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Retro-Análisis: Death Proof (2007), un canto de amor de Tarantino por las road-movies

Hoy revisitamos Death Proof, película de 2007 que rinde tributo a las viejas cintas de bajo presupuesto de los setenta y a aquellas funciones de programa doble. Autos veloces, carreteras desoladas, dobles de riesgo desempleados, muchachas en busca de diversión, fetichismo y mucha violencia componen el cóctel de una de las películas más infravaloradas de la carrera del director, inclusive por él mismo.

Quentin Tarantino es, desde mi humilde punto de vista, el sujeto que reinventó el cine cuando todo parecía volverse aburridamente perfeccionista y correcto (cuadro también aplicable a los tiempos actuales). Analizar una película como Death Proof, a la que él mismo considera la peor de su filmografía, es un problema desde el momento en que conlleva dos posibles riesgos: decir que es buena solo porque es de Tarantino o decir que es mala solo porque lo dijo Tarantino.

En primer lugar, hay que destacar que Death Proof fue originalmente estrenada como parte de un proyecto llamado Grindhouse, con el cual tanto él cómo su eterno compañero de ruta Robert Rodríguez buscaron no solo homenajear sino incluso emular al cine más cutre de los setenta presentándolo, como era común por aquellos años, en programa doble: Death Proof, dirigida por Tarantino, se proyectaba acompañada por Planet Terror, a cargo de Rodríguez.

El experimento fue un fracaso de taquilla y obligó a redefinir estrategias para el circuito internacional, sumado al hecho de que en Europa, contrariamente a lo que ocurría en América, el público no estaba familiarizado con la tradición “grindhouse” de programas dobles. Ambas películas, entonces, ya sea para cine o para DVD, pasaron a ser estrenadas por separado y de manera independiente, además de reeditadas con más metraje.

Ya habrá tiempo de hablar de Planet Terror, otra esperpéntica obra de arte que también merece retro-análisis, pero la que hoy nos ocupa es Death Proof, concebida como homenaje a aquellas road-movies de la primera mitad de los setenta bien sureñas, súper violentas y tan llenas de chicas como de groseros defectos.

Es, por otra parte, la primera película en que Tarantino se hace cargo de la fotografía y, como muchos de los filmes a los que homenajea, carece de banda sonora especialmente compuesta, sino que la mayor parte de las escenas no tienen música (alcanza con los motores) o, cuando la hay y como es común en Tarantino, se trata de canciones prácticamente rescatadas de su colección personal con artistas como Jack Nitzsche, Pino Donaggio, T. Rex, Eddie Floyd o The Coasters. Incluso la máquina de discos que aparece es la suya propia.

Doble de Riesgo

La película está claramente dividida en dos mitades y en ambas ocurre una situación básicamente parecida, pero con una resolución diferente: eso era algo bastante común en las road-movies o en los primeros filmes slasher, donde algún asesino psicópata solía comenzar haciendo con éxito su rutina habitual para después encontrarse con la víctima incorrecta y las cosas ya no le salían tan bien. Si creen que esto es spoiler, es porque nunca han visto esas películas.

Desde el inicio, Tarantino deja en claro a qué cine rinde tributo: los créditos, más que créditos, son cartelones en naranja y hasta se nos cruza por delante un título falso, pues el Quentin Tarantino´s Thunder Bolt es reemplazado rápidamente por Death Proof, parodiando así una práctica habitual de ese tipo de películas en que se solía cambiar el título cuando los comentarios iniciales sobre el filme no eran buenos. A ello hay que sumar rayas y manchas en la pantalla, cortes de edición, saltos abruptos en la música y… fetiche de pies.

La primera mitad de la película transcurre en cercanías de Austin, Texas y la segunda en Lebanon, Tennessee. En ambas hay áridos paisajes del sur de Estados Unidos y grupos de muchachas a quienes, en plan de juerga, drogas y alcohol, tocará en suerte (mala) toparse con uno de los mejores villanos maníacos que haya dado la historia del cine: “Stuntman” Mike (traducido al español como Mike Doble), interpretado por un impagable Kurt Russell, de quien Tarantino sabe recuperar y explotar lo que siempre mejor hizo.

