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Análisis de Emily en París. Temporada 2: en Netflix

La segunda temporada de Emily en París repite y aumenta los problemas de la primera. Creada por Darren Star y protagonizada por Lily Collins, la serie de Netflix logra, de todas formas, mantener el interés de cierta franja específica de público.

Hola otra vez después de tanto tiempo. Si estuvieron aquí cuando este servidor analizó la primera temporada de Emily en París, recordarán (y si no es así, pueden releer el artículo) que habíamos señalado que algunos puntos interesantes de la serie se diluían entre estereotipos e historias de folletín. Pues bien, habiendo visto la segunda temporada, debo decir que mis esperanzas de que esas cuestiones se corrigieran han sido vanas pues, al contrario, se han exacerbado.

Recordemos que Emily en París es, básicamente, la historia de Emily Cooper, muchacha a la que una empresa de marketing de Chicago envía a París para aportar nuevas ideas a una compañía francesa de la cual se han hecho cargo. La convivencia es difícil: se la prejuzga por americana y poco refinada, al tiempo que va sumando amistades y enemistades mientras se lía en toda historia romántica o pasional que se le cruza, casi siempre creando problemas, ya sea voluntaria o involuntariamente.

En esta segunda temporada y aun a pesar de que, en teoría, lleva ya unos cuantos meses afincada en la “ciudad luz”, Emily sigue teniendo los mismos problemas para relacionarse y, de hecho, está tomando clases de francés. Aun cuando Lily Collins actúa el personaje con gracia y carisma, no se advierte un crecimiento en el mismo: no nos han dicho nada nuevo ni sustancial sobre su historia previa, motivaciones o conflictos. Hablemos pues de esta temporada no sin antes advertir, por si todavía no la han visto, que SE VIENEN SPOILERS DE LA TRAMA.

Triángulo Agotado

Emily sigue siendo una chica prácticamente sin pasado y viviendo como americana en París. Continúa llena de confusiones sentimentales, particularmente en relación con Gabriel (Lucas Bravo), chef con el cual tuviera un amorío en la temporada anterior para terminar enterándose que era novio de su amiga Camille (Camille Razat).

Pues ese mismo triángulo, ya desgastado, no solo vuelve a estar presente durante esta temporada sino que se convierte casi en eje de la misma: una historia que ya no tenía mucho más para decir y a la que tampoco ayudan lo liso de Gabriel como personaje y lo poco exploradas que hasta aquí han sido Emily y Camille. Para que un triángulo sea interesante, la idea es que conozcamos bien a quienes lo componen.

Sin ir más lejos, la temporada comienza con Emily a punto de irse a Saint-Tropez con Mathieu (Charles Martins), sobrino del diseñador Pierre Cadaut (Jean Christophe-Bouvet), pero más que nada es una forma de escapar de Gabriel, de quien había creído que iría a parar a Normandía, pero finalmente consiguió inversor y se queda con su restaurante en París.

Sin embargo, Gabriel sigue obsesionado con Emily y tampoco es que ella lo eche demasiado de su vida. De hecho, Mathieu decide apartarse del viaje cuando la sorprende hablando por teléfono con él. Pero, claro, el objetivo de ella era básicamente huir… ¿y termina haciéndolo con quién? Pues con Camille: no parece una buena forma de escaparle al pasado.

Camille sigue sin tener idea de lo que ocurrió entre su novio y su amiga, pero ya regresadas a París tras su viaje de vacaciones, lo descubrirá por cuenta propia al hallar en el departamento de Emily una sartén con las iniciales de Gabriel. Ello motivará un desencuentro, luego un reencuentro y finalmente un pacto entre ambas para no volver a involucrarse con el susodicho. Desde ya que ninguna de las dos lo respetará, pero Camille es la que lleva siempre las de ganar aun cuando Gabriel no le pueda sacar el ojo de encima a Emily.

En fin, lo que se diría un culebrón con las reglas básicas del mismo: muchacho guapo, muchacha guapa, tercera en discordia, confusión de sentimientos, secretos, infidelidad y revelaciones. Todos los lugares comunes del género que, por supuesto, harán las delicias de quienes busquen precisamente eso, pero aburrirán al resto.

