El cuarto episodio de ‘Lanterns’ marca el punto de inflexión definitivo de la temporada o lo que se suele conocer como el ‘middle season twist’. Si en sus compases iniciales la serie coqueteaba con el procedimental rural para asentar su atmósfera, aquí la producción de HBO se sacude cualquier resto de televisivo estándar para consolidarse como un thriller psicológico donde el anillo es el premio y la verdadera amenaza en Rushville viene las manipulaciones que están sufriendo quienes juraron proteger el sector.
El arranque con Sinestro establece el tono del capítulo. Encerrado, pero jamás derrotado, el personaje actúa como un espejo implacable que refleja la decadencia interior de Hal Jordan. Estamos ante el típico antagonista que es un estratega maquiavélico que desmonta la psique de su antiguo pupilo con unas pocas frases envenenadas. La insinuación de que John Stewart no ha llegado a la Tierra para ser su compañero, sino su verdugo profesional y su relevo natural, desata las inseguridades más oscuras del veterano. Verle sopesar la traición hacia un novato inocente dota a la serie de una madurez narrativa poco habitual en las adaptaciones del género superheroico.

Es cierto que la pega mayor es que la sombra de Mark Strong es muy alargada y siento decir que no me ha terminado de gustar Ulrich Thomsen como Sinestro. El color de su piel me recuerda a pintura de cosplay barato y su bigote el de un señor jubilado de Benidorm.
En la parte del conflicto está John Stewart que representa la disciplina frente al caos de Hal. Su encuentro clandestino en el motel con la guardiana deja más preguntas que respuestas y nos retratan a estos guardianes como manipuladores en lugar de ser sabios benevolentes y protectores. Básicamente ayudándose de los traumas no resueltos y la exigencia paterna de John para empujarlo a traicionar a su mentor.
La secuencia posterior de la infiltración subterránea en el rancho Macon funciona como una brillante olla a presión. Cuando Hal cede temporalmente el anillo para horadar el túnel, la tensión se vuelve casi asfixiante: Stewart sostiene el artefacto, el poder absoluto a su alcance, y lucha en silencio contra la tentación de recitar el juramento que sellaría el destino de Jordan. Un momento también que la serie utiliza para que el espectador conozca algo más del pasado de Hal y de su relación con sus padres.

El guion esquiva hábilmente los clichés de la mitología de DC al convertir el caso de «Hector Hammond» en una maniobra de despiste que desconcierta al espectador conocedor de quien es ese personaje. El tiroteo en el búnker, con esa tecnología alienígena capaz de nublar la voluntad mediante humo negro, introduce el suspense de espionaje justo antes del estallido del ataque orbital. El despliegue visual del domo esmeralda sobre Rushville aporta la cuota justa de espectáculo pirotécnico, pero sin desviar jamás la atención de lo nuclear: la conspiración que se cuece a nivel del suelo.
Es cierto que la escena del desnudo de Macon es un poco extraña y surrealista, pese a que el chiste del elefante está muy bien tirado, es un momento incomodo que puede sacar al espectador de la ficción.
La revelación final sobre la identidad del Manhunter termina de encajar las piezas del puzle y dinamita la poca confianza que quedaba entre los protagonistas. La secuencia final en el coche es tensa y nos deja la certeza (que ya sabíamos o sospechábamos) de que ambos han estado mintiéndose desde el primer día.

‘Lanterns’ sigue siendo una propuesta que no va a gustar a todo el mundo, eso es muy cierto, pero es muy sólida. Estamos ante una historia donde salvar el universo parece ser secundario comparado con la lucha de estos dos hombres incapaces de confiar el uno en el otro.
Aquí os dejo el tráiler de ‘Lanterns’ de HBO:
Un saludo y sed felices.



