La carrera espacial cinematográfica

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Hoy estamos aquí gracias a Damien Chazelle y su nueva película, First Man, escusa perfecta para divagar un poco sobre la industria cinematográfica. Pero antes de nada pregunto: ¿Qué cabría esperar de su nuevo proyecto? Sinceramente en lo primero que pensé al oír, ya hace tiempo, que estaba preparando una nueva película, fue en un director de orquesta frustrado que se gana la vida como buenamente puede tocando el violonchelo en una sinfónica dirigida por su antiguo compañero de Escuela cuya vida es envidiablemente mejor. Algo así. Música y drama. Chazelle en estado puro. Gran sorpresa al enterarme de First Man, nunca se me hubiera pasado por la cabeza ver al reciente ganador de un Óscar dirigiendo ciencia-ficción. Pero el proyecto prometía, un biopic aparentemente interesante y Gosling de nuevo en plantilla (haters de Gosling, evitad comentarios al respecto, ya sé que existís).

‘Whiplash’, la ópera prima de Chazelle

Si habéis leído la crítica de mi compañero Pablo, que os la recomiendo fervientemente (libre de spoilers, por supuesto), sabréis que Chazelle no ha olvidado la música y que ésta juega un papel en su nueva película, no evidente como en Whiplash o La La Land, pero sí bastante plausible. Sin embargo, no me centraré en First Man hoy, sino que trataré en cierto modo la llamada carrera espacial aplicada en el ámbito cinematográfico.

First Man, su lugar de origen

No sorprendería a nadie si digo que a los estadounidenses les encanta fardar de Estados Unidos: “que si somos el país más grande, el país más avanzado, el país más libre,…” la repanocha, vamos. Sería entrar en debate, y no es el momento ni el lugar, el discutir si presumen solamente de la verdad o les gusta permitirse el lujo de inventar o modificar lo que les conviene, dejando su impoluta reputación por las nubes -véase el 99% del cine bélico o western hollywoodiense, por no decir el 100, que tampoco es plan-. De hecho, no es nada raro ver en cartelera alguna película estadounidense que trate parte de su historia, y me parece estupendo, puesto que el cine es un medio interesantísimo -quizás hasta más que la literatura- para acercar a la sociedad ciertos acontecimientos o períodos históricos; es más, los españoles deberíamos tomar nota, porque teniendo una historia tan jugosa y compleja como la nuestra -que a compleja no nos gana nadie-, es bastante triste que no se aproveche.

El primer ejemplo que se me vino a la cabeza, ‘Pearl Harbour’. Fijaos en el fondo del póster, es que no tienen remedio…

No quiero confundiros; digamos que First Man sí tiene en cierta medida ese contenido histórico, pero para nada, lo cual es digno de aplaudir, pretende ser una demostración patriótica de la grandeza estadounidense. Al ser un biopic sobre Armstrong, alguien cuyo sentimiento era más universal que americano, es lógico que se haya evitado. He aquí el tema que puede abrir confusión: cuando hablo de pretencioso amor propio incluyo al groso de la industria americana, que entrará en contexto más adelante; no estoy incluyendo a Chazelle ni a su nueva película, que son todo lo contrario.

I. La carrera espacial

Resulta que el año 1969, año en que Neil Armstrong pisó la Luna, entra en un período bastante movidito en lo que a contexto de la Guerra Fría se refiere, y en parte porque la guerra fue más allá de lo bélico, valga la expresión. Se extendió a múltiples aspectos, entre ellos, el cultural. Si alguien tiene algún interés en el ajedrez conocerá la llamada partida del siglo, en la que los dos mastodontes ajedrecistas Bobby Fischer, estadounidense, y Boris Spassky, soviético, se enfrentaron bajo la tensión del conflicto internacional y de los máximos dirigentes de ambas naciones. Nunca una partida de ajedrez, y creo que de nada, tuvo tanta importancia social; de hecho, hay quien dice que esta fue la primera gran victoria estadounidense en la Guerra Fría. Y como era de esperar, existió también una cierta batalla cinematográfica.

En general, la década de los 60 fue una década centrada en la exploración espacial, y las dos grandes potencias del momento, EEUU y la URSS, combatían por ser la pionera en cualquier avance tecnológico relacionado con el sector aeroespacial. Los primeros potenciales avances aparecieron de parte soviética: fueron ellos los inventores del satélite Sputnik y quienes lo pusieron en órbita, quienes enviaron al primer ser al espacio (la mona Laika) y al primer humano, Yuri Gagarin, en 1961. Ante esto, Kennedy respondió con un gran y emotivo aviso: proponía, orgullosamente, la puesta en marcha de un sprint en I+D para conseguir llevar un hombre a la Luna antes de final de década. Este desafío caló hondo en la población y se tomó completamente en serio, de hecho, el conseguir llevarlo a cabo fue un asunto de dignidad, superación y sentimiento patriótico (he aquí lo antes comentado) estadounidense sin parangón.

