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Retro-Análisis: Terciopelo Azul (1986), obra perturbadora y cumbre de David Lynch

En 1986 se estrenaba Terciopelo Azul, personal y provocadora joya de surrealismo noir que impondría de allí en más un sello a la carrera de David Lynch. En nuestra sección de Retro-Análisis hoy la revisitamos.

Si algo nunca va a hacer el cine de David Lynch es dejarnos indiferentes. Sus filmes pueden chocarnos o provocarnos rechazo y hasta repulsión al primer visionado, pero siempre nos dejan los días siguientes pensando qué es esa cosa que vimos, a la vez que, de modo análogo a los personajes, una extraña fascinación nos lleva de regreso a eso que en primera instancia hemos rechazado. Terciopelo Azul (Blue Velvet), estrenada en 1986 y a la que hoy dedicamos nuestro retro-análisis, no escapa a la regla.

La Marca de un Estilo

Lo primero que hay que decir es que el filme es una rara avis para mediados de los ochenta y más bien anuncia o prefigura el rumbo cinematográfico de las décadas siguientes. Lynch venía de pegársela duro con su poco feliz adaptación de Dune, la novela de Frank Herbert que tuvo hace poco una versión más acorde (aquí nuestra crítica). Él lo adjudicó a manejos e interferencias de la industria, pero dicen que no hay mal que por bien no venga y quizás ese revés le haya servido para darse cuenta de que lo suyo iba por otro lado, menos comercial y más cercano al tono experimental que había abierto con su primera película Cabeza Borradora.

No deja de sorprender que Dino De Laurentiis haya aceptado volver a producirlo tras el fiasco de Dune, pero quedó encantado con la idea y el boceto de guion que Lynch le mostró. Considerando que el prestigioso productor había estado detrás de muchos de los grandes filmes de Federico Fellini en las décadas previas, también para él habrá significado el reencuentro con un cine más osado y alejado del mainstream de la gran industria.

Es a partir de Terciopelo Azul que el cine de Lynch adquiere las características que le darán identidad y personalidad de allí en más: muchos elementos volverán a estar presentes en sus filmes posteriores, pero también en la filmografía de los hermanos Coen, Quentin Tarantino, Jim Jarmusch, Vincent Gallo, Lars Von Trier y tantos realizadores que, cada uno con su toque personal, dejaron en mayor o menor medida traslucir su influencia.

Dos Mundos

Ya desde el comienzo, con ese fondo, precisamente, de terciopelo azul y los créditos corriendo en una letra cursiva que se complementa perfectamente con una banda sonora que remite a los años cincuenta, se nos está anunciando que vamos a ver algo diferente.

Y pocas escenas iniciales pueden ser tan impactantes como la que sigue a ello: Lumberton es una pequeña comunidad maderera de Carolina del Norte en la cual todo se ve perfecto… demasiado perfecto, casi una ilustración pin-up para publicidad gráfica de la época.

Familias felices a la puerta de sus casas y rosas rojo shocking recortándose contra un cielo de azul tan impoluto como el blanco de la cerca que los separa. Un bombero saluda sonriente y en cámara lenta desde un autombomba que pasa sin prisa y un hombre riega su césped como si nada más existiese mientras suena de fondo la canción Blue Velvet en versión de Bobby Vinton. El sueño americano, casi. Justamente, casi…

De pronto, la paz y la perfección se ven alteradas. La manguera se enreda y atora mientras, en perfecta analogía, el hombre comienza a sufrir un infarto: su sangre, como el agua, no fluye, por lo que termina cayendo al suelo mientras un increíble paneo de cámara desciende hacia la hierba prolijamente cortada y aún más, hasta los insectos que pululan bajo la misma.

terciopelo azul

Difícil imaginar un inicio mejor o más representativo, pues la idea en Terciopelo Azul es, justamente, que hay un mundo por debajo del mundo, que no se ve a la luz del día (o a la vista de todos), sino que subyace en las sombras (o en lo que no se quiere ver), pero cuando emerge lo hace en forma de una maldad indecible y perturbadora que, sin embargo, termina fascinando y atrayendo como la llama a la polilla, con la diferencia de que quizás nosotros sí sepamos que nos vamos a quemar.

