El pasado 16 de enero se estrenó en cines de España 28 años después: El templo de los huesos (2026), secuela directa de 28 años después (2025) en la que Nia DaCosta (The Marvels) toma el relevo en la dirección de Danny Boyle para reformular por completo el planteamiento estilístico del inglés. Una nueva entrega de la que prometió ser trilogía, esta vez con menos zombis que nunca pero igual de salvaje que siempre y con unos personajes para la posteridad.
Tráiler de 28 años después: El templo de los huesos de Nia DaCosta
El encuentro de Spike (Alfie Williams) con Jimmy Crystal (Jack O´Connell) y sus secuaces satánicos se convierte en una pesadilla de la que el niño no consigue escapar. Por otro lado el Dr. Kelson (Ralph Fiennes) comienza a acercarse de una manera nunca vista al zombi Alpha (Chi Lewis-Parry) que ronda sus lares.

Póster de 28 años después: El templo de los huesos de Nia DaCosta
Pocos zombis, grandes personajes
La saga a la que Danny Boyle y Alex Garland dieron inicio allá por el 2002 con 28 días después, ha sido siempre un referente cinematográfico en la limitada etiqueta del cine zombi (sobre la que prometo publicar algún artículo). Sin embargo, una vez llegados a este punto cuatro películas después y, como suele ocurrir en las ficciones sobre muertos vivientes cuando ha pasado demasiado tiempo desde la debacle inicial, el auténtico problema terrenal no son tanto los monstruos como los propios humanos desnortados que luchan por una supervivencia a toda costa.
El templo de los huesos llama poderosamente la atención porque, sin contar al protagónico Alpha, apenas tres o cuatro podridos aparecen en la pantalla, pues pareciera que llegados a este punto son una especie animal más, peligrosa, sí, pero endémica del planeta Tierra. Son un mal asumido.
En este caso, Garland decide otorgar el peso de la narrativa a los personajes humanos que constituyen la historia, en un movimiento arriesgado pero enormemente resultante debido a la insuperable presencia de los mismos. Punto a favor de los actores y de su construcción estética y psicológica.
Jimmy Crystal es de lo mejor que he visto en pantalla últimamente y su cruzada personal con el mundo a la que arrastra a sus “dedos” -fieles seguidores de su delirio-, impulsada por ese trauma infantil con el que arranca 28 años después hace que todo sea redondo. Un greñudo en chándal, cadena de oro con la cruz invertida y dientes podridos que solo atiende a las órdenes mentales que Satán -su padre- le envía. Insuperable.
Por otro lado, el Dr. Kelson, un médico anacoreta y drogata que busca llenar la soledad de su existencia con la compañía de un zombi al que trata de amaestrar. La película tiene mucho humor intencionado, con esos planos de monstruo y hombre contemplando el horizonte como si fueran amigos del alma. Aunque el tratamiento sea cómico, hay cierto acercamiento metafísico subyacente en algunas de estas secuencias que resulta interesante. Kelson y su “número satánico” al son de The Number of the Beast de Iron Maiden es sencillamente icónico. Son dos personajes, Crystal y Kelson, que siendo muy distintos abocan en el delirio natural al que tiende toda existencia en un mundo desolado y tan lejano a cualquier sociedad civilizada.

Un cambio de estilo
Al igual que ocurrió con la secuela de 28 días después, Danny Boyle sale del proyecto y es Nia DaCosta la que ocupa su lugar. Esto supone un cambio de estilo absoluto respecto a la radical visión del inglés, que por un momento insertaba audios e imágenes de películas clásicas en su película como ponía en escena la muerte de un zombi a través de cinco cámaras simultáneas en pocos segundos. Por decir algunas cosas. DaCosta lleva a un terreno menos vanguardista su puesta en escena, aún así maravillosa y sorprendente, dando pie a su vez a un gran uso del montaje.
Estos gestos de radicalidad cinematográfica se sustituyen por una mayor mesura en el relato de acontecimientos. La estocada audiovisual que Boyle asestaba al espectador se rebaja para construir a fuego lento los caminos de ambas partes de la historia: el de Crystal, sus “dedos” y Spike y el de Kelson y su particular amigo. Desarrollos paralelos que terminan colisionando en un absoluto deleite de clímax.
Todo puede parecer ridículo a ojos de un público no demasiado receptivo que quede fuera del poder de inmersión de la cinta y es entendible, pero si se piensa fríamente ¿cómo no va a ser ridículo un mundo deshabitado desde hace décadas? ¿qué clase de personajes deberían poblarlo? No veo nada desencaminado el retrato de la devastación que Garland escribe.

La mella del tiempo
La predominancia de la hostil naturaleza en las dos últimas películas de la saga no es casual. El tiempo ha pasado desde 28 semanas después (2007) hasta 28 años después, y es evidente la transformación que esto conlleva. Desde la anterior de Boyle y su inmediata secuela respuesta, el entorno es inseparable de la historia en pantalla, pues materializa a la perfección en lo que se ha convertido el mundo tras la catástrofe y, sobre todo, estrecha considerablemente el abismo que separa seres humanos y animales.
Algo en lo que, de forma más o menos sutil, se hace bastante incapié en esta última cinta es la manera en que el único ser vivo racional, desprovisto de cualquier atisbo de civilización, se encuentra más cerca que nunca del salvaje mundo natural y, por ende, del monstruo que ahora puebla el planeta.
Así como le ocurría a la Ellie de los videojuegos The Last of Us y al propio Spike de estas películas, existen personas que al haber pasado tanto tiempo en la penumbra no han conocido si quiera la civilización. Una cuestión en la que no se suele reparar como espectador pero que resulta de lo más estimulante para construir los engranajes mentales de estos personajes. Jimmy Crystal busca respuestas de Satán de la manera más violenta posible en una clara muestra de cómo la falta de educación aproxima peligrosamente a la inhumanidad.
Sin civilización la razón se consume y el humano se acerca como nunca al animal. Esta es la gran tesis de la película. Contrasta sobremanera la secuencia final, en que un padre ejerce como profesor de su hija -“aquellos que no pueden recordar su pasado están condenado a repetirlos”- evidenciando aún más esta reflexión.

Conclusión
En resumen la nueva entrega de la saga sorprende por su solidez sin Boyle a la cabeza. Con una planificación narrativa espléndida que presenta sus conflictos y personajes correspondientes de manera individualizada para terminar confluyendo todos en el imponente enclave óseo que títula el filme, fruto de la maestría de un guionista como Alex Garland; una reformulación estilística tendiente hacia lo convencional pero sin perder el criterio de lo que significa la puesta en escena, un toque humorístico inusitado y dinamizador y un subtexto existencial perfectamente hilvanado, Nia DaCosta se corona con la que a mi parecer es la mejor película de todas.
Muchas gracias por leerme e ¡id al cine!
Sed felices.



