Crítica de La Casa de Papel, Parte 4: Asfixiados por la fórmula

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El bombazo televisivo español ha regresado. Siguiendo su (quizás) innecesariamente segmentado esquema, nos llega la (en teoría) segunda mitad de la segunda temporada en una entrega que, como ya comenté en otro artículo, estaba dejando mucho que desear. Arcos de transformación abruptos, personajes sin identidad nítida, atisbos de fanservice innecesarios… Estos fueron tan solo algunos de los problemas que evidenció, a pesar de conseguir mantenerse adictiva. Sea como fuere, esta segunda mitad prometía acción a raudales, pues nos encontrábamos a mitad de historia y nos quedaban ya solo los últimos estertores de la temporada, cargados (en principio) de emoción y respuestas. Así que, con la parte 4 ya estrenada, ¿cumple las expectativas?

Acusando el cansancio

La segunda mitad de la segunda temporada evidencia los problemas que se empezaban a notar en la primera: falta de originalidad. El formato de la serie, como ya comenté en el anterior artículo, no es nada novedoso, siendo en sí mismo un batiburrillo canalla de referencias del género ampliamente conocidas por el público. Pero La Casa de Papel, tiene un mecanismo en particular muy marcado que se ve especialmente abusado y decaído en esta segunda temporada. Como es habitual en productos de contenido similar, el principal fuerte se halla en el elemento sorpresivo, en la capacidad de estar siempre un paso por delante del espectador para ser capaz de dejarles con la boca abierta en cada capítulo y destrozar por completo sus teorías. Para este propósito en concreto, La Casa de Papel planteó una dinámica de sumir a los personajes en situaciones a cada cual más imposible para después explicarnos que ya estaba todo pensado.

Si bien este es un truco lícito y efectivo, cuando toda una serie se estructura en torno a un mismo funcionamiento, tiende a perder fuerza y, lo más grave, perder el pacto de verosimilitud y confianza con el espectador. Con La Casa de Papel pasa esto mismo. Son tantas las descabelladas situaciones que ya habían planteado, que llenar toda una segunda temporada –con sus dos partes– ha llevado a los guionistas a perderse en el cómo y olvidar el porqué. No me malinterpretéis, el mecanismo en sí es entretenido, pero ya no desde un punto de vista narrativo, sino casi como de reto creativo más digno de un programa de Discovery Max o de los Cazadores de Mitos.

Emoción vs sentimentalismo

Precisamente, una de las principales consecuencias derivadas del excesivo énfasis puesto en conseguir el nuevo e inesperado giro de guion, se encuentra en los personajes, los encargados de llevar a cabo esas acciones. Recuperando las palabras de antes, cuando se prima el cómo antes que el porqué, se llevan por delante toda una serie de dinámicas y coherencias previamente plantadas de los personajes de la ficción. Es por esto mismo por lo que en las partes 3 y 4, hemos visto decisiones tan precipitadas como incluir a Lisboa y Estocolmo en el atraco –pasando por alto por completo las creencias de sus personajes, porque es que estamos hablando de un atraco…–, las inconsistentes idas y venidas de las motivaciones de Tokyo, o el shock de Estocolmo al ver a Denver enfadado. Estos, sin entrar de lleno en terreno spoiler, son tan solo algunos ejemplos, pero demuestran por qué gran parte de las interacciones entre personajes se han visto faltas de potencia dramática o credibilidad en estas dos últimas entregas.

Teniendo a un elenco protagónico a merced del elemento sorpresivo del guion, su coherencia se tambalea y, por tanto, es más difícil plasmar conflictos dramáticos relevantes para ellos y creíbles para el público. Por ello, no debería sorprendernos el fuerte incremento de sentimentalismo que ha habido. Con esto no me refiero a que los personajes no puedan tener altibajos emocionales o no puedan llorar ni sentirse heridos, para nada, estamos en un atraco y se entiende que las emociones son límite. Pero al no tener una pauta bien construida de interacciones e idiosincrasias, La Casa de Papel ha tenido que utilizar muchas escenas en las que sus personajes decían lo que sentían, lo que suele ser un craso error. Nadie sabe lo que siente, normalmente sentimos cosas y actuamos en consecuencia, pero si supiéramos tan fácilmente lo que sentimos y por qué, la vida sería mucho más simple. De ahí salen escenas con discursos motivacionales encorsetados, llantos y ojos llorosos a cada dos por tres, y unos discursos increíblemente elaborados acerca de los traumas del pasado y de sus circuitos emocionales dignos de Freud.

¿Por qué?

Probablemente, de todo lo escrito hasta el momento en este artículo, puede parecer que todo es horrible y que la serie es mala. Ni mucho menos ese es el caso, pero creo importante hacer hincapié en la decaída en cuanto a calidad y, sobretodo, verosimilitud. En este tipo de productos, conviene saber sus aspiraciones y entender que suelen ser un entretenimiento divertido, pero siempre hay un mensaje, tesis o debate a exponer. El problema que acucian estas últimas partes es que no funcionan más allá que como un simple más de lo mismo. Es cierto que ese «mismo» puede resultar trepidante y adictivo, pero si la función o los conflictos expuestos no varían y son básicamente un «pues ahora más pero más grande», tarde o temprano asoman las costuras y el conjunto se resiente.

Esta parte 4 ha tenido algunos momentos interesantes y deja un cliffhanger que puede llegar a dar algo de juego, pero en general no puedo evitar preguntarme ¿y todo esto para qué? Bien es cierto que en una hipotética parte 5 se le podría terminar de dar un mayor sentido al conjunto que suponen estas partes 3 y 4, pero la cantidad de tiempo invertido para llegar a ese punto seguiría siendo excesivo. La Casa de Papel continúa enganchando y es uno de los entretenimientos en pantalla con mayor capacidad adictiva, pero está empezando a abusar de unas prácticas muy peligrosas, y la unidad y sentido del viaje se caen por la borda.



el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Intento de guionista y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello.

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