orgullo de ser norteamericano excede todo color de piel y, de hecho, se da especial énfasis al momento en que el hombre es posteriormente condecorado.

Por cierto, el tema del racismo es abordado muy fugazmente al sernos presentado ese personaje, pero no vuelve a aparecer, como tampoco otro afroamericano. Es como si, atendiendo a las críticas que en su momento recibiera Steven Spielberg por no incluir un solo rostro de ese origen en Salvando al Soldado Ryan, se hubieran aquí prevenido introduciendo al menos uno.
Hablábamos antes de la cámara lenta y ese es un recurso que Bay tiende a usar seguido, aunque, claro, no es Brian De Palma ni Sam Raimi. El uso que hace de la misma es de lo más obvio, apareciendo en los momentos en que alguien llega o se va, como también para mostrarnos a quienes saludan desde tierra a los aviones que salen a defenderles o, por supuesto, con el ya mencionado flamear de la bandera al viento del Pacífico.
Triángulo Explosivo
La trama de amor es de lo más trillada, pues cuántas veces nos han contado la historia del que ha sido erróneamente dado por muerto y su pareja que inicia una nueva relación al creerlo así. Algunos diálogos dan vergüenza ajena de tan burdos, como cuando Evelyn le dice a Rafe “su mano está muy al sur de mi cintura” y él responde “estoy perdiendo algo de altitud”, todo mientras se supone que bailan en plan romántico.

Pero, extrañamente, y por esa magia indefinible que tiene Michael Bay, la historia del triángulo funciona y nos tiene pendientes. Es cierto que solo Beckinsale se destaca actoralmente mientras que Hartnett está correcto y Affleck muestra sus conocidas limitaciones, pero aún así hay una química especial entre los tres que construye una pequeña historia dentro de la gran historia al alternarse con las discusiones y el juego político en los niveles más altos, lo cual se hace de manera bien dosificada y sin que una trama opaque la otra. Eso sí: sabemos todo el tiempo que el triángulo solo podrá resolverse con la muerte de uno de los tres y así será pero, claro, no diré de quién…
De hecho, quizás sea justamente eso último lo que justifique la necesidad de los cuarenta y cinco minutos finales en los que la historia se estira hasta la “incursión de Doolittle”, que significó en abril de 1942 la primera respuesta aérea al ataque de Pearl Harbor, aunque también es una forma, claro, de que la película no acabe en derrota. Es en ese último tramo cuando Bay pierde el equilibrio entre las dos historias e incluso el personaje del mayor Doolittle (ya para entonces teniente coronel), interpretado por Alec Baldwin, cobra un protagonismo que se condice poco con la escasa participación que hasta allí había tenido.
Y ya que hablamos del elenco, el mismo tiene carácter coral y está tan lleno de figuras que, como suele ocurrir, la mayoría no tienen tiempo u oportunidad de lucimiento. Está Jennifer Garner como una de las amigas de Evelyn y un desaprovechado Dan Ayrkoyd como el ficticio capitán Thurman, lo mismo que el bueno de Tom Sizemore que, eternamente condenado a papeles secundarios mayormente bélicos, da vida a un sargento que aparece muy poco. Más desarrollo tiene John Voight como el presidente Roosevelt, aunque el guion no le permite mucho por lo débilmente construido del personaje.
La música de Hans Zimmer es emocional y épica, aunque por momentos llega a ser cargosa y hay escenas que irían mejor en silencio. Y el tema final (There You´ll be), interpretado por Faith Hill, está compuesto por Diane Warren, eterna nominada y perdedora de los Oscar que repite aquí esa historia una vez más…
Valoración y Legado
Pearl Harbor no fue, como se pretendía, la nueva Titanic, pero sí un éxito al recaudar unos cuatrocientos cincuenta millones de dólares en la taquilla tras su estreno en los cines. Y, como decíamos antes que suele ser regla con los filmes de Michael Bay, la crítica, en general, la destrozó sin piedad. La paradoja queda perfectamente reflejada en que tuvo cuatro nominaciones al Oscar (canción original, efectos visuales, sonido y edición de sonido, que ganó), pero también seis a los infames Razzie, incluyendo peor película.
No es que no hubiera razón en muchos de los cuestionamientos y, si han leído hasta aquí, habrán notado la cantidad de defectos históricos, lugares comunes, actuaciones desparejas y diálogos impresentables a que he hecho referencia, pero aquel encarnizamiento puede considerarse hoy excesivo si se tiene en cuenta que Titanic adolece prácticamente de los mismos problemas. Y ya sé que, después de todo lo que he señalado, puede esto sonar extraño y hasta poco elegante pero, en el balance final, y aun con todo lo que tiene de burdo y esperpéntico, Pearl Harbor me gustó…
El secreto, claro, es tomarla como lo que es. Bay no pretende cambiar el mundo o redefinir el cine ni mucho menos promover una visión autocrítica a lo Oliver Stone sobre un pasado de Estados Unidos al que ve glorioso, luminoso y sin tacha. Nunca hará, seguramente, una película sobre Hiroshima o Nagasaki, pero seamos sinceros: ¿cuántos realizadores americanos supuestamente progresistas o rupturistas la han hecho? Las que existen abordan más el tema de la construcción de las bombas que el de las víctimas civiles en sí, un eterno tabú para Hollywood…
Entonces, si no vamos a buscar en Bay lo que tampoco le exigimos a los demás, hay que decir que logra, aun con todos sus clichés, contar una historia que es atractiva y funciona, lo cual no es poca cosa. El triángulo amoroso es efectivo y la escena de la batalla sencillamente impresionante. Quizás para muchos eso no alcance, pero en mi caso es suficiente para darle al menos un aprobado. Michael Bay es esto: se toma o se deja…
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