Hallazgo Siniestro

La historia, claro, está ambientada en los cincuenta, los famosos años felices. El hombre que ha sufrido el infarto y queda hospitalizado es Tom Beaumont (Jack Harvey), cuya probable muerte deja de manera imprevista a su hijo Jeffrey (Kyle MacLachlan) a las puertas de una adultez contrapuesta a una adolescencia despreocupada y tan bruscamente interrumpida como la perfección del comienzo de la película: se golpeará duro contra una realidad que no creía que existía y una maldad cuya presencia en el mundo no logra explicar.

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Y su choque no puede ser más brutal, pues en el césped encuentra una oreja humana de la cual están dando cuenta las hormigas. Tras recogerla y llevarla al detective de policía local (George Dickerson), conoce a su hija Sandy (Laura Dern) y despunta una relación entre ambos, pero él está intrigado y siente curiosidad: esa oreja le descoloca su visión del mundo y se convierte en una obsesión que quiere desentrañar por cuenta propia, pues las autoridades policiales parecen tomar el asunto como algo normal que puede ocurrir.

Sandy, siendo hija del detective, está en condiciones de pasarle pistas que le llevan a un edificio de apartamentos cercano, en donde vive Dorothy Vallens (Isabella Rosellini), cantante estable de un club nocturno de la zona. Jeffrey, primero, se infiltrará haciéndose pasar por fumigador y luego se hará de una copia de la llave para reintroducirse y, escondido en un armario, no solo ser testigo de la intimidad de la mujer sino incluso de la relación sadomasoquista que sostiene con un sujeto llamado Frank Booth (Dennis Hopper).

Los Actores

Kyle MacLachlan está lejos de estar entre mis actores favoritos, pero por alguna razón funciona cuando se halla a las órdenes de David Lynch y sabe convertir su poca expresividad en desconcierto, anomia o ausencia según la ocasión. Ya había trabajado con él dando vida a Paul Atreides en Dune y lo volvería a hacer como el detective Dale Cooper en la serie Twin Peaks, otro personaje que le calzaría como anillo al dedo.

Algo semejante ocurre con Isabella Rosellini, a mi gusto limitada, pero magníficamente explotada en su potencial por el director y, de hecho, es a partir de este filme que su carrera se redirige hacia papeles dramáticos. Y Laura Dern es una aún joven promesa que se lleva, sin duda, los mejores planos y representa la antítesis de la anterior: son la oscuridad y la luz. Y por alguna razón, Jeffrey se siente atraído hacia la primera aun cuando le asuste.

Pero la labor descomunal es, sin duda, la de Dennis Hopper, cuya carrera se reactiva con este filme cuando había comenzado a ir en declive y cuyo personaje transmite una profunda decadencia que es reflejo de toda una sociedad o, al menos, de la cara oculta que esta no muestra: el lado oscuro del sueño americano…

Frank Booth es un traficante de drogas que inhala un gas desconocido y que utiliza a Dorothy como esclava sexual mientras, a modo de extorsión, mantiene secuestrada a su familia. Tiene, además, una personalidad dividida y todo indica que ha sufrido abusos en su niñez y lo proyecta en Dorothy como revancha personal. Pocos actores han logrado dar vida de modo tan corrosivo a un personaje tan decadente, equiparable al de Robert De Niro en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1975) o al de Harvey Keitel en Teniente Corrupto (Abel Ferrara, 1992).

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En definitiva, esta película marca el despegue de dos actores, el redireccionamiento de otra y la resurrección de otro. No sé de cuántos filmes puede decirse que hayan marcado tanto el destino de los miembros de su elenco: se me ocurren Rebeldes o La Ley de la Calle (ambos de Francis Ford Coppola), pero no muchos más…

Un Filme que impacta e incomoda

Una atmósfera pesada sobrevuela todo el guion escrito por el propio Lynch. Desde el momento en que Jeffrey descubre la oreja nos vemos inmersos en un viaje que, se nota, tiene mucho de experimental. No parece haber un rumbo trazado sino que la historia discurriera sin saber adónde nos lleva: lo que podría ser defecto en muchos filmes es aquí virtud, pues da una naturalidad desgarradora y, después de todo, las cosas tampoco suelen en la vida real ocurrir de manera ordenada y guiada.