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El trío está integrado por Arlene (Vanessa Ferlito), Shanna (Jordan Ladd) y Julia (Sidney Tamiia Poitier), entre las cuales, cumpliendo con la agenda de iconografía habitual en el director, una es nieta de Alan Ladd e hija de Cheryl Ladd (sustituto de Farrah Fawcett en la segunda etapa de la serie Los Ángeles de Charlie), mientras que la otra es hija del legendario Sidney Poitier e incluso, aprovechando el carácter unisex, lleva el mismo nombre de pila.

Las tres están en plan, justamente, de festejar el cumpleaños de Julia y se les suma en un bar su amiga Pam (Rose McGowan), pero les toca también allí cruzarse con Mike, quien conduce un Dodge Charger 1969 muy semejante al de Peter Fonda en La Indecente Mary y Larry el Loco (1974), solo que negro y con calavera de rayos cruzados en lugar de verde limón.

Según cuenta, fue en el pasado doble de riesgo de Lee Majors, Robert Urich y Gary Clarke (la infaltable referencia tarantinesca a actores casi olvidados de los setenta), particularmente en escenas de accidentes de autos, de los que tiene la habilidad de salir ileso y se jacta, incluso, de que el suyo es “a prueba de muerte”.

Como ya hemos dicho, es sabido que las chicas no van a terminar bien, así que al menos no entraré en detalles sobre las formas y circunstancias en que ello ocurre; solo decir que en el medio hay un baile erótico a cargo de Vanessa Ferlito (otro momento muy Rodríguez – Tarantino que remite a Sin City o Abierto hasta el Amanecer) y diálogos subidos de tono entre las muchachas que, como suele ocurrir en las películas del director, suenan pueriles e intrascendentes, pero solo en apariencia.

Víctimas Incorrectas

La segunda mitad del filme transcurre catorce meses después de los sucesos de la primera e involucra a un nuevo trío de muchachas, en este caso Kim (Tracie Thoms), Abby (Rosario Dawson) y Lee (Mary Elizabeth Winstead). Las tres tienen vinculación con el mundo del cine: Kim es doble de riesgo, Abby maquilladora y fan de la moda (se jacta de tener un cinturón Prada y delira cuando alguien le cuenta que tiene la última Vogue italiana), en tanto que Lee, la más ingenua y sexy, es una actriz que está dando sus primeros pasos y, para deleite fetichista, lleva puesto el traje de cheerleader que usa en la película que está filmando.

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Al igual que el trío anterior, quedarán convertidas en cuarteto cuando vayan en busca de Zöe, otra doble de riesgo (y en este caso real, ya que Zöe Bell hace de sí misma), que está obsesionada con un Dodge Challenger 1970 modificado con motor 440 como el de la película Vanishing Point (y no lo digo yo; lo dice ella misma). Más aún: tiene la fantasía de ir a alta velocidad atada al capó…

Pues bien: cuando van a buscar el auto al lugar en que lo tienen en venta, convencen al vendedor de que les permita probarlo (para ello le entregan en prenda a Lee; no diré de qué modo, pero sí que la hacen pasar por actriz de películas eróticas) y allí vendrá el sabido y fatídico encuentro con Mike.

Una vez más, no contaré las circunstancias específicas, pero solo diré que esta vez él se ha encontrado con el grupo de chicas incorrecto: amantes de la velocidad y las armas e incluso, como hemos dicho, dos de ellas dobles de riesgo al igual que él.  Se viene un duelo memorable entre el Dodge Charger y el Dodge Challenger… además de uno de los mejores The End de la historia.

