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10 años sin la mejor serie de la Historia

Llevamos ya unos cuantos años bajo el cada vez más discutible título de era dorada de la televisión. Una etapa de la ficción televisiva que siguió la estela de Twin Peaksinfluencia reconocida de series como Perdidos o Los Soprano e implícita de otras como Mad Men o Breaking Bad– abriendo una tendencia a medio camino entre el formato metatelevisivo y la progresiva estilización cinematográfica de un medio en proceso de reconstrucción. Y entre todas las novedosas propuestas que impulsaron las cadenas de pago americanas hay una serie que rompió los moldes de una generación que aún no los tenía, convirtiéndose en paradigma de unas posibilidades de este (no tan nuevo) medio  que pronto serían sepultadas bajo los tics del mismo dogmatismo hacia el que huían. Y hace apenas (o ya) diez años, en marzo de 2008, se emitía el último episodio de la que probablemente podemos decir sin temor a imprecisión fue la mejor serie de la breve historia de la televisión: The Wire, de David Simon y Ed Burns.

La serie total

The Wire es la serie total en cualquiera de los sentidos de la palabra. Lo es en sus 3 acepciones, a saber:

1. mat. Resultado de una operación aritmética, especialmente de la suma

Es resultado de una operación aritmética, especialmente de la suma porque comprende un cuadro amplísimo y exacto, prolijamente elaborado, que aparenta ser retrato de un lugar y una época concretos pero acaba resultando ser extrapolable a toda una generación de problemas universales. Baltimore es el microcosmos que configura una sociedad que se derrumba a demasiados niveles. Simon comprende que reducir los problemas de una ciudad a tendencias o individuos concretos es un error ingenuo y vago, y por eso traza a lo largo de cinco temporadas un dibujo de precisión fotográfica –en ocasiones parece que estamos viendo un documental– que explora tantos grupos sociales y acercamientos morales a estos conflictos como le es posible. Es la suma de todos estos acercamientos, una misión valiente y complicadísima de una minuciosidad casi imposible, la que lleva a poder entender The Wire como un análisis honesto, amplísimo en su carácter multidisciplinar, pero difícilmente catalogaba como ambiguo. Y lo hace con una precisión tan matemática como se puede exigir a un producto de ficción: rechaza los indudablemente útiles convencionalismos estructurales, las tensiones dramáticas que no sean extensibles a su coherencia naturalista, las tentaciones narrativas que habrían hecho de la serie más ágil pero también fallida. El proceso de escritura de The Wire demuestra tantra precisión, sinceridad y genialidad creativa que se hace difícil creer que ningún guionista cayera en amoldarse aunque fuera por una vez a esquemas predefinidos.

2. adj. Completo, general o incluye todos los elementos o partes de una cosa

The Wire es completo, general o incluye todos los elementos o partes de una cosa. Lejos de ser una serie policial al uso, utiliza esta trama inicial como columna vertebral de una narración riquísima y compleja que se desdobla en un relato de la guerra contra las drogas, de las jerarquías de poder en una sociedad moderna, de los sindicatos, de la pobreza, de la convivencia en la sociedad del siglo XXI, de la Educación, de la política, del periodismo, de la ambigüedad moral, de la raza y la sexualidad, de la filosofía invisible. The Wire habla de todos nosotros y el mundo en el que vivimos. Una serie tan ambiciosa rechaza sin embargo cualquier expresión de artificialidad formal, demostrando un dominio total de la continuidad como posible base de la gran narrativa social. Es este uso de la continuidad –pero siempre una comedida, terriblemente expresiva, nunca gratuita o exagerada– lo que permite una cercanía total al espectador, invitado a navegar entre decenas de personajes maravillosamente construidos y diferenciados y cientos de tramas que se desarrollan de forma paralela hasta solaparse (o no) con elegancia cuando los grandes temas de la serie convergen en conclusiones necesariamente abiertas e irremediablemente desazonadoras, aunque dejen razones para el optimismo más tímido. The Wire debe verse tal y como fue concebida, en cuatro tercios y definición estándar, nunca en sus reediciones de formato ancho y brillante alta definición. Porque es una ventana a la suciedad, la sencillez, la cercanía y, en cierta medida, al pasado. Nunca llama la atención sobre la propia forma, siempre austera, porque hacerlo la destruiría: es una serie fiel a sus principios y tanto el fondo como la forma deben ser humildes y fundirse sin lucimientos.

