Prime Video ha estrenado Holland (2025), película que, al menos en los papeles, se presenta como thriller psicológico y que tiene en la dirección a Mimi Cave y en su papel principal a una siempre efectiva Nicole Kidman secundada por los no menos solventes Matthew Macfadyen y Gael García Bernal. ¿Está el resultado a la altura? Aquí lo analizamos…
Tres rasgos distinguen la carrera de Nicole Kidman. El primero es su valentía para asumir papeles arriesgados que otras probablemente rechazarían. El segundo, su indudable capacidad de dar vida a personajes comunes en un contexto aparentemente idílico que termina por no ser tal. Y el tercero, el haberse convertido, por alguna razón y especialmente en estas últimas décadas, en actriz favorita de directoras más que de directores. Los tres elementos están presentes en Holland que, dirigida por Mimi Cave (Fresh), parte de una buena premisa y tiene un buen giro al final, pero falla en el camino intermedio.
Molinos y Tulipanes
“Cada día despierto en el mejor lugar del mundo”, dice apenas comenzar Nancy Vandergroot, personaje que parece el ama de casa de un póster pin-up. Y, en efecto, eso pareciera destilar Holland, pequeña población de Michigan que en realidad existe y emula a las comunidades holandesas del siglo XVIII entre molinos de viento, campos de tulipanes y alegres muchachas que, luciendo zuecos y cofias, se toman fotos sonrientes que grafican a la perfección el espíritu general de la comunidad.
Nancy dice haber llegado allí por su esposo Fred (Matthew Macfadyen) y escapando de una vida mediocre y aburrida. Allí vive con él y con su hijo Harry (Jude Hill), repartiendo sus tiempos de madre y esposa con los de la escuela local en que imparte clases de cocina y repostería, obviamente holandesas. Todo luce perfecto, tanto que ella dice preguntarse a veces si será real…

Hasta que ocurre algo que, al menos para Nancy, altera la aparente perfección y es que su empleada doméstica Candy (Rachel Sennott) le ha robado al parecer un pendiente, aunque esta dice no haber sustraído otra cosa más que tocino. Harry, que se lleva bien con la muchacha, se disgusta con su madre cuando decide suspenderla, en tanto que su esposo cree que exagera y el pendiente podría simplemente estar perdido, pero termina avalándola para mantener la integridad familiar y que su hijo les vea como pareja sólida y con unidad de criterio.
Por cierto, ¿qué hay de Fred? Pues da impresión de ser padre modelo y además es diácono de la iglesia local. Enseña carpintería a su hijo y muestra particular afición por las maquetas, teniendo en su casa, de hecho, una de grandes dimensiones que reproduce una vía ferroviaria que recorre lo que es una recreación a escala de Holland. En lo profesional, es oculista, pero no hay semana en que no se ausente uno o más días para asistir a alguna convención o simposio, lo que hace a Nancy preguntarse si cuadra ello con un simple oculista de pueblo.
Sospechando por lo tanto de alguna aventura extramatrimonial de su marido y queriendo desenmascararlo, va a pedir ayuda a Dave Delgado (Gael García Bernal), profesor de taller en su mismo colegio con el cual guarda especial confianza. A Dave no le encaja mucho nada, pues no tiene sentido que un esposo infiel haga a su amante recorrer todo el medio oeste para verse con él en sitios tan distantes entre sí, pero está claro que hay con ella atracción mutua y termina ayudándole…
No quiero contar mucho más sobre la trama porque tiene sus giros e incluso pistas falsas. Hay muchos elementos que remiten a otros filmes, incluso algunos protagonizados por la propia Kidman, como Todo por un Sueño (Gus Van Sant, 1995), Dogville (Lars von Trier, 2003) o Las Mujeres Perfectas (Frank Oz, 2004).
Y la comunidad pequeña y aparentemente perfecta que, sin embargo, esconde secretos hace acordar a Las Brujas de Eastwick (George Miller, 1987) o incluso a la serie televisiva Mujeres Desesperadas (2004-2012), sin perjuicio de un recurrente sesgo de David Lynch, reconocible especialmente en el surrealismo que impregna a las escenas en que Nancy sueña, como también al traernos a la memoria aquella gloriosa escena inicial de Terciopelo Azul (1986, aquí retro-análisis) o el clima de pueblo chico – infierno grande que destila Twin Peaks.
Nicole ya nos tiene acostumbrados a la excelencia y no es esta la excepción; incluso su rostro para esta altura por demás estirado y colagenado encaja de perlas con la impostada perfección que pretende exhibir la comunidad. Y tanto Matthew Macfadyen como Gael García Bernal la secundan de manera eficaz, el primero como profesional y padre de familia que deja entrever un lado oscuro y el segundo como simple profesor de colegio que siempre tiene miedo de ir un paso más allá a menos que sea Nancy quien le insista en hacerlo.