Lynch ha declarado que no sabía hacia dónde iría la película tras el siniestro hallazgo y se advierte claramente que es así. Más que tomar el camino de una investigación policial convencional, elige sumergirnos en la suciedad sin saber en qué momento nos asfixiaremos. Y la idea no es casual, ya que la atmósfera es justamente asfixiante y con algunas influencias de cine surrealista como el de Luis Buñuel, particularmente Un Perro Andaluz, donde las hormigas no dan cuenta de una oreja sino de una mano…

Escena particularmente impactante entre tantas es cuando Dorothy aparece desnuda y golpeada en la puerta de su casa. Tiene algo de autobiográfico, ya que el propio director manifestó haberse topado, siendo niño, con una imagen muy parecida al ver una mujer que, desnuda y con aire ausente, se sentó sobre el borde de la acera para luego marcharse como si nunca hubiera existido. Fue, al propio decir del realizador, como si se hubiera cruzado fugazmente desde algún otro mundo y exactamente eso es lo que quiso recrear en la película. No por nada la llamó Dorothy, como al personaje de El Mago de Oz.

Y si hablamos de referencias, hay también un punto de contacto entre el nombre de la calle en que Dorothy vive (Lincoln) y el apellido del personaje de Hopper (Booth): John Wilkes Booth fue precisamente el asesino de Abraham Lincoln en un ejemplo bien representativo de cómo el mal puede estar allí donde menos lo esperamos, inclusive en un actor de teatro.

La fotografía, a cargo de Frederick Elmes, es magistral y vanguardista: con aire retro, pero paradójicamente adelantada a su época y luciéndose de modo especial en las escenas que presentan conceptos contrapuestos. La oposición luz/sombra, de hecho, es una constante en el filme y adquiere particular fuerza cuando distintos personajes hablan uno tras otro sobre un fondo oscuro y casi como si sus cabezas flotaran en la nada.

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También se advierte en varios fotogramas la fascinación por el fuego que luego veremos en otros filmes de Lynch o en Twin Peaks.

La música corre por cuenta de Angelo Badalamenti, quien gozaba de prestigio como pianista de jazz habiendo incluso acompañado a Shirley Bassey o Nina Simone, pero que tuvo su gran entrada al mundo del cine de la mano precisamente de esta película iniciando de allí en más una prolífica colaboración con David Lynch en filmes como Corazón Salvaje, Carretera Perdida, Una Historia Verdadera, Mulholland Drive o en la ya mencionada serie Twin Peaks.

Su estilo mezcla elementos de jazz, psicodelia y noise, con mucho de minimalismo aleatorio o experimental. Y la colaboración con Lynch no solo pasaría por el cine o la tv sino también por la música en sentido estricto, ya que fue a partir de su influencia que el cineasta comenzó a explorar e incursionar en ese terreno editando incluso tres discos en los que Angelo prestó su participación.

Balance Final

Terciopelo Azul es una película adelantada a su tiempo, una joya inclasificable a la que, solo por dar alguna categorización, podemos definir como de surrealismo noir. Perturbadora a un límite a veces difícil de soportar, nos lleva a reflexionar sobre las caras contrapuestas y a veces ocultas de un mundo en que el mal es un concepto cuyo origen no logramos explicar, pero que siempre está.

Desde ya que si no la has visto, la invitación está hecha para descubrirla y puede ser, amigo lector, que me termines agradeciendo o bien odiando por ello. Pero si te ocurre lo segundo, solo deja que fluya y posiblemente te sorprendas mañana o en los días siguientes pensando en lo que has visto. Esa es justamente la esencia del cine de David Lynch, que tiene en Terciopelo Azul su muestra más cabal y contundente.

Gracias por leer. Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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