Sobre Fetiches y Obviedades

Honestamente no tengo la menor idea de por qué pueda a Tarantino no gustarle esta película, del mismo modo que jamás entendí por qué a Leonard Nimoy no le gusta la Star Trek de 1979, primera en cine de la tripulación original. Sin embargo, y aclarando desde ya que hablamos de distancias abismales, puedo hacer una extrapolación con lo que a mí me ocurre cuando escribo un artículo que no me convence pero a alguien le ha encantado.

No hay gran misterio en ello: cuando uno escribe, compone o filma, es parte del proceso mismo de construcción y asiste a cada etapa. Como tal, sabe perfectamente qué es lo que quiso y no logró hacer o cuáles son las falencias en relación con lo que tenía en mente. Pero quien recibe el producto del otro lado, se enfrenta al mismo ya acabado y completo. Y así como el público no puede tener la perspectiva del realizador de un filme, tampoco puede este tener la del público, que es igual de válida y, por sobre todo, diferente.

Supongo que algo de eso puede pasarle a Tarantino con esta película a la que, sin denostar por completo, ubica como la más floja de su filmografía. Contrariamente, yo la pongo entre las mejores que ha hecho y asumo el riesgo de ser sindicado como un idiota o que me digan algo del tipo “glorificas una cinta que ni al creador gusta”. Pues bien, la primera cosa para responder en mi defensa es que no me importa; la segunda es que voy a fundamentar el porqué de mi opinión y no necesariamente, amigo lector, tienes que estar de acuerdo…

Recuerdo que cuando este filme fue estrenado, había críticos que se quejaban por la “obviedad” del fetiche de Tarantino con los pies o lo intrascendente de los diálogos. Siempre a riesgo de estar equivocado, lamento decirles que no han entendido nada…

Si Tarantino tiene un fetiche con los pies (o bien cualquier otro) es algo que me tiene sin cuidado a los efectos de analizar el filme porque los fetiches descarados, y de eso se trata, eran muy comunes en el tipo de películas a las que esta cinta homenajea: los pies sobre el tablero o asomando por la ventanilla trasera del vehículo, funcionan como disparadores que activan y sacan de su letargo la psicosis de Mike; y si hablamos de fetiches, ni qué hablar del uniforme de animadora que luce Lee. Todo muy obvio, desde ya, pero es que justamente así de obvias eran aquellas películas Grindhouse.

Los accidentes, de hecho (que en rigor de verdad no son tales ya que son provocados), muestran una fuerte connotación sexual: el auto de Mike, literalmente, “penetra” al de sus víctimas y hay una mórbida lascivia en esa sexy pierna que vuela arrancada de su cuerpo o en el neumático que, en sádica cámara lenta, se hunde en un rostro al que deforma horriblemente. ¿Desagradable? Bueno, es la idea. ¿Chocante? Más todavía: ¿o acaso se puede esperar que no lo sea una película que gira justamente sobre choques?

Death Proof

 

Valoración Final

Se me ocurre que pocas cosas pueden ser tan difíciles como, por ejemplo, pedirle a un eximio cantante de ópera que cante mal pues, al igual que actuar mal o filmar mal, es algo complicado para quien lo hace tan bien que ya lo lleva naturalizado: el tiempo y la experiencia conllevan, necesariamente, pérdida de ingenuidad y precariedad.

Pero Tarantino se propone filmar mal y lo logra. Y créanme que es muy difícil porque las malas películas no son hijas de la voluntad de hacerlas de ese modo. Las mencionadas rayas y cortes de edición eran habituales en la época y, de hecho, en su formato original para programa doble, la película tenía, cada tanto, “carretes faltantes”, luego “reencontrados” para la versión extendida (entre ellos el baile erótico).

Quizás a quien se haya criado en esta época de grandes cadenas y complejos de salas cinematográficas se le haga difícil imaginar una en que las películas volaban de un cine al otro (a veces en moto) y por el camino no solo se perdían carretes, sino que la cinta llegaba cada vez más deteriorada a medida que los desvencijados proyectores las iban dañando o los propios proyectoristas, sin decir palabra, cortaban tramos completos cuando se les trababa y quemaba. Juro que hasta me ha tocado presenciar proyecciones con los rollos en desorden.