3. adv. En suma, en conclusión

En suma, en conclusión. The Wire supone la conclusión necesaria de una era de cambios. David Simon y su equipo eran conscientes del potencial (aún por explotar) de un medio que atravesaba a principios de siglo su mayor expansión reinventiva en lo que llevaba de vida. El formato televisivo se venía apoyando prácticamente desde su concepción en las pausas publicitarias como pilar insorteable de la financiación de sus productos; esto era indudable hasta el punto de que el debate epistemológico sobre la naturaleza de la televisión coincidía de forma unánime en comprender la publicidad como parte indisoluble de su estructura. Esta rigidez dictaba por tanto la arquitectura de todos los programas emitidos: la naturaleza de los mismos no podía ser unitario sino fragmentado, y los cortes que suponía cada pausa comercial debían estar acordemente diseñados para evitar que el espectador cambiara de cadena o apagara la televisión. Y se hacía generando suficientes elementos de interés y gancho como para hacer imprescindible esperar a presenciar lo que ocurriría tras la parada publicitaria. Este concepto de fluidez implicaba la imposibilidad de crear productos cohesivos, estructural o tonalmente ambiciosos.

La serie que Simon tenía en mente bordeaba un hiperrealismo desgastado en el que el tono lo era todo, y carecía de macguffins o cualquier estrategia similar para mantener la atención de un espectador distante y pasivo. The Wire era un planteamiento totalmente inviable en la era de la televisión pre-2000. Es la expansión del cable como soporte para las cadenas de pago a nivel nacional en Estados Unidos lo que permitió que Los Soprano y poco después The Wire se hicieran realidad: televisión que, a diferencia de los culebrones y sitcoms que resistían como modelo casi único, giraba en torno a la narrativa y no a la estructura que se entendía como inherentemente televisiva –entre otras cosas porque hasta este concepto empezaba a difuminarse. No es que vender hubiera dejado de ser el objetivo de las cadenas –HBO es, sin ir más lejos, propiedad de Warner– sino que el formato era por primera vez libre y ya no se construía alrededor de los anuncios. Esta etapa fue y será realmente dorada porque supuso un eco del Nuevo Hollywood de los años 70, en el que los creadores tuvieron una libertad sin precedentes derivada de un cambio de modelo productivo que aún no tenía clara una estrategia industrial unificada con la que responder de forma eficiente a las demandas del público cambiante y se atrevió a financiar rarezas irrepetibles en un mercado generalista. Y en este nuevo y frugal modelo, no se vendían productos a través de una emisión televisiva: la emisión era el producto.

Y detrás de las formas de una generación  que tenía al alcance medios tan excitantes por sus nuevas posibilidades, estaba una historia que contaba la de quienes las habían perdido para siempre. La historia de una guerra interminable que ni siquiera tiene un objetivo personificable. De un sistema educativo apersonalizado, demasiado rígido para ser eficaz, condenado a escupir a toda una generación de estudiantes abandonados a un mundo que no les necesita. De un gueto bajo la amenaza de ser demolido, literal y figurativamente, acabando con lo último que queda a familias enteras que han sobrevivido a generaciones de pobreza y drogadicción. Grupos enteros sin un sentido de pertenencia a una ciudad de hierro abandonado que había cambiado su economía más veces de las que tantos trabajadores podían resistir antes de la obsolescencia irreconvertible, embarrancada,  inadaptable a los nuevos modelos productivos que ya no les requieren. Por eso la serie no puede dar explicaciones, recompensas o tiempo a los espectadores. No hay respuestas, gachos o promesas al final de cada episodio. Las únicas razones para seguir viendo la serie están en la necesidad inconmensurable de seguir conociendo las historias de sus personajes y la satisfacción –triste, pero satisfacción– de pasar un rato más con ellos mientras van a ninguna parte.

total‘ aparece también en las siguientes entradas

The Wire es todo occidente al principio del siglo XXI. No sólo es desesperanza, miedo y desgaste sino que también es la intención de lanzar un análisis completo y comprometido de una sociedad confundida y en descomposición que sin embargo puede afrontarse con determinación renovadora. The Wire ofrece preguntas y nunca respuestas. Es una fotografía antes que un dibujo. Y por descorazonadora que resulte su conclusión y lo vacíos que nos sintamos tras sus últimos títulos de crédito, pocas series invitan tanto a reflexionar sobre el mensaje tejido a lo largo de todas sus temporadas como esta. Es una serie irrepetible porque es producto de un lugar y un momento tan especiales que es imposible imaginar una forma tan brillante de abrir, o cerrar, una etapa de la televisión tan revolucionaria y consciente de sus posibilidades.

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