Virtudes que se pierden por el Camino
Como hemos dicho al principio, Holland tiene una buena premisa inicial, pero lamentablemente no la explota lo suficiente. Esa comunidad ideal no termina de hacérsenos conocida y la resolución de la trama apunta más a un thriller convencional que a la exploración sociológica que el comienzo pareciera anunciar. Quizás sea porque la población de Holland realmente existe y desde la producción no hayan querido ofender a sus habitantes o desalentar el turismo, pero jamás terminamos de saber qué lleva a sus habitantes a comportarse como lo hacen o si hay algo más por debajo de la superficialidad.

De hecho, algún aspecto oscuro pareciera salir a luz cuando vemos que Dave es molestado por personas que se colocan máscaras y le llaman despectivamente “frijolero” en alusión a su origen mexicano: apenas un destello de xenofobia y racismo sobre el cual no se profundiza y que queda tan olvidado como Candy, la empleada doméstica a la cual Nancy acusa de robo. Del resto de la comunidad apenas llegamos a conocer a muy grandes rasgos a un tal Gwen (Lennon Parham) que, haciendo levantar sospechas a Nancy, lleva a su hijo al consultorio de Fred fuera de horario. Pero nada: ni siquiera termina teniendo peso en la historia.
La paranoia y la infidelidad son igualmente tratadas de manera gruesa cuando daban para más. De hecho, es interesante que, en su obsesión por pescar a Fred en su supuesta infidelidad, Nancy cometa la suya propia con Dave y no sienta culpas por ello (por el contrario, es él quien las siente). Un aspecto psicológico que, lamentablemente, queda también sin explorar…
Y el giro del final, como también hemos dicho, no es un mal giro pero parece más adecuado a un thriller hecho y derecho y no a una película que pareciera hacer un planteo sociológico. Casi diría que sería un buen final para otra película…
El problema, claro, está en todo lo que ocurre en el medio y allí es donde el guion de Andrew Sodroski (aún más que la dirección) falla ostensiblemente y hace aguas (literal: en un momento Nancy sueña con una inundada Holland reducida a maqueta). En el intento por confundir al espectador con pistas falsas, la película acaba víctima de esa misma confusión y pierde el eje de la historia que pretende contar.
El filme no termina de ser un thriller, un absurdo, una comedia negra ni un alegato existencialista. Y no es que esté mal que sea así inclasificable (las películas de Lynch o de los hermanos Coen lo son): la cuestión es que la idea central, en medio de todo eso, se vuelve errática y a veces hasta desaparece, con detalles que se pierden y hacen que nos preguntemos para qué fueron introducidos, como las muy interesantes tomas de la maqueta de Fred que no terminan teniendo en la historia el peso simbólico que podrían.

Ni siquiera hay los suficientes toques de humor o comedia negra y si los hay no se perciben como tales y la trama, por momentos, hasta peca de aburrida. Y si quisiéramos en cambio verla como película surrealista, la resolución final termina siendo demasiado racional o detectivesca.
Balance Final
Holland termina siendo una oportunidad desaprovechada. Es raro lo que ocurre con este filme porque, como dijimos, tiene buena premisa, buen final y buenas actuaciones, así como una interesante fotografía y una cambiante banda sonora que, a cargo de Alex Somers (productor, ingeniero y artista gráfico de varios discos de la interesante banda islandesa Sigur Rós), sabe ser nostálgica o romántica cuando hay que mostrar la parte superficial de la comunidad y ponerse más experimental y aleatoria cuando empiezan a entreverse oscuras revelaciones.
Para hacer una analogía deportiva y que se entienda, el filme termina siendo como un equipo de fútbol cuyo mediocampo no funciona. Podrá tener un buen portero, una sólida defensa y un gran ataque, pero falta algo que en el medio vertebre y dé unidad a todo eso.
Hasta pronto y sean felices…