Para complicar aún más las cosas, Emily está haciendo buenas migas con un compañero de su clase de francés: es británico, se llama Alfie (Lucien Laviscount) y se encuentra temporalmente en París porque trabaja para un banco de su país. Es hosco, además de despreciativo con respecto a París y al mundo de la moda con el cual Emily se codea. Sin embargo, terminarán iniciando una relación aunque, claro, el chef siempre andará por allí molestando y, de todos modos, Alfie es, como personaje, igual de liso que él.

Unos Pocos Personajes Interesantes

Una vez más, son personajes femeninos los que más o menos salvan a la serie. Una es la jefa Sylvie (Philippine Leroy-Beaulieu), de quien vamos conociendo algo más de su vida fuera de lo laboral: ahora sabemos que tiene un esposo del cual está separada, pero solo de manera informal, y la vemos iniciar relación con un fotógrafo mucho más joven sin importarle que en los eventos lo confundan con su hijo.

El otro personaje que gana en interés es Mindy (Ashley Park), la amiga de Emily que tiene excelentes cualidades vocales, pero que viene de una mala experiencia en su país de origen, particularmente tras su participación en China PopStar. La lleva muy difícil para sobrevivir en París, al punto que alterna sus actuaciones en un club nocturno con su trabajo de cuidar los baños (la llaman “madame pipi”: ignoro si eso pertenece a la jerga parisina o es invento de la serie).

Consigue no obstante, un puesto en una banda, pero resulta que trabajan a la gorra al pie del Arco del Triunfo y, para colmo de males, uno de los músicos, de manera involuntaria, la humilla exponiendo en redes sociales su pasado en China.

El hecho de que ella sea una “niña bien” crea cierta tensión con ellos porque sienten que les ha mentido en su papel de muchacha pobre: particularmente genera incomodidad con Benoit (Kevin Dias), guitarrista de la banda con el cual Mindy está iniciando una relación y que considera que ella los ha usado.

Entre el elenco masculino, el personaje que ha ganado algo más en protagonismo y en profundad es Luc (Bruno Gouery), de quien dije en la primera temporada que era una pena que no se profundizase más en él pues está bien actuado: como compañero de trabajo de Emily puede ser leal a la vez que excéntrico, sabe dar consejos y cada tanto suelta alguna verdad casi como al descuido y de manera involuntaria. Muy crítico de los franceses, a pesar de él también serlo.

En cambio, su compinche Lucien (Samuel Arnold), que también está muy bien actuado, sigue sin aportar demasiado y no deja de parecer una caricatura de La Jaula de las Locas; ojalá la próxima temporada sea la suya, así como esta fue la de Luc.

Emily en su Laberinto

El final de esta segunda temporada deja a Emily en una doble encrucijada. En un evento en el que, incluso, está presente la “jefa americana” Madeline (Kate Walsh), Pierre Cardaut anuncia que rompe de plano con la empresa Sauvoir porque ya no encaja en sus gustos ni intereses. Pero allí no termina la cosa: Sylvie, con todo su equipo, también anuncia el fin del vínculo al mismo tiempo que su asociación con Cardaut.

Madeline está desolada, pero pone todas sus esperanzas en Emily para comenzar a reconstruir la firma desde cero en París. Pero siempre ocurre algo que complica las cosas y en este caso es que Sylvie cita a Emily para contarle que su esposo (el que lo es, pero no lo es) ha puesto dinero para revitalizar la empresa de manera independiente y que quieren contar con ella. De este modo, nuestra protagonista es tironeada desde ambos lados.

Mientras su presente laboral se avizora incierto, Emily decide, por consejo de Mindy, seguir a su corazón, es decir romper el pacto con Camille e ir tras Gabriel, pero… sorpresa: resulta que el pacto ya fue roto antes por la propia Camille, a quien encuentra mudándose con él. Así las cosas, Emily termina llamando a Sylvie para decirle que ya tomó una decisión con respecto a su propuesta.