Ryan Gosling como Armstrong en ‘First man’

II. 2001, el contraataque cinematográfico

Todo esto hizo que el interés por el espacio aumentara sorprendentemente, y fue en ese momento en que Stanley Kubrick presentó, con la intención de renovar el maltratado género de la ciencia-ficción espacial en el cine, el proyecto Journey Beyond the Stars a la Metro-Goldwyn-Meyer. Su anterior película, Mr.Stangelove, conocida en España con el horripilante nombre ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, fue un éxito de masas, así que la confianza en Kubrick era evidente. Esa fama y el hecho de que su nuevo proyecto partía de la idea del descubrimiento espacial, planetas y quizás, seres extraterrestres, algo de moda en la época y que la gente demandaba por el evidente interés que había sobre el espacio, hicieron que la MGM aceptara sin miramientos. Con la ayuda de Arthur C. Clarke (escritor), Robert O’Brien (productor y principal apoyo) y la NASA (que aportó información científica), ese proyecto se convirtió en una de las grandes obras maestras del cine y uno de los mejores filmes de ciencia-ficción, que llevó finalmente el nombre 2001: A space odyssey. Se podría decir entonces que el interés general por la carrera espacial ayudó a que Kubrick pudiera realizar la película y que la película sirvió a EEUU para proyectar su poderío tecnológico en lo relativo a la exploración espacial (la NASA se convirtió en uno de los organismos del gobierno más importantes). Ambos salían ganando, aunque sinceramente, creo que a Kubrick, mientras desarrollaba la película, le importaban lo mismo los delirios y deseos de Kennedy que a un esquimal inuit el Ibex 35.

Stanley Kubrick dio un giro de 180 grados al concepto que se tenía de ciencia-ficción. ¿Cuál fue el impacto de 2001? Las críticas, tanto de prensa como de público, fueron bastante dispares. Hay quienes la tacharon de locura aburrida y sinsentido y hay quienes la consideraron una obra maestra instantánea, pero en lo que todo el mundo estuvo de acuerdo fue en que lo que acababa de crear Kubrick era un espectáculo único, una posibilidad de acercase y poder ver el espacio como nunca antes se había visto. Y dio de que hablar, por todo el mundo fue tema de conversación durante meses. Neil Armstrong dijo de ella: “2001 es una producción de calidad con una excepcional y acertada descripción de las condiciones de vuelo espacial y efectos visuales”.

¿Cómo sentó en la URSS? En general fue admirada por la crítica. El famoso periódico soviético Pravda elogió el trabajo de Kubrick, pero no solo por el resultado de 2001, sino por su capacidad (y en esto los soviéticos aprovecharon para atacar a su constante enemigo EEUU) para proyectar metafóricamente el interés por la ciencia de la sociedad rica americana para seguir enriqueciéndose y no para conseguir el bienestar ciudadano, que vive entre “polución y pesadilla”. Alexei Leonov, el primer hombre en salir al espacio (salir fuera de la nave y estar en medio del vacío espacial) manifestó públicamente que tras ver 2001 sentía “como si hubiera estado en el espacio dos veces”. Oficialmente, los soviéticos tenían envidia.

La grandeza visual de 2001

III. Solaris, la URSS responde

En cierto modo, 2001 había generado cierto interés por parte del gobierno soviético para realizar una obra cinematográfica de ciencia-ficción capaz de plantar cara a los estadounidenses. No querían ser menos, y después de que Neil Armstrong pisara la Luna, necesitaban poner el puño sobre la mesa de nuevo. Así, a pesar de que Andrei Tarkovski no tenía interés alguno en que su próxima película fuera tal, el gobierno vendió Solaris como esa respuesta espacial de sci-fi, pero realmente nunca lo fue y nunca lo será (se cree que si no hubiera tenido elementos espaciales, la censura la hubiera prohibido).

El cineasta ruso fue un gran admirador de la novela de Stanislav Lem, y a principios de los años 70, tras el sinuoso camino que recorrió su segundo largometraje, Andrei Rublev, decidió llevar a cabo una adaptación cinematográfica de la misma. Digamos que la peculiaridad que reside en esta cinta es que se llegó a realizar sin convencer verdaderamente a nadie, y con nadie me refiero a Lem, que odió los tres guiones propuestos por Tarkovsky, y al mismo Andrei, que confesó públicamente su descontento con el resultado final. Básicamente, este sentimiento agridulce hacia su propia obra se basa en que el cineasta quería conseguir una película más humana, pero había demasiada ciencia-ficción, lo cual consideró un error porque nunca quiso que Solaris se catalogara como tal. Aquí se comprueba la gran estupidez y poco sentido cinematográfico que tenían los censores y gobernadores rusos, que creyeron que el contenido de Solaris mantenía alguna relación con el de 2001 o la exploración espacial.

Esta pasillo de la nave es prácticamente lo único que tiene ‘Solaris’ de ciencia-ficción

Solaris tuvo un éxito notable en todo el mundo (algo menor en la Unión Soviética, paradójicamente), ganó el Gran Premio del Jurado de Cannes y cautivó al mismísimo Stanley Kubrick. No podría decirse lo mismo del caso contrario, ya que para Tarkovski, 2001 carecía de fuerza emocional, algo a lo que él de daba infinita importancia. Comentó también que era “una película errada en numerosos aspectos, incluso para los especialistas. Para lograr una verdadera obra de arte, se debe eliminar la falsedad”.

No me cabe duda de que ambas obras son un hito en la historia del cine, dos obras de arte únicas e irrepetibles. Ambas pudieron realizarse gracias a las ingenuas decisiones gubernamentales de sus países, algo a lo que, por raro que parezca, debemos dar las gracias. No sé si en lo relativo a lo político valieron la pena, pero sin duda alguna, en lo relativo a lo cinematográfico lo han valido, y mucho. Aquí termina este breve recorrido por lo grueso de la carrera espacial cinematográfica que First Man me ha hecho recuperar,

sed felices.



el autor

Soy, entre otras cosas, estudiante, cinéfilo, músico y lector; escribo sobre lo que me gusta y también tengo twitter @maffdecine

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