A ello había que sumarle, lógicamente, los defectos propios de este tipo de cine con sus carencias de presupuesto: a veces no había dinero para comprar más cinta y filmar otra vez lo que había salido mal. Y volviendo a aquellos críticos que no entendieron la película en su momento, recuerdo uno que se quejaba de que en determinado momento la cinta pasaba a blanco y negro para volver a color sin razón aparente a la vista. Desconoce seguramente que lo que allí Tarantino utiliza como recurso de transición entre dos historias es el tipo de chapuza o desprolijidad que solía poblar aquellas cintas de los setenta.

Pero entonces: ¿estamos ante el mismo tipo de basura? ¿Hacer una mala película adrede no termina en lo mismo que hacerla de manera involuntaria? De ninguna manera y me remito a algo que Umberto Eco decía en las Apostillas a El Nombre de la Rosa, cuando diferenciaba la declaración de amor romántica de la moderna y la posmoderna: la primera sería algo como “te amo desesperadamente”, la segunda más críptica y metafórica, pero la tercera volvería a decir “te amo desesperadamente” agregándole algo del tipo “como dirían en las telenovelas” (a pesar de las comillas, no recuerdo si es esa exacta analogía, pero sí el mismo sentido).

Pues eso es lo que hace Tarantino.  Death Proof está lejos de ser una película vacía y sin contenido como podría parecer: rinde culto a los viejos filmes cutres, pero se posiciona por encima y, en definitiva, es una película de amor al cine, entendido este no solo como arte sino también como ámbito en el cual crecimos.

Y no se trata de mera nostalgia sino de aprendizaje, pues esas películas nos formaron y, aunque suene extraño, se aprende sobre cine más de ellas que de Titanic.

No son casuales las menciones a filmes de los setenta como Vanishing Point (varias veces) o Gone in 60 Seconds (“la original, no esa porquería que hizo Angelina Jolie”, dice Kim), así como las referencias más tácitas a otros más antiguos que no se mencionan, pero de los que se sabe que Tarantino es ferviente cultor, como Faster Pussycat! Kill! Kill! (1965).

Es que Death Proof es prácticamente una oda a un cine barrido por la tecnología y la corrección. Mike es un desempleado, una víctima del “progreso”. Los efectos digitales han dejado sin trabajo a los dobles de riesgo y él representa el resentimiento, el odio y la rebelión de los desplazados. Es un claro perdedor y lo descarga en sus víctimas…

death proof las cosas felices 07

Y es que, en definitiva, Death Proof es una historia de perdedores en la que, como no puede ser de otro modo, solo un doble de riesgo puede derrotar a otro doble de riesgo: no el cgi. Reivindica, de hecho, el trabajo de los “tapados” del cine y una frase clave de Mike lo deja a las claras: “cualquier idiota que se caiga por una escalera, encontrará alguien que le pague por ello”. No puede haber mejor radiografía del mundo del cine ni de la sociedad misma: están los ganadores, cuyos rostros se ven, y los perdedores, que permanecen invisibles en la pantalla y en la vida

Y si algo termina de demostrar la intención de Tarantino de reivindicar a estos últimos es el darle a una doble de riesgo un papel protagónico y con diálogo. ¿Pero puede tener alguien así el oficio necesario para entregar una gran actuación? Probablemente no, pero… ¿acaso lo tenían los que en aquellos años sí salían en pantalla?

Death Proof es, en definitiva, una joya que, para su correcta apreciación, implica haber visto mucho pero mucho cine barato y absurdo.

Es una oda al cine mismo hecha por un director que no teme en absoluto a lo que puedan llegar a decir los críticos o a lo que piense la Academia de Hollywood que, por cierto, sigue sin entregarle la estatuilla a mejor director y tiene lógica.

Es un filme que reivindica a los perdedores y nos entrega un villano absolutamente inolvidable. ¿Me van a prohibir entonces darle cinco estrellas solo porque a Tarantino no le convenza?

Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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