¿Se queda en París? ¿Con cuál empresa? ¿Dará batalla por Gabriel?

Balance de Temporada

Tal como he dicho antes, esta segunda temporada no avanza sustancialmente con respecto a la primera sino que, por el contrario, se estanca en algunos aspectos y hasta retrocede en otros. Lo del desarrollo de los personajes es uno de los mayores problemas, sobre todo en Emily, de quien esperábamos conocer más. Las excepciones son las ya mencionadas: Sylvie, Mindy y Luc.

La serie sigue manteniendo su perfil de postal turística y si en la temporada anterior habían abusado con tanto plano de la Torre Eiffel o los puentes del Sena, aquí se lo hace aún más y, de regalo promocional, tenemos también Saint-Tropez.

Los estereotipos parisinos siguen a la orden del día: quien suscribe bromeaba en el análisis anterior con que solo faltaba más acordeón y aquí lo tenemos a rabiar como si me hubieran leído. ¿Algún otro? Sí, los mimos: ausentes en la primera temporada y llegando a lo cargoso en esta.

Pero todo eso podría ser mirado de soslayo si no fuera porque los lugares comunes se han apoderado definitivamente de la historia e inevitablemente estamos girando sobre el eterno loop de: Gabriel sigue enamorado de Emily – Emily se refugia en algún otro para olvidarlo, pero no lo logra – Emily intenta volver con él pero algo pasa que complica las cosas… Y, por supuesto, siempre hay alguien que se entera de lo que no debería. Diría que, lamentablemente, en esta temporada se ha puesto más el acento en ese tipo de cursilería que en los conflictos internos laborales, donde quizás la serie mostraba mejor potencial.

Más aún: la primera temporada todavía tenía algunos toques de humor que le daban algo de atractivo y ahora van desapareciendo. Sin embargo, cuando aparecen, son los mejores momentos de la serie, como cuando Emily intenta armar un spot publicitario de un champagne con el dueño de la marca abriendo una botella con un cuchillo, pero termina con este rebanándose un dedo y salpicando de sangre la cámara. Confieso que no podía parar de reírme y deberían repensar si no les conviene meter más de ese humor negro e irreverente.

Algunas de las ironías sobre los estereotipos nacionales también pueden provocar alguna sonrisa: “si eres holandés, debes saber hablar varios idiomas porque nadie habla el tuyo”. En cambio, no sé qué tan bien pueda caer a los ucranianos que la única compatriota suya que aparece sea ladrona.

Hay también algún que otro guiño divertido, como cuando Emily dice que al involucrarse sentimentalmente con los locales, violó la “primera directriz”. Los chistes supuestamente pícaros, en tanto, siguen siendo potestad de Gabriel: esta vez no hace ninguna metáfora poco sutil sobre la berenjena, pero sí sobre el puerro, al que, según dice, hay que darle tiempo para sacarle todo su sabor… Si vieron la temporada, saben que no miento: dice eso…

El fuerte estético está puesto, sobre todo, en la indumentaria y eso parece ser algo que los productores saben de sobra. Es cierto que el vestuario que Emily luce no se condice con que viva todavía en un pequeño departamento y apretada económicamente, pero no tengo la menor duda de que una franja no despreciable de público mira la serie para ver qué tiene puesto. Y si piensan que no, pueden chequear que hay sitios en internet en dónde promocionan cómo y dónde conseguir el calzado de Emily.

Uno querría esperar algún cambio fuerte para la tercera temporada, pero ya para esta altura se hace difícil imaginarlo y no porque no puedan hacerlo, sino porque tal vez no quieran: en la medida en que el cóctel folletín-moda-postal turística les funcione, la serie tendrá un público al que tal vez le interese más eso que el guion y no lo digo con ánimo despreciativo sino para remarcar que no todo el que se acerca a una serie lo hace en busca de lo mismo.

Quedará esperar la próxima temporada para ver si hay algún giro o, al menos, sacan al personaje de Emily de su superficialidad. Por lo pronto, estos diez episodios duran alrededor de media hora cada uno y tampoco es que vayamos a dejar tanta vida en verlos un fin de semana.

Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

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