Inicio anime The One Pound Gospel, de Rumiko Takahashi. No todo está perdido.

The One Pound Gospel, de Rumiko Takahashi. No todo está perdido.

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Ibas a ser algo grande. Hace mucho. Cuando eras joven: acuérdate. Tuviste un inicio prometedor, algo que parecía anunciar grandes cosas. Una profesora que decía que tenías la inteligencia de un ministro. Unos dibujos más elaborados de lo normal cuando eres pequeño. Eso de que leas cosas tan raras para tu edad. Yo qué sé. Cosas así. En algún momento entre esos momentos y el futuro no sabes qué pasó. Pero no todo era como tuvo que ir. No es que no llegaras a ministro, es que apenas podías mantenerte en lo mediocre. Te dejabas ir. Hacías poco, soñabas mucho. Caías en vicios, hacías el vago, estabas tan sumido en la mediocridad que aquellos lejanos primeros momentos parecían casi de otra vida. No tienes claro si aquellas promesas de cosas grandes fueron de verdad o si se equivocaron. Cada vez la redención es más complicada. Eres cada vez mayor. La gente de tu alrededor que te quiere sigue diciendo que eres especial, se dan cabezazos en la pared diciendo que es así, pero…la realidad es la que es. Y cada vez estás más gordo, física e intelectualmente.

The One Pound Gospel

Por deprimente que pudiera parecer lo del anterior párrafo es la base de The one pound gospel, manga de la autora japonesa  Rumiko Takahashi. Sí, la mismísima creadora de Ranma, la mujer que más cómics ha vendido de todo el mundo. Sí, ese párrafo anterior lo convierte en una comedia surrealista y enternecedora. De un modo maravilloso, como hace siempre.

La historia la conocemos ya. Un boxeador muy prometedor en sus inicios cede a la vaguería, hinchándose a comer y a engordar. Pierde combates, gana algunos. No es desde luego un luchador invencible ni tiene un pasado oscuro ni hablamos de la épica del boxeador famoso caído en desgracia. No es, vamos a decirlo, una historia habitual del boxeo, con sus mafias, sus negocios turbios y la oscuridad permanente dentro y fuera del ring. Es Rumiko Takahashi. Donde otros han contado mil veces la épica de la autodestrucción del boxeador, el castigo físico de los golpes como medio para redimirse ella ve humor, personajes amables y encantadores, situaciones que mueven a reír por lo surrealista de lo que vemos. Es genial.

Y si es genial es por la amabilidad de la autora. Yo sé qué a todos nos puede la testosterona. A mi también, entendedme. Pero aquí la autora consigue que todos los personajes de los breves cuatro tomitos de la historia (al menos como nos llegó con la edición de Glenat a España) tengan sus momentos humorísticos, patéticos y entrañables. Como el boxeador que ha perdido todos los combates que ha disputado y quiere ganar uno porque va a nacer su hija: Rumiko consigue que nos riamos del patetismo de ese pobre hombre sin quitarle en ningún momento su dignidad (que la tiene y mucha, como puede ver cualquiera que vea como acaba su historia). Lo hace a través del humor con la apariencia más blanca, inocente y surrealista posible. Eso sólo puede hacerlo alguien genial que derrocha talento.

La redención del cordero que no para de comer

Cada parte de la historia es un combate. Siempre el protagonista hará lo posible por hincharse a comer a escondidas, siempre el entrenador se pondrá histérico buscándole e intentando que no caiga otra vez en lo mismo. Y tendremos, por supuesto, al otro personaje importante de la historia, la monja que intenta ser apoyo del protagonista en su lucha contra las ganas de comer. Una monja de la que, como es previsible, está enamorado. Ante la que confiesa sus pecados, pero siempre con, ya sabéis, los equívocos y tensiones humorísticas que hemos visto mil veces en Ranma 1/2. Los rivales, a cada cual más patético y entrañable, irán desfilando por la escena, conociendo al protagonista y sorprendiéndonos con sus momentos ridículos, sin hacer nunca sangre con ellos. A veces el protagonista gana, a veces el protagonista pierde. No es un manga de victoria tras victoria ni de la búsqueda de la técnica invencible. Las escenas de pelea en el ring son más bien cortas, sin estirar el chicle absolutamente nada. Es un manga de la durísima lucha contra la pasividad y la desidia, del entender el patetismo de los demás a través del propio y todo ello a través de un sentido del humor estupendo y, por desgracia, casi irrepetible. Alguien alguna vez debería escribir del por qué a los japoneses les parece tan gracioso que alguien coma muchísimo, cosa que se ve en tantos protagonistas de manga como algo humorístico (todos los Goku, Naruto, Luffy…).

Rumiko, como hizo en Ranm, dibuja las escenas de pelea fantásticamente claras. Se ve con total claridad qué está pasando, de donde viene el movimiento, se nota en el transcurso de las viñetas el cambio de movimientos de las extremidades de un modo bien narrado. Siempre me ha llamado la atención la cantidad de mangas que emborronan todo cuando toca la hora de mostrar las peleas o las acciones violentas. Rumiko, que le encanta hacer humor, se le da de maravilla todo esto. Mucho mejor de lo normal. Pero se maneja igual de bien dibujando glotonería, situaciones humorísticas o situaciones que podríamos llamar “románticas”. Es una todoterreno. Hacer una de esas parcelas bien en un comic es difícil, pero manejarse razonablemente bien en casi todo es algo al alcance de muy poca gente.

Rumiko Takahashi hizo este cómic entre 1987 a 2007. Es decir, lo fue haciendo a ratos, de manera irregular. El final de la historia es, como no podía ser de otro modo, el que cualquiera que empiece a leerse el manga 20 minutos podrá imaginarse. Rumiko no iba a finalizar una historia a lo El Luchador.  Tampoco como el mítico Joe de  Ashita no Joe (que en España vimos en los 90 en la televisión como “El Campeón”). Rumiko está especializada en hacer historias amables, personajes entrañables, en reírnos con ellos de nuestras propias chorradas sin sentido y de nuestras ansías trascendentales ridículas, en meternos en viajes surrealistas de humor desmadrado con tópicos recurrentes. Acabó la historia por cansancio, es evidente, pero es que el final no podía ser otro teniendo en cuenta todo.

El cordero puede redimirse. Quizás no acabes como ministro, amigo lector, pero no estás condenado por mucho que te hayas perdido por dios sabe donde. Tus trascendencias son más bobas de lo que crees. Y tienes que ser amable contigo mismo y con los demás. Y reírte. Rumiko Takahashi y su The One Pound Gospel estarán ahí siempre para recordártelo.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

2 COMENTARIOS

  1. Una obra de esas que alegran. Que te devuelven a otra época, en la que la felicidad era más fácil de conseguir. Takahashi es maestra en ello, le debo horas y horas de entretenimiento, sano y inolvidable. Por esto, yo dedicaré todo mi esfuerzo y dinero en respetar su obra.

    • Has dicho algo muy importante: entretenimiento sano, entretenimiento inolvidable. Qué difícil es hacer eso. Qué bonito cuando sale